Saddam un año después: Crónica del ‘otro’ Irak

La lectura de El Verdadero Saddam permite algunos apuntes y reflexiones acerca del mayor error que cometió George Walker Bush durante su administración. POR GUILLERMO MÁRQUEZ.

Luego de haber leído El Verdadero Saddam, ante cada noticia que llega desde Irak me pregunto: "¿Y qué dirá Majid?" Creo que se impone una actualización de su libro y su propia visión sobre el proceso que vive Irak a partir de la Resistencia tenaz que provoca dolorosas bajas a USA y sus aliados, que han ratificado, en su mayoría, que el 30 de junio desean devolver el gobierno del país a sus habitantes e iniciar la retirada porque George Walker Bush, cuando los invitó a participar de la campaña bélica, nunca les anticipó este desastre cotidiano.

En verdad, Bush los invitó a un festejo. Al igual que en Bahía de los Cochinos, USA esperaba que su invasión provocara la veloz caída de Saddam Hussein, y el festejo de la mayor parte de la población, básicamente de los musulmanes chiítas y de los kurdos, con quienes de inmediato se podría diseñar la reconstrucción, la transición y la democratización de Irak, que permitiría convertir a Siria en un emparedado entre Israel y un Irak estadounidense, y presionar a Irán.

Pero la reconstrucción ha fallado, la transición es sangrienta, la democratización es improbable, el odio a USA es generalizado y el fantasma de la guerra civil cuando se retire la coalición es un hecho. También es verídico el temor a que Irak le provoque a Bush la derrota en los comicios presidenciales estadounidenses de noviembre.

Desde Urgente24 y desde Edición i, cuando era un programa de TV que iba de lunes a viernes por la pantalla de PlusSatelital, se marcó la oposición a la invasión a Irak, se advirtió que ocurriría lo que está pasando y se anticipó una derrota político-militar de USA, contra la burla de varios teóricos del conflicto.

Por esto se considera el texto de Saman Abdul Majid, quien fue el traductor de francés de Saddam Hussein, aunque hoy se gana la vida como traductor de inglés. Francia fue muy importante durante años para Irak y para Hussein.

Hoy Majid trabaja para Al Jazeera, el canal de noticias de Qatar; y sus conversaciones, en francés, con Christian Chesnot y George Malbrunot provocaron la edición de Les Années Saddam, traducido al español como El Verdadero Saddam, texto cuyos derechos en Latinoamérica tiene El Ateneo.

Curiosamente, Majid no logra separar su destino del de Saddam porque el raïs hoy se encuentra preso de USA en una base militar en Qatar.

Majid cuenta que -como muchos otros- él creía que la invasión no ocurriría porque Hussein había mostrado flexibilidad al autorizar al avión espía estadounidense V2 a sobrevolar Irak y porque ordenó la destrucción de los misiles al-Samoud.

Recién comprendió que el conflicto era inevitable cuando Bush exigió a Saddam que abandonara Irak, porque estadounidenses e iraquíes sabían que eso era inaceptable para el hombre de Tikrit. "USA le puso un cuchillo en la garganta" (con la petición), reflexionó Majid.

Irak no podía resultar nunca una amenaza bélica para USA, por más que la prensa estadounidense se esforzara en mentir. El relato de Majid desnuda un sistema político-institucional desorganizado, imprudente, ineficiente, burocrático y no previsor. Para demostración basta con un ejemplo: Majid integraba la unidad de informaciones que actualizaba en forma permanente a Hussein; ante el inicio de los bombardeos de USA se envió al grupo a una residencia en el barrio de al-Harthiyeh, en Bagdad.
Majid descubrió, luego, que esa mansión había sido abandonada por Ahmed Hussein, jefe del área administrativa de la Presidencia, porque era demasiado insegura al estar en medio de viviendas de varios jefes del partido Baas, incluyendo a Taha Yassine Ramadan, un incondicional de Saddam. ¿Quién pudo planificar algo semejante para un grupo del que dependía Saddam?

