Por Kenneth M. Pollack
Operación Irak: Próxima parada, ¿Bagdad?
Una visión crítica de la próxima operación militar de USA en busca de petróleo y de presionar a Arabia Saudita.
CORTAR EL NUDO GORDIANO
A medida que el conflicto de Afganistán llega a su fin, la cuestión de qué debería hacer Estados Unidos respecto de Irak se convierte en un importante tema para la política exterior estadounidense. Los halcones [los sectores más duros] sostienen que provocar el derrocamiento de Saddam Hussein debería ser la "fase dos" en la guerra contra el terrorismo. Consideran que el desarrollo iraquí de armas no convencionales constituye una grave amenaza para los intereses estadounidenses, y quieren extender el éxito de la campaña afgana a una operación similar que se desarrollaría más al oeste. Los que se definen como palomas [abanderados del pacifismo] señalan la dificultad que implica tal empresa y la falta de pruebas que vinculen a Hussein con los recientes ataques contra Estados Unidos. Sostienen que el objetivo de la política estadounidense hacia Irak debería ser que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) revitalice las inspecciones de armamento y la política de contención. Ambos segmentos están, en parte, en lo correcto; pero ambos, en parte, se equivocan.
Debido a que Washington desaprovechó sus propias oportunidades y al vergonzoso cinismo de otros, ya no hay opciones políticas satisfactorias en relación con Irak. Los halcones se equivocan al pensar que el problema es de extrema urgencia o que tiene conexión con el terrorismo; pero tienen razón en considerar que la posibilidad de que Hussein consiga armas nucleares es lo suficientemente preocupante como para requerir medidas drásticas. Las palomas, entre tanto, tienen razón en pensar que Irak no es buen candidato para repetir la operación Libertad Duradera, pero se equivocan al creer que las inspecciones y la disuasión son reacciones adecuadas ante los programas iraquíes de armas de destrucción masiva (WMD, por sus siglas en inglés).
Una vez enfrentado el peligro inmediato planteado por la red Al Qaeda de Osama bin Laden, el gobierno de Bush ciertamente debe dirigir la atención a Bagdad y seguir la única estrategia que ofrece una vía de escape del actual callejón sin salida: invadir Irak, eliminar el régimen actual y abrir el camino a un sucesor dispuesto a cumplir sus compromisos internacionales y vivir en paz con sus vecinos.
EL PROBLEMA DE LA CONTENCIÓN
Las razones para considerar una acción tan drástica poco tienen que ver con los sucesos del 11 de septiembre y la posterior crisis, y mucho con la política hacia Irak que Estados Unidos desarrolla desde 1991. Tras la derrota iraquí en la Guerra del Golfo, el gobierno del primer Bush esperaba que Hussein perdiera el poder, aunque carecía de una estrategia definida para lograrlo y se limitó a mantenerlo aislado y sin pertrechos hasta que finalmente llegara el momento oportuno. A falta de una mejor alternativa, el gobierno de Clinton continuó con la misma política, y lo mismo está haciendo el actual.
El principal objetivo de contención durante la década pasada fue evitar que Hussein (un agresor en serie) reconstruyera el poderío militar de Irak, incluidas sus WMD. Estados Unidos y sus aliados no querían tener que disuadir, rechazar o contrarrestar otra invasión iraquí; querían ante todo negar a Hussein los medios para instrumentar una amenaza contra sus vecinos. Así que pusieron en marcha, con el visto bueno de la ONU, una combinación de restricciones económicas, militares y diplomáticas destinadas a impedir que Hussein desestabilizara de nuevo una de las regiones del mundo más importantes desde el punto de vista estratégico, al tiempo que permitían ciertas concesiones humanitarias para que Irak satisficiera las necesidades no militares de su población. A pesar de las frecuentes críticas, esta política constituyó un tratamiento razonable para una situación en que había pocas opciones atractivas. Sirvió satisfactoriamente para los objetivos propuestos, y por más tiempo de lo que la mayoría pensó posible.
No obstante, en los últimos años la contención empezó a desarticularse. Hace mucho ya que terminaron las inspecciones serias de los programas de WMD de Hussein. Cada vez menos países respetan las restricciones decretadas por la ONU, y cada vez son más los que se cansan de lidiar con Hussein para obligarlo a obedecer. La absurda propaganda iraquí según la cual las sanciones económicas son la causa de que hayan muerto más de un millón de personas desde 1991 goza hoy de plena aceptación mundial. Más de una docena de naciones ha establecido vuelos comerciales con Irak, haciendo caso omiso de la prohibición de viajes aéreos a y desde ese país, prohibición que, según se pretende ahora, nunca existió, aunque fue acatada hasta hace apenas unos cuantos años. El petróleo iraquí fluye de contrabando por Jordania, Siria, Turquía y los estados del Golfo Pérsico, en proporciones que duplican con creces las de 1998. La capacidad de Irak de adquirir artículos prohibidos es cada día mayor, como por ejemplo partes de repuesto para sus tanques y aviones o equipamiento para su vetusto sistema logístico. Lo más asombroso de todo es que se sorprendió a los chinos construyendo una red de comunicaciones de fibra óptica de alcance nacional para el régimen de Hussein; los ataques aéreos estadounidenses destruyeron los nodos principales del sistema en enero de 2001. Si el respeto por las sanciones ya se deterioró al grado de que los chinos están dispuestos a vender a Irak una tecnología tan importante, ¿cuánto tiempo va a pasar antes de que alguien esté dispuesto a venderle tanques? ¿Y misiles? ¿Y material fisionable?
Los constantes llamados a resucitar la coalición contra Saddam Hussein y reforzar la contención son adecuados para hacer frente al problema, pero resulta ingenuo creer que será fácil resolverlo. Las sanciones de amplio espectro impuestas a Irak requieren necesariamente la cooperación multinacional, pero en este momento hay demasiados países importantes dispuestos a transgredirlas como para que sean efectivas. La desafortunada experiencia del actual gobierno estadounidense al tratar de vender "sanciones inteligentes" a la comunidad internacional muestra cuán mala es la situación. Las reformas propuestas por el gobierