POR HORACIO VÁZQUEZ-RIAL Primera mujer "(...) Aparece entonces Aurelia Tizón. No se sabe exactamente cómo: se conocieron en un baile, dicen unos; los presentaron Descalzo y su mujer, dicen otros; su primer encuentro fue en un cine, explican unos terceros. La cuestión es que se casaron. Que a ella la llamaban Potota, hipocorístico de "preciosa". Que nadie se ha podido precisar su fecha de nacimiento, entre 1903 y 1908, aunque sí se sabe que era la sexta hija de Tomasa Erostabe y Cipriano Tizón, y que éste tenía un estudio de fotografía y era militante del Partido Radical. Que la hija del general Lonardi, que la conoció en Chile siendo una niña, se refiere a ella como "María" –confundiéndola con la hermana-, y que eso tal vez esté asociado con su insignificancia (Lonardi, 1980). Que ella, que vestía como una institutriz, jamás llamó al General por su nombre sino invariablemente por su apellido. Intento imaginar la vida de la pareja: él escribiendo uno de las muchas obras de asunto militar que publicó en su vida y ella diciendo: "¿Querés un café, Perón?". Después llamar a la puerta del despacho con discreción y aguardar el permiso,en el sombrío piso de Santa Fe 3641, con su dormitorio Luis XVI, su inalcanzable aparador con escalera y su piano más o menos callado. En algún momento se intentó presentar a Potota Tizón como una prefiguración de Evita. Los periodistas que editaron su relato autobiográfico –Luca de Tena y Calvo- evidentemente sorprendidos por la falta de referencias a ella en las palabras grabadas del General, intentan llenar ese vacio con un comentario propio que va en ese sentido: "Un día, a principios de 1926, conoció a una maestra de escuela, inteligente y agraciada, llamada Aurelia Tizón, a quien galanteó y con quien contrajo matrimonio. Aurelia –y éste es un dato altamente superior- dedicaba gran parte de su vida al estudio de la situación de la gente pobre del país. Invirtió mucho de su tiempo en levantar fondos para ayudar a niños inválidos, huérfanos y subnormales, y no es aventurado pensar que su preocupación por los temas sociales influyera poderosamente en su joven marido hasta entonces sólo atraído por asuntos militares. (...) Una vez perón confesó a su amigo íntimo Jorge Antonio que su amor por Aurelia Tizón fue muy hondo y sincero, y que ocupó un rincón secreto de su corazón a través de toda su vida" (Perón, 1976). El párrafo pretende ser respetuoso con el General pero termina por cumplir la misma función que las menciones a Evita: disminuirlo a través de una figura femenina que decide sobre sus intereses. Es excesivo suponer que Perón, después de haber participado –como fuera: elíjase la versión que se prefiera- en las luchas obreras de las décadas de 1910 y 1920, necesitara que una maestra de escuela, cuyo mérito mayor parece haber sido tocar medianamente bien el acordeón y menos bien el piano, lo hiciera ver la luz sobre los problemas sociales de la Argentina cuando él ya estaba en plena carrera hacia el poder. En el hecho de que la pareja no tuviera hijos quieren ver algunos una confirmación de la supuesta esterilidad de Perón. Ésta se habría originado en un accidente de gimnasio, en 1913, en el Colegio Militar: una caída sobre el potro con las piernas abiertas en pleno ejercicio. Pero de ese accidente, al que nadie dio relieve en su momento porque no lo tenía, sí hay constancia en el legajo del General. ¿Quién iba a robar una hoja de historia clínica en la que se dice que, en efecto, el paciente recibió un golpe en los genitales que no tuvo para él consecuencia alguna? Potota Tizón quería tener hijos y no pudo. Alicia Dujovne Ortiz (1996), en su libro ‘Eva Perón. La biografía’, se asombra de que la cuestión de la esterilidad (o no) de Perón haga aún correr tanta tinta en la prensa y en los tribunales argentinos, pero también aporta