San Juan y el encuentro entre Juan Perón y Eva Duarte

A continuación U24 reproduce un nuevo capítulo del libro de Joan Benavent "Perón: Luz y sombras. 1983-1946: Los colores del cielo" que su autor decidió compartir con los URs de U24:

Hombre, yo quiero que mi mal comprendas,
hombre, yo quiero que me des dulzura,
hombre, yo marcho por tus mismas sendas;
hijo de madre: entiende mi locura..."
"Hombre". Alfonsina Storni.

"Eva entró en mi vida como el destino. Fue un trágico terremoto el que me hizo encontrar una mujer"
Juan Perón

En el final de 1943, Eva Duarte era una estrella radial de cierto renombre y Juan Perón el coronel más popular del Ejército y el gobierno militar. Aún no se conocían, pero sus estrellas ascendentes se aprestaban a compartir un pedazo de cielo. Por lo pronto, y aunque la socialización de ambos fuera abundante, estaban solos. Con las familias lejos, sin relaciones sentimentales importantes o estables, y puestos a andar el estrecho sendero hacia la fama y el poder, ninguno de los dos había encontrado espacio para el amor.

El desencuentro no era casual. Ya en sus escaramuzas sentimentales con Kartulovic y los otros, Eva descubrió que los hombres no le quitaban el sueño, y a Perón le pasaba otro tanto con las mujeres. Adán, era para la soltera estrellita de la radio el hombre que hizo sufrir tanto a la madre y perdió la memoria en el momento de reconocer a su quinta hija ilegítima. La otra Eva, era para el gallardo viudo la portadora (como la madre) de la diabólica manzana recomendada por la serpiente, a cuyas descendientes no podría siquiera arrancar frutos, a causa de una mala tarde de gimnasio.

Por este trasvase bíblico en la corporización del sexo opuesto y varias otras espinas, la fuerza de la pasión estaba puesta en otra parte. En ese terreno él halló una cierta fórmula sustitutiva, aportada por el destino en Mendoza mediante un arriero cuyano interesado en confiarle a su hija para las tareas domésticas, a cambio de precepción. La chica, que respondía al nombre de María Inés y no rondaba aún la mayoría de edad, se aquerenció con aquel coronel afable y paternal, que la llamaba "Piraña", presentándola en alguna ocasión pública como sobrina y después como "m´hija" . De su brazo se la vio en las veladas de boxeo nocturno en el Luna Park los últimos meses de 1943.

Curiosamente, visitó con ella Radio Belgrano en diciembre, al inaugurarse al ciclo de Julia Giusti titulado "Estampas Porteñas"; pero nada hace pensar que Perón y la entenada se hayan cruzado con Eva Duarte en la emisora. No obstante, ya el destino jugueteaba con la cercanía de estos corazones solitarios ansiosos de ser amados, aunque no forzosamente por alguien en concreto, sino por multitudes algo más anónimas. En tanto esto no sucedía —en la proporción que uno y otro deseaban alcanzar—, los amorcillos de tres al cuarto ayudaron a escalar nuevos peldaños o entretuvieron algún ocio.

En Eva se realizaba el primer ejemplo. Como joven hembra de origen humilde y rudimentaria cultura, socializar el cuerpo sin vender el alma comportaba un cierto juego de autocontrol y afirmación, más que un imperativo. En cuanto a él, que repudió la afición de la madre por los peones jóvenes y que siempre fue remiso a emparejarse, reiteraba como varón el cuadro con aquella niña semianalfabeta, a la que recluía en la jaulita de oro de la calle Coronel Díaz.

El rincón oscuro en un hombre brillante era el resultado marginal de una vida dedicada a otros esfuerzos. La mórbida tendencia a la pedofilia era un hecho, pero más que ejercitada compulsivamente, desflecándose de a ratos como resultado de su remisión afectiva, matizada con inclinaciones preceptivas que, al realizarse con el joven sexo opuesto le franqueaban la ruta al placer. De tal remisión nace la poca importancia que Perón dio al amor físico como expresión de goce y aporte mutuo. Si bien la desconfianza adicional, y el temor que siente hacia la hembra madura es un punto capital, reflejado en otro de sus tangos favoritos, "¡Chorra!", patética tragedia cantada con picardía, que retrata al pobre diablo despojado de sus bienes por una avispada pécora, a la que secunda su familia mafiosa; y que le sirve para suavizar en algo su opinión del amor, el matrimonio y la familia.

Con esta "Piraña" o "Pilonga", niña des familiarizada a quien trataba consideradamente, y compró para los carnavales de 1943 un primoroso vestidito de Colombina, el coronel no arriesgaba que le robasen la soledad, o algún sentimiento fraterno. Su control y manipulación sobre la criatura era total. Con ella no podía acrisolar una angustiosa relación simbiótica como la vivida con su madre, ni iba a invadirle la psique con el ímpetu de las mujeres de la familia. Tampoco lo ataba a un cariño para después morirse, dejándole solo y lleno de culpas como la pobre Aurelia. En realidad "Piraña" constituía la variante infantil del peón de estancia o suboficial de tropa. Como ellos, la niña del curioso apodo podía irse o cambiar de destino en cualquier instante, siendo recordada por su protecteur como una más, desde el reparto que nutría su historia.