El inmueble no tenía garaje y tanto Majid como su jefe, Ali Abadía, debían dejar afuera de la vivienda sus Nissan Cedric, automóviles que desde mediados de 2002 habían sido distribuidos entre los directores generales de la Presidencia y los jefes de Baas, algo que conocía la población. Cualquiera podía delatarlos. Además, nadie envió alguna vez un guardia a custodiar el lugar cuando el conflicto ya había comenzado.

Lo más grave es que Saddam estaba en una casa contigua, aunque sí tenía guardaespaldas. En esa vivienda grabó el mensaje a los iraquíes del jueves 20 de marzo de 2003, el Día Nº 1 de la invasión, con anteojos oscuros. En USA se dijo que no era Hussein sino un doble, pero lo que cuenta Majid es que Saddam es miope y no le gustaba exhibirlo pero la explicación que dio a sus colaboradores fue: "¡Es que estamos en guerra!".

Ahora... ese mismo Saddam, mientras caían bombas estadounidenses, se interesaba por las correcciones de su más reciente novela (sí, Saddam escribía novelas) o por la sintaxis de unos poemas. Es como si por momentos escapaba hacia la irrealidad.
Para compensar, también USA confundía la propaganda con la información precisa, y no tenía los datos que con tantos sistemas de inteligencia, debía acopiar. Por ejemplo, USA bombardeó una y otra vez los 18 bunkers de Saddam. Pero Majid cuenta que Saddam jamás pisó un bunker, y hasta los hizo dañar durante el conflicto para que USA no pudiera utilizarlos, lo que demuestra que Saddam había previsto su derrota. En verdad, él se movía entre la población. Hasta el final gobernó el país. En lo más duro de los combates convocaba a sus ministros, revisaba personalmente su correo y enviaba cartas a los jefes de clanes y tribus aconsejando la guerrilla urbana y rehuir el combate frontal.

El contacto con Saddam lo perdieron el día siguiente al control del aeropuerto de Bagdad por las tropas de USA. Esto ocurrió el sábado 5 de abril de 2003; la correspondencia que le enviaron el domingo 6 de abril les regresó sin abrir. Aunque el lunes 7 de abril se le comentó a Majid de una reunión de Saddam con sus allegados, oportunidad en que se había colocado un cinturón de explosivos, al igual que sus hijos Qoussaï y Oudaï, aparentemente en el barrio de al-Mansour, que horas después bombardearon los estadounidenses pero Saddam ya se había marchado ante la certeza de que su primo, el general Abdel Jalil al-Habboush, jefe de Informaciones, lo había traicionado y se había convertido en espía de USA.

¿Cómo escapó Saddam de Bagdad? Él tenía tres choferes que no se conocían entre sí. Uno era de la tribu de al-Azzawi; otro de los Dleimi; y otro del clan al.Trikrits, igual que Saddam. Antes de la caída de Bagdad los había acantonado en tres refugios diferentes, vigilados por guardaespaldas. De uno de los tres se valió para salir de la ciudad.

El miércoles 9 de abril, por la tarde, Mohamed al-Sahaf, ministro de Información, se encontraba aún en los estudios de la televisión satelital iraquí en al-Adhamiyeh, cuando recibió un mensaje escrito de Saddam, y le dijo a sus empleados: "El Presidente va a venir a visitarnos".

Instantes después, tres vehículos pasaron sin detenerse hacia el norte, en dirección de Tikrit. Todos comprendieron que se había terminado. SAF también emprendió la fuga.
Saddam hizo una última aparición en el barrio al-Adhamiyeh, donde saludó a varias personas; acababa de grabar un casete difundido por al-Jazeera: "La gente que me era más próxima me ha clavado el puñal por la espalda".

En su huida se detuvo fugazmente en la casa de un amigo, en ese barrio, y le dijo: "Los pueblos del sur son mucho más valientes que mis allegados, que me traicionaron y no valen más que las tiras de mis sandalias".