un dato interesante al apuntar que Fanny Navarro, amante de Juancito Duarte durante largo tiempo y una actriz muy popular en su momento, le había dicho a la fotógrafa Anne-Marie Heinrich que Evita había perdido un potencial hijo de Perón, hecho que confirma Fermín Chávez. Por su parte, Isabelita declaró haber perdido dos embarazos del General. El doctor Barreiro (2000), en su ‘Juancito Sosa’, da su opinión profesional al respecto, sostenida sobre pruebas clínicas que él mismo ordenó: Perón no era estéril. Preguntado por un periodista en 1996, en ocasión de la orden judicial –de realización aún hoy postergada- de exhumación de los restos del General para efectuar pruebas de ADN a Martha Susana Holgado o Lucía Virginia Perón, Enrique Pavón Pereyra, biógrafo laudatorio donde los haya, declaró sin ambages: "Perón no era estéril, era impotente. Esto está en las cartas y en los informes médicos" (Aznárez, 1996). No lo hubiese expresado así, de haber estado vivo el General. Pero no está mal que lo haya expresado. Desde luego, lo que está en los informes médicos o en las cartas es la fecundidad del personaje, no su impotencia: él no hubiese mencionado jamás y dudo que exista mujer que, habiendo vivido experiencia tal, se atreviera a recordarlo en voz alta. (...) Aurelia Tizón murió en 1938 de cáncer de útero, como moriría Evita catorce años más tarde, en 1952". La hija Lucía Perón es legalmente Martha Susana Holgado. Hija putativa de Eugenio Holgado. Pese a que, para la historia fundada en documentos, Eugenio Holgado nunca existió. No hay una partida de nacimiento suya, ni una fe de bautismo en la más perdida de las parroquias de España. Aunque tuvo documentos de identidad, auténticos no falsificados, varios y de diversos países, no hay policía en Europa ni en América que guarde una sola constancia de trámite. Ni a su nombre ni a ninguno de los hombres que se sabe que empleó a lo largo de su vida: Manuel Barrios, Felipe Alcorta o cualquier otro. Claro que hubo coetáneos suyos así llamados, pero todos y cada uno de ellos fueron investigados por los servicios de inteligencia de más de un país, y ninguno era, no podía ser, el Eugenio Holgado de esta historia, el Eugenio Holgado que prohijó a la niña que, en una de sus actas de nacimiento, recibió el nombre de Martha Susana. La misma niña que, en un acta posterior, fue declarada como Lucía Virginia Perón. La madre era en los dos casos Cecilia Demarchi. La fecha del alumbramiento también era idéntica: el 16 de julio de 1934. Cuando Juan Perón, mucho antes de ser el general Perón histórico, valiéndose de lazos circunstanciales con la inteligencia italiana, quiso conocer el pasado de Eugenio Holgado, se encontró con varios hombres diferentes, cada uno de los cuales podía coincidir parcialmente con el que le interesaba, pero sólo parcialmente. Uno era anarquista, un dirigente de mucho prestigio y sumamente escurridizo, al que se suponía combatiendo en el frente republicano en los días de la Guardia Civil española. Otro había formado parte de la Legión, y había sido licenciado como coronel. Un tercero había sido espía en Argelia y Marruecos, al servicio de Francia. Holgado no era ninguno de ellos, pero los tres cabían en él. Y algunos más. La búsqueda del pasado de un hombre es una búsqueda de su presente. Lo que Perón quería era el Holgado real, necesitaba saber a quién se enfrentaba, con quién trataba, con quién tenía que negociar una parte de su vida. Nunca lo consiguió. En cambio, más tarde, descubrió que Holgado sabía mucho de él, más de lo recomendable para la seguridad de un gobernante, y que, en determinados momentos parecía poseer más poder que él. Holgado hablaba el castellano con marcado acento catalán, y tal vez se hubiese criado en Barcelona, pero hablaba otros idiomas sin acento identificable y con la fluidez de