ARCHIVO >

Negativo: La Argentina sin largo plazo

'Argentina: Del Estado ausente al Estado invasor', es el título de un muy buen trabajo de la consultora Exante.

POR SANTIAGO GALLICHIO El extenso discurso con el cual el presidente Néstor Kirchner abrió las sesiones ordinarias del Congreso Nacional, el 1º de este mes, reflejó con detalle muchos de los aspectos ideológicos de base de su gestión y su manera de entender qué es lo que la Argentina necesita en esta hora. Sin dudas, su mirada no es caprichosa sino, por el contrario, parece ser compartida por una importante cantidad de ciudadanos. Notablemente figuran entre sus más fieles correligionarios, como no podía ser de otra manera, muchos de los miembros de su propia generación, es decir, las personas con edades que van entre los 45 y 65 años, aproximadamente. Los mayores a 65 son los que estuvieron cabalmente representados por la generación que sucumbió con De la Rúa, la que logró mantenerse en el poder durante largos 25 años. En efecto, los presidentes del cuarto de siglo que va desde el golpe de Videla (1976) hasta el fin de la segunda presidencia de Menem (1999) diferían entre sí apenas en 5 años de edad (nacidos entre 1925 y 1930) y, si se incluye a De la Rúa, con dos años de presidencia (1999-2001), la diferencia se estira sólo hasta los 18 años de edad. Puede sostenerse, por tanto, que todos ellos conformaban una misma generación, que fue la que siguió al largo predominio de Juan Domingo Perón, nacido en 1895, 30 a 35 años antes que sus sucesores. En cambio, la generación del actual Presidente (nacido en 1950) es la que está signada por su paso por el movimiento juvenil revolucionario de los '70, por lo que no se extiende mucho más allá de los nacidos en 1960. Entre ellos, el "estilo K" es generalmente respetado aunque no sea siempre compartido. La generación siguiente a ésta, por su parte, fue la que se inició políticamente con el retorno de la democracia, padeció con uso de razón los sinsabores de la hiperinflación y creyó en la conveniencia de incentivar cierto retiro del estado omnipresente y obsoleto de los '80, para permitir el desarrollo de las fuerzas de mercado. Teniendo este panorama esquemático como marco, ¿cuáles son los puntos que definen el ideario kirchnerista? Tal vez la nota más permanente de su discurso sea la de recuperar, para el bien del país, el rol central del estado. Esta idea lo mueve a actitudes que permitan volver a poner en valor una noción que estaba, a su juicio, desprestigiada y desvanecida. En efecto, con una reivindicación del "gobernar" eligió el Presiente cerrar su mensaje al país. Su modo de entender el gobernar lo vinculan más a actitudes de tipo militante y de fuerte intervención estatal. Sin embargo, a pesar de ello, el Presidente terminó sus palabras en la Asamblea Legislativa disipando posibles temores de autoritarismo, cuando auguró, para los futuros presidentes argentinos que lo sucederán, el rol de meros "conductores del tránsito". Este cambio deriva de que Kirchner entiende que ese país futuro ya no necesitará de una presencia presidencial fuerte como la de él, porque ya estará curado y normalizado. En cambio, estas épocas actuales parecen ser, a juicio del Presidente, épocas de recuperación del terreno pedido por el desvanecimiento del gobernar, defecto que señalaría seguramente a De la Rúa como a su mejor exponente. Necesitan, por ende, de convicción firme y actitud proactiva. Esta posición básica es muy relevante para comprender muchos de los desencuentros deológicos que atraviesan la Argentina de hoy. Los vaivenes generacionales parecen overse, básicamente, desde la fuerte confianza en los mercados, la desregulación y la escentralización, por una parte, hacia la recuperación del Estado en roles privatizables, el intervencionismo regulatorio, así como la permanente opinión gubernamental acerca de uestiones que hacen a valores e ideales personales e incluso la abierta promoción estatal de modelos moralmente valiosos. Pero el marcado enfrentamiento político se torna innecesariamente agresivo y, por lo tanto, estructivo para el futuro del país. Se pierde la posibilidad de aprovechar de las buenas herencias del pasado y se tiende a la permanente refundación de la república sobre nuevas bases, un mal profusamente compartido por muchas otras naciones de la región (se destacan, por contraste, Chile, Brasil y Uruguay). Peor aun: en el afán por diferenciarse de gobiernos anteriores, normalmente referidos en el discurso como "épocas" o "modelos", se llevan las políticas a extremos inconvenientes y muchas veces hasta indeseados, sólo por oposición y hasta venganza política. Esto arruina aun más la suerte de largo plazo de nuestra república. Encontrar elementos que contribuyan a la moderación es lo más acuciante para nuestro futuro. Disponer de reglas inviolables, no importa qué épocas políticas estemos atravesando, es la forma en que normalmente se consiguen estos objetivos. Prohibir la venta de carne al extranjero para controlar los precios, por ejemplo, como se hizo recientemente, no está entre las facultades legítimas de ningún gobierno, por más estatista que sea en sus convicciones. Del mismo modo, abandonar responsabilidad primaria del estado en la provisión de condiciones mínimas de seguridad social, tampoco lo está, por más libremercadista que sea el gobierno de turno. Sólo dos ejemplos que deberían servir para comprender acerca de qué cuestiones deberíamos poder deliberar con la mira puesta en el largo plazo, sin que primen las fuerzas políticas coyunturales. Para estirar la mira, no hay nada mejor que el ejercicio mental de tomar conciencia de que estas fuerzas políticas coyunturales no son mucho más que el azar del calendario, que marca el natural devenir de las generaciones y el alcance de su madurez. Pero si a esta natural sucesión de mujeres y hombres no se le sobreponen reglas mínimas de convivencia civilizada, que sean inviolables para todos, absolutamente todos, seguiremos dando el triste espectáculo que dan los pueblos incivilizados. En ellos, como veía genialmente Adam Smith, sólo los adultos están bien (léase, los de la generación que gobierna), mientras que los niños y los ancianos suelen estar desprotegidos. Allí, sólo quien circunstancialmente tiene la fuerza es quien la aprovecha y sólo para sí, siendo incapaz de prever su propio pasado y su propio futuro, ambos menesterosos, como para brindar protección a los demás en consecuencia.