POR HERIBERTO MURARO
2 años de K y un milagro argentino, según Muraro (EDICIÓN i)
En el 1er. Congreso Argentino de Investigadores de Marketing y Opinión, Heriberto Muraro presentó un trabajo (*) en base a las mediciones semanales del servicio TeleNews que realiza la consultora TeleSurvey. Dichos sondeos son realizados telefónicamente entre residentes adultos del área metropolitana y su muestra es de 300 casos semanales (más de 1.200 al mes). Hay un razonamiento en el que indaga: "Nos enfrentamos aquí a una administración que, desde el momento mismo de su inicio hasta el presente, es globalmente considerada en forma positiva, a despecho de los resultados de su gestión económica, que son generalmente calificados de mediocres y, en materia de ingresos reales, de malos. Cualquier analista no puede menos que preguntarse cómo es posible que la imagen de Kirchner sea mejor –mucho mejor- que la evaluación de su gestión económica". Si bien Kirchner no toma decisiones de fondo (y a la larga, esto no le será gratuito), en el corto plazo tiene un correcto manejo de los símbolos que puede interpretar el grueso de la población, y obtiene provecho de ello. La siguiente nota fue publicada en la EDICIÓN i de la semana pasada:
1. Midiendo la popularidad del Presidente.
En un pasado reciente -digamos, hace 10 años- las encuestas políticas de opinión pública solían asociarse, casi exclusivamente, con los sondeos preelectorales. En cambio, en la actualidad, las encuestas sobre el nivel de popularidad de los funcionarios y dirigentes partidarios más destacados han pasado a ser un género periodístico permanente para los medios y también un tema de preocupación cotidiana para cualquier elenco político.
El ‘índice de popularidad’ presenta ventajas sobre otras evaluaciones posibles. Ante todo, tiene un significado intuitivo inmediato, es decir, refleja la manera en la que solemos hablar habitualmente del desempeño de un dirigente político o de cualquier persona.
Su competidor más frecuente, la ‘intención de voto’, presenta, en cambio, serias limitaciones. Entre los investigadores electorales son conocidos numerosos dirigentes políticos que durante años se caracterizaron por tener altas intenciones de voto en períodos no electorales y ningún éxito al momento del escrutinio.
En segundo lugar, el análisis de las mediciones de popularidad que cubre lapsos extensos ha probado que las variaciones de dicho índice están relacionadas con datos vinculados a conductas observables, tales como el índice de precios o la tasa de desocupación. Cabe señalar que suelen incorporarse a las mediciones de popularidad del gobierno preguntas referidas a diversas áreas típicas de una gestión tales como la economía o la educación e inclusive relacionadas con sub-áreas tales como el empleo o la inflación.
El principal problema acerca de esas medidas es que, si bien todos los investigadores de opinión pública usamos esas herramientas desde hace años, carecemos de estudios comparativos que puedan ayudarnos a interpretar correctamente sus variaciones más allá de la trivialidad de dar por sentado que cuando un índice baja, la popularidad de un funcionario ha caído y que cuando sube se ha incrementado. Más aún, si bien los investigadores de opinión pública solemos trabajar fundamentalmente sobre la coyuntura, a diferencia de los economistas, carecemos de una metodología para abordar el cortísimo plazo.
2. La ‘luna de miel’.
Entre quienes investigan a la opinión pública es ya un lugar común hablar de la "luna de miel": se da por supuesto que, hacia el comienzo de una administración, los ciudadanos otorgarán al gobernante recién electo algo así como un crédito de popularidad.
También se da por supuesto que dicho crédito, salvo circunstancias excepcionales, irá luego decayendo hasta llegar a un momento en que la evaluación del gobierno dependerá de los resultados de su gestión y, en especial, de resultados económicos tales como la evolución del índice de precios o de la tasa de empleos.
El carácter transitorio de la ‘luna de miel’ no requiere de mayores explicaciones. Debido a que el tiempo que necesita cualquier gobierno para revertir hechos tales como una alta tasa de desocupación o de criminalidad suele ser más extenso que el plazo de gracia otorgado por la ciudadanía, el resultado neto de dicho proceso es una caída progresiva del índice de popularidad a los pocos meses de iniciada la gestión.
El traspaso del mando de un Presidente a otro induce a la gente a ‘sentir’ que la economía anda mejor aunque, como es obvio, es muy difícil que el funcionamiento de un sistema productivo pueda ser modificado automáticamente.
