USA vs. Francia: "¿Por qué no nos quieren?"

POR WALTER RUSSELL MEAD (*) Resulta muy interesante este presente de los Estados Unidos muy enojados con Francia porque el gobierno de Jacques Chirac se opuso a la invasión a Irak. Los franceses difunden literatura criticando a la Casa Blanca, y los estadounidenses responden con artículos como éste, que publicó la revista Foreign Affairs. Nadie menciona el verdadero motivo de la batalla: la petrolera TotalFinaElf, francesa, tenía importantes contratos petroleros en Irak, que USA pretende reasignar a empresas propias. Entre dólares y euros, se acomoda la dialéctica siguiente:

"Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar." Así empieza una plegaria popular que se repite en los círculos de autoayuda en los Estados Unidos. Y que viene a la mente de los estadounidenses cuando piensan en Francia.

Punzante y engreída, convencida de su propia superioridad, Francia es el país en el que el sentimiento antiestadounidense encuentra su expresión intelectual más refinada en Occidente. Este fenómeno persiste a pesar de que pocos países se beneficiaron más de la cobertura de seguridad estadounidense en el siglo XX.

En efecto, la hegemonía de los Estados Unidos manifiestamente no limitó la libertad de acción de Francia en el plano internacional, sino que incluso le garantizó un escaño en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y con derecho de veto.

En un momento en que el sentimiento antiestadounidense emerge en todo el mundo y en Francia, y cuando, en virtud de la expectativa de la guerra en Irak, los estadounidenses tienen un interés inusitado en lo que Francia tiene que decir, dos distinguidos intelectuales franceses escriben lo que vienen a ser dos obras contra el sentimiento antiestadounidense.

L’Obsession Anti-américaine, de Jean-François Revel (más conocido en los Estados Unidos por ser el autor de Without Marx or Jesus), encuentra que el sentimiento antiestadounidense es producto de errores políticos y morales de los propios franceses. L’Ennemi Américain, del prestigioso académico Philippe Roger, pasa revista al desarrollo histórico del discurso antiestadounidense en Francia, tanto de la derecha como de la izquierda, durante los últimos 200 años.

Vale la pena leer ambos libros; es de esperar que un editor de criterio ilustrado haga que se traduzcan al inglés. Se requerirá un dotado traductor capaz de captar la chispa del elegante estilo de Roger: lúcido, erudito y siempre persuasivo, aunque abundante en referencias literarias intraducibles y citas resonantes.

Por ejemplo, cuando Victor Hugo (ya entrado en años, objeto de todos los honores y uno de los pocos personajes que mantuvo un sentimiento a favor de los Estados Unidos en la historia de Francia) llegó a examinar la cabeza de la Estatua de la Libertad que se preparaba para la ciudad de Nueva York, contempló la estatua y pronunció una frase adecuada. Roger cuenta este suceso diciendo: "Il va; il voit; il vaticine". Magnífico, pero ¿cómo decirlo en inglés? ¿"He came, he saw, he pontificated" ["Llegó, miró, sentenció"]? ¿"He prophesied" ["Profetizó"]? ¿"He uttered" ["Expresó"]? De todos modos, los estadounidenses no adoptaron la frase que Victor Hugo sugirió para el pedestal de la estatua e inscribieron en su lugar el poema de Emma Lazarus, poema en el que no aparece el nombre del país que la donó.

Estos libros son productos franco-franceses, cuyo propósito es contribuir al actual debate que se da en Francia sobre Francia. No se proponen establecer qué verdades refleja el sentimiento antiestadounidense sobre los Estados Unidos, ni qué deberían hacer los estadounidenses para reducir a un mínimo ese sentimiento visceral en todo el mundo.

Sin embargo, el mundo no francés debería prestar atención. Lo que los autores lograron es definir lo que Roger llama el discurso del sentimiento antiestadounidense: un conjunto de ideas y percepciones sumamente variadas pero bien determinadas que, con el paso del tiempo, cobraron la forma de una visión coherente del mundo.

El sentimiento antiestadounidense, desde esta perspectiva, es muy distinto de la oposición a ciertas medidas de política exterior estadounidense; es, más bien, una visión sistemática de los Estados Unidos en que éste aparece como un peligro para todo lo que más se quiere.

Por un lado, el sentimiento antiestadounidense es, como sostienen persuasivamente Revel y Roger, un fenómeno franco-francés autorreferente que en gran medida permanece ajeno a verdades más amplias. Por el otro, el ascenso y la persistencia de este discurso son un reflejo de tendencias históricas verdaderas.