Con el coronel era mansa, obediente y agradecida; a pesar de que al rechiflarse lo masticaba como uno de esos pececillos carnívoros que infestan el río Amazonas. Sin dejar, claro está, las otras marcas tan temidas...

En lo que atiene a Eva, si por estas fechas copulaba o no con el irritable coronel Imbert —siguiendo el hilo de referencias de dispares personajes como el almirante Rojas y el actor Marcos Zúcker (entrevistado por nosotros antes de morir)—, parece obvio su rol de cortesana por estas fechas. Otros explicaron que este servidor de la patria y ella sostuvieron alguna intimidad, durante algunos meses de 1943, quebrada por la irritación que el fuerte carácter de la moza provocaba en el adusto jefe.

Siendo más coherente con lo que ocurrió poco después, nada de ello aporta o resta algo a una condición solitaria e individualista, aunque —como la de Perón— proclive a ciertas asociaciones públicas. En ese campo, ampliamente estimulado por el Secretario de Trabajo y luminaria del gobierno militar, la señorita Duarte intervino activamente en el nuevo gremialismo como portavoz de la inminente "Asociación Radial Argentina". En tal carácter, tuvo ocasión de acercarse por primera vez al coronel Perón mediando una enorme tragedia.

El 15 de enero de 1944 la capital de la provincia de San Juan fue el epicentro de un destructor terremoto, que se llevó 10.000 vidas, dejando otras tantas heridas o mutiladas y al resto de sus 125.000 habitantes sin hogar. La tierra había enfurecido abriendo grietas, que en pocos minutos fueron abismo y tumba, entre ruinas, nubes de polvo y dolor. La vecina república de Chile —frecuente víctima de terremotos andinos—y el pueblo mendocino intervinieron con la velocidad del rayo, enviando auxilio y víveres que cruzaron raudos la Cordillera y sus límites provinciales, mientras el gobierno decretaba duelo nacional, activando un gigantesco operativo de solidaridad con las víctimas encabezado por el Ejército y centralizado por la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Perón, que había sido el primero en hablar por radio empleando un tono y contundencia que resultan impresionantes aún hoy, anunció una gran campaña nacional de solidaridad con los sanjuaninos y una colecta pública iniciada con 200.000 pesos, provenientes de sueldos militares con cargos de gobierno; convocando además fuerzas empresariales y sindicatos obreros en el trazado de planes conjuntos de acción social, e iniciativas para recaudar fondos.

Cuando le toca el turno de hacerlo con los artistas del cine, el teatro y la radio, Eva está presente. Y así lo contará él desde su exilio madrileño.
"Vinieron los grandes artistas argentinos. Ahí estaban Enrique Muíño, Irma Córdoba, Blanca Podestá...eran como cincuenta personas. Nos sentamos y empezamos a tratar el asunto.
"Tenemos que hacer una gran colecta" —les dije— "y solicito la colaboración de todos ustedes, que son personas conocidas por el público y van a llamar la atención, para que salgan y recorran la ciudad pidiendo una contribución para hacerla llegar a estas pobres gentes en desgracia".

Varios respondieron proponiendo cosas. Entonces Eva tomó la palabra. Recuerdo que no estaba sentada en primera fila...".

La visiona delgada, con un traje sencillo y un sombrero pequeño; aunque también rubia, cuando en realidad era morena, aún sin teñir. Idealmente Perón adoraba a las rubias, quizá por eso no se casó con ninguna.

"Nada de festivales" —respondió Eva a quien lo había propuesto— "vamos directamente a pedir sin ofrecer nada. En este momento no hay que organizar un espectáculo, ni un té, ni nada de eso, que son cosas viejas y pasadas de moda. Vamos a la calle, a los lugares públicos, al hipódromo, al teatro, a todos los lugares importantes, y le decimos a la gente: "Nuestros hermanos están en desgracia, ¡vamos a ayudarles! Tenemos que sacar dinero a los que tienen, porque a los que no lo tienen, a ésos no se lo podemos sacar".

Testigos confirman que la reunión y las palabras de Eva existieron, pero entre ella y el coronel no hubo trato directo, ni allí, ni en la colecta que él y los artistas, hucha en mano, desarrollaron por las calles céntricas de Buenos Aires en la mañana del 22 de enero de 1944.