Lo que no sabemos los investigadores, y apenas si nos atrevemos a conjeturar, es cuánto puede durar una ‘luna de miel’ o, dicho de otra manera, qué es lo que determina el agotamiento del período de gracia. Más aún, nos resulta difícil de decidir si, dado una tasa de opiniones positivas y determinado lapso con respecto al momento de la asunción, el gobierno de turno continúa gozando o no de los beneficios de la ‘luna de miel’.
La formulación de generalizaciones empíricas suele ser muy dificultosa en el terreno de la opinión pública. En la práctica, la única transición que podría calificarse de relativamente ‘normal’, fue la que ocurriera al pasar del segundo período de Menem a la presidencia de De la Rúa.
Sólo sabemos que el incremento de popularidad que afecta a un nuevo presidente es sumamente variable y puede pasar de una suba de 10 puntos, tal como sucediera con Menem en su segundo período y con Duhalde, a cifras notables, de 50 puntos, de De la Rúa y Kirchner.
Otra generalización que cabe formular es que en la mayoría de los casos la caída se inicia al mes siguiente de la asunción. Aunque en algunas ocasiones la popularidad puede continuar subiendo luego de la asunción, ese plazo no se extiende más allá de los cuatro meses.
3. El ‘milagro K’.
El actual Presidente se inició en junio de 2003 con un 85% de ‘Bueno’ o ‘Muy bueno’. Al mes siguiente su popularidad subió levemente para luego decaer unos 12 puntos porcentuales durante los meses de agosto y septiembre, siguiendo así una trayectoria que parecía corresponder a un proceso típico de finalización de la ‘luna de miel’.
Sin embargo, a partir de septiembre de 2003, cuando el índice de popularidad era del 74% se produjo un proceso de recuperación que culminó en enero del año siguiente con una tasa de ‘Bueno’ o ‘Muy bueno’ del 88%; marca que jamás alcanzó Presidente alguno en las últimas dos décadas.
A partir de ese mes –septiembre de 2003- hasta el mes de agosto de 2004, la tasa de popularidad de Kirchner cayó gradualmente alcanzando un mínimo del 47% en beneficio, sobre todo, de su tasa de ‘Regular’ que creció en dicho período desde un 11% hasta el 42%.
Luego se produjo una recuperación parcial y, entre agosto y noviembre del 2004, el índice de ‘Muy bueno’ o ‘Bueno’ pasó del 47% al 59% en tanto que el ‘Regular’ descendió del 42% al 32%.
Después de esa recuperación, el índice de ‘Muy bueno’ más ‘Bueno’ de Kirchner ha permanecido fluctuando entre el 57% y el 61% en tanto que la tasa de ‘Regular’ varió entre el 30% y el 36% y la de ‘Malo’ y ‘Muy malo’ fluctuó entre el 8% y el 10%.
Es decir que, luego de 21 meses de gestión, su nivel de popularidad se mantiene hoy en torno a valores que ningún mandatario argentino lograra alcanzar ni siquiera durante los primeros meses de su gestión.
Si bien el nivel de popularidad del Presidente se mantuvo por encima del 60% hasta julio del año pasado, y por encima del 70% hasta marzo de ese año, ello no se puede atribuir exclusivamente a un factor subjetivo independiente de los resultados de su gestión. Se debió a que ese gobierno supo adoptar medidas políticas que el grueso de los ciudadanos evaluó positivamente.
La mayoría de esas medidas eran decisiones de bajo costo político y de popularidad asegurada que corresponden al género de gestión que los politicólogos italianos denomina como scambio simbolico.
Por ejemplo, el descabezamiento súbito de la cúpula del Ejercito y la Policía Federal, la ‘renovación’ de la Suprema Corte de Justicia, la intervención del PAMI y la formulación de discursos contra el FMI y los militares sospechosos de violar los derechos humanos durante el ‘Proceso’.
Cabe señalar que esa estrategia de alta popularidad y bajo riesgo correspondió a aquello que la oposición llamara en ese momento ‘ausencia de gestión de Kirchner’ pero que, a mi parecer, constituyó una maniobra por demás inteligente para un Primer Magistrado dotado de partida con un nivel de legitimidad sumamente precario.
Sólo se requería que apareciera en el escenario local –por demás preñado de graves problemas heredados del pasado- conflictos que suponen la adopción de decisiones costosas para que la ‘luna de miel simbólicamente prolongada’ (para denominarla de alguna manera) se hiciera trizas.
