Hoy el Barça sigue siendo el mismo. El Madrid se ha reagrupado gracias al dinero del marketing, € 64 millones en fichajes y un entrenador, Fabio Capello, con un salario anual de unos 6 millones netos.
En plena crisis de identidad, el presidente Ramón Calderón ha optado por identificar esencias con éxito. Antes que hacer vestuario, antes que recobrar un estilo, el Madrid ha comprado al entrenador con más fama de triunfador. Aunque los últimos títulos que ganó, dos scudettos con la Juventus, fueran anulados por fraude.
Una de las características que diferencian al Madrid y al Barcelona es la consideración que reservan a una minoría indispensable en el próximo clásico: los brasileños. El Madrid los ha recibido históricamente como jugadores bajo sospecha. En el Barcelona los brasileños son considerados benefactores providenciales.
Puyol, el capitán del Barça, sabe lo que es sufrir durante años sin ganar títulos. Por eso repite siempre lo mismo: "Hay un antes y un después de la llegada de Ronaldinho".
Puyol está encantado de contar con un grupo fuerte de sudamericanos en la plantilla. Ronaldninho, Deco, Edmilson, Motta, Silvinho, Belletti, Messi y Saviola son importantes para el equipo y dejan su sello en el juego.
La relevancia futbolística de los sudamericanos del Barcelona no sólo se fundamenta en su habilidad con la pelota. Hay ritos de convivencia fuera de la cancha que han dado al equipo una consistencia especial. La más importante de estas ceremonias es el asado, la barbacoa. La carne de vaca que preparan los amigos de Ronaldinho en Castelldefels cada vez que pueden.
Allí, junto a la playa del Mediterráneo, que les recuerda Curitiba, o Copacabana, Ronaldinho hace de maestro de ceremonias: la batucada suena en vivo, practican futvolley y comen muchas proteínas.
Para el argentino el rito de la carne a la brasa es sagrado. A Ronaldinho, como a Messi, le gustan los intestinos de vaca (chinchulines), los testículos de toro (criadillas), las mollejas y la picaña (identificada como punta de cuadril en Argentina, se ubica en el extremo posterior del lomo).
Nada se desperdicia. Los más habituales asistentes a estos convites son Motta, Deco, Belletti, Giuly, Márquez y el propio Messi. Al argentino lo adoran como a una mascota.
Cada vez que comen juntos los jugadores del Barça sancionan un modo de vivir y de entender el juego. Este espíritu fue contagiado por Ronaldinho al equipo en 2003. Dentro y fuera de la cancha, los jugadores se comunican con las mismas claves. La convivencia funciona desde la integración.
El éxito es una consecuencia de algo previo. Frank Rijkaard, el técnico, es permisivo porque sabe que los caminos del fútbol profesional son insondables.
En el Madrid es distinto. La ciudad es hospitalaria pero el vestuario no.
Mandan Fabio Capello y su capataz Raúl González. La tradición autoritaria viene de lejos. Desde que Alfredo Di Stéfano ingresó en el club en 1953 y se complementó perfectamente con el presidente, Santiago Bernabéu, en la puesta a punto de un modelo de gestión castrense.
El ambiente en Chamartín nunca resultó favorable al espíritu diletante de los brasileños. El primero en padecer la frustración fue Didí, al que no le valió de mucho exhibir su título de campeón mundial de 1958.
La línea, que se interrumpió con la excepción de Roberto Carlos, se ha prolongado hasta el equipo actual con Ronaldo, Robinho, Cicinho y, posiblemente, Emerson, al que la adaptación le está costando más de un disgusto.
Los brasileños del Madrid se sienten víctimas de la conspiración del capitán del equipo, Raúl. Lo consideran, dicen, un "traidor", alguien capaz de "poner en contra a la afición" contra ellos.
La reacción que sigue es instintiva. Hay poca mezcla. El vestuario no practica la vida social común. Los brasileños se refugian en su propio mundo.
Raúl nunca acudiría a los asados de Ronaldo en su casa de La Moraleja. Allí predomina el espíritu del gueto y las reuniones sirven para sobrellevar el desarraigo.
Entre todos lamentan la marginación que vive Robinho, considerado un genio en Brasil y despreciado en el Madrid por el entrenador y el capitán. La condición de Robinho como suplente meritorio resume la indiferencia y la falta de complicidad que sufren los brasileños.
En el campo, las posibilidades de que florezca algo bueno se agotan. El Madrid practica un fútbol triste, despersonalizado, sin carácter, sin un lenguaje común. Los españoles no aportan lo suficiente. Brasil queda lejos. Y en Madrid no hay playa.
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20 de octubre de 2006 - 10:07