Aquel terremoto era como un agigantamiento de la tragedia material y las penurias de las clases populares en la Argentina de entonces. El Secretario de Trabajo iba emergiendo como el hombre dispuesto a remediar al completo el cuadro, y su resuelta actitud dirigiendo el esfuerzo nacional en auxilio de los sanjuaninos reafirmaba su calidad de símbolo prometedor, en un gobierno militar nacionalista, aunque políticamente reaccionario y socialmente contradictorio. Seguramente Eva Duarte lo veía como un símbolo propio en la mañana del 22. Y más o menos así, caían los cincuenta y un juveniles años de aquél Juan Perón, con más de metro ochenta, de firme y elástico porte. Por entonces la desenvoltura le asomaba ya desde la engominada y brillante cresta, dando paso a la frente despejada y regular, que continuaba en vivaces facciones aguileñas y un amplio tórax de deportista, cubierto por la nívea e impecable chaqueta militar de verano, cayendo apenas sobre el pantalón caqui, bajo el que asomaban los zapatos oscuros y siempre brillantes como un espejo.

Pocos advertían que el oficial irradiaba enorme fuerza histórica, y ni siquiera alguien tan sagaz como Eva podía adivinarlo en toda su extensión; aunque su instinto felino le indicase el sabor único de la pieza. Aún se percibía a si misma como una cotorrita del éter, algo fracasada en el teatro y el cine, que vive protegiendo sus cuerdas vocales del frío o del humo del cigarrillo para cuidar la recién conquistada jaula sonora. Sumergida en el gran sueño de llegar a ser como Norma Shearer, avizoró en Perón un apetecible galán maduro. Una suerte de José Gola (el Gable criollo, mejor intérprete que el de Ohio y muerto a causa de una peritonitis en 1940) resucitado de militar y con más años, pero atractivo de la cabeza a los pies.

"He ahí a un actor" —se dijo, al repasar una y otra vez la sonrisa y el gesto del coronel tan bien planchado, sin trazas de cuartel. La cordialidad de aquel hombre desbordaba promesas de alegría, no de guerra y dolor. Era el mismo contraste que ofrecía en voz e imagen Carlos Gardel, a pesar de la letra casi siempre cruel de sus tangos.

En esto, Perón era como "El Zorzal", otro curioso ejemplar de carisma excepcional y pobre vida afectiva, que iría implantándose en el corazón del pueblo al desplegar su propio repertorio de realizaciones, socialmente único en la historia argentina. Esa mañana del 22 de enero ya lo anunciaba el invariable gesto escénico desbordando apostura, repartiendo sonrisas vivificantes y estirando la hucha por la calle Florida:"...donde pasean los que tienen dinero y pueden ayudar a sus hermanos en desgracia", cómo la Duarte propuso y él cazó al vuelo.

Todavía ni los grandes periódicos ni los corrillos políticos se lanzaban a bucear en su intimidad como lo harían meses más tarde, pero en el medio artístico de la época —proclive al chisme—, muchos de sus miembros sabían, que el singular funcionario era viudo y que no tenía novia o amantes conocidas; situación que la sociable Eva, tan aficionada a las tertulias faranduleras y amiga de militares, conocía bien. De tal certeza a la planificación de una estrategia de caza y captura de la pieza, mediaba una maquinación, ya realizada más de una vez en el pasado.

Sin embargo, Perón no era un varón especialmente dispuesto a vanagloriarse del harén. Su sentido de la superioridad tenía otra base, y penetrar su piel espiritual de rinoceronte, no significaba conmoverlo precisamente de la cintura para abajo.

Ya antes Eva pudo ver lo que reiteraba la mañana. Entre sus compañeras de la radio y el cine campaban hembras que, con sólo mover las caderas o una pestaña quitaban el hipo y cortaban el tráfico. Perón sacudía su hucha cargada de monedas como si fuera una maraca de lata, meneándose muy orondo y glamoroso entre ellas y sonriéndoles en todo momento; pero de la forma en que también repartía guiño y sonrisa con los canillitas que voceaban los vespertinos, con las viejecitas que vendían ramitos de violetas, y hasta con los barrenderos del municipio, que detenían el trajín de la escoba para verlo pasar.

Se decía entonces que el resplandor de aquella sonrisa daba para casi todo, en tanto no la borrase el genio militar. De aquello, podían dar fe sus rivales en el Ejército, y pronto la darían los políticos.

Mientras las huchas de los artistas y el coronel se llenaban de monedas y pesos bien dobladitos que se cuelan por la ranura, afilando la mirada debe haber buscado Eva, una y otra vez, filtrarse imaginariamente en el destino de aquel solitario varón, que acompañado por Mercante y otros oficiales encabezaba a sus pedigüeños en el otro extremo de la calle Florida, desatando fuerzas ocultas en su alma.

Juan Perón ya planeaba alto como un poderoso cóndor, pero no estaba lejos de ser alcanzado por el vuelo de la paloma...

Por la noche, la campaña llegó a su apogeo con un festival artístico en el "Luna Park". Allí, en el centro de un cuadrilátero de box transformado en escenario, las luminarias más populares actuaban ante un público entusiasta.

