por MICHAEL SOLTYS
LO QUE EL 14/08 NO CONSIGUE EXPLICAR
Más allá de las urnas, el modelo 'no cierra'
Michael Soltys en el Buenos Aires Herald se pregunta por qué luego del triunfo de CFK sigue la fuga de divisas.
25 de agosto de 2011 - 23:25
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Buenos Aires Herald). Antes de las primarias de mediados de mes, existía la certeza total de que no se permitiría que le pasara nada al dólar antes de las elecciones generales del 23 de octubre, mientras que cualquier tipo de fluctuación económica se atribuiría a la incertidumbre electoral, pero la mayoría absoluta de la presidente Cristina Fernández de Kirchner ha cambiado ambos escenarios junto con muchos otros.
A lo largo de este año electoral, el Banco Central estuvo volcando sus vastas reservas para frenar el más mínimo movimiento del dólar, ya que un tipo de cambio estático no sólo era un símbolo de confianza sino que también tenía un valor real como barrera contra la posibilidad de una inflación fuera de control.
Sin embargo, la probabilidad de una victoria electoral se ha tornado tan irreversible que de pronto tiene mucho menos sentido sacrificar reservas no tan vastas para mantener en caja al dólar en forma artificial mientras se avecina una crisis financiera global.
La Argentina no está tan directamente amenazada por el pánico con epicentro en los mercados de Europa y los Estados Unidos como por el hecho de que los mercados saturados del mundo desarrollado comienzan a agotar su capacidad para sostener el crecimiento del resto del planeta, trátese de las industrias asiáticas de exportación o los precios de los commodities latinoamericanos. Aquellos dólares de comercio internacional que han estado reabasteciendo constantemente las reservas del Banco Central ahora parecen mucho menos renovables.
Cualquier reversión de la persistente apreciación de la moneda brasileña, que postergó la urgencia de actualizar el tipo de cambio con respecto a la inflación en este país, tendrá por ende un impacto mucho mayor sobre el peso argentino que los acontecimientos que se puedan desarrollar en la tierra del dólar.
El congelamiento del tipo de cambio podría haber reforzado la negación de la inflación del peso, pero sólo ha terminado trasladando esa inflación a los costos en dólares, minando así toda la posición competitiva del país a nivel internacional (especialmente si el real brasileño deja de apreciarse).
Una devaluación muy por debajo de la mitad de la tasa de inflación no sólo es económicamente insostenible (una invitación abierta a la importación, a pesar de todos los esfuerzos del secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno) sino que tampoco parece ser electoralmente necesaria; sea cual fuere su deslizamiento global, se podrá esperar que el precio del dólar suba varios centavos por mes en este país durante el resto del año.
Por último, pero no por ello menos importante, tanto la demanda privada desenfrenada de dólares y la fuga de capitales que se acerca rápidamente a los 11 dígitos se han atribuido ampliamente a la incertidumbre electoral. Pero ahora ya no hay ninguna incertidumbre electoral, por lo que tal vez haya que buscar razones más profundas; quizás el ‘modelo productivo con inclusión social‘ (que parece apoyarse mucho más en el consumo de aquellos que tienen la suerte de no estar excluidos socialmente) no tenga todas las respuestas.