Dicho sentimiento surgió y persistió entre los franceses porque USA contrarió, amenazó y rebajó a Francia. El antigalicismo en los Estados Unidos ha tenido una vida intermitente e inconsistente porque Francia raras veces ha sido una molestia para los estadounidenses.

En los campos de la política del poder, la economía y la cultura, el sentimiento antiestadounidense francés es la huella psicológica de un conflicto, conflicto que es más molesto para el que sale perdiendo simplemente porque el ganador parece que nunca prestó mucha atención al asunto.

Como muestra Roger, el desarrollo del sentimiento antiestadounidense francés sigue fielmente los vaivenes del poder mundial desde el siglo XVIII. El breve periodo de Lafayette, en que hubo una amistad franco-estadounidense durante la Guerra de Independencia entre las Trece Colonias e Inglaterra, tuvo lugar en una época en que Francia buscaba desquitarse de Gran Bretaña por las humillaciones de la Guerra de los Siete Años.

Si los franceses no pudieron tener un imperio norteamericano, también podría negárseles ese triunfo a los británicos. Francia veía en los Estados Unidos un aliado trasatlántico que podría ayudarle a contener al verdadero enemigo de ese tiempo: la pérfida Albión. Cuando logró su independencia, USA se negó a hacer causa común contra Gran Bretaña durante las guerras revolucionarias de Francia.

Peor aún, cuando la proclamación de la Doctrina Monroe alineó a Estados Unidos con el Reino Unido para proscribir la intromisión de las potencias europeas en el continente americano, Francia comprendió con horror que, lejos de permitir un equilibrio con los británicos, la Nueva Inglaterra independiente los apoyaría. Como dijo, suspirando, Talleyrand: "No he encontrado un solo inglés que no se sintiera como en casa entre estadounidenses y ni un solo francés que no se sintiera como un extraño".

# La amenaza ilusoria

La verdadera sacudida tuvo lugar en 1898, fecha que, como sostiene Roger, es casi tan importante para los franceses como para el mundo de habla española. Los franceses interpretaron el ataque de los estadounidenses a España como el comienzo de una guerra de los Estados Unidos contra Europa, en la cual el Viejo Mundo llevaría las de perder.

Los nuevos anglosajones eran más poderosos, más despiadados y más determinados que los antiguos. La odiosa Doctrina Monroe se extendería para proscribir las colonias europeas en Asia y África.

Un condominio anglosajón, mediante el cual el poderío acabaría por pasar a los más peligrosos y menos civilizados estadounidenses, reinaría sobre el mundo. Incluso los odiados alemanes podrían presentarse como aliados frente a esta horrenda potencia.

Eso no era todo. La potencia estadounidense no era la única fuerza geopolítica hostil. Su dinamismo económico desafiaba y amenazaba a la sociedad francesa en muchos frentes. El desenfrenado liberalismo de los angloamericanos ofrecía a los franceses opciones inadmisibles: adaptarse o quedarse a la zaga. Identificar a los Estados Unidos con la tierra de un "capitalismo absoluto" áspero y brutal era (y es) una idea muy difundida en Francia, sea en la derecha o en la izquierda.

Roger da amplio crédito a Charles Maurras, fundador de la controvertida revista L’Action Française, monárquica y tradicionalista, cuyas influyentes obras retrataron a una sociedad moldeada por las exigencias impersonales de un mercado indolente, hasta el punto de excluir toda inquietud humana.

El mundo está en deuda con Maurras por otro perdurable elemento del sentimiento antiestadounidense: el vínculo entre los estadounidenses y los judíos y la "amenaza" que éstos plantean a la civilización europea.

Los Estados Unidos, tierra de inmigrantes desarraigados y de capitales amorales fue, según los antisemitas, el territorio perfecto para lo que José Stalin llamaría los "cosmopolitas desarraigados" de Europa.

Al comienzo de su carrera, Maurras creía que los judíos estadounidenses germanófilos, afincados en el mundo de las finanzas, influyeron en la lentitud con que Woodrow Wilson entró a la 1ra. Guerra Mundial y en su negativa a apoyar las demandas de Francia en la conferencia de paz de Versalles. Sin embargo, al final de su carrera, eran los judíos germanófobos que rodeaban a Roosevelt quienes preocupaban a Maurras y sus amigos de Vichy.

En parte debido a la empecinada actitud estadounidense en torno a las deudas francesas de la 1ra. Guerra Mundial, y en parte debido a la creencia de que los judíos manejaban el sistema financiero de los Estados Unidos, una generación de franceses creció pensando que el Tío Sam era una especie de Tío Shylock.