la lengua materna. Nadie recuerda cómo eran los ojos de Eugenio Holgado: los llevaba cubiertos por unos anteojos oscuros a toda hora y en todo lugar, igual que el más irreconciliable de los enemigos de Perón, Isaac Rojas. Nadie puede estimar con un mínimo de rigor la dimensión real de la fortuna de Holgado. Entre otras cosas, porque es más que probable que perteneciera a más de una persona, la misma, pero distinta. Y porque el entramado de sus empresas sería, aún hoy, difícil de descifrar. Eso sí: era una fortuna inmensa. Protegida por la virtud de la discreción. En una sola cosa se puede afirmar sin temor a equivocarse respecto de Eugenio Holgado: amó a Cecilia Demarchi más allá de todo límite razonable. La amó mal, con un amor perverso y dañino, pero la amó. Perón también la amó. También a su manera. Pero la amó. Por ella, la vida de esos dos hombres estuvo unida durante casi medio siglo. Tal vez no mereciera tanto, pero el amor es una enfermedad de la imaginación, igual que la ciencia histórica. Modos de amar A Juan Domingo Perón le fueron negadas muchas cosas. El monstruo construido entre amigos y enemigos, por ejemplo, no posee sentimientos. Quienes lo odian, sólo le reconocen rabia y desprecio hacia su madre, Juana Sosa, por su exigente sexualidad y su búsqueda de lo que Mario Tomás Perón era incapaz de darle, y resentimiento hacia su padre por sus fragilidades e insuficiencias. Quienes lo idolatran, no le reconocen ni le reclaman nada: lo que haya sentido no importa y es dejado de lado, no es materia hagiográfica, incluso puede ser una imperdonable debilidad. Alguien escribió alguna vez que el poder es un tejido de datos, pero por mucha información que se acumule sobre el General, el secreto de su poder huye constantemente, se desvanece en la lejanía, igual que su identidad última. Se pueden leer bibliotecas enteras referidas a él, a sus actos, a sus palabras, a su historia política; bibliotecas que, de hecho, están escritas sin acercarse un solo milímetro a su persona real. Y sin embargo, parece ser que el hombre amó. Amó a su manera oblicua, militar y desapegada, pero amó más que el común de los mortales, que en su mayoría pasan por este mundo sin experimentar nada parecido a una pasión y se reproducen y mueren simplemente porque hay que cumplir las órdenes que la especie inscribe en la intimidad de lo orgánico. Y odió, vaya si odió. "Al enemigo, ni justicia", llegó a escribir de puño y letra en una nota al siniestro Román Subiza. Pero, ¿y al amigo? Desdén hacia el obsecuente del poder. Amistades tuvo pocas, y todas antes de la gloria, o como se llame eso. Bartolomé Descalzo, Isidro Martini, Santiago Trafelatti, Domingo Mercante, tal vez algún otro. Perón se enamoró, al menos dos veces. Alrededor de los cincuenta, de Evita. A los treinta y nueve años, en 1933, se había enamorado de Cecilia Demarchi. A su manera oblicua, militar y desapegada. Que ella se enamorara de él no puede sorprender a nadie. Millones se enamoraron de él viéndolo de lejos, cientos viéndolo de cerca. Tenía, para hombres y mujeres, la inefable capacidad de hacerlos sentir el centro del mundo mientras él los mirara. Después podía irse, desaparecer para siempre, sin que el otro se librara ya más de su propio nuevo rostro, un rostro protagónico, superior, consagrado: cuando uno es el centro del mundo una vez, no deja de serlo nunca, aunque todo se desplace y se reinicie hasta el infinito. Cuando llegó el momento de conocer a Cecilia Demarchi, el general Perón estaba casado con Aurelia Tizón. Un día, en casa de la familia de Isidro Martini, apareció Cecilia. Estaba sola. Se había separado de su marido, Eugenio Holgado, después de la muerte de su, hasta entonces, única hija, Martha Susana. La pareja no había resistido ese tremendo golpe. Quién sabe por qué los Martini habían recibido a