"HIJOS DE NAZIS"

De los niños de Hitler al Ángel de la Muerte

Investigar a los descendientes de los jefes del nazismo fue el tema que abordó la abogada penalista Tania Crasnianski, nacida en Francia, de madre alemana y padre ruso-francés, residente en Londres y Nueva York, autora de "Hijos de Nazis" (Editorial El Ateneo). Historias complejas, trágicas, contradictorias. Por ejemplo, Johanna Maria Magdalena Goebbels fue la esposa del ministro de Propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels. La nieta de Magda Goebbels -hija del hijo ue ella había tenido con su primer marido, Günther Quandt- se convirtió al judaísmo a los 24 años. Quandt, un millonario judío alemán, había pasado por campos de concentración. El tema de los hijos nunca pudo resolverlo Adolf Hitler: "¡Qué problema si hubiera tenido hijos! Terminarían por convertir a mi hijo en mi sucesor. Y un hombre como yo no tiene ninguna posibilidad de tener un hijo capaz. En estos casos, es casi siempre así. Miren el hijo de Goethe, ¡un incapaz!", dijo el Führer. Hitler veía su descendencia en los hijos de sus colaboradores o en el resultado de la pureza étnica que investigaba el médico en Auschwitz, antropólogo y oficial de la SS (Schutzstaffel), Josef Mengele. Aquí, precisamente, el caso de quien pasó por la Argentina antes de radicarse en Brasil, donde falleció en 1979.

por TANIA CRASNIANSKI


El texto descriptivo de la venta que se realizó el 21 de julio de 2011 en Alexander Autographs, establecimiento especializado en manuscritos históricos de Stamford, Connecticut, decía para el lote número cuatro: “Tomado en su totalidad, leído con atención y analizado, este archivo que en su mayor parte jamás fue publicado, ni siquiera visto, ofrece una muestra en profundidad del espíritu más cruel del siglo XX”.

¡Adjudicado! ¡Vendido! Sonó el martillo del subastador. Por teléfono, por la suma de 245.000 dólares, el hijo de un sobreviviente del Holocausto, un judío ultra ortodoxo que quiso permanecer anónimo, acababa de adquirir más de 3.380 páginas escritas a mano con tinta azul. El precio había sido calculado entre trescientos mil y cuatrocientos mil dólares. El comprador consideraba que un documento como ese debía ser mostrado al público, para contrarrestar cualquier clase de negacionismo o doctrina de discriminación.

El lote estaba compuesto por treinta y un cuadernos con espiral color negro, kaki, verde y a cuadros. En la tapa podían leerse estas palabras en castellano: “Cuaderno”, “Cultura general” o “Agenda clásica”. Las páginas estaban cubiertas de una escritura regular, angulosa, inclinada hacia la derecha. Algunos dibujos y croquis entrecortaban relatos autobiográficos, poesías, reflexiones políticas y filosóficas. Los textos habían sido redactados en un período que iba de 1960 a 1975.

La venta tuvo una gran repercusión. Algunos comentaristas opinaban que esa clase de documentos no debían ser objeto de actos comerciales y consideraban incluso que aquella venta era obscena.

El autor de esas páginas hablaba de sí mismo en tercera persona y su seudónimo era Andreas. El hombre, uno de los más grandes fugitivos del siglo XX, se ocultaba tras un seudónimo por temor a que esos cuadernos permitieran ubicarlo algún día. En esos textos, relataba su huida a través de la Europa de posguerra hasta América Latina: a la Argentina, al Paraguay y finalmente a Brasil. También se refería a experimentos realizados por él y que, en su opinión, habían contribuido al bien de la humanidad.

En sus escritos, el autor no renegaba en absoluto de los ideales del nacionalsocialismo y exponía sus teorías concernientes a la superpoblación, la eugenesia y la eutanasia.

"Cuando empiezan a mezclarse las razas, la civilización declina", escribió en 1960-1962. En la naturaleza no hay nada bueno, ni malo. Solo hay elementos apropiados e inapropiados… Los elementos inapropiados deben ser excluidos de la reproducción. Hay que abandonar la ideología feminista: La biología no está relacionada con la igualdad de derechos… Las mujeres no deberían tener puestos calificados. El trabajo de las mujeres debe depender de su capacidad para cumplir sus cupos biológicos. El control de los nacimientos debe ser efectuado mediante la esterilización de las que tienen genes deficientes. Las que tienen buenos genes solo serán esterilizadas cuando ya hayan tenido cinco hijos.

Los cuadernos se encontraron en 2004, en Sao Paulo, en el domicilio de una pareja que había albergado al autor de esos textos. Luego fueron enviados a su único hijo biológico, Rolf. ¿Quién fue el vendedor de esos cuadernos? Nadie lo sabe, porque el vendedor quiso guardar el anonimato.



Todos los días, sobre su pequeña mesa, cada vez más encorvado por el paso de la edad, Josef Mengele revivía sus mejores horas y luego las de su interminable huida. Esta había comenzado quince años antes de la redacción de esos cuadernos. Desde aquella época, sus convicciones permanecían intactas y así fue hasta el final, después de treinta y cuatro años de fuga. Estaba convencido de que no se le podía imputar ninguna culpa y durante todo su exilio fue un escritor compulsivo. Escondido en su pequeña casa de las afueras de Sao Paulo, le dedicó casi todo su tiempo a la escritura. Llenó las páginas de sus cuadernos de dibujos de sus muebles de estilo bávaro, croquis de casas, animales y vegetales. También se dedicó a la jardinería, a la carpintería, a hacer senderismo, y a observar las plantas y los animales.

