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En 2018, en plena corrida cambiaria e intervención del Fondo Monetario Internacional, Mauricio Macri recibió una informal oferta de Donald Trump para dolarizar la economía. Ahora es su par brasileño, Jair Bolsonaro, quien le propone hacer del real y el peso una sola moneda. La Casa Blanca y el Planalto le prodigan gestos de apoyo al mandatario argentino para que no pierda la reelección y, en consecuencia, los abandone en la cruzada contra el populismo venezolano. Y, como ven en el repudio nacional al peso, expresado en la devoción por el dólar, el principal punto débil de su aliado austral, intentan apuntalarlo como sea hasta que amainen la tormenta financiera internacional y los efectos de la guerra interarancelaria entre las potencias occidentales y orientales. La crisis de confianza en la moneda argenta es terminal e irremontable. El peso que creara Julio A. Roca hace 138 años hoy, entre reformas monetarias e inflación, debería cotizar a $ 50.262.180.000.000.000: o sea, $50.262 billones. Cuatro generaciones de argentinos: los Baby Boomers, Generación X, Millennials y Centennials, es decir, de bisabuelos a nietos, aprendieron a convivir con la inestabilidad, las devaluaciones y los incesantes aumentos de precios e internalizaron al billete norteamericano como el refugio por antonomasia. Sorprendemos al mundo como los que acudimos al Google a consultar más por el dólar que por el estado del tiempo. Pensamos en verde, ahorramos en verde, gastamos en verde, pero nos sentimos cada día más pobres, en monedas propias o, peor aún, en el propio verde.
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El gobierno y las fábricas de autos intentan animar a los empleados registrados que estén cobrando este mes los medio aguinaldos y los primeros aumentos de las paritarias a comprarse un 0Km. La suma de los descuentos podría hacer bajar un modelo chico de $800 mil a poco más de $500 mil. No está claro cómo jugaría la financiación en este caso, pero si el plan estuviera acompañado por un éxito absoluto, como en los mejores tiempos, las playas de las terminales, de las concesionarias e importadores liberarían en el lapso de la oferta unas 70 mil de las 200 mil largas unidades que se encuentran arrumbadas a la espera de dueño. Equivale a medio año de los patentamientos estimados para todo 2019, las perspectivas de recuperación productiva en el sector siguen siendo desalentadoras. El contexto de plantas que trabajan al 35% de la capacidad instalada e importaciones de Brasil que siguen en declive, y una demanda interna pichicateada para, en el mejor de los casos, reducir una cuarta parte de los stocks no sólo se está pagando con despidos y suspensiones, sino que varios autopartistas multinacionales decidieron cerrar y concentrarse en el país vecino, mientras sus colegas Pymes locales deshojan la margarita entre bajar la persiana y resistir como gato panza arriba. Ya fueron a la calle 4800 operarios de la industria proveedora y hay 3.000 más en capilla.
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Los resultados parciales de las 20 paritarias testigo, entre las 500 que abarcan a los 12 millones de trabajadores registrados y definen la mitad aproximadamente de la masa salarial en cuestión, se empiezan a notar en la calle en mayo y junio. Vienen dando un aumento a cuenta del 15%, que técnicamente le empatarían, punto más o menos, a la inflación acumulada en el período. Queda en la mitad del camino hasta el 28% al 30% promedio pactado para todo el año, con reaperturas permanentes y otros mecanismos de flexibilidad. Los sindicalistas resignan subir el tono de la discusión para recuperar el terreno perdido por los sueldos el año pasado y no quieren ni mirar hacia adelante, cuando venza el congelamiento parcial de tarifas y de precios administrados. La principal preocupación del día son los puestos de trabajo, y la opción pasa por achicar pretensiones en aras de mantenerlos. El 10% firmado en la paritaria mecánica coincide con el reciente acuerdo sellado entre Renault y SMATA para evitar 1.500 despidos y con la crisis que en general atraviesa la industria. La recesión consigue acotar el costo laboral, con mayor contundencia que cualquier reforma que se quisiera hacer aprobar en el Congreso, y la inflación hace el resto. Algo parecido a lo que caracteriza al sistema previsional, ya que los cambios en los tiempos y la fórmula de la movilidad terminaron siendo más efectivos para el gasto público que cualquier texto que a la larga modifique la estructura de la ley.
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