una mujer separada, una paria en aquella época y en aquella clase social: tal vez por la convicción de que, ocurriese lo que ocurriese en su vida, ella no iba a terminar en la miseria porque poseía una considerable fortuna personal, tanto en la Argentina como en Italia, donde había nacido. Era, pues, rica, europea y hermosa. Él todavía no era nadie, pero se comportaba como si fuera alguien: no porque se mostrara soberbio ni desdeñoso, sino porque su confianza en el destino era absoluta y lo hacía saber en cada movimiento, en cada sonrisa, en cada afirmación, en cada actitud. Al verlo, se hubiese dicho que era rico y europeo. Era, por el contrario, pobre y de media sangre india. Tal vez fuera hermoso. Se encontraron y fueron amantes. Hay muchas maneras de decirlo, y hasta de ilustrarlo, con escenas y diálogos, pero en este caso es preferible la vía escueta, porque escuetos debían de ser sus encuentros clandestinos, escueto su estilo sexual, escueto el diálogo porque ninguno de los dos tenía que explicarle nada al otro, no les hacía falta engordar una seducción que estaba ahí desde el principio. Ella habrá contado la muerte de su hija y la separación de Holgado. Él habrá escuchado lo imprescindible para permitirse cerrar la cuestión con un ¡qué barbaridad m’hija!, dejándola convencida de su comprensión y su adhesión antes de retirarse a su propio interior. Si habló de amor, de intensidad en un militar que no sólo era oblicuo y desapegado en su modo sentimental, sino que tenía un proyecto de vida a muy largo plazo, es porque en ese vínculo Perón se lo jugaba todo, y lo hacía constantemente. Él estaba casado, lo he dicho. El precio por el adulterio en el Ejército era la exclusión de la carrera. Si aquello se sabía, él dejaba de ser militar, se acababa el camino que se había propuesto seguir y que ahora seguía en la zona más oscura del entorno del general Justo, se alejaba para siempre de la posibilidad del poder. Se perdía en el mar de los acontecimientos improbables todo lo que había ambicionado, se postergaban indefinidamente las venganzas, las limpiezas, los ajustes, la recomposición del pasado y el estremecimiento del futuro. Pero continuó. Ella ya lo había perdido todo. No existía el divorcio en aquella parte del mundo. Jamás hubiese podido casarse con Perón ni con ningún otro hombre que no fuese Eugenio Holgado. No le quedaba más que dinero. Los Martini, inevitablemente enterados de la situación por el papel que les había correspondido en los inicios, veían el desarrollo del drama con terror. Cecilia, que había llegado a la casa por amigos comunes y con la que no llevaban demasiado tiempo de relación, les preocupaba menos que Perón, amigo dilecto de Isidro, a quien podían salpicar los lodos del escándalo. Escándalo es una palabra anticuada, casi un arcaísmo, pro en aquellos días tenía una absurda y poderosa vigencia. El escándalo era como la muerte, pero peor: muchos preferían la muerte, y se entregaban a ella. Pero Cecilia y Perón siguieron adelante. Al cabo de unos meses, Cecilia se encontró encinta. ----------------------- Copyright by EDICIÓN i, 2005.
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Juan Perón y el sexo (un relato de EDICIÓN i)
Horacio Vázquez-Rial presentó anoche, en el auditorio de la librería El Ateneo, en la calle Florida, su libro 'Perón, tal vez la historia' (que ya provoca debate antes de ponerse a la venta, según el correo adjunto). Estuvieron Patricia Bullrich, Magdalena Ruiz-Guiñazú, Carlos Floria, y otros (que incluye al autor, y a Lucía Perón / Martha Susana Holgado y a Marcos Aguinis, entre el público). La revista EDICIÓN ianticipó hace 2 semanas algunos fragmentos, por cierto polémicos, de este nuevo trabajo acerca de Juan Domingo Perón, y aquí se reproduce una parte de lo publicado:
06 de agosto de 2005 - 10:48






