En muy poco tiempo, muchos argentinos se vieron despojados de sus sueños y de su nivel de vida.
La tragedia de la clase media: Reunión importante con los acreedores
POR JAMES NEILSON (*) Columnista del diario Río Negro y del semanario Noticias, Neilson ahora también lo es del diario La Gaceta, de San Miguel de Tucumán. Por 2da. vez, corroborando el esfuerzo que hace ese matutino y que debería ser imitado por otros medios en cuanto a incorporar recursos humanos prestigiosos, U24 reproduce la columna dominical del ex director del Buenos Aires Herlad, que es muy apropiada a 24 horas de un encuentro decisivo entre el Gobierno argentino y los principales representantes de sus acreedores damnificados:
Aquellas manifestaciones multitudinarias que hace poco más de una semana se celebraron en Buenos Aires y en muchas otras ciudades del país ya han dado mucho para hablar.
Hay quienes suponen que trazaron un antes y un después; que de aquel momento en adelante la Argentina sería en cierto modo distinta porque "los políticos", ellos, se sentirán obligados a prestar atención a lo que les dice la gente y, por lo tanto, a actuar.
Al igual que las decenas de miles de hombres y mujeres, casi todos de clase media. que respondieron al llamado angustiado de Juan Carlos Blumberg, quienes piensan así creen en el poder de la voluntad.
Dan por descontado que por ser la Argentina una democracia, si la mayoría abrumadora quiere algo que sea tan sencillo como más seguridad en las calles, "los dirigentes" tendrán que asegurárselo.
Por desgracia, es probable que se hayan equivocado y que las grandes marchas del primer día de abril no hayan sido más que una protesta vana contra una realidad que nadie parece estar en condiciones de modificar.
# Traición a la confianza
Aunque es típicamente latinoamericano el dilema feroz planteado por la seguridad ciudadana, la que aquí se ve amenazada no sólo por delincuentes sino también por fuerzas policiales indisciplinadas y tal vez a esta altura incontrolables, las clases medias de la región y, en especial, la mayor, la argentina, no son las únicas que se sientan traicionadas por lo que está sucediendo en el mundo.
También en USA, en Europa y en Japón abundan los empresarios modestos, comerciantes, profesionales, técnicos especializados y funcionarios que tengan buenos motivos para temer que para ellos mismos y, lo que es peor aún, para sus hijos, el futuro será peor que el pasado, que les será cada vez más difícil conservar el nivel de vida al que se han acostumbrado.
Sin embargo, mientras que en los países más prósperos se trata de un fenómeno que aún es minoritario, en la Argentina el desmoronamiento de las viejas certezas ha afectado a muchos millones de personas que, en un lapso muy breve, se han visto despojadas de sus ahorros y de sus sueños.
Asimismo, aquí el hundimiento de partes de la clase media tradicional ha golpeado directa e indirectamente a los ya muy pobres, privándolos tanto de una fuente de ingresos como de la ilusión de que, con esfuerzo y suerte, podrían dejar atrás la estrechez ancestral.
# La "argentinización"
En Italia, en Francia y en Alemania, el destino trágico de la clase media argentina ha sido tomado por una advertencia de lo que podría ocurrir, a menos que la sociedad propia logre adaptarse pronto a un medio ambiente que se hace más inhóspito por momentos.
Con frecuencia se oyen alusiones al peligro de "la argentinización", este mal que suele ensañarse con países amnésicos que han llegado a creerse ricos por antonomasia y, por lo tanto, con el derecho a dedicarse a disfrutar de las riquezas disponibles, repartiéndolas conforme a los criterios en boga, sin preocuparse demasiado por la producción de bienes y servicios.
Pero aun cuando los más hayan comprendido muy bien que sería suicida negarse a emprender "reformas estructurales" de un sistema previsional ideado para países de otro perfil demográfico, del régimen laboral, de la educación pública, etcétera, es casi imposible hacerlo contra la oposición terca de los por jubilarse, sindicalistas, docentes y estudiantes, además de intelectuales y políticos que automáticamente tildan de "neoliberales" a quienes reconocen que les es necesario entender que el mundo ha cambiado radicalmente a partir de la edad de oro del Estado benefactor, que por treinta años funcionó muy bien.