Saddam no tenía una buena relación con el Ejército, y probablemente esto haya sido determinante. Había enviado a una residencia vigilada –un paso intermedio entre la libertad y la cárcel- al sultán Hashem, ministro de Defensa.

Sin embargo Hashem no era un traidor, como sí lo fue Nouri Badran, el último ministro del Interior de Saddam enlace entre la CIA y oficiales iraquíes, a quienes les entregaba teléfonos satelitales Thuraya, según Majid.

Otro caso de traición es el del general Maher Soufian al-Tikriti, designado a principios de 2002, ex jefe de los guardaespaldas de Saddam, quien incumplió la orden de bombardear Bagdad. Según la prensa árabe, Soufian recibió US$25 millones del US Army por su traición, nunca figuró en la lista de 55 personalidades iraquíes más buscadas por los estadounidenses y él mismo explicó: "Yo no he traicionado. Por el contrario, evité pérdidas iraquíes rehusándome a combatir con desventajas frente a los norteamericanos".

Otros traidores fueron el general Hussein Rachid, secretario general del comando del Ejército, y su hijo ali, quien trabajaba con Qoussaï. Y Jamal Moustapha al-Soultan, yerno de Saddam, asistente de Abed Hmoud, secretario personal de Saddam.

En cuanto a Hashem, él fue quien, cuando ingresaron las tropas estadounidenses en Bagdad, exclamó, llorando: "Qoussaï ha destruido el ejército y Abd Hmoud, el Estado".
Hmoud era el brazo derecho de Hussein.

En verdad, Saddam había destruido el Estado iraquí. La descripción de Majid es abrumadora: "Dos tercios, por lo menos, de los funcionarios de la Presidencia, no merecían trabajar allí. Sólo buscaban agradar a Saddam para conservar sus privilegios. Hasta fines de los ’90, la adhesión al Baas no era una condición sine qua non para trabajar en la Presidencia. Después, Saddam publicó un decreto según el cual era necesario, al menos, ser miembro del partido. Del mismo modo, se mantuvo la tendencia de contratar Tikrits integrantes de su tribu, supuestamente los más leales (...)". La ineficiencia mata al Estado.

Es interesante el relato de Majid de la famosa escena cuando fue derribada la estatua del raïs ubicada en la plaza al-Ferdous, en el centro de Bagdad: "Había allí, para aplaudir, más periodistas que iraquíes. Exceptuados los barrios chiítas pobres, oprimidos por el régimen, la masa no se hizo presente, aunque la inmensa mayoría de los iraquíes estuviese contenta por lo que sucedía".

También cuenta del pillaje que se multiplicaba en todo el país ante la mirada indiferente de los soldados estadounidenses. Probablemente en ese punto, USA comenzó a perder el control de la situación al no garantizar la seguridad ni la justicia.

La revolución Baas hacía mucho que se había reducido a la nada. El partido laico y panárabe de los años ’60 había devenido en un grupo de oportunistas.

Saddam vivía en una contradicción permanente. Majid cuenta que una de sus servicios iniciales como traductor de Saddam fue ante la visita del entonces presidente del Chad, Hissène Habré, quien tenía un conflicto con Libia. En su discurso, Saddam instó a Chad y Libia, como países islámicos, a encontrar una solución sin recurrir a la guerra. Pero Irak estaba en un conflicto bélico feroz con Irán: dos países islámicos; y tres años después invadiría a Kuwait, otro país islámico.

Más allá de si la invasión a Kuwait fue una trampa estadounidense y si la guerra la comenzó Irán invadiendo una localidad cerca de Khanaqin, Saddam había perdido su proyecto político.

El 11 de mayo de 1970, siendo vicepresidente de Irak, Hussein había otorgado una amplia autonomía a los kurdos, y luego provocó, en 1988, la horrible masacre de Halabja con gas contra civiles.

Otro caso era su aversión enfermiza contra los judíos, no solamente contra el sionismo. En el Corán, tanto los judíos como los cristianos forman parte de los "pueblos del Libro" y, por consiguiente, son respetados por los musulmanes. Con el paso del tiempo, Saddam fue violando progresivamente las reglas...