Finalmente, en 1977, llegó el día que esperaba hacía muchos años: Su único hijo llegó desde Europa para visitarlo. No lo había visto en 21 años: La última vez había sido en 1956. En aquella época, su hijo ignoraba que ese hombre, oculto bajo una identidad falsa era su padre. El verdadero encuentro fue, entonces, ese día, y tenía sus riesgos, porque el tristemente célebre doctor Josef Mengele era uno de los nazis más buscados del planeta. Su apodo “el ángel de la muerte”, se debía a sus experimentos macabros en Auschwitz.

Para evitar que su hijo fuera seguido por los cazadores de nazis, ese viaje necesito más de cinco años de preparación. Antes de la partida de Rolf Mengele a Brasil, el hombre de confianza de la familia Mengele, el abogado Hans Sedlmeier, organizó una reunión entre Rolf y su primo Karl-Heinz, quien había vivido algunos años en la Argentina con Josef Mengele. Hans Sedlmeier le llamo la atención al joven Rolf sobre el desfase entre el análisis del Tercer Reich que hacía la juventud alemana y la percepción de los que habían vivido ese período. También quería hacerle llegar una suma de dinero a Mengele, que siempre había recibido un indefectible apoyo de su familia.

Por recomendación de su padre, Rolf tomó la precaución de viajar a Sao Paulo en forma anónima, usando el pasaporte que le había robado a un amigo cuando pasaban juntos unas vacaciones. Estaba decidido a ver a su padre, aunque decía que éste ya no era el héroe que había sido para él en su juventud. Creía no tener nada en común son su padre: “Al contrario: Mis opiniones son diametralmente opuestas. Ni siquiera tenía ganas de escucharlo o de interesarme en sus ideas. Simplemente rechazaba todo lo que me decía. Mi actitud personal con respecto a la política nacional e internacional nunca estuvo en duda. Mis aspiraciones políticas liberales, más bien de izquierda, eran conocidas. El resultado de mis innumerables críticas fue que llegaron a calificarme de comunista”.

Al caer la noche, cuando oyó el sonido del ómnibus que entraba en su calle polvorienta del suburbio de Sao Paulo, el anciano se sobresaltó y empezó a temblar. Con sus manos huesudas hundidas en los bolsillos de su pantalón gastado y el rostro tenso, espero, inmóvil. El hombre que en el pasado cuidaba puntillosamente su vestimenta, era indiferente ahora a su aspecto. Sabía que su hijo debía llegar esa noche. Pero no pudo evitar pensar que también podían ser cazadores de nazis que iban a detenerlo. Hasta el final de su vida miserable, Mengele nunca bajó la guardia. En las antípodas del hombre frio y calculador que reinaba en el campo de concentración de Auschwitz, se había convertido, en esos años de ocultamiento, en un hombre carcomido por el miedo. Temía obsesivamente que lo encontraran y capturaran. Ese miedo era más fuerte que ninguna otra cosa: Lo devoraba. Revelaba su angustia succionando y tragando permanentemente los pelos de su bigote. Esos pelos formaban en sus intestinos unas bolas que obstruían las vías digestivas y le dolían atrozmente, hasta el punto de poner en peligro su vida.

Desde hacía años, Mengele vivía solo y aislado. Su pequeña casa de estuco amarillo era espartana: una mesa, sillas una cama y un armario. La casa tenía un techo a dos aguas que le daba un aspecto de chalet, con sus dos ventanas blancas y algunos árboles que la rodeaban.

Cuando su hijo atravesó el portón de madera, lo embargó la emoción y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sus piernas apenas lo sostenían, pero logró llegar a la escalinata para recibir a ese hijo que valientemente había ido a visitarlo. Tal como dijo el propio Rolf, su padre consideraba que al atreverse a ir a verlo a Brasil, había actuado como un intrépido soldado que cruzaba las líneas enemigas. Pero no siempre había sido así.

Ese día, Rolf fue el héroe de su padre. Había corrido muchos riesgos para ver a ese hombre que nunca se había dignado a ocuparse de él. En su tierna infancia, su padre estaba demasiado ocupado cometiendo las peores atrocidades, y luego, en su juventud, huyendo de los Aliados y los cazadores de nazis. Mengele le había dedicado poco tiempo a ese hijo: solo las cartas le permitieron mantener una apariencia de vínculo.

Rolf quiso ver a su padre en carne y hueso, frente a frente, y apenas reconoció a ese progenitor al que apenas había visto dos veces en su vida. Le sorprendió ver a ese campeón del camuflaje, tan disminuido físicamente. Sabía también que ese encuentro era un acontecimiento importante para su padre. ¿Rolf había aceptado todos los riesgos para actuar como un fiscal frente a ese individuo que había logrado escapar a los tribunales de los Aliados? No: Lo que quería era tratar de comprender. Comprender cómo ese hombre, después de todo seguía siendo su padre, había podido participar activamente en aquella empresa de muerte.