4. La minicrisis de mediados de 2003.
Según coincide el grueso de los ‘encuestólogos’, las causas de aquella ‘minicrisis’ de popularidad ellas fueron dos:
> los ‘piqueteros’, y
> la inseguridad urbana.
La crisis ‘piquetera’ obedece, ante todo, a un proceso de largo plazo: el creciente endurecimiento de los sectores políticamente moderados para con el movimiento ‘piquetero’ que está, a su vez, vinculado a la ruptura de la alianza que se produjera hacia el año 2002 entre los afectados por el ‘corralito’ y la masa de desocupados.
A ese proceso cabe sumar, ya durante el período de Duhalde, la ruptura del frente ‘piquetero’ en un ala ‘dura’ y otra ala, minoritaria, ‘blanda’; o bien, si se quiere en un ala de opositores y otra de oficialistas.
La ambigua estrategia de gobierno, consistente en ir desarmando y reconduciendo paulatinamente al movimiento ‘piquetero’ y en evitar toda forma de represión –hasta el extremo de pasar a retiro al Jefe de la Policía Federal cuando hacia julio de 2004 esa fuerza salió a la calle con armas de fuego- correspondió con una ambigüedad de la opinión pública local. Durante varios meses la opinión pública pidió que se erradicaran los cortes de calles o rutas sin decidirse a aceptar la posibilidad de que la policía reprimiese.
Durante los primeros meses K se preguntó a los encuestados si el gobierno debía o no "endurecer su trato hacia ellos". La tasa de quienes contestaron afirmativamente pasó del 61% a cerca del 70% en tres meses.
Luego se preguntó –dada la creciente impopularidad de ese movimiento- si el gobierno debía o no "reprimir a los piqueteros que cortaban rutas o calles". Entre diciembre de 2003 y marzo de 2004 los que contestaron afirmativamente pasó del 45% al 63% y entre junio y julio de ese año del 68% al 69%. Es decir, el precario equilibrio entre ‘halcones’ y ‘palomas’ fue deteriorándose entre fines de 2003 y mediados de 2004 en beneficio de quienes demandaban la imposición del orden público.
En septiembre, un grupo de agitadores pertenecientes a Quebracho –agrupación de extrema izquierda- copó una manifestación ‘piquetera’ y provocó una verdadera batalla campal en Plaza de Mayo. Luego, las manifestaciones ‘piqueteras’ violentas disminuyeron progresivamente y con ellas –a partir de agosto del 2004- cayó también del 69% a cerca del 50% la proporción de partidarios de la ‘mano de hierro’.
No obstante, como sucediera en febrero del corriente año, de vez en cuando algún hecho puntual provoca un incremento del rechazo a la política gubernamental en esa área.
Sólo en febrero y marzo de 2004 la tasa de quienes calificaban al desempeño del actual gobierno en relación a este tema como ‘Regular’ se ubicó por encima de quienes la evaluaban como ‘Mala’. En todas las demás mediciones mensuales el ‘Mal’ se ubicaba por encima del ‘Regular’ y ambas tasas, de manera muy evidente, por encima del porcentaje de quienes consideraban que el desempeño era ‘Bueno’.
Las opiniones francamente negativas pasaron del 28% en febrero hasta un máximo del 67% en agosto, para descender, monótonamente, hasta el 49%-50% en diciembre y enero de dicho año. En febrero de 2004, la tasa de rechazo a dicha política sufrió un brusco repunte –saltó al 61%- debido a un incidente menor ocurrido en la Ciudad de Buenos Aires.
Es probable que nunca haya existido una verdadera ‘luna de miel’ con respecto a esa área de la gestión gubernamental.
Aún en el momento de mayor apoyo a una gestión de gobierno, ello no supone que todos los aspectos de su gestión sean necesariamente calificados de manera positiva. No todos compartían, en el momento en que Kirchner iniciara su gestión, la convicción de que "no debía criminalizarse a la protesta social".
Esta serie temporal está correlacionada con el índice de popularidad del Presidente: las opiniones negativas hacia la política para con los ‘piqueteros’ sube cuando la popularidad de Kirchner desciende, y a la inversa.