Majid cuenta que Tarek Aziz les envió para traducir y entregar a Saddam, en el año 2001, un artículo explicando que la nueva doctrina estadounidense en diplomacia se llamaba "guerra preventiva". Aziz estaba muy preocupado y alertó a Saddam pero éste no lo escuchó. También le hizo llegar un artículo publicado en Newsweek que afirmaba que la científica Rihab Taha era responsable de un programa de armas químicas prohibidas.

Una de las sorpresas del libro resultó, a propósito de una anécdota de traducción de una carta a los jefes de Estado de países árabes, que Saddam no tomaba en soledad sus grandes decisiones. Jamás publicó un discurso importante sin transmitir antes su contenido a los miembros de su comando, pidiéndoles opinión. La mayoría se limitaba a algún comentario servil porque el clima de terror instaurado por Saddam terminó volviéndose en contra de sus intereses.

Solamente Tarek Aziz y Houda Ammash, la única mujer en el comando regional del Baas, hacían reparos críticos, en especial Houda, a cuyo padre Saddam había liquidado con el rango de ministro de Defensa.

De todos modos, Saddam, quien presumía de hombre muy informado, a menudo tomó decisiones equivocadas. Por ejemplo, cuando desoyó las advertencias del embajador de Irak ante la ONU, Nizar Hamdoun, muerto de cáncer en julio de 2003, acerca de la necesidad de desmilitarizar el gobierno. Otro ejemplo, cuando despreció el envío, de parte de William Clinton, por entonces flamante presidente de USA, de un emisario personal, lo que provocó que, más tarde, Clinton autorizara el financiamiento de operaciones clandestinas de la CIA para derrocar a Saddam.

¿Hacia dónde iba Saddam si USA no hubiese invadido? El régimen tenía problemas. El más concreto eran los problemas de sucesión. Oudaï, uno de los hijos de Saddam, era odiado por los iraquíes como Nouri Saïd, el primer ministro asesinado en 1958 y cuyo cuerpo fue arrastrado por las calles de Bagdad.

Pero, Majid –visionario, considerando cuándo lo dijo, hace casi 1 año-, explica algo que USA no ha comprendido: "Yo no añoro el régimen. La historia juzgará. Hay que dar vuelta la página. Sin embargo, si Paul Bremer me pidiera como traductor, no aceptaría. Él simboliza la ocupación de mi tierra. Mi régimen detestable ha dado lugar a una ocupación más detestable todavía. Saddam era un tirano, pero era iraquí".

Los Estados Unidos han hecho soplar sobre Irak un viento de libertad. Los iraquies han reencontrado una palabra confiscada durante años. Los techos están tapados con antenas parabólicas y los diarios se han multiplicado; pero nosotros ya estamos decepcionados. Llegados como libertadores, los norteamericanos se han transformado en fuerza de ocupación. Los iraquíes creyeron, ingenuamente, que ellos arreglarían sus problemas; por el contrario, los han agravado.

Tras la caída de Bagdad, la población vive en la inseguridad permanente: "robos, ataques a mano del ejército y secuestros de niños en plena calle se suceden. Esto no ocurría bajo Saddam. El país era dirigido por una mano férrea pero se podía circular libremente y sin riesgo en todo momento por la capital. La disolución de las Fuerzas Armadas, de la policía y de los servicios de seguridad ha creado un vacío que favorece todos los excesos. Muchos iraquíes no envían a sus hijas al colegio o a la universidad por miedo a las agresiones, violaciones o secuestros. Mi mujer no conduce más su automóvil en la ciudad y permanece dentro de nuestro barrio (...)".

No es la Irak prometida. Y coinciden con ellos miles de personas, muchas entrenadas para pelear y con acceso a algún armamento. Así se organizó una fuerza irregular muy peligrosa para los intereses estadounidenses en Irak. Por eso no sirve lo que hace la Casa Blanca. Por eso se cae el plan. Con Bush o sin Bush.