El niño, que durante mucho tiempo fue considerado por la dinastía Mengele como la oveja negra de la familia, era ahora un abogado establecido en Friburgo, Alemania. Percibido por los suyos como un izquierdista radical, siempre pensó que no tenía nada en común con su familia, fuera de la sangre, por vía del hombre más odiado del mundo: su padre. Cuando efectuó ese viaje, Rolf tenía treinta y tres años, la misma edad que su padre cuando era médico en Auschwitz y decidía sobre la vida o la muerte de miles de personas con un simple gesto de la mano.

Ningún sobreviviente pudo olvidar a ese hombre de tipo mediterráneo, elegante, con la fusta en la mano, que, vestido con su uniforme impecable y sus botas perfectamente lustradas, se limitaba a señalar con el dedo a los que había elegido como objetos de sus experimentos: a la derecha, la vida y su laboratorio; a la izquierda, la muerte. Su rostro no mostraba ninguna emoción cuando enviaba a hombres, mujeres, niños y bebes hacia las cámaras de gas o hacia sus oscuros experimentos. Con música de Wagner o de Puccini de fondo, canturreando, ese hombre estaba en el centro de la maquinaria de la muerte.

Rolf consiguió articular un débil “buenas tardes, padre”. Se dieron un abrazo breve y frío: Ninguno de los dos estaba acostumbrado a mostrar sus sentimientos. Rolf se obligó a ser cordial (“Al fin y al cabo, era mi padre”), pero solamente lo logró cuando vio que las lágrimas corrían por las mejillas del anciano.

Era la segunda vez que su hijo Rolf lo veía desde que se había fugado. Sería también la última. En su primera visita, su madre le había dicho que ese hombre era su “tío Fritz”, que vivía en América Latina. Más tarde, se enteró de que era su padre y descubrió el papel que ese hombre había desempeñado en la época más oscura de Alemania. Rolf estaba dividido entre un sentimiento de amor filial y un irreprimible rechazo por aquel hombre que había cometido actos tan inhumanos. Era un criminal de guerra para la inmensa mayoría de la humanidad, pero para el clan Mengele seguía siendo un hombre honorable y brillante médico. Para la familia, lo más importante era no manchar el honor del apellido, el de los ricos industriales bávaros, ni a los tres hermanos, de los cuales Josef era el mayor.

 

 

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La empresa familiar Karl Mengele & Söhne, especializada en maquinaria agrícola, era una de las principales empleadoras de la ciudad de Günzburg, Baviera. Gracias a su apoyo al nacionalsocialismo, se convirtió en la tercera empresa de equipamiento agrícola alemana durante el Tercer Reich. Hitler en persona fue allí a ofrecer un discurso. El establecimiento Karl Mengele & Söhne sigue existiendo y su nombre aún puede verse escrito en grandes caracteres sobre la fábrica que se alza en medio de la ciudad, Hay incluso una calle que lleva el nombre de Karl Mengele, el padre de Josef. Pero no hay rastros de su hijo embarazoso en Günzburg.

El joven Josef nunca se interesó por la maquinaria agrícola. Prefirió dejarles a sus hermanos la sucesión de la empresa. Era muy buen estudiante y quería dejar una marca en la historia. Siempre lo dominó una ambición devoradora.

En 1930, cuando empezó a estudiar Filosofía, Antropología y Medicina en Múnich, las universidades alemanas ya estaban fuertemente impregnadas de los ideales nazis. Desde el principio, estudió bajo la dirección de convencidos partidarios de la eugenesia y le interesaron particularmente las conferencias del profesor Ernst Rüdin, inspirador de la ley sobre la esterilización de los individuos con taras hereditarias. Cinco años más tarde, en 1935, bajo la dirección del profesor Theodor Mollison, de la Universidad de Múnich, especialista en “higiene racial”, presentó una tesis que ya defendía la eugenesia: “El análisis morfológico de la parte anterior de la mandíbula inferior en cuatro grupos raciales”. Josef Mengele estaba convencido de la existencia de una raza superior germánica de tipo ario y esperaba demostrarlo científicamente.

Mengele fue asistente de Otmar von Verschuer, investigador de eugenesia, director del Instituto de Biología Hereditaria e Higiene Racial, instigador de la genética nacionalista. Se diplomó en la Universidad de Múnich y luego, en 1938, en la de Fráncfort. El profesor Otmar von Verschuer estaba convencido de que la clave de un modelo de raza aria pura, rubia, de ojos celestes, se encontraba en la genética propia de los gemelos. En 1937, Mengele adhirió al NSDAP (fue el miembro número 5.574.974) y en 1938, entró a la SS. Para garantizar la pureza de sus orígenes, demostró su “pureza racial” hasta 1744.

Mengele estaba convencido de que la manipulación genética era el futuro de Alemania. Por medio del estudio de los gemelos ambicionaba multiplicar la nación alemana. Con su mentor, el profesor von Verschuer, intento determinar los códigos genéticos que podrían dar origen a una raza aria pura. El nacionalsocialismo necesitaba que se impusieran sus teorías de higiene racial por sobre las consideraciones científicas y Mengele participaría activamente en las investigaciones de ese tema.