Otra conclusión es que el cambio de estrategia del gobierno hacia las manifestaciones ‘piqueteras’ que se produjera después de la crisis de los meses de julio y agosto del 2004 –consistente en saturar las calles de agentes policiales armados con gases y balas de goma- así como la paulatina asimilación de la porción más numerosa de ese movimiento al oficialismo, rindió sus frutos en materia de reconocimiento de parte de los entrevistados.
Prueba de lo anterior es que la tasa de ‘Bien’ volvió a subir después de la crisis. Pero dicha recuperación de la confianza es ya un proceso ajeno a la ‘luna de miel’; se basó en acuerdos políticos cuya maduración requirió de los funcionarios gubernamentales un año de laboriosa gestión y mucho esfuerzo para disciplinar a las fuerzas de seguridad.
El ‘desencanto’ que genera el agotamiento de la ‘luna de miel’ es reversible si se adoptan medidas que resulten acertadas para el público, pero difícilmente esa reversión pueda empujar los índices de popularidad a los niveles registrados hacia comienzos de la administración.
5. Inseguridad.
Las demandas de mayor seguridad frente al delito que, por supuesto, existían desde mucho tiempo antes de la asunción de Kirchner fueron estimuladas durante 2004 por una seguidilla de acontecimientos resonantes, especialmente secuestros.
En enero y febrero del año 2004 adquirió suma notoriedad el secuestro del padre de ‘Corcho’ Rodríguez. En abril de ese año se produjo el secuestro y posterior asesinato de Alex Blumberg y durante el mismo mes, la primera Marcha por la Seguridad convocada por el padre de esa víctima.
En junio se produjo el secuestro de Cristian Ramaro (en la localidad de Tigre). En agosto se produjo el secuestro de Nicolás Garnil (en la localidad de San Isidro) y el secuestro y desaparición de Fernanda Aguirre (en la Provincia de Entre Ríos), en tanto que ese mismo mes tuvo lugar una nueva Marcha por la Seguridad también convocada por Blumberg. En septiembre de 2004 tuvo lugar la tragedia de Carmen de Patagones y la denuncia de un supuesto complot montado por altos oficiales de la Policía Bonaerense para matar al Secretario de Seguridad de esa provincia, León Arslanián.
En octubre de 2004, la agenda pública fue monopolizada por el secuestro y posterior liberación de Patricia Nime, en tanto que hacia fines de diciembre y comienzos de enero de 2005 ocurrió la tragedia de Plaza Once (Cromañón).
Entre febrero y mayo de 2004, quienes dijeron estar ‘De acuerdo’ con la política de seguridad del Gobierno nacional sobrepasó en más de 10 puntos porcentuales la de aquellos que estaban ‘En desacuerdo’, con la excepción del mes de abril de ese año, momento cuando tuvo lugar el secuestro y asesinato de Alex Blumberg y la primera Marcha por la Seguridad.
En junio, ambos porcentajes fueron prácticamente iguales, en tanto que en julio –momento en el que ocurrieron los hechos de violencia ante la Legislatura porteña- se produjo un brusco salto en la tasa de ‘Disconforme’, la cual pasó del 48% al 64%. Luego tuvo lugar un paulatino descenso de la disconformidad, hasta que al final del período examinado en este trabajo, los porcentajes de aquellos que dijeron estar ‘De acuerdo’ y en ‘Desacuerdo’ con la política gubernamental en materia de seguridad son casi iguales.
El punto de menor tasa de popularidad de Kirchner y de mayor disconformidad con su política hacia los ‘piqueteros’ correspondió al mes de agosto de 2004, pero el brote de inseguridad se produjo en julio.
Ello sugiere que el disparador del agotamiento de la ‘luna de miel simbólicamente inducida’ fue la reiteración de secuestros y la multitudinaria marcha de protesta convocada por Blumberg.
6. La crisis energética.
Hacia mediados del año 2004, también se perfiló otra posible fuente de graves dificultades para la imagen del gobierno: una inminente crisis energética.
Ésta se inició con sorpresivos corte de electricidad en el área metropolitana -que el Gobierno atribuyó a maniobras de las empresas proveedoras de ese servicio- y rumores de aumento de precios en las garrafas de gas envasado -un producto de uso imprescindible para los hogares más pobres del área metropolitana-.
En general, durante todo el período de medición sistemática de dicho indicador, la tasa de quienes calificaron positivamente al manejo gubernamental estuvo siempre por debajo de la correspondiente a aquellos que lo calificaban de ‘Regular’ o ‘Mal’.