Ni aquí ni en la Europa moderna les conviene a los políticos deseosos de ser elegidos comprometerse con un esfuerzo colectivo denodado, pero a menos que un pueblo esté preparado para "competir" así con otros más pobres, pero igualmente talentosos, tendrá que resignarse a formar parte ya del proletariado mundial, si la fortuna le sonríe, de la clase media baja.
Asustados por el espectro de "la argentinización", líderes políticos europeos como el socialista alemán Gerhard Schröder y los conservadores Jacques Chirac, de Francia, y Silvio Berlusconi, de Italia, están procurando actuar antes de que ya sea demasiado tarde; pero tal y como están las cosas parecería que no les será dado convencer a una proporción suficiente de sus compatriotas de que el desastre argentino podría sucederle a cualquier pueblo que cometa el error catastrófico de subordinar de manera sistemática lo político a lo económico, las intenciones presuntamente buenas al realismo, "la gente" a "los números", los intereses de los dirigentes partidarios a sus deberes, el presente al futuro cercano.
En Alemania, Schröder ha tenido que hacer frente a una rebelión de buena parte de su propio partido que, como el radicalismo alfonsinista cuando Fernando de la Rúa estaba en la Casa Rosada, no quiere tener nada que ver con medidas a su juicio heréticas; en Francia, los neogaullistas de Chirac acaban de experimentar una derrota humillante en las elecciones regionales; en Italia, pocos días transcurren sin que haya protestas callejeras masivas contra los intentos por lo común torpes de Berlusconi por frenar la declinación económica.
No es difícil entender lo que está pasando. En el mundo entero, las distintas economías están transformándose a un ritmo frenético generando oportunidades no sólo para prosperar sino también para fracasar, sobre todo entre los que se han habituado a cierto nivel de bienestar.
La tecnología sigue triturando oficios que antes garantizaba a los capacitados un buen pasar: ¿cuánto vale un linotipista hoy en día cuando cualquier computadora casera puede producir resultados que sean llamativamente mejores a los logrados antes por equipos conformados por trabajadores bien calificados?
Lo que es más alarmante todavía, la "globalización" significa que profesionales, entre ellos los contadores, diseñadores, jefes de personal y médicos, de una franja cada vez más amplia de la clase media han de competir no sólo con sus compatriotas sino también con rivales óptimamente preparados, pero modestamente remunerados de países como la India y la China.
Es de prever que en los años próximos toda función, y son muchas más de lo que propendemos a creer, que puede ser desempeñada ya por una computadora, ya por un especialista que reside en otra parte del planeta, será eliminada de la lista de opciones profesionales para los que pertenecen a una clase media occidental.
Según los optimistas, estos deberían estar en condiciones de conservar su puesto privilegiado en la jerarquía internacional porque podrán aprovechar los recursos intelectuales superiores que han acumulado a través de los años -al fin y al cabo, de las mil universidades que se consideran las mejores del mundo, casi todas están en USA, en Europa o en el Japón-, pero sucede que el desafío planteado por la tecnología, más la decisión de los gobernantes de la India y la China de participar plenamente en la gran aventura capitalista, han coincidido con el deterioro generalizado de las exigencias educativas en los países desarrollados.
# Devaluación educativa
Como los argentinos saben muy bien, una consecuencia lógica de la democratización es una especie de guerra contra lo difícil que se verá descalificado por "elitista", "clasista" y hasta "racista" por los contrarios a toda forma de discriminación.
nombre de la igualdad, estudiantes que una generación antes hubieran sido reprobados incluso por examinadores progresistas reciben sus diplomas universitarios sin entender que, gracias a la inflación académica, valen mucho menos que los bachilleratos conseguidos por los contemporáneos de sus progenitores.
Tales graduados no tienen muchas posibilidades de superar los desafíos que les esperarán. Tampoco las tendrán aquellas clases medias que, además de haberse entregado al facilismo, hayan sido tradicionalmente propensas a despreciar las ciencias básicas y la tecnología por suponerlas propias de pueblos más materialistas: no se trata tanto del conocimiento cuanto de cierta actitud frente a los retos planteados por una época en la que para que una sociedad determinada se mantenga intacta tendrá forzosamente que producir lo suficiente como para satisfacer las expectativas razonables de la mayoría de sus miembros.
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(*) La Gaceta, San Miguel de Tucumán, 2004.