Cuando en 1939 Mengele se casó con la madre de Rolf, Irene Schoenbein, ésta se vio en dificultades para demostrar la ausencia de sangre judía en la familia de su padre. Sin esta formalidad, la autorización para su matrimonio estaba en riesgo. Sólo el “costado nórdico” de Irene le permitió eliminar esa sospecha y hacer que la boda fuera posible. Aquella mujer alta y rubia sería el amor de su vida. Ella, por su parte, se dedicaba mucho a su marido y era muy celosa. Pero los padres de Rolf nunca lograron llevar una verdadera vida de pareja. Para Irene, ese matrimonio sería sinónimo de ausencia y soledad: Mengele se entregó ante todo a sus aspiraciones patrióticas y profesionales. Sin el menor remordimiento, dos meses después de casarse, dejó a su joven esposa para enrolarse con entusiasmo en el ejército alemán en el momento de la invasión a Polonia.

En enero de 1942, Mengele ingresó al cuerpo médico de la división SS Wiking que operaba en el frente del este, especialmente en Ucrania. Fue condecorado con la Cruz de Hierro por salvar y curar a dos soldados alemanes. A fines de 1942, fue herido en combate y debió regresar a Berlín. Sin vacilar, se dedicó nuevamente a la medicina, en particular a la genética, con su mentor de siempre. Entretanto, el profesor von Verschuer había obtenido la dirección del Instituto Kaiser Wilhelm, una institución científica inicialmente destinada a la investigación básica que, entre 1927 y 1945, se dedicó a la eugenesia y la higiene racial.



Seis meses más tarde, a fines de mayo de 1943, después de haber sido nombrado en abril SS-Haupsturmführer, Josef Mengele fue afectado a Auschwitz, el campo de concentración más grande creado por los nazis, a 67 kilómetros al oeste de Cracovia, cerca de la frontera checoslovaca.

Auschwitz era en ese momento una máquina de exterminio industrial impecable. Una humareda salía sin interrupción de los cuatro grandes complejos de cámaras de gas y hornos crematorios: allí, el aire era irrespirable, y el olor a carne quemada, aún más insoportable cuando hacía calor. El campo de concentración era inmenso, constituido por tres grandes secciones que siguieron aumentando con el correr de los años: Una sucesión de barracas idénticas de ladrillo rojo y de madera. La vista de ese infierno en la tierra no afectaba en nada a Mengele, quien, al llegar al campo, se dirigió a la barraca que llevaba el número 10.

Quería empezar a trabajar cuanto antes. Pensaba que Auschwitz era una oportunidad única de hacer avanzar la ciencia, ya que ofrecía formidable perspectivas de experimentar con “cobayos humanos”, lo que le permitiría demostrar sus teorías raciales. Mengele les enviaba regularmente a sus colegas del instituto Kaiser Wilhelm, para analizar fragmentos de cuerpos humanos, con la inscripción: “material de guerra, urgente”.

Pocos días después de su llegada, envió a más de mil quinientos gitanos a la muerte, aunque a menudo había ironizado sobre el hecho de que él mismo parecía más un gitano que un perfecto ario. Cuando era niño, su tez mate, su cabello negro y sus ojos de color marrón-verdoso le habían valido el apodo de “gitano” en la escuela.

Mengele llegó solo a Auschwitz. Su esposa decidió quedarse en Alemania. Durante el año y medio que él pasó en el campo, apenas lo visitó dos veces, en agosto de 1943 y en agosto de 1944, pocos meses después del nacimiento de su hijo Rolf, ocurrido en marzo, y a quien dejó en Alemania. Cuando le preguntó a su marido por el olor horrible que reinaba en el campo, él se limitó a responder: “No me preguntes sobre eso”. De todos modos, Irene no parecía preocuparse demasiado por lo que sucedía a su alrededor. Incluso tomó su segundo viaje como algo idílico: Era una segunda luna de miel con el hombre que amaba. Se bañaba en el río Sola recogía arándanos y preparaba dulces. En su diario, no hay ni una palabra sobre los experimentos de su marido, ni sobre la realidad del campo, Mengele era un hombre cerrado. Estaba orgulloso de su posición y de sus condecoraciones; entre ellas, la Cruz de Hierro, que ostentaba permanentemente. Vivía aislado de los demás, concentrado en lo que creía que era su destino: La evolución de la especie humana, aunque para esto debiera descartar todo sentimiento de humanidad o compasión.

Mengele intrigaba a algunos de sus colegas, como el caso de Hans Münch, uno de sus compañeros en Auschwitz: “Era un ideólogo en cuerpo y mente… Jamás manifestaba la menor emoción. Tampoco odio ni fanatismo. Para él, las cámaras de gas eran la única solución racional y, como los judíos de todos modos debían morir, no veía ninguna razón para no utilizarlos anticipadamente en experimentos médicos”. Del doctor Mengele, nadie sabía nada. Su discreción y su reserva le evitaban cualquier clase de familiaridad. No le comunicó a nadie el nacimiento de su hijo Rolf en 1944: Por otra parte, ni siquiera viajó para estar junto a su esposa en el momento del parto.

Al principio el pequeño Rolf vivió solo con su madre en Friburgo, en la Selva Negra. En noviembre de 1944, Josef Mengele fue a ver a su hijo por primera vez: este tenía casi ocho meses. Luego, a partir de abril de 1945, Irene y Rolf se fueron a vivir a Autenried, en Baviera, cerca del feudo de los Mengele. El pequeño Rolf vivió entonces con sus abuelos y conoció por fin un verdadero hogar familiar.

