"Les sugiero, queridos gobernantes, se pregunten si han cumplido"

A continuación, un usuario le propone a los gobernantes argentinos la lectura del "Mensaje del Concilio Vaticano II a los gobernantes: «No crucifiquéis de nuevo» a Cristo".

Sr. Director:

Que interesante sería que nuestros actuales gobernantes, entendiendo por ello a las autoridades de los tres poderes, en los niveles nacional-provincial-municipal, leyeran y analizaran a la luz de la ética y de la moral, el "Mensaje del Concilio Vaticano II a los gobernantes" -cuyo documento adjunto al pie de la presente-, mensaje que si bien corto, es profundo y sustancial, y que a pesar de haber sido dado hace cuarenta años, hoy cobra vigencia en los vaivenes que sufre la Patria y que sufrimos en consecuencia nosotros los patriotas, sus hijos.

Se observa, con suma preocupación y dolor, una gran laxitud en las cosas verdaderamente importantes: abandonando las cosas más esenciales de la Ley, la Justicia, el Bien Común, la Misericordia y la buena Fe; parecen no saber entender lo que el Señor espera de ellos. Unas veces descubrimos que es el ansia de aplauso, o el resentimiento, o la antipatía, o tal vez la sensualidad, o la rutina y la disipación. Como decían los padres conciliares: «No crucifiquéis de nuevo» a Cristo.

Por ello les sugiero, queridos gobernantes, se pregunten si han cumplido y cumplen "la Santa Voluntad de Dios" o "la suya, la propia".

Lic. Gustavo Carrère Cadirant

CLAUSURA DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
PABLO VI
MENSAJE A LOS GOBERNANTES

Miércoles 8 de diciembre de 1965

En este instante solemne, nosotros, los Padres del XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia católica, a punto ya de dispersarnos después de cuatro años de plegarias y trabajos, con plena conciencia de nuestra misión hacia la humanidad, nos dirigimos, con deferencia y confianza, a aquellos que tienen en sus manos los destinos de los hombres sobre esta tierra, a todos los depositarios del poder temporal.

Lo proclamamos en alto: honramos vuestra autoridad y vuestra soberanía, respetamos vuestras funciones, reconocemos vuestras leyes justas, estimamos los que las hacen y a los que las aplican. Pero tenemos una palabra sacrosanta y deciros: sólo Dios es grande. Sólo Dios es el principio y el fin. Sólo Dios es la fuente de vuestra autoridad y el fundamento de vuestras leyes.

A vosotros corresponde ser sobre la tierra los promotores del orden y de la paz entre los hombres. Pero no lo olvidéis: es Dios, el Dios vivo y verdadero, el que es Padre de los hombres, y es Cristo, su Hijo eterno, quien ha venido a decírnoslo y a enseñarnos que todos somos hermanos. El es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es El quien conduce la historia humana y el único que puede inclinar los corazones a renunciar a las malas pasiones que engendran la guerra y la desgracia.

Es El quien bendice el pan de la humanidad, el que santifica su trabajo y su sufrimiento, el que le da gozos que vosotros no le podéis dar, y la reconforta en sus dolores, que vosotros no podéis consolar.

En vuestra ciudad terrestre y temporal construye su cuidado espiritual y eterno: su Iglesia. ¿Y qué pide ella de vosotros, esa Iglesia, después de casi dos mil años de vicisitudes de todas clases en sus relaciones con vosotros, las potencias de la tierra, qué os pide hoy? Os lo dice en uno de los textos de mayor importancia de su Concilio; no os pide más que la libertad. La libertad de creer y de predicar su fe. La libertad de amar a su Dios y servirlo. La libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida. No le temáis: es la imagen de su Maestro, cuya acción misteriosa no usurpa vuestras prerrogativas, pero que salva todo lo humano de su fatal caducidad, lo transfigura, lo llena de esperanza, de verdad, de belleza.

Dejad que Cristo ejerza esa acción purificante sobre la sociedad. No lo crucifiquéis de nuevo; esto sería sacrilegio, porque es Hijo de Dios; sería un suicidio, porque es Hijo del hombre. Y a nosotros, sus humildes ministros, dejadnos extender por todas partes sin trabas la buena nueva del Evangelio de la paz, que hemos editado en este Concilio. Vuestros pueblos serán los primeros beneficiados porque la Iglesia forma para vosotros ciudadanos leales, amigos de la paz social y del progreso.

En este día solemne en que clausura su XXI Concilio Ecuménico, la Iglesia os ofrece por nuestra voz su amistad, sus servicios, sus energías espirituales y morales. Os dirige a vosotros, todos, un mensaje de saludo y de bendición. Acogedlo como ella os lo ofrece, con un corazón alegre y sincero, y transmitirlo a todos vuestros pueblos.

[Traducción distribuida por la Santa Sede]