En 1923, mientras estaba formándose la Unión Soviética en medio de una revolución tremenda, Lenin dió una conferencia para la juventud y le encomió estudiar y adaptar las técnicas administrativas del "capitalismo moderno". Cuando en 1983/85 liderada por Mijaíl Gorbachov la generación de la "perestroika" trató, en vano por supuesto, de detener el desastre, fue sobre la renovación de la conciencia política, y con ello de que la democratización de la sociedad debía pasar por una enérgica sustitución de la administración centralizada y antieconómica. En España el generalísimo Francisco Franco un día se decidió a promover el egreso de España de la Edad Media donde en buena medida permanecía pese a los democráticos y revolucionarios que le precedieron en el uso y abuso del poder; a cuyo fin dió amplias atribuciones a Laureano López Rodó, un experto en administración que reorganizó aspectos vitales del Estado y dejó en marcha un proceso que, a la muerte del dictador, permitió avanzar con el Pacto de la Moncloa y no reincidir en la carnicería de 1936/39.
El cambio como mito
POR JOSE ANTONIO RIESCO Alguna vez he pensado que si los políticos argentinos tomaran en serio la misión de gobernar deberían, ante todo, ser expertos en administración. Después de estudiar y enseñar Teoría del Estado aprendí que cualquiera puede saber que, de todo lo que hace el Estado, el 80 por ciento aproximadamente es planeamiento, gestión y control de las funciones (obras y servicios) con que se da respuesta a las necesidades de la sociedad. Lo que contrasta con el macaneo verbal, escrito y televisivo con que los políticos predican el cambio, la transformación, la revolución y otras grandes metas abstractas y esotéricas. En el siglo XX en más de veinte países de América Latina la única revolución realizada es la de Cuba que, de paraíso turístico de los millonarios de USA pasó a ser, hasta hoy, el gallinero con un solo gallo, ya viejito, a la cabeza. Pese a lo cual el mito de ese "cambio" sigue vigente para muchos.
La clase política argentina no duda, a cada momento, en despedazar el principio y la práctica de la soberanía del pueblo y de la buena administración, y mediante medidas arbitrarias aniquilar el bienestar social básico con el argumento de que "es por única vez" o, también, diciendo que es "lo único que podemos hacer". De allí el maligno déficit fiscal, la estafa del corralito, la devaluación y, consiguientemente, la confiscación inmoral de sueldos y jubilaciones. Pese a lo cual declaman la "política nueva" y "el cambio" como si se tratara de componer avisos publicitarios para vender camisetas o anticonceptivos. Así hemos llegado a la vergüenza de que nos rige un Estado mafioso, o sea el Anti-Estado. Es nuestra contribución al progreso universal de las instituciones.
El caso de las fuerzas armadas, tanto como de la salud pública, la educación y la seguridad ejemplifica bien el tema, y de ello, en alta medida no están exentas la justicia y la legislación. El Ejército es un aparato administrativo de ahí que se hable de logística, personal, materiales, transportes, comunicaciones y cuarteles; la guerra la maneja aquella fuerza donde su sistema funcional mejor se corresponde con el estado actual y potencial de la economía. En el caso de la Justicia no hay ningún abogado ignorante de que la sentencia es el punto de llegada de una acumulación de trabajo administrativo, donde la capacidad del personal de base y sus remuneraciones, el estado de los locales y archivos, la provisión de máquinas de escribir y computadoras, tiene mucha significación a todo lo largo del proceso. Y esto no es una negación del talento jurídico de los fiscales y jueces; ni tampoco de la preparación intelectual y el valor para las decisiones de los comandantes en el caso primero aludido.
Los políticos resuelven su déficit de idoneidad en las áreas administrativas de dos maneras. Una, designan a cualquier príncipe de comité por afinidad familiar o ideológica, quienes asumen para "producir el cambio" y de paso hacer algunos negocios personales. Otra, ocupar los puestos con la tecnocracia, que "son los que saben", mientras los "conductores políticos" se lavan las manos y, como tenemos visto en la Argentina, al final todo queda igual o peor que antes. Por ahí andan nuestros tecnócratas prófugos de la justicia algunos, y los más gozando de los réditos mal habidos con la pseudo economía de mercado y el jugosos estatismo neoliberal.
Como van las cosas no hay que ser pesimistas aunque no vemos motivos para el optimismo. La administración es la cenicienta del poder, mientras llueven los discursos y los pleitos entre los que gobiernan y los que quieren hacerlo. Pese a que no es un escenario de santos, debería regir una norma constitucional por la cual nadie podría ejercer un cargo electo o designado sin haber hecho un noviciado en los municipios. Es el lugar donde en verdad se aprende a gobernar, ya que si un día no pasa el basurero automáticamente la comunidad se moviliza enojada contra "los representantes del pueblo". En el orden nacional siempre tenemos más paciencia, y esperamos largamente a ver si el cambio prometido muestra algún resultado. Como los mitos, también el macaneo suele estar más allá del tiempo.