A Auschwitz, llegaban sin cesar trenes desde todas las ciudades de Europa. Los recién llegados eran sometidos a una selección previa: por un lado, los que eran considerados aptos para el trabajo forzado y por el otro, los que se enviaban directamente a las cámaras de gas, camufladas como duchas. En cada grupo que llegaba a la rampa, Mengele buscaba gemelos para someterlos a los experimentos más siniestros, que casi siempre llevaban a la muerte en medio de atroces sufrimientos. Estaba convencido de que, gracias a sus experimentos sobre gemelos, podría erradicar los genes defectuosos. Su rostro se iluminaba cuando se presentaban gemelos a la selección y alguien gritaba en voz alta: “¡Gemelos, gemelos!”.



Sus experimentos eran innumerables y se efectuaban sin anestesia: manipulaciones sanguíneas, inoculación de genes infecciosos, experimentos sobre la médula espinal, ablación de órganos o de miembros, esterilización. Josef Mengele también se interesaba por el color de ojos, para determinar si podían modificarse. Con este propósito, inyectaba productos químicos que provocaban, en la mayoría de los casos, la ceguera de sus “pacientes”. Todos esos experimentos tenían como único objetivo promover la raza superior, conforme a los ideales del nacionalsocialismo.

Cuando Mengele huyó de Auschwitz, el 17 de enero de 1945, dejo atrás montañas de cadáveres. Muy pocos de sus “cobayos humanos” sobrevivieron a sus macabros experimentos, aun cuando, según una sobreviviente, estar en la lista de Mengele ofrecía al menos una breve esperanza de permanecer con vida. Cuando se produjo la debacle, el éxodo masivo de soldados alemanes hacia el oeste permitió a Mengele escapar de los Aliados. Cambió su uniforme SS por un uniforme de la Wehrmacht y se escondió en Checoslovaquia. Desbordados por las hordas de soldados en fuga, los Aliados decidieron capturar sólo a los SS, identificables gracias al tatuaje de su grupo sanguíneo que tenían bajo la axila. Pero Mengele, muy cuidadoso con su persona, se había negado a tatuarse como los demás SS. Esa coquetería le salvo la vida, porque los Aliados no disponían de una lista completa de los criminales de guerra. La madre de Rolf le contó que su padre le daba tanta importancia a su apariencia que le parecía inconcebible dañar su cuerpo. Un tatuaje habría sido poco estético y repugnante para él, que sólo usaba trajes hechos a medida y se pasaba horas frente al espejo contemplando y admirando la suavidad de su piel.

Poco tiempo después del final de la guerra, la esposa de uno de sus amigos médicos le informó a Irene que Mengele estaba vivo. Su nombre empezó a circular y los Aliados estaban atentos a la menor información que les permitiera encontrarlo. Interrogaron a la esposa del fugitivo y a su familia, pero sin resultado: ninguno de ellos proporcionó informaciones. El diario alemán “Bund” explicó este apoyo inquebrantable por el hecho de que la familia Mengele temía ser víctima de demandas de reparaciones por parte de las víctimas de Josef Mengele.

Al ser interrogada por dos oficiales norteamericanos que buscaban a su marido, Irene les contestó que había desaparecido y que probablemente hubiera muerto en el frente del este. Para hacer creíble tal hipótesis, Irene siempre de negro, fue a ver al sacerdote Günzburg, en el verano de 1946, para pedirle que oficiara una misa en memoria de su marido muerto en la guerra. Aunque durante un tiempo la esposa de Mengele pudo ignorar las atrocidades cometidas por su marido, a pesar de sus dos visitas al campo de Auschwitz, ya no podía seguir haciéndolo, y sin embargo decidió no denunciarlo.

Después de pasar por Múnich, Mengele volvió a la tierra de sus antepasados y se escondió en los bosques de Günzburg, donde su familia le proveía regularmente de alimentos. Las autoridades no lo detectaron, y ni siquiera la policía israelí registró los contactos entre Mengele y su familia. Desde fines de 1945, “el ángel de la muerte” vivía bajo el nombre Fritz Hollman y trabajaba como peón de granja en Rosenheim, Baviera. Él usó ese mismo nombre cuando se encontró con su hijo, bajo la falsa identidad de un tío de América. Su familiar, y sobre todo su esposa, lo visitaban a menudo, a veces con Rolf, que tenía entonces dos años. Con total discreción, la familia se reunía a orillas de un lago. Una foto tomada en esa época muestra a Mengele, sonriente, detrás de su hijo. Pero la mayoría de las veces, Irene iba sola. En noviembre de 1946, Mengele, convencido de que los Aliados ya habían relajado su persecución, se atrevió a ir por dos semanas a Autenried, a visitar a su esposa y su hijo, que vivían allí.

Rolf dice que durante los cuatro años posteriores a la guerra, su madre se sentía muy afligida y desdichada. Ella, que siempre había aspirado a una vida tradicional en una familia unida, era ahora la esposa de un fugitivo con el cual prácticamente no había convivido y que, poco a poco, se había convertido en un perfecto extraño. La relación entre los esposos Mengele, ya complicada por la guerra, empezó a deteriorarse. Irene, que ya sufría la soledad desde hacía mucho tiempo, veía a su marido muy cambiado: Ya no era el hombre con el que se había casado. Buscó la compañía de otros hombres y esto enfureció a Josef Mengele. Patológicamente celoso, le reprochaba a su esposa sus salidas y le hizo escenas memorables. Hacía muchos años que Irene había dejado de ser la esposa dedicada del comienzo de su matrimonio. Ya no soportaba la vida de esposa de un fugitivo que él le ofrecía. En 1948, en una de las salidas que tanto le reprochaba su esposa, conoció a quien se convertiría en su siguiente marido. Alfons Hackenjos, propietario de una tienda de calzados de Friburgo, fue para el pequeño Rolf, a sus cuatro años, la primera figura paterna de su vida.

