Hugo Sigman, el millonario industrial farmacéutico, es el dueño del semanario TXT, que tituló su portada Tengo un Amigo Judío, y en su volanta afirmó: "TXT vio la última de Mel Gibson. Sepan por qué es antisemita y retrógrada". En su edad madura, Sigman podría ordenar temáticas más constructivas para reivindicar su ascendencia judía; no hacía falta responder con una bofetada a otra. También ha participado en el debate Marcos Aguinis, un intelectual judío que ha considerado que el relato es pornográfico por la violencia explícita, con cierta preferencia por un relato de asesinato simbólico como si Jesús no hubiese sido un hombre real. Y decidió respaldar a ambos el periodista y médico Nelson Castro, un notable fundamentalista de la ignorancia o la mala fe. La cuestión es bastante sencilla: los fariseos y saduceos que integraban el Sanedrín, que era el consejo máximo de la nación judía bajo jurisdicción romana, no aceptaban que Jesús de Nazaret fuese el Mesías anticipado por todos los profetas del Antiguo Testamento, y consideraban que su prédica confundía al pueblo porque contradecía las enseñanzas que convivían en el Sanedrín (fariseos y saduceos, por ejemplo, no pensaban igual en cuestiones como la resurrección, una teoría decisiva tanto en el judaísmo como en el cristianismo). En segundo lugar, los fariseos y saduceos habían intentado ya atentar contra Jesús, y en todo caso lo que cambió en esta oportunidad fue la decisión dela víctima de enfrentar lo que podría llamarse ‘su destino’. No fueron los romanos quienes compraron a Judas Iscariote con 30 monedas de plata, para que entregara a Jesús. Y el relato histórico afirma que Judas, cuando comprendió la magnitud de su traición, no fue a pedir a los romanos que liberasen a Jesús sino a Caifás, el sumo sacerdote, con quien había negociado la traición. En tercer lugar, Poncio Pilato, el gobernador romano, no quería crucificar a Jesús básicamente porque su mujer le escribió una nota pidiéndole que no tuviese nada que ver con aquel asunto porque había tenido una pesadilla, y es sabida la importancia que desde la antigüedad se le ha dado a los sueños. En el caso de la tradición judía, consultar los casos de José, el hijo de Jacob; y del profeta Daniel. De todos modos, afirmar que fueron todos los judíos los responsables del asesinato de Jesús es incorrecto. Los responsables fueron los líderes religiosos de la nación judía, que compraron la voluntad de una turba, probablemente menestorosos y esbirros, quienes participaron del remedo de juicio al que se le sometió a Jesús. Por supuesto que hay una responsabilidad de los funcionarios romanos, pero es secundaria; porque el problema de fondo era teológico; y los romanos, que no comprendían el culto judío monoteísta, menos se inmiscuirían en la comprensión de las profecías. Jesús de Nazaret era el Mesías y pretendía modificar la sustancia de la Fe que practicaban los judíos desde Abraham; pero los sacerdotes y príncipes no estaban dispuestos a sacrificar sus privilegios ni renunciar a una estructura social que les convenía. Jesús era muy popular entre el pueblo judío, que lo había intentado proclamar rey. Una muchedumbre judía rodeaba permanentemente a Jesús por donde éste se desplazaba, y lo veneraba. También eran judíos los discípulos y los creyentes iniciales de lo que se denominó Cristianismo (y que tenía poco y nada que ver con el catolicismo actual). Luego de la muerte de Jesús, en la explosión del Pentecostés, miles de judíos fueron convertidos; el extraordinario dinamismo inicial del cristianismo fue por la aceptación que hicieron de la nueva Fe los judíos de todas las clases sociales, aún personajes destinados a liderar el Sanedrín como Paulo de Tarso, rebautizado como Pablo. Poncio Pilato, prefecto (no procurador) de Judea desde el año 26 al 36, se encontraba en Jerusalén, instalado en el palacio de Herodes de la ciudad alta. Se acercaba la Pascua y la presencia del prefecto causaba un efecto intimidatorio a los judíos. Pilato, seguramente