En ropa de gaucho, Luis Sandrini bailaba una chacarera y desparramaba chistes rodeado por un precioso coro de chinitas (apelativo campero de las mozas), mientras Aníbal Troilo acariciaba el bandoneón y Fernando Ochoa sinceraba unos versos criollos. Abajo, en el centro de plateas edificadas con sillones de mimbre provistos por el sindicato de Actores, se sentaban varios miembros del gobierno, encabezados por el general Ramírez en compañía de su Primera Dama, flanqueados por Imbert, el mandamás de las comunicaciones. En aquellas jornadas, las luchas intestinas del régimen militar ya eran un secreto a voces y el gesto más frecuente de un mandatario sombrío, se había hecho rictus. Casi sobre él, irrumpió instantes después su mayor enemigo alzando un viento huracanado que lo desencajó. El coronel Perón, junto a Domingo Mercante y su equipo de colaboradores, fueron aplaudidos a su arribo con un entusiasmo que duró varios minutos, mientras la madera del pobre Palito se vio reducida a la condición de astilla ante el protegido de Farrell y "Monje Negro" del GOU.

La constante presión de los coroneles jaleados por el maquiavélico Perón trituraba el poder del mandamás como el abrazo de una boa, y aquellos vítores eran otra de sus nuevas armas, artilladas desde finales de octubre.

Oficiando como locutor del festival, Roberto Galán apuntó.
"Me parece ver hoy al coronel, sentado en medio de una enorme algarabía. Fue la primera vez que vi a la gente gritar ¡Perón! ¡Perón! con aquella pasión qué después se haría carne en el pueblo".

Sin embargo, la noche y el tiempo todavía eran jóvenes para él, y también para la menor de los Duarte, que cerca de las diez amaneció en el festival en compañía de Rita Molina, una de sus grandes amigas; otra "rasca" como ella, de papelitos cortos en el cine y alguna presencia en la radio. Galán la descubrió asomada a un rincón del escenario y tironeándole la bocamanga del pantalón. Le pedía que la anunciase recitando alguna poesía. Era su humilde contribución artística y el colega aceptó.

"Esa noche estaba elegantísima y como siempre bonita, pero tuve que irla demorando en el escenario porque la agenda de actuaciones era muy apretada".

Uno de los grandes momentos del festival se produjo cuando, tras unas palabras tibiamente acogidas de Ramírez, tronó una voz justiciera.
"...Son los pobres quienes más han sufrido en San Juan. Son los pobres quienes más sufren y se sacrifican en este país maravilloso. Y mientras la clase trabajadora expresa su solidaridad a manos llenas como lo ha hecho esta noche, hay muchos potentados que gozan de la buena vida a costa del país y a espaldas de nuestro dolor...".

No era la arenga de un dirigente anarquista, ni socialista o comunista. El vibrante orador era miembro de la dictadura militar que desde el 4 de junio del año anterior cerraba sindicatos, persiguiendo a dirigentes políticos y gremialistas de izquierda. Un tribuno inesperado de la plebe, que bajo los reflectores estimulaba con vigor la lucha de clases llamando a combatir el privilegio de los ricos y el limbo de los indiferentes. Perón aún no figuraba en los manuales políticos. Había que darle tiempo...

Por de pronto todo el "Luna" estalló en larga ovación, mientras él agradecía, elevando en un gesto pronto señero el abrazo simbólico hacia la multitud... Eva Duarte respondió al amor público lanzado por Perón con los ojos encendidos por un sentimiento hasta entonces desconocido y que le estalló de golpe, como si una flecha en llamas derritiese la delgada capa de hielo que aún la separaba de aquel hombre.
"Che, Rita... ¿Existirá Cupido?"

La amiga la miró sin entender del todo y se encogió de hombros, prestándole más atención a un gesto de cierto oficial.
"Mirá, Eva: a esta altura de mi vida no sé que se habrá hecho de Cupido, pero me parece qué aquél que nos hace señas es Mercante...".
"¿¡Quién!?"

Varios testimonios afirman que alrededor del coronel Perón se habían vaciado sillas, cuando hechos un cisco, Ramírez, su mujer y custodios, se fueron pretextando cansancio. Aquellos vítores debieron caerle como chuzos de punta al temulento mandatario. En cambio produjeron otro efecto en Eva Duarte, quien sorpresivamente apareció, instantes después, sentada nada menos que a su lado, junto a Rita Molina e Imbert; justo cuando Libertad Lamarque, una de las principales organizadoras del acto, empezaba a cantar "Madreselva" sin quitarle —al igual que ella— los ojos de encima al verdadero astro de la función.
"Coronel...".
"¿Sí, m´hija...?"

La miró un segundo, mientras Cupido, desde otro rincón perdido del estadio aligeraba de nuevo el carcaj, tensando el arco.
"Gracias por existir ...".

La frase mágica penetró con la flecha. Fue un estoque a fondo dirigido al centro del corazón; en él tan arrimado a la médula del ego. De repente, la chica de al lado lo había puesto sobre una nube, en la que no cabían ni el festival, ni los trinos de Libertad Lamarque, ni otra cosa que su voz acariciándole .