Cuando se enteró por la prensa de que se citaba su nombre en el juicio de los médicos de Núremberg que comenzó en diciembre de 1946, después del juicio de los grandes criminales de guerra, Mengele tomó conciencia de que el peligro estaba cerca. Había bajado la guardia, pero consideró que ese era el momento de abandonar Europa y decidió viajar a América Latina. Se embarcó en el “North King”, en el puerto de Génova, Italia. A partir de ese momento, Josef Mengele fue “Helmut Gregor”. Aún tenía la esperanza de que su esposa y su hijo se reunieran con él cuando se instalara en Buenos Aires, pero eso no sucedió. Irene estaba muy apegada a Alemania y a su cultura, y no quería dejar a su familia para llevar una vida de fugitivos en el otro extremo del mundo. Además, tenía otro hombre en su vida. Aunque siempre conservó sentimientos hacia el padre de su hijo, no quiso sacrificar esa nueva relación.



En 1954, cansada de la situación y enamorada de otro hombre, Irene pidió el divorcio. Rolf no tiene ningún motivo para pensar que tomó su decisión por la actuación de su padre en Auschwitz. Los dos ex esposos siempre habían aplicado entre ellos la política de “no preguntar nada, no decir nada”. Pero Irene se sintió feliz de abandonar el clan Mengele y más aún de partir sin tener que pedirles ni un céntimo. Ese mismo año, Josef Mengele decidió abandonar su nombre falso Helmut Gregor y recuperar su identidad. Le confirmó entonces a la embajada de Alemania Occidental que Helmut Gregor era, en realidad, Josef Mengele, y su divorcio con Irene se oficializo el 25 de marzo de 1954 con su verdadero nombre. Mengele era nuevamente Mengele, “el ángel de la muerte”.

Al regresar a Europa, en 1956, Mengele volvió a ver a su hijo Rolf, que tenía 12 años, en unas vacaciones familiares en la montaña, en Suiza. Para el niño, seguía siendo el tío Fritz. También estaban allí Martha, la bonita viuda del hermano de Josef Mengele, y su hijo Karl-Heinz. Todas las mañanas, Rolf trepaba con su primo a la cama de su tío, que les contaba historias de batallas en el frente de batalla ruso. Sentía que lo trataban como un niño más grande y luego dijo que esas vacaciones fueron las mejores de su vida. El pequeño era feliz, a pesar de la creciente rivalidad con su primo Karl-Heinz, al que su padre elogiaba permanentemente. Mengele sólo le prestaba atención a él y Rolf sufría por ello. Aún ignoraba que ese tío tenía relaciones íntimas con su tía Martha.

Dos años más tarde, en 1958, Mengele se casó con su cuñada en Montevideo, Uruguay. Durante algunos años, Martha vivió con él en Buenos Aires, con su hijo Karl-Heinz.

Mengele se integró sin dificultades a la Argentina de Juan Perón, adonde había llegado en 1949. En esa época, este país era el nuevo paraíso de los nazis prófugos y lo fue hasta el derrocamiento de Perón, en 1955. Como muchos otros nazis, Mengele huyó después al Paraguay, en 1960. Se fue sólo: su nueva esposa regresó a Alemania, con su hijo Karl-Heinz. Contrariamente a los rumores, Mengele permaneció dos años en Paraguay: En 1962 se fue a vivir a Brasil. En todos esos años, aunque asumió el riesgo de regresar dos veces a Alemania, en 1956 y 1959, con su verdadera identidad, logró eludir el arresto. A partir de entonces, la madre de Rolf decidió explicarle a su hijo la ausencia de su padre diciéndole que había muerto o desaparecido en el frente ruso, pero como un héroe. Durante casi diez años, Rolf creyó que su padre estaba muerto, mientras mantenía una asidua correspondencia con su “tío Fritz” que vivía en América Latina, y que no era otro que su verdadero padre.

A los dieciséis años, es decir, más de tres años después de aquellas vacaciones en Suiza, Rolf se enteró por fin que el tío Fritz era, en realidad, su padre, Josef Mengele. Rolf recuerda: “Mi padre siempre fue el héroe de guerra muerto en el frente. Era un hombre instruido, que hablaba griego y latín. Enterarme de la realidad tuvo un fuerte impacto en mí. No era muy bueno ser el hijo de Josef Mengele”. En la escuela, los otros niños lo interpelaban: “Eres el hijo de Mengele. Tu padre es un criminal”. Lo llamaban “pequeño nazi” e incluso “SS Mengele”. Rolf respondía irónicamente a los ataques de sus compañeros: “Ah, sí, también soy el sobrino de Adolf Eichmann”. Sus profesores atribuían la pereza del joven al trauma vinculado con el padre ausente, considerado a veces un héroe, y otras, un verdugo.

