El luminoso cartel de Starbucks reluce en el Óvalo Gutiérrez, uno de los polos de entretención en la capital peruana. Abierto a mediados de agosto, es el primer café de la cadena en América del Sur. Enfrente, un moderno complejo de multicines ofrece los últimos estrenos de Holywood, justo encima de Crisol, una amplia y atractiva librería de capitales españoles que pone el toque intelectual, pero cool, al conjunto. Un poco más allá, en la calle Conquistadores, se suceden algunos de los restaurantes de moda de Lima, en algunos de los cuales, como el flamante Asia en Cuba, de comida fusión, hay que hacer cola para conseguir mesa. Paseando de noche por estas calles de San Isidro cualquiera diría que los peruanos viven un boom económico. También lo podrían decir quienes miran las envidiables –dadas las circunstancias internacionales– cifras macroeconómicas del país. Crecimiento del 4%, inflación del 2%, déficit fiscal de entre 2% y 3% del PIB... y suma y sigue. Pero cuando uno conversa con la gente, ya sea con uno de los miles de taxistas informales que pululan por toda la ciudad como con los asiduos de los restaurantes de moda, la imagen de energía y entusiasmo se convierte en una de frustrante resignación. Al contrario de la electricidad en el aire que uno espera sentir en la epidermis en una ciudad emergente, en Lima la apatía puede llegar a ser contagiosa, muy a pesar de la vocación por la jarana y las ganas de disfrutar la vida que muestran los peruanos. No por nada el presidente Alejandro Toledo registra un contundente 81% de desaprobación en las encuestas, mientras que el grueso de los limeños –el 82%, según el último sondeo de la Universidad de Lima– cree que la situación económica del país será igual o peor dentro de un año. ¿Por qué esta paradoja? "Primero, porque las cifras macroeconómicas no son tan buenas", dice contundente Carlos Adrianzén, uno de los economistas peruanos más destacados del país y actual decano de la escuela de negocios de la Universidad San Ignacio de Loyola, en Lima. Según el economista, el crecimiento obedece a algunos sectores puntuales, como la minería, que generan poco empleo, mientras que la baja inflación y el moderado déficit obedecen a la política relativamente conservadora que sigue el gobierno de Toledo. "La inversión privada, en cambio, ha caído fuertemente. Hoy es equivalente a un 16% del PIB, frente a niveles de entre 23% y 24% registrados en 1997", dice Adrianzén. SOBRA CAPITAL. Quizás una de las señales que mejor ilustran la situación peruana es el que el capital sobra. Lo que escasean son empresas o proyectos atractivos y rentables en los que invertir. Esto afecta tanto a las administradoras de fondos de pensiones (AFP) como al sistema bancario, que no saben qué hacer con su capital. Salvo excepciones, como las del alimentario Grupo Gloria o Cementos Norte Pacasmayo, que han realizado colocaciones de bonos en el mercado interno para financiar adquisiciones de empresas en el exterior, el grueso de las colocaciones de instrumentos financieros han estado orientadas a la reestructuración de deudas. Con este entorno, Perú se ha convertido en un exportador de capital. A principios de 2002, sin ir más lejos, la cervecera argentina Quilmes colocó bonos por US$ 40 millones y utilizó los fondos para cumplir obligaciones financieras en Argentina. Los bancos tampoco tienen muchas alternativas para colocar dinero de forma segura y rentable. "Algunos políticos están pidiendo que los bancos presten dinero. Menos mal que no lo hacen. Pocas empresas tienen suficiente calidad crediticia", dice Adrianzén. Para Jorge Chávez, presidente ejecutivo de la consultora Maximixe en Lima y ex presidente del Banco Central de Reserva del Perú, el crecimiento es relativo. "Es un rebote a partir de la caída de 1998 y 1999", señala. "Ahora estamos viviendo el ajuste microeconómico". Lo cierto es que el país no ha sido capaz de remontar la depresión en que cayó en esos años, cuando a la crisis económica internacional se sumó la propia crisis política desatada por la obsesión del presidente Alberto Fujimori por mantenerse en el poder y que continuó por la debilidad política de Toledo Salvo inversiones en proyectos mineros –como la mina de cobre y zinc de Antamina, que demandó más de US$ 2.000 millones– o energéticos –como el de gas natural de Camisea–, los grandes inversionistas internacionales han estado ausentes del escenario peruano. Sí, ha habido compras importantes, como la de la cervecera Backus & Johnston por parte de la colombiana Bavaria, pero se trata de inversionistas latinoamericanos acostumbrados a las marchas y contramarchas de la región. "No se ha visto a los grandes actores globales", señala Adrianzén. La apatía se agravó con el ataque en junio pasado de una columna de Sendero Luminoso a un grupo de trabajadores de la empresa argentina Techint que trabaja en la construcción del gasoducto de Camisea en plena cordillera de los Andes. "Dejamos de recibir mandatos para la búsqueda de empresas para fusiones y adquisiciones", señala Enrique Solano, socio de Enfoca, un banco de inversión boutique de Lima. Claro que los temores respecto a Sendero ya se están disipando. "Ahora parece claro que se trató de una acción aislada", afirma Solano. Los analistas coinciden en señalar que la depresión peruana es producto del parón que sufrió el proceso de reformas a mediados de los 90. "Fujimori comenzó su gobierno con una primera generación de reformas, pero a mediados de la década, obsesionado por mantenerse en el gobierno, el proceso se detuvo", dice Adrianzén. "Hoy presenciamos una segunda degeneración de reformas", dice. MARCHA ATRÁS. Para el economista, uno de los grandes problemas del país es su debilidad institucional, que se traduce en la capacidad de presión de los distintos grupos de poder. "Seguimos dentro de un estado paternalista", señala Chávez, de Maximixe. El resultado es que la política del gobierno de Toledo comienza a tener un sesgo proteccionista. La política arancelaria considera cada vez más excepciones y se vuelve dispersa, pero tendiendo a proteger a algunos sectores. "Hoy vende más la integración a la Comunidad Andina de Naciones que un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos como el firmado por Chile", señala Adrianzén. "Y este último debería ser el camino". Chávez coincide en que la salida de la economía peruana pasa por una mayor apertura comercial y una política exportadora más agresiva. "El reto es exportar", dice. "Solamente en madera podríamos exportar US$ 4.000 millones anuales si tuviéramos un mejor marco regulatorio". Por ahora no se ven señales en esa dirección en el horizonte. Sin embargo, tampoco existe la sensación de que el país camina hacia el precipicio. La resignada sensación es que la economía seguirá flotando en la mediocridad de siempre
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Perú
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16 de septiembre de 2003 - 03:27