Los ataques de todos los partidos del espectro político francés a la plutocracia trasatlántica —y la percepción de que sus instituciones eran objeto de un corrupto dominio por un puñado de multimillonarios (muchos de ellos judíos)— recorrieron los sangrientos laberintos del siglo XX hasta nuestros días.

Si algo falta en estos libros, sería un análisis de la relación entre la anglofobia francesa y el sentimiento antiestadounidense francés. Tanto en Francia como en otras partes, el reciente sentimiento antiestadounidense no es más que la vieja anglofobia, a una escala mayor.

El sentimiento antianglosajón ha sido una importante fuerza, intelectual y cultural, en la historia europea desde que los ingleses reemplazaron a los holandeses como eje del poder capitalista, liberal, marítimo y fundamentalmente protestante, a finales del siglo XVII.

La imagen de la Nueva Cartago anglófona —cruel, traicionera, bárbara y plutocrática— que con tanta perseverancia diseminó la propaganda jacobina y napoleónica, contiene las características esenciales de los retratos antianglosajones que hoy son tan comunes.

Las humillaciones y los reveses que los estadounidenses infligieron a Francia en el siglo XX resultan tan irritantes porque, en parte, hurgaron en las viejas heridas que provocaron los británicos en los siglos XVIII y XIX. Los británicos destruyeron los imperios de los Borbones y de Bonaparte; el ascenso de USA fundó una nueva liga de superpotencias en la política mundial en la que Francia ya no puede competir.

La pugna despiadada del capitalismo anglosajón obliga a las compañías francesas a ajustarse a ella, y socava constantemente los esfuerzos de Francia por mantener su statu quo social. El idioma inglés ha sustituido al francés en los campos de la ciencia, la diplomacia y la literatura, y la lista no termina ahí.

A muchos estadounidenses les resulta cómodo el hecho de que escritores franceses como Revel y Roger sometan el sentimiento antiestadounidense a una crítica tan fuerte. Con seguridad, esperan que la deprimente y espesa bruma del sentimiento antiestadounidense se esté disipando.

Quizás Francia empiece a recitar la Plegaria de la Serenidad y a aceptar unas cuantas cosas que no puede cambiar. Sin embargo, a la luz de estos libros, el sentimiento antianglosajón tiene profundas raíces y parece generalizado. Y es muy probable que persista mientras prevalezcan sus causas.

Tales causas no son, como el permanente optimismo estadounidense se inclina a pensar, faltas o deficiencias de los Estados Unidos. Las faltas y crímenes de la Unión Americana son el patrimonio del sentimiento antiestadounidense, sus tesoros y sus cosas más preciadas. Inflaman y diseminan el sentimiento antiestadounidense, pero no son su causa radical.

Más bien debemos considerar los logros, el poderío y la consecuente capacidad de USA de bloquear las ambiciones de otros estados y de imponer su propia agenda en el resto del mundo.

Francia no es el único país de Europa o del mundo cuyas ambiciones se vieron frustradas por la hegemonía británica o estadounidense.

Francia no es el único país que, por sus propios medios, abrazaría una forma de transformación capitalista más benévola y flexible, aunque más lenta, que la que impone el modelo anglosajón.

Francia no es el único país en el que las élites intelectuales y sociales temen la reestructuración y la descentralización que introdujo el modelo anglosajón.

Ni es el único país donde el Estado teme la pérdida de autoridad y poder ante la globalización del orden anglosajón, con sus exigencias subsecuentes de reducción de impuestos, transparencia y trato igualitario a las inversiones y compañías extranjeras.

El desafío para los estadounidenses y los no estadounidenses, por igual, no es el fin de la postura antiestadounidense; sólo el derrumbe del poderío estadounidense podría lograr eso.

En la actualidad, dicha tarea consiste en tratar en forma pragmática los resentimientos, la cólera y los agravios reales que inevitablemente van de la mano con el ascenso hacia el predominio de una nación, una cultura y un modelo social, para acomodarlos en un mundo complejo, dividido y apasionado

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(*) Walter Russell Mead es miembro senior de Política Exterior para los Estados Unidos en el Council on Foreign Relations y es crítico y ensayista habitual de Foreign Affairs.

L'obsession anti-américaine: Son fonctionnement, ses causes, ses inconséquences. Jean-François Revel. París: Plon, 2002, 299 pp.

L’ennemi américain: Généalogie de l’antiaméricanisme français. Philippe Roger, Seuil, París, 2002, 601 pp.