A pesar de sus intentos de acercamiento, Mengele no lograba establecer una relación padre-hijo afectuosa. Las cartas de Mengele eran frías y distantes. Reproducía en cierto modo la relación que había tenido él mismo con su padre. Para su hijo, Mengele hizo el esfuerzo de redactar e ilustrar un libro para niños, pero fue en vano. Rolf le reprochaba sobre todo a su padre el afecto que le mostraba a su primo Karl-Heinz. Mengele estaba mucho más cerca de su hijastro y sobrino, con quien tenía una relación casi filial, que de su propio hijo. Para Rolf, Josef Mengele sería siempre un extraño. Por ese motivo necesitó un último encuentro, aunque ese anciano recluido, depresivo y suicida en el que se había convertido Josef Mengele estaba muy lejos del héroe que había fabricado su madre para él.

La vivienda de Sao Paulo era modesta. Mengele decidió dormir en el piso y dejarle su cama a Rolf. De todos modos, las noches serían utilizadas esencialmente para la discusión: Rolf estaba ávido de respuestas. Al principio, evitó abordar la cuestión de la participación de su padre en las atrocidades cometidas en Auschwitz, pero luego lo interrogó. Mengele se puso a la defensiva: “¿Cómo puedes creer que yo haya cometido esa clases de cosas? ¿No ves que es mentira, que es propaganda…?”. El anciano se defendió con virulencia: “Yo no inventé Auschwitz y no soy personalmente responsable de los incidentes que ocurrieron allí. Auschwitz ya existía antes de mí. Yo quería ayudar, pero estaba muy limitado. No podía ayudar a todo el mundo”.

Rolf le preguntó sobre la selección de hombres y las mujeres en la rampa, cuando llegaban al campo de concentración. Mengele admitió haber participado en ella, diciendo: “¿Qué podía hacer con las personas semimuertas e infectadas que llegaban? ¡Es imposible imaginar las condiciones que reinaban allí! Al oírlo, parecía que su función era “simplemente” determinar si alguien era apto para el trabajo. Aseguraba haber hecho todo lo posible para decir que los recién llegados eran aptos y creía que de ese modo había ayudado a varios miles de personas. No era él quien ordenaba los exterminios: No era responsable por ellos. Juró no haber matado, ni herido personalmente.

Para su hijo Rolf, “era imposible que alguien estuviera en Auschwitz sin intentar salirse allí cada día. No haberlo hecho era tan horrible como imposible. Nunca entenderé cómo seres humanos pudieron comportarse de ese modo. El hecho de que se trate de mi padre no cambia nada. Lo que pasó es para mí contrario a toda ética, a toda moral, e impide toda comprensión de la naturaleza humana”.

Durante esas discusiones nocturnas entre padre e hijo, Rolf llegó a la siguiente conclusión: su padre no se arrepentía de nada, se mantenía fiel a los ideales del nacionalsocialismo y seguía convencido de la superioridad de la raza aria. Para justificar su teoría sobre la superioridad de ciertas razas, Mengele invocó argumentos sociológicos, históricos y políticos. Argumentos que, tal como señala Rolf, son paradójicamente muy poco científicos. Al final, Mengele sostuvo que solo había cumplido con su deber, obedeciendo órdenes para poder sobrevivir. Estas pocas palabras seguramente le evitaban cualquier clase de sentimiento de culpa. No quería ser ante su hijo el monstruo que era ante la humanidad.

Cuando Rolf le preguntó por qué, si estaba tan seguro de haber actuado de una manera justa, no se había presentado ante las autoridades para que lo juzgaran, Mengele se limitó a contestarle lacónicamente: “No hay justicia, solo hay personas que desean vengarse”.

Rolf nunca llegó a percibir en ese hombre ni una pizca de humanidad, compasión o remordimiento. Cuando se despidió de él, después de dos semanas, sabía que lo veía por última vez. Mengele, por su parte, considero que tras esa visita podía morir en paz. Como si, antes de morir, hubiera sentido la necesidad de justificarse ante su único descendiente, para que éste no lo viera como un monstruo, sino como un hombre que no había hecho más que obedecer órdenes.

Rolf siempre se negó a proporcionar la menor información que sirviera para arrestar a su padre. Decía que le resultaba imposible traicionarle. Contrariamente a Niklas Frank, que odiaba a su padre Hans Frank, Rolf decía que no consideraba tanto al suyo como para odiarlo.

Dos años después de ese encuentro, en 1979, unos amigos de Mengele que vivían en Brasil le enviaron una carta a Rolf: “Nuestro amigo nos ha dejado en una playa tropical”. Josef Mengele murió de un ataque cardíaco mientras nadaba, después de haber sobrevivido a treinta y cuatro años de fuga. La familia Mengele optó por el silencio, pensando que así evitarían tener que responder por todos esos años de complicidad.

Poco después de la muerte de su padre, Rolf viajó a Brasil para poner en orden sus asuntos y recuperar sus efectos personales. Esta vez, lo hizo con su verdadera identidad. Cuando se registró en un hotel, el conserje exclamó: “¡Mengele!... ¿Sabe que usted tiene un apellido muy conocido en esta región?”. Aterrado, Rolf se fue rápidamente a su habitación para esconder en el cielo raso las pertenencias de su padre, aunque sabía que ese escondite no resistiría dos minutos a una requisa. Esa herencia estaba compuesta por un reloj de oro, cartas y diarios íntimos. Pero no hubo ninguna requisa. Esos diarios íntimos fueron vendidos en aquella escandalosa subasta de 2011.