Lo que él estaba buscando provocar desde la Secretaría era un cambio en la vida de la gente. Además de sorprenderlo tanto, ese gracias por existir le sonó como un temprano reconocimiento, el toque de clarín de una nueva era social anunciando su justiciero emprendimiento, y la respuesta que, en poco tiempo —estaba persuadido—tenía que llegarle desde los más humildes rincones de su patria. Y aquella noche veraniega de brisa refrescante, se lo anticipaba una joven hermosa, de cutis casi transparente, con sonrisa de madonna y finos rasgos, que bien podían haber inspirado a Delvaux y también a Goya, por cuestiones de temperamento.

Visionando un metraje cifrado de tres horas y veinte minutos sobre el festival, repartido entre varios noticieros argentinos y extranjeros —entre ellos el NO-DO—, se capta el primer diálogo entre Perón y Eva a través del movimiento de sus labios. Allí asoma la certera frase, sabio dardo enamorante que brota del sentimiento y la ambición de una ambiciosa chica de provincias.

En el celuloide no quedó en cambio impresa, la forma en que la actriz llegó al privilegiado sillón de mimbre; y en torno de aquel decisivo instante, que para Eva Perón fue su momento maravilloso, se han tejido una espesa trama de versiones. Ella le contó después que se debió a un voluntario rapto de coraje. Un ahora o nunca que casa con la decisión que se le conoció a lo largo de su escalada artística; pero no tanto con otros relatos que la presentan con dificultades para entrar al "Luna".

El primo del poeta Homero Manzi, a cargo del festival, aclaró que ellos facilitaron el ingreso de las dos muchachas ante sus ruegos; una precariedad insinuada por Galán cuando admite que Eva no figuraba en el programa. Hace unos años, el antiguo fotógrafo de la revista Antena Horacio Álvarez, se atribuyó el mérito de haberlos presentado. El hijo de Mercante nos aporta otra versión plausible de un encuentro en el que interviene su padre, hecho reconocido según él y desde entonces por Eva, ante varios colaboradores, y luego desfigurado por el curso que siguió la historia oficial del movimiento peronista, con sus fotos retocadas por el vaivén político. En este relato, el compañero de Perón impide que otra actriz, trepadora profesional y famosa por sus tendidos galopes en la Secretaría de Trabajo, llegue hasta el sillón vacío, sentando en su lugar a Eva; joven a la que conocía como sindicalista y que le caía bastante mejor.

El asunto presenta cierta lógica y engarza con las intenciones que se le conocían a la morena Amanda Varela, hermana de Mecha Ortiz. Pero Amanda no era la única. En aquellos días las actrices más bellas hacían cola para ser presentadas a Perón. Y sin que él se diese por aludido, en varios miembros de su equipo rondaba la idea de emparejarlo con alguna. Quizá una de las ocasiones se presentó cuando Farrell y él —confeso admirador de "Catita" (su personaje más popular)— visitaron el plató, donde a finales de 1943 Niní Marshall rodaba una parodia de "Carmen". La gran cómica, que además era una mujer bella y perspicaz, juzgó a Farrell muy feo y a Perón guapísimo, sin que las múltiples ocupaciones de uno y otra favoreciesen luego mayores vecindades.

Por entonces las estrellas de la farándula porteña fascinaban desde su refulgente escaparate en el cine y la radio a sus prestigiosos militares, nuevos astros de la escena política, que las conquistaban a ellas desde la parada y el incesante desfile en los medios; como prueban varios casamientos posteriores, entre ellos el de la entonces popular Silvia Legrand (la hermana melliza de la perenne Mirtha).

La resistencia objetiva del coronel en emparejarse, seguía, empero, siendo tan notable como en los años ´20, aunque ahora los celestinos como Bartolomé Descalzo fueran legión, y más de uno pugnara por colocar su propia dama en el tablero de ajedrez.

En cualquier caso, conviene que un líder militar soltero y maduro que aspira a conquistar al pueblo, deba acreditarse como un símbolo de la masculinidad. Para esto no hay mejor ejemplo que el de mostrar una buena hembra, y no a una chinita quinceañera, a la que se airea como sobrina o hija en los combates de box. Esta precaria farsa es peligrosa, y lo será cada día más, a medida que el prestigio del coronel crezca; parejo a la furia de sus enemigos y rivales. Enfrentados a la perspectiva, los laderos del coronel prestaron atención a sus comentarios. Bastó que un día mencionara al pasar su afición por las películas de Zully Moreno, para que todos creyesen que había que arrimársela. Pero la carnosa y plúmbea diosa del celuloide nacional, ex amiga en sus inicios de un director del frigorífico "Anglo", noviaba ahora con el gordito Luis César Amadori, su Pigmalión del celuloide, y Perón —remiso a provocar una ruptura—, no tenía verdadero interés en echarse ésa, ni tampoco otra novia. Estaba demasiado ocupado en controlar la revolución del 4 de junio, y aparte de las furtivas visitas a algún cabaret (contadas con mala baba por Augusto Maidana) jamás mencionaba el amor o romance alguno, desde al menos 1938: su annus horribilis.