Entre marzo y agosto de 2004, el porcentaje de ‘Regular’ descendió paulatinamente, en tanto que el de ‘Mal’ subió del 26% al 44%; luego la tasa de ‘Regular’ se estabilizó en torno a los 40 puntos en tanto que la de ‘Malo’ descendió paulatinamente –salvo en enero y febrero de 2005- y la de ‘Bueno’ ascendió hasta alcanzar, por momentos, los 27 puntos. Las curvas indican que, en realidad, el problema energético fue para la población una suerte de ‘crisis anunciada’ que no terminó de plasmarse.
7. ¿Y la economía?.
Los datos demuestran que la opinión sobre la gestión económica de la actual administración en ningún momento fue tan favorable como la imagen del Presidente, aunque ésta no alcanzó a los niveles de rechazo de las evaluaciones antes examinadas en relación a ‘seguridad’ y ‘piqueteros’.
Entre febrero de 2004 y el mismo mes de 2005, el promedio de quienes consideraron que el manejo de la economía era ‘Bueno’ fue del 41%; el 40% lo evaluó como ‘Regular’ y el 11% como ‘Malo’. En cambio, el desempeño del Presidente fue considerado ‘Muy bueno’ o ‘Bueno’ por el 64%, ‘Regular’ por el 28% y ‘Malo’ o ‘Muy Malo’ por el 7%.
La gestión económica fue más evaluada como ‘Buena’ durante dicho período en 7 mediciones mensuales y como ‘Mala’ durante los 6 meses restantes. En cambio, el desempeño del Presidente fue más evaluado como ‘Bueno’ o ‘Muy bueno’ en las 13 mediciones aquí examinadas.
A lo largo de 2004, en todas las ocasiones en que se preguntara cómo comparaban los entrevistados su actual situación económica con la que tenían un año atrás, alrededor del 30% dijo ‘Mejor’, el 30% opinó que ‘Igual’ y el 40% restante la calificó de ‘Peor’.
En enero y febrero de 2005 se midieron nuevos indicadores referidos al desempeño económico. Los resultados de esas preguntas indican que la población metropolitana considera hoy mediocre el desempeño del gobierno en materia de generación de empleos y obra pública, y francamente negativo en relación a su control de los precios y de los salarios y jubilaciones.
Luego, nos enfrentamos aquí a una administración que, desde el momento mismo de su inicio hasta el presente, es globalmente considerada en forma positiva, a despecho de los resultados de su gestión económica.
Cualquier analista no puede menos que preguntarse cómo es posible que la imagen de Kirchner sea mejor –mucho mejor- que la evaluación de su gestión económica. No tengo a mano una respuesta estadísticamente fundada acerca de esa contradicción pero puedo ofrecer algunas hipótesis que considero verosímiles.
En primer lugar, me parece obvio que si el desempeño del Presidente es mejor que las evaluaciones de su gestión económica –así como también con respecto a su política de seguridad y para con los ‘piqueteros’- ello significa que el indicador de popularidad de aquél está afectado por ‘otros’ factores ajenos a la seguridad y al bienestar material de la gente.
Dichos factores deben estar vinculados a los beneficios casi simbólicos que sustentaron el altísimo nivel de popularidad hacia los comienzos de su gestión: la depuración de la Suprema Corte, el enjuiciamiento a funcionarios corruptos o el enterramiento definitivo del fantasma militar.
En segundo lugar, considero que entre esos beneficios no monetarios que apuntalan la imagen de Kirchner debe incluirse un elemento difícil de medir en una encuesta cuantitativa pero no por ello menos importante: el hecho indudable de que éste ha llenado un vacío de poder y que su gestión es incomparablemente mejor que el caos de los años 2001 y 2002.
En tercer lugar, estimo que la evaluación de la política económica no es tampoco ajena a la popularidad de Kirchner si tomamos en cuenta los padecimientos sufridos en un pasado reciente.
Desde ese punto de vista , el sólo hecho que el 26% de la población considere ‘Buena’ su gestión en materia de creación de empleo y que un 43% la evalúe como ‘Regular’ (contra el 31% que la califica de ‘Mala’) es un resultado más que positivo si comparamos con los datos registrados hacia el fin del período del ex presidente Fernando De la Rúa.
-------------
(*) http://www.telesurvey.com.ar/TeleNews/
Despues_de_la_luna_de_miel.pdf