Rolf estaba atento a las entradas y salidas del hotel. Trató de ser lo más discreto posible: no quería llamar la atención sobre su persona, sobre todo de parte del conserje, que podía alertar a la policía. Aún en la muerte, debía mantenerse el secreto de los Mengele. Rolf Mengele justifica ese silencio sobre la muerte de su padre por la necesidad de proteger a quienes lo habían ayudado y por la imposibilidad de ofrecer una prueba de su muerte.

Cuatro años después de aquel viaje, finalmente la noticia de la muerte de Mengele se difundió. Los amigos y simpatizantes nazis estaban enterados, pero hasta ese momento, nunca habían violado la “omertà”. Recién en 1985, una inspección en el domicilio de uno de los hombres de confianza de Mengele, Hans Sedlmeir, reveló una correspondencia entre ambos hombres y una carta de condolencias enviada por los amigos brasileños de Mengele.

Dieter Mengele, sobrino de Josef Mengele, que dirigía la empresa familiar, se vio obligado a poner fin al secreto que rodeaba a la muerte de su tío y conceder una entrevista a la prensa. Para la familia Mengele, la prioridad era evitar que la información de que habían ayudado a Josef Mengele a permanecer oculto pudiera tener repercusiones financieras que perjudicaran a la empresa. Dieter Mengele negó todo apoyo financiero a Josef, así como toda correspondencia con su tío. Rolf fue mantenido al margen de todo: Éste se lo reprochó a su primo. Subsistía la cuestión de la prueba de la muerte de Mengele: para eso, se necesitaba efectuar la exhumación del cuerpo. Cuando se llevó a cabo, Rolf, el único que podía confirmar que se trataba de su padre, estaba de vacaciones y no pudieron ubicarlo. Al regresar, se enteró por televisión de que el misterio de la muerte de su padre se había revelado.

Durante los treinta años que pasó en América Latina, hubo muchos rumores que lo ubican en tal o cual lugar. Los servicios secretos israelíes dijeron que habían “logrado encontrar episódicamente su rastro, pero sin poder echarle mano”. Sin embargo, a pesar de su temor obsesivo de ser detenido y secuestrado por el Mosad o por organizaciones de cazadores de nazis, Mengele se había arriesgado a volver a Europa y retomar su verdadera identidad. Enterrado con el nombre “Wolfgang Gehrard” en Embu, cerca de Sao Paulo, su cuerpo fue exhumado el 6 de junio de 1985 por la policía brasileña, por orden de las autoridades alemanas. El examen de las mandíbulas permitió identificarlo, y un análisis de ADN efectuado en 1992 confirmó de manera definitiva la identidad del cuerpo. Hasta ese momento, Rolf Mengele se había negado a entregar la muestra de sangre requerida para realizar ese estudio.

Es difícil entender cómo Mengele pudo eludir un arresto durante más de treinta y cuatro años, cuando muchas organizaciones internacionales y de cazadores de nazis lo estaban buscando. El hecho de que el Mosad eligiera capturar en 1960 a Eichmann, principal organizador de la 'Solución Final', antes que a Mengele a pesar de que ambos verdugos habían sido descubiertos en el mismo momento en Argentina, puede explicar que el médico de Auschwitz consiguiera escapar una vez más de las autoridades. Pero ¿qué pasó antes y después?

En 1985, Rolf aceptó revelarle a la prensa su encuentro con su padre y los escritos de éste. Entonces, las relaciones familiares con el resto del clan se rompieron del todo.

Contrariamente a otros descendientes de nazis, Rolf no cree que los genes puedan transmitir crueldad como herencia, y por el bien de sus hijos, decidió cambiarles el apellido. En los años '80, adoptó el de su esposa y se instaló como abogado en Múnich.

Rolf consideró que sus tres hijos merecían crecer sin tener que responder por los actos de su abuelo. Les debía la verdad y una vida libre de esa carga. En su caso, el único interés de esa herencia era la obligación de pensar en la esencia misma de la vida y en el conflicto entre el bien y el mal. Su destino era ser el hijo de Josef Mengele y soportar sus inconvenientes. No pudo intervenir en política, ni conocer oficialmente las razones por las cuales algunas personas, comerciantes judíos o víctimas de guerra, no quisieron trabajar con él.

En 2008, en un diario israelí, le pidió a la comunidad judía que no sintiera rencor hacia él. Dijo que pensaba visitar Israel y especialmente el memorial de Yad Vashem: “Pero temo que los sobrevivientes de la Shoah y sus descendientes puedan sentirse molestos si conocieran mi origen”.

Rolf Mengele es el único descendiente de este libro que ignoró la identidad de su padre durante tantos años y que lo pudo interrogar sobre su participación en la maquinaria de la muerte. Tal confrontación resulto estéril, porque Josef Mengele siguió convencido de sus ideales, sostuvo que no era el instigador de la abominación e incluso aseguró que había contribuido a salvar vidas. Sin embargo, Rolf no pudo ni quiso traicionarlo, ni siquiera después de su muerte, aunque, para proteger a su propia descendencia, decidió tomar distancia de ese apellido: Mengele.

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