Nadie mejor que Mercante lo entendía. Era el cabeza de una familia estable y no le ponía barreras a la ternura, cómo señalaba la estrecha amistad con su secretaria, la rubia Isabel Eufride Ernst. Por ser hijo de una mujer llena de vigor, el teniente coronel detectaba las piezas femeninas de carácter, imaginando que a su mejor camarada le vendría bien alguien que le llevase a remontar una pobre vida afectiva. Y ahí estaba la joven y promisoria estrellita del radioteatro popular, loca por conocerle y dispuesta a echarle un pulso. El relato del hijo describe el encuentro entre Perón y Eva retratándonos al padre preocupado "por las sillas vacías en torno a él" y marcando a una chica, entre ansiosa y vacilante, el mimbre que no debía calentar el trasero de ninguna damisela, insistiéndole "en qué se acomodara de una buena vez y no se moviera de allí". Para plantarse al lado de Perón en una primera fila reservada a los miembros del gobierno, se había de contar con algo más que iniciativa o coraje, y para suerte de Eva era Mercante era el puente de plata que la providencia colocaba en su ruta de conquista.

En realidad, es probable que tanto él, como Álvarez y Eva misma pusiesen su grano de arena en el encuentro final. Lo que supere cualquier intención o mérito será, como siempre, aquello que arrastra consigo el torrente indetenible de la necesidad histórica. Así, mientras la Molina daba cuenta del mujeriego Imbert, la recién llegada siguió fascinando al coronel.
"Usted es actriz, ¿verdad?".
"No. Las actrices de verdad son otras. Yo soy una "rasca"..."

Era de una sinceridad sorprendente. Primero le agradecía su existencia. Después le confesaba su insignificancia, enmascarada en la profesión de actriz de radioteatros. Apenas una chapucera voz en el éter, alguien que se desvanece cuando termina su turno en la emisión y la emoción del oyente pasó. Algo de quien una persona importante se puede olvidar para siempre. Aunque quizás no, el hombre que nació en una casita humilde de Roque Pérez y durmió en una cunita hecha con cajas de "Cinzano".
"Si mal no recuerdo, usted fue una de las gremialistas que días atrás propuso acciones para ésta campaña...".

Ahora brincó el corazón de Eva. Él la distinguía entre más de cincuenta personas, algunas de ellas damas deslumbrantes, verdaderas diosas del espectáculo, bellísimas y deseadas por cualquier hombre. No. Sin lugar a dudas aquél no era un tipo cualquiera. Estaba eso sí, especialmente dotado para descubrir en cualquiera las dos cualidades que más le interesaban en los seres humanos, en especial aquello que se exige a fondo en la milicia: "subordinación y valor". En este caso, claro, para ayudar al débil y reforzar su nuevo rol de oficial justiciero.
"Todos queremos ayudar, mi coronel, por eso mismo estamos aquí. Y yo a su lado por descarada.¡Pero le ruego que trate de comprender mi ansia : es tan lindo recibir de cerca el calor del sol!

Tiempo después, ya casada y en privado, le dirá a una amiga "que ciertamente, Perón era como el sol", agregando"que si uno se le acerca demasiado al sol, el sol te quema". Sin embargo, aquella noche de aséptica luna que remataba una jornada intensa, la célebre Libertad Lamarque, Reina del Tango y gloria nacional, seguía trinando con empeño en el escenario, mientras él "con la mirada llena de brillo y la frente levantada"—como recuerda [ Penella De Silva con aires de "Cara al Sol" y] Eva en "La Razón de Mi Vida" —, no parecía prestarle demasiada atención.

Era como si el gesto y el pensamiento se aprestaran a rumbear para otra parte. La parte estaba, qué duda cabe, a su vera, provocándole el vaciamiento de arenas movedizas entre las que sepultaba sus ansias de ser nuevamente amado por una mujer, y en especial, por una como aquélla, de mirada franca y rasgos suaves que por instantes se encendían como una llamarada. El coronel de frente erguida y olfato finísimo para detectar atractivos irresistibles, no podía sustraerse a su aroma de hembra campestre, joven e impetuosa, pidiendo guerra a un macho maduro y poderoso, a un auténtico cacique tehuelche, pese al camuflaje de rigor...

De repente, el coronel miró de lleno a la actriz, desnudando la sonrisa centelleante. E imaginando quién sabe porqué irresistible fuerza, el instante en que Juana Sosa encandiló a Mario Tomás Perón, se llevó el pensamiento del padre a los labios.
"¿Sabe una cosa? ¡Me gustan las mujeres decididas!".

