DANIEL ZIBLATT

Partidos conservadores fuertes: la clave para que sobreviva la democracia

¿Cómo se forman las democracias y qué las mata? En su libro "Los partidos conservadores y el nacimiento de la democracia", reseñado por The Atlantic, Daniel Ziblatt -profesor de Harvard- plantea que la democracia ha sobrevivido en Europa en aquellos países en que las elites lograron formar partidos políticos conservadores fuertes para competir electoralmente. Estos pudieron más tarde frenar el ascenso de sus propios elementos radicales, a diferencia de aquellos países donde no los hubo.

El libro "Los partidos conservadores y el nacimiento de la democracia" de Daniel Ziblatt -profesor de la Universidad de Harvard-, es de una actualidad urgente,  ya que aborda la pregunta: ¿Por qué fracasan las democracias?, acuciante en estos tiempos de retroceso democrático en varios rincones del mundo y avance de los populismos.

"En el despertar del Brexit y la elección estadounidense de noviembre, con muchos ciudadanos y académicos preocupados por el destino del orden liberal, un profesor de gobernanza de Harvard está ofreciendo un argumento novedoso sobre cómo ese orden surgió en un primer lugar", explica Daniel J. Solomon en una reseña del libro publicada en Harvard Magazine.

Ziblatt relaciona el éxito de la transición democrática en los países europeos en los siglos 19 y 20, con la formación de partidos políticos conservadores fuertes que representaran a las elites. Los países en los que se pudieron formar partidos convervadores fuertes -históricamente los defensores del poder, la riqueza y el privilegio-, fueron luego más exitosos en frenar más adelante el ascenso de sus propios elementos radicales. No así los países en los que no se pudieron formar.

"Donde las facciones conservadoras desarrollaron partidos que podían ganar en las urnas, las elites de los viejos regímenes toleraron la extensión de los derechos electorales y la expansión de la competencia política. Donde esto fue difícil o imposible, frustraron el cambio politico, provocando que las transiciones democráticas colapsaran en la forma de regímenes de extrema derecha o fascistas", explica Solomon.

"¿Qué diferencia a aquellos países en los que la democracia llega en paz y es aceptada para siempre por todos, de aquellos en los que es violentamente enfrentada y permanentemente desafiada? Esa pregunta ya no se siente como una de tiemos pasados -escribió David Frum en el semanario The Atlantic-. Se siente como nuestra pregunta también.

Basado principalmente en un estudio sobre Europa occidental en los siglos 19 y 20, Daniel Ziblatt ofrece convincentemente una respuesta sorprendente y perturbadora: la variable más crucial en la predicción del éxito de una transición democrática es la auto-confianza de las elites incumbentes. Si sienten que les será posible competir bajo las condiciones democráticas, aceptarán la democracia. Si no lo sienten, no la aceptarán."

Frum explica que en un país, los que no son ricos siempre son más que los ricos (mayoría sobre minoría). La democracia tiene la caracterísitca de permitir que la mayoría corra del poder a la minoría -un prospecto profundamente amenazante para la minoría-. Si la minoría posee riqueza y poder, pueden responder a este prospecto resistiéndose a la democracia antes de que llegue -o saboteandola después-.

Casos de estudio: Gran Bretaña y Alemania

Ziblatt centra su investigación en dos países: Gran Bretaña y Alemania, y luego aplica sus conclusiones a toda Europa occidental.

En Gran Bretaña, a diferencia de Alemania, fue posible la formación de partidos políticos conservadores fuertes. Los conservadores británicos consiguieron construir una organización partidaria robusta que atrajo los votos de personas de clases media y baja atraídos por valores nacionalistas y religiosos. También fue esto posible en Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica y Holanda. En esos países, "una vez que la democracia había sido extendida, nunca más fue seriamente cuestionada por las elites, aún cuando les cobraban impuestos altísimos", explica Frum.

"Pero definitivamente esta no es la historia del resto de Europa, más específicamente de Alemania. Tampoco es la de Italia, España, Portugal, Grecia y otros. Ni la de América Latina y el mundo árabe", explica Frum. En el caso alemán, refleja Solomon, tras la unificación del país en 1870, todos los hombres tenían la posibilidad del sufrafgio, pero eso importaba poco. El Partido Conservador Alemán, la voz del semi-autoritario káiser, se aferraba al poder a través de un esquema elaborado de manipulación electoral y sistemas de votacion diferenciado que otorgaba demasiado valor a la voz de las elites. Eso permitió a los conservadores manejar el país hasta la Primera Guerra Mundial sin mucho mandato popular. Su "poder en el Reichstag contrastaba con su impotencia organizacional", explica Solomon.

"Construir un partido político que gane votos es un trabajo duro, que otorga muy pocas garantías de éxitos futuros -explica Frum-. Las elites incumbentes pre-democracia, precisamente porque eran incumbentes, eligieron otras opciones que parecían más fáciles de ejecutar y aparentemente más probables de tener éxito, que competir democráticamente:
-Construir instituciones específicas para proteger sus intereses
-La manipulación electoral y la corrupción
-La represión directa."

La Alemania imperial recurrió a los tres, explica Frum. "Las elites de la Alemania imperial controlaban el Estado sin la necesidad de ganar elecciones -y eso les enseñó a no confiar en toda la empresa electoral. Debido a que no necesitaban ganar elecciones, no construyeron partidos fuertes. Y la ausencia de partidos fuertes, controlados por políticos que buscaban ganar el máximo número de votos, dejó a la derecha alemana de antes de 1914 y después de 1918, expuesta a 'grupos deinterés externos' que 'rápidamente y fácilmente se llevaron puestos los partidos débiles e institucionalmente porosos", explica Frum.

"Mientras que los políticos pragmáticos al frente del Partido Conservador británico podían contenter a los activistas motivados ideológicamente, los Conservadores alemanes sucumbieron a ellos. Los exitosos Conservadores británicos podían mirar a los gobiernos laboristas como desagradables pero en última instancia, intervalos temporarios. Los Conservadores de la Alemania imperial experimentaron la pérdida de control del Estado tras 1918 como una catástrofe irrecuperable con la que no se podían reconciliar."

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