Carl Schmitt, quien murió en 1985, fue un jurista alemán, integrante de la escuela del llamado Realismo Político, quien como muchos alemanes militó en el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei), pero las amenazas de las S. S. (Schutzstaffel), que lo persiguieron. Lo interesante es que Carl Schmitt aparezca en un debate sobre Néstor Kirchner, personaje políticamente primario, negación misma de cualquier esfuerzo intelectual para la comprensión de las ideas (¿cuál habrá sido el libro que alguna vez leyó Kirchner, aún durante sus años universitarios?). Por todo eso es posible considerar desproporcionado el esfuerzo de Álvaro Abós, Diego Gerzovich y Silvio Robles, aunque es interesante reproducir algunos conceptos del debate.
05 de junio de 2010 - 04:11
CIUDAD DE BUENOS AIRES (
Janolandia). El pasado 2 de junio, en un artículo publicado en La Nación
con el título "Los discípulos de Herr Schmitt", Álvaro Abós insiste con una idea que viene teniendo cierto predicamento en sectores de la "intelligentsia" vernácula.
Se trata de una operación relativamente simple: primero atar de modo inseparable la figura de Carl Schmitt con el nazismo (como si éste no hubiera sido despedido en 1936, en pleno régimen, de su puesto como Jurist oficial); luego abundar sobre el estilo confrontativo o belicoso del gobierno actual para vincularlo con la más publicitada de las definiciones schmittianas: que la política es cuestión de dirimir entre amigos y enemigos; y por último, a través de la aplicación de una intercambiable dinámica de propiedad transitiva, conformar un nebuloso conjunto de dos elementos Néstor-Cristina / Kirchner y Hitler. No vale la pena analizar la conclusión, sin antes revisar sus premisas.
En primer lugar, debe decirse que el artículo de Abós es muy interesante y sugiere muchas aristas para la discusión. Nuestra intención, en este caso, es contextualizar algunas afirmaciones de Abós para enriquecer este debate a dos puntas: por un lado, la coyuntura nacional; por otro, la polémica sobre el pensamiento de Carl Schmitt.
La limitación inicial de la nota de Abós es el extremado recorte que hace del pensamiento schmittiano: es cierto que el aporte más conocido del jurista alemán a la teoría política es su afirmación sobre el fundamento antagónico de lo político; sin embargo, presentarlo como su "principal aporte" descontextualiza en demasía el concepto.
El libro donde el weberiano Schmitt (El concepto de lo político) trabaja el problema de la especificidad y la primacía de lo político, sobre las demás esferas de acción de la sociedad moderna, conoce su primera edición no en 1932 como afirma Abós, sino en 1927. Esta corrección no es para descalificarlo como interlocutor válido, sino que nos permite mencionar, por ejemplo, el "diálogo de ausentes" (así lo denomina el investigador alemán Heinrich Meier) que durante esos cinco años sostuvieron el ya afamado Schmitt con el todavía ignoto Leo Strauss. Ese diálogo tuvo como consecuencia algunas modificaciones importantes, aunque no reconocidas abiertamente por Schmitt, entre la primera y la segunda versión.
Pero hay algo aún más importante que el artículo deja de lado. El libro de 1927 resulta una especie de corolario y conclusión de cuatro obras muy importantes de Schmitt: su libro sobre el romanticismo político (1919), su libro sobre la dictadura (1921), su primer tratado sobre teología política (y sus relaciones con el concepto de "soberanía") y finalmente, en 1923 su pequeño texto sobre catolicismo y política. Para resumir en pocas palabras, nuestra principal objeción es que resulta muy limitado pensar el concepto de lo político en Schmitt sin inscribirlo en el amplio marco de lo teológico-político.
En este sentido, Schmitt escribe en 1922: "Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados". Esta afirmación fue el punto de partida para una discusión todavía vigente en el ámbito de la teoría política: el debate sobre el concepto de "secularización". Un debate en el que han participado desde los años 60` importantes figuras de la filosofía política: Hans Blumenberg, Odo Marquard, Karl Löwith y más cerca nuestro en el tiempo, Giorgio Agamben.
El filtro teológico-político transforma la reflexión schmittiana en un tema completamente diferente al que el artículo de Abós resume en tres líneas. Veamos:
En primer lugar, la posición teológico-política de Schmitt se inscribe en una larga tradición europea de lucha ideológica respecto del capitalismo, el liberalismo y sus vínculos con la Reforma luterana y el calvinismo. Algunos autores han denominado a este combate "Guerra civil europea", cuyo episodio más sangrienta fue la Primera Guerra Mundial.
En segundo término, la defensa que Schmitt hace del decisionismo político no es una cuestión de estilos de decisión gubernamental, sino un combate político añejo en el que el enemigo, el liberalismo antipolítico, está plenamente definido. El enemigo es siempre "históricamente necesario".
El enemigo para Schmitt no se define de modo ocasional. Es decir, no se trata para Schmitt de ir "eligiendo enemigos por ahí", como pareciera sugerir el texto de Abós que hace el gobierno de los Kirchner. Eso es absurdo desde una perspectiva propiamente schmittiana. En este sentido, la característica principal del kirchnerismo descripto es completamente diferente de la posición teológico-política de Schmitt.
Digámoslo una vez más: los enemigos necesarios de la teología política schmittiana son el capitalismo liberal y antipolítico representado por la Inglaterra marítima del siglo XIX y principios del XX y, por supuesto, el anarquismo y los partidos del caos. Pues no hay que olvidarlo: Schmitt ha sido un partidario del orden. Y es esa firme toma de posición a favor del orden social la que explica su ahora famosa noción del "estado de excepción".
Estas puntualizaciones demuestran que los sugerentes análisis que reflejan la columna de Abós sobre el accionar belicoso e intransigente del gobierno kirchnerista están demasiado "contaminados" por la abusiva descontextualización y la consecuente simplificación del concepto schmittiano de política.
No se le puede pedir a nadie un certificado en "schmittología" para escribir sobre la influencia de Carl Schmitt en la actualidad. O sea: en Argentina no hay que llamarse Jorge Dotti para reflexionar sobre la prolífica obra del jurista alemán que entre 1933 y 1936 trabajó al servicio del régimen nacionalsocialista. No hay que llamarse Dotti, pero es recomendable su lectura. Este profesor de la Universidad de Buenos Aires viene construyendo con muchísimo esfuerzo e inteligencia un corpus que ya es indispensable para encarar seriamente la lectura de Schmitt.
A pesar de ello el artículo de Abós, no deja de ser una introducción interesante a un debate necesario de nuestros días. Y como si esto fuera poco, hacia el final de su artículo, formula una pregunta inquietante: ¿Cómo sustraerse del mimetismo violento que, según él, propone el kirchnerismo?
Sin mencionarlo, Abós presenta el gran tema de un intelectual francés aún vivo: René Girard. Toda la obra de Girard, quien como apostilla es lectura de preferencia -entre otros- del juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, gira alrededor del problema de la espiral mimética de la violencia.
Es recomendable ante temores "caperucitos" abrevar un poco en ella, so pena de descontextualizar una vez más, un problema absolutamente urgente.