Contadas veces asumiría aquel hombre tal oculta verdad sobre sí mismo. La madre le había decidido su infancia y luego el desengaño. La abuela el ingreso a la milicia. Su finada, la culpa que lo perseguía desde 1938 y de la que él, padre imposible, en parte se fugaba sintiéndose un justiciero que persigue la gratitud y el reconocimiento del prójimo. Es comprensible entonces, que por un instante le embargase cierta secreta zozobra. ¿Qué porvenir le aguardaba tras la decisión de aquella mujer?...

En el único libro que se le conoce, Eva transformó en acto sacramental el cruce romántico de "su día maravilloso".
"Me puse a su lado. Tal vez esto hizo que me prestara atención, y cuando tuvo tiempo para escucharme le hablé lo mejor que pude: "Si como tu dices la causa del pueblo es tu propia causa, nunca me alejaré de tu lado, hasta que muera, por más grande que sea el sacrificio".

En el fondo fue así con pelos y señales, aunque enunciado de esta forma cursi parezca la proclama melodramática lanzada por cualquier heroína de sus radioteatros. Aquí, se nos aparecen [a quienes vivimos en los cines la época de oro de los films argentinos] las estremecidas imágenes de sirenas como Amelia Bence o Delia Garcés, con los ojos húmedos y los cabellos agitados por la brisa del mar —que aportan el maquillaje y una buena iluminación—, ante la planta del finado Gola o de nuestro Pedro López Lagar (exiliado e integrante del elenco de Margarita Xirgu), modernos sucedáneos del rey Neptuno y su tridente, en las escenas románticas de "La Vuelta al Nido" (1938) y "Veinte años y una noche" (1941). O quizá, yéndonos un poco más al norte, la delicada ternura de Norma Shearer, descubriendo por cuenta y riesgo de la MGM al empelucado Tyrone Power, en la historia de amor de la inmolada "María Antonieta" (1938); uno de los dramas preferidos de Eva, encarnado por la actriz favorita de los días de Junín.

El cerrado odio al esquivo progenitor la había transformado en una extremista, y las dos referencias masculinas de Eva lo reflejaban. Los dioses anfibios y el querubín asexuado sustituían simbólicamente la figura del macho. ¿En cuál de los moldes encajaba un atípico ejemplar cómo Juan Perón, y en qué arquetipo femenino casaba Eva, para un hombre indiferente ante mujeres a las que había que dedicar tiempo, para conquistar y contentar?

Quizá debieran hornear un molde nuevo para varón tan singular...
Años después, en un apunte titulado "Cómo conocí a Eva y me enamoré de ella", el ya doble viudo, con esa entusiasta afición a reinventarse el pasado eviscerándole el sexo y la ternura, sacraliza con rigor el día maravilloso de su última finada, permutando un encuentro francamente espontáneo y romántico en medio de la multitud, con una visita a la oficina parroquial o su equivalente: la Secretaría de Trabajo y Previsión.
"Entre los que en aquellos días pasaron por allí, había una joven de aspecto frágil, pero de voz resuelta, con los cabellos rubios (sic) y largos cayéndole sobre la espalda y los ojos encendidos como por la fiebre. Dijo llamarse Eva Duarte, ser una actriz del teatro y la radio, y querer concurrir, a toda costa, a la obra de socorro para la infeliz población de San Juan".

En la clave de su imaginario semi operístico [y reprimido], Perón se cubre con la sobria toga del clérigo en el momento de la confesión, agregando al relato algún trazo de parte militar. Eva es, en esta versión libre de la realidad, la criatura mística arrancada de alguna leyenda gótica que, con alma de recluta se reporta al monje mayor; cuando la verdad es que se apoltronó audazmente en un asiento reservado a la soldadesca y sus damiselas, aunque lo hiciera con la bendición de alguien tan humano como Mercante.

Con "los cabellos cayéndole sobre la espalda (aunque esa noche llevara rodete) y aquellos ojos encendidos como por la fiebre" cautivó para siempre a su futuro Svengali. Él, verseando para la galería, resta importancia romántica y quita espontaneidad al rush, derivándolo al terreno conceptual y de ideales comunes que, siendo auténticos como fragua de identidad emocional, se quedan cortos definiendo ese momento único en la vida de ambos.

Desde tiempo atrás, el chico criado en la Patagonia y la provincianita marginada, soñaban con un país en el que hubiera menos pobres y ricos, y en el que se aboliesen las feroces convenciones impuestas por los segundos; que en realidad eran sus propios victimarios. Eva estaba fascinada por aquel milico fiel a sus orígenes humildes y portador del mérito varonil realmente deseado por ella. Era él quien redimía ante sus ojos la imagen masculina del abandono y la insensibilidad. Por eso y sin sombra de duda, aquella "mirada férvida" que avizoró Perón, era la mirada de deseo de una joven hermosa que lo alcanzó de lleno. Fue así, a dos bandas; aunque después ambos rebajaran los calores que desató el encuentro en posteriores etapas, enmarcadas, tanto por el "Estado Justicialista" como por la llegada de la muerte y el principio del fin de todo.

