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Aunque sucediera lo que a esta altura parecería un milagro, que la industria creciera en más al 3% anual para recuperar el 15% de destrucción que acusa haber sufrido en la década, ya nada volvería a ser como era. Ni tampoco les devolvería el puesto a los 200 mil empleados que lo perdieron en la Administración Macri. El retraso que acumuló en este tiempo la inversión genuina en modernización del aparato productivo, achicado como consecuencia de los avatares macroeconómicos y la inestabilidad, obligará a las empresas a encarar todo lo que tiene que ver con la transformación digital que atraviesa transversalmente los procesos y hasta implica modificarlos. Incorporar nuevas máquinas, equipos y softwares que dan vuelta patas para arriba el know how tradicional, como ha venido sucediendo en algunos casos de sectores como el agro, el petróleo/gas y la metalmecánica. Las grandes compañías ya se encuentran reentrenando personal a una nueva cultura laboral para los próximos 5 a 10 años y dejan paulatinamente de concebir a la fuerza de trabajo como empleados en relación de dependencia. En general, los que consideran que no se adaptarán son los primeros en incluir en las listas de despidos. Las consultoras internacionales de RRHH prevén que con la transformación digital emergerá, por fuera de la sindicalización, un ecosistema de talento global (no sólo el vinculado directamente a la tecnología) que nutrirá en un 70/80% los planteles futuros.
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