vestido con la toga praetexta ribeteada en púrpura, propia de los altos magistrados en ejercicio, juzgaba auxiliado por otros dos magistrados romanos. Los soldados en el estrado casi con certeza eran auxiliares (soldados que no tenían la ciudadanía romana, probablemente eran sirios). Una cohorte (480 hombres) de estos auxiliares al mando de un tribuno se hallaba de guarnición permanente en la Torre Antonia, porque en Jerusalén no había legionarios (soldados pertenecientes a las legiones), sino auxiliares. Los juicios romanos seguían un trámite estricto: los acusadores (cualquier ciudadano libre) presentaban los cargos y a los testigos que los apoyaban. El acusado tenía tres oportunidades de defenderse. Los miembros del Sanedrín, temerosos de Cristo, decidieron su muerte espoleados por Caifás, sumo sacerdote. Pero el Sanedrín no tenía competencias jurídicas civiles y no podía aplicar el Ius gladii, la pena de muerte. Y, a la vez, no querían linchar a Jesús por temor a la reacción del pueblo, por lo que la solución de Caifás fue tratar de que fuera Roma la que ejecutara la pena y cargara con las culpas. Así que llevaron a Jesús ante Poncio Pilato y le acusaron no sólo de ser un blasfemo contra la Ley de Moisés (cosa que a Pilato le tenía sin cuidado), sino también de "rebelión contra Roma", lo que llamó la atención del prefecto de Judea, aunque según narran los Evangelios se dio cuenta en seguida de que Jesús no era un peligro No es la Iglesia Católica Apostólica Romana quien puede obtener un dividendo de la recordación de la tragedia de Jesús, porque el oropel del Vaticano contrasta notablemente con la austeridad y la sencillez de Jesús de Nazaret. Y porque Jesús nunca hubiese transado con el emperador Constantino como sí lo hizo el Obispado de Roma. Por lo tanto, este infrecuente debate termina resultando tan ocioso como inverosímil. Luego, existe una cuestión teológica más profunda aún, y que tiene que ver con la esencia del cristianismo: para cada cristiano, en el marco del conflicto de todos los siglos entre el Bien y el Mal, Jesús vino a consumar un sacrificio necesario para demostrar que era posible vivir sin pecar y que la redención era posible. La clave de su rol fue demostrar que, si bien el castigo del pecado era la muerte, Dios podía redimir al pecador arrepentido, a través del sacrificio de Jesús. Este pensamiento es decisivo para el cristianismo. Por lo tanto, ante la pregunta por qué murió Cristo, los cristianos responden "por mi", o sea que cada cristiano reconoce que, en el fondo, y más allá de Caifás y Pilato, él también participó de la tragedia universal. Por supuesto que la película de Mel Gibson tiene gruesos errores históricos. Jesús nunca habría hablado con Poncio Pilatos en latín. En todo caso tendría que haber sido en griego. El latín se reservaba para los decretos oficiales o era utilizado por la élite. La mayoría de los centuriones romanos en Palestina hablaban más griego que latín. Luego, en la película se caracteriza a Jesús con el cabello largo, tal como ocurre con los pintores tradicionales, y eso siempre ha sido equivocado. Los hombres judíos no tenían el cabello largo. Muy por el contrario, los textos judíos ridiculizaban el pelo largo como algo romano o griego. No obstante, el valor de la película no es tanto la historia que cuenta como la oportunidad de provocar un debate que, además, demuestra que gran parte de los esfuerzos ecuménicos son hipócritas, y que persiste un abismo entre las creencias, lo que no está mal siempre que conduzca a aceptar la identidad del otro. La sociedad en que vivimos lo deprecia todo, aplicando enormes dosis de frivolidad. Es más fácil condenar que investigar, resulta más sencillo negar que aceptar, y por cierto que es más popular tergiversar que transparentar. Jesús de Nazaret fue asesinado en una cruz, la peor muerte posible según los propios romanos (los musulmanes niegan la crucifixión de Jesús, argumentando que Alá jamás habría deshonrado así a Su Profeta permitiéndole sufrir semejante muerte), probablemente el viernes 7 de abril del año 30. Lo que importa no es quién fue el responsable de levantar el madero o clavar los clavos sino qué supone eso en el presente. Y en ese punto todos estamos en falta. Esta sociedad cristiana hace mucho que se niega a practicar el cristianismo y por eso sus jóvenes repudian en forma creciente las teorías religiosas. Y a los judíos no les ocurre algo muy diferente. Algo más sobre la crucifixión: Cicerón la describió como la más cruel y terrible de las ejecuciones porque no era sólo muerte sino también tortura prolongada, dolor, agonía... Era el método de asesinato legal que advertía a todos acerca del precio de vulnerar las leyes. Por eso la crucifixión era pública y en lugares abiertos, para que los cuerpos quedaran expuestos y todos pudieran ver el castigo. La antropología ha logrado demostrar que los reos de muerte eran flagelados. Los romanos utilizaban tres niveles en la flagelación con látigo, así, la más dura era para los reos de muerte. Luego le cargaban el travesaño a la espalda y le hacían llevarlo hasta el lugar de la ejecución, donde el madero vertical estaba clavado de manera fija, esperando a su víctima. El hombre era tendido en el suelo boca arriba y sus brazos clavados al travesaño. No podían clavarles las palmas de las manos porque el peso desgarraría la carne fácilmente, por eso se clavaban los brazos del reo por debajo de las muñecas, entre los dos huesos del antebrazo: el cúbito y el radio. Entonces se subía el travesaño y se fijaba al madero vertical. El reo estaba de pie y podía apoyarse en un listón de madera que servía de asiento. Le subían las piernas y le clavaban los talones al madero. El examen de los clavos ha demostrado que el clavo atravesaba antes un trozo de madera de acacia o almendro para fijarse mejor. Todo el peso del cuerpo quedaba colgado de los brazos, por lo que el cuerpo tiraba hacia abajo y los clavos iban desgarrando la carne de los antebrazos hasta que los huesos de las muñecas frenaban el descenso y el hombre comenzaba una agonía que podía durar horas y horas hasta que fallecía por asfixia entre horribles sufrimientos. Por encima de su cabeza se clavaba un cartel donde se daba cuenta de los crímenes cometidos por el reo. En el caso de Jesús, Pilato se vengó de los fariseos y saduceos: "Rey de los Judíos" fue el cargo, condición que ellos se habían esmerado en negar porque insistían en que era un impostor. Como medida de gracia, los soldados podían partirle las piernas a golpes para acelerar su muerte. En vez de polemizar acerca del film de Gibson, sería mejor que cada uno se cuestionara acerca de qué está ocurriendo con la Civilización tal como la conocemos. Y que se pudiera justipreciar el extraordinario acontecimiento de que un carpintero de una aldea de Galilea se atrevió a desafiar a su tiempo y a todos los tiempos de manera tal que, luego de tantos años, su vida y su muerte aún provocan controversias. Su mensaje esencial ("Amaos los unos a los otros") aún es tan revulsivo, provocador, explosivo, modificador, revolucionario, que conmocionan al Papa, a los telepastores de la Christian Coalition estadounidense y al Gran Rabino de Jerusalén, tal como le ocurrió con el Sanedrín hace más de 2.000 años. ¿Qué ocurriría si hoy Jesús recorriese el mundo con aquel mensaje? Da pena imaginar que hoy día Jesús sería crucificado como entonces, y también por dignatarios eclesiásticos que se negarían a aborrecer la riquezas, a practicar la caridad y la fraternidad, a someterse al poder transformador del amor.
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Anticipo Edición i: La Pasión de Jesús y los periodistas ideológicos
A continuación un material del Nº 3 de Edición i que se distribuirá hoy: "La Pasión de Jesús, la película de Mel Gibson, ha resucitado un debate milenario. Lamentablemente existen muchas opiniones sin fundamento, antojadizas, que procuran desvirtuar los acontecimientos". POR EDGAR MAINHARD
25 de marzo de 2004 - 04:57