En cambio, los párrafos que siguen en el relato del Perón exiliado, corresponden a la porción de la noche que niega.
"Ella tenía ideas claras y precisas. Y ahí mismo empezó a insistirme para que le realizara un encargo".
"Un encargo cualquiera. Quiero hacer algo por esta gente que en este momento es más pobre que yo".
"Yo la miraba y sentía que sus palabras me conquistaban. Estaba casi subyugado por el color de su voz y de su mirada. Eva estaba pálida, pero mientras hablaba su rostro se encendía...".

El temperamento apasionado y un ímpetu que anunciaba devoción y fanatismo, también conmovieron la solitaria naturaleza del coronel. Todo aquello se agregó a la extraña sensación que lo invadió, no más oírla. Le pareció conocerla desde muy lejos, en una medida quizás imposible de contabilizar respetando la realidad de su propia edad y la que dedujo, tendría ella. En la magia de aquella atemporalidad, la moza se le aparecía como si fuera el desdoblamiento femenino salido de su imaginaria costilla, si es que al alma le crece materia ósea.

El inconsciente encuentro de identidad emocional que impera en todo flechazo, hizo que éste anidara en el origen y posterior ambición de estas dos personalidades, tan ansiosas por reivindicarse, ante amigos y enemigos de clase. Eva había dado con el coronel, dejando atrás una infancia desdichada y una adolescencia abortada por el tortuoso camino a la fama, emprendido desde la nada con gran resolución, y un poder de cálculo nada pequeño. La historia de él se asemejaba en los orígenes y en algunos procedimientos destinados a borrar huellas peligrosas del pasado. Y aunque culturalmente se parecían poco—teniendo en cuenta la formación de Perón como cuadro del Ejército y profesor militar— la decisión de reinventarse animales de poder, subordinando los sentimientos a esa estrategia, pertenecía a ambos, terminando por redondear en uno la condición complementaria referida al otro.

Del marido algo distante de "Potota" o del viudo inconsolable, ya quedaba poco en el Perón de 1944. Las ansias de poder y justicia le gobernaban la madurez desde el retorno de Italia. Comparando sus instantáneas de las décadas anteriores con las de la actual, despunta el águila alba en más de un gesto y una mirada. Usando las palabras, el coronel continuaba siendo un oficial rudo en el fondo; pero había perdido para siempre la virginidad militar, apenas rota por el capitán en las vísperas del 6 de setiembre de 1930.

Bajo el uniforme, crecía ahora un político tan letal para los oligarcas y negreros de la patria, como para el futuro de su democracia política...
Los camaradas de siempre dejaban de serlo globalmente en beneficio de una nueva militancia que trituraba todo lo previo a esa etapa, o bien lo subordinaba. Incluso, hasta el amor y todas las formas de la pasión que su férreo autocontrol envolvía con exquisita cortesía y llameante simpatía. Convertido en profeta, hallaba de pronto en Eva Duarte una anhelada discípula. El diamante en bruto que en sus manos de orfebre devendría joya deslumbrante, en un momento necesario para consolidar la carnadura humana de su estatura de líder de los trabajadores; más exigentes en materia sentimental que los militares o los burgueses; a quienes tanto da que su jefe u hombre de confianza, ame y sea amado intensamente por una mujer o por un gorila (véanla sino a Marlene Dietrich en la venerada "Venus Rubia") mientras se guarden las apariencias.

El flechazo mutuo coronó el éxito de la campaña por las víctimas del terremoto. Al cabo de la noche la recaudación superaba los cincuenta millones de pesos de 1944, y la imagen de las FFAA ante el pueblo ganó prestigio asistencial, consolidando en la de su primer actor ventajosa posición en la carga final sobre Ramírez y sus coroneles. Como colofón, ambos se descubrieron mutuamente como la porción faltante, y en los días venideros ahondaron aquel dulce entrevero entre lo cóncavo y lo convexo, que nos ha trovado Roberto Carlos. Uno de los mejores estímulos para hacer de la tierra el cielo y de ese cielo un pequeño paraíso. O para el caso, un cálido refugio en el centro del huracán que irrumpiría en los dos años siguientes durante la lucha final por el poder en la Argentina.

Más allá de esta coyuntura, el fuego encendido a las 10:45 de aquel sábado 22 de enero fundó un cimiento emocional entre Juan Perón y Eva Duarte, sólo quebrado por la muerte ocho años después.
Lo que la historia destaque, en instancia última, no será sin duda el escenario del singular encuentro de estos dos fugitivos de la bastardía, la periferia y los cariños miserables; sino adónde los condujo a partir de entonces.

Por lo pronto, en la siguiente emisión radiofónica de Eva Duarte, emitida dos días después desde los estudios de Radio Belgrano de Buenos Aires, se hizo presente el coronel, escoltado por Domingo Mercante y una pequeña comitiva oficial.

Testigo de la visita, el fotógrafo Álvarez, contó años después que la pareja se comportaba aquella tarde "como si se conocieran de toda la vida.

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