La mejora económica se debe al cambio de política económica
Ahora, las retenciones son maravillosas; pero antes, la devaluación fue desordenada. Es deseable que no se confundan otra vez los resultados cortoplacistas con las estrategias productivas efectivas para la Argentina.
Por Mario Pérez Latorre (*)
Si algo caracteriza a la economía argentina es su muy baja tasa de crecimiento económico (de hecho, decreció el producto por habitante en los últimos 50 años), lo que resulta uno de los fracasos más estrepitosos de los pronósticos de principios de siglo XX sobre el destino de grandeza del país, cuando era un gran exportador y fijador de precios en muchos de los mercados de commodities de la época.
En este periodo de decadencia, los momentos de expansión coincidieron con circunstancias en las que el país vivió por encima de sus posibilidades económicas.
Ello fue posible por dos mecanismos.
El antiguo, por exceso de importaciones, financiadas por inversiones directas o pérdida de reservas del BCRA.
El nuevo, usado en la década del ´80, y perfeccionado su funcionamiento a pleno en los ‘90, por un fenomenal incremento de la deuda externa (que pasó de US$ 60.000 millones a fines de los ‘80 a US$ 146.000 millones a fines del año 2000, esto es un incremento del 145%, lo que implica un aumento de casi 8% anual).
Semejante aluvión de dólares provocó que se relajara el impulso exportador y se facilitara el proceso importador.
La sustitución de la producción y el trabajo argentino fue el altísimo costo a pagar.
La crisis social, la desocupación y la inseguridad que se extendió por el país, son las consecuencias a vivir, y que no siempre se miden en términos económicos.
El modelo de deuda-importación-desempleo entró en crisis con la convertibilidad (al final de la alianza, y con Domingo Cavallo nuevamente al frente de su propio invento distorsivo), y se le dio certificado de defunción con la salida del gobierno de la Alianza, cuando el mundo no estaba dispuesto a seguir financiando el gasto público argentino.
La batería de herramientas ortodoxas ya no eran efectivas (baja de sueldos y jubilaciones, paquetes impositivos de ajuste, corralito y corralón, refinanciación compulsiva a AFJP, blindajes de deudas, etc.).
Sin otra alternativa, con una deuda incrementada mas allá de lo razonable, y sin posibilidad de financiarla, el país debía generar los propios recursos (y en dólares).
Es verdad que el cambio de modelo económico se podría haber ejecutado de forma mas prolija, ordenada, previsible y efectiva.
Pero la mejora económica actual se debe al cambio de política económica. Y sus resultados son evidentes y reconocidos:
•El PBI está recuperando aceleradamente los niveles más altos ya alcanzados.
•El empleo aumenta y con vacantes que no pueden cubrirse.
•Los resultados fiscales evidencian una gran mejora y el tema es el exceso de recaudación que asombra a los ortodoxos en cuanto a su pensamiento macroeconómico.
•Las cuentas externas también muestran interesantes excedentes.
Los temas pendientes son de gran complejidad:
•falta renegociar la deuda externa,
•falta recomponer la capacidad del sistema financiero para que resulte un vehículo del ahorro a la inversión,
•falta reglamentar con mejor equidad la relación fiscal con las provincias (nueva coparticipación), y
•falta dar certidumbre de variables económicas a la producción.
La Argentina creció cuando en los períodos de tipo de cambio estable. Y creció consistentemente cuando tuvo tipo de cambio estable y en niveles altos.
Creció mucho más cuando a ello se le agregaron altos términos del intercambio.
Los factores puntuales favorables han sido otra muestra de que, quizá, Dios es Argentino (baja tasa de interés internacional, altos precios de la soja y petróleo, luna de miel política ante un nuevo Gobierno).
Corresponde que el cambio de tendencias (que no siempre serán favorables), pueda atenuarse con una mejor calidad de la política económica interna.
En tal sentido, hay que brindar certidumbres productivas:
•un dólar alto que se mantiene en el tiempo,
•una estructura impositiva que sea conocida con anticipación, y se respete,
•una oferta energética lógica, y
•una estructura salarial acorde con la producción y las ganancias empresarias.
Las retenciones son hoy una panacea porque se devaluó antes.
Se devaluó (como salió) porque no había mas remedio.
La devaluación permite reasignar recursos a los sectores transables y bajar el gasto público en dólares.
Las retenciones permiten que no toda la devaluación impacte en precios, y de esa forma la caída del salario real no sea mayor.
Esas retenciones deberían ir moviéndose en función de los precios internacionales (subirlas cuando estos suben y viceversa) y con los costos reales internos (bajarlas cuando estos suben y viceversa).
No pensar que son un artilugio divino (como no lo era la convertibilidad), ni eliminarlas por una concepción dogmática, desconociendo su aporte invalorable a la estabilidad y recuperación logradas.
(*) Economista. Consultora VAP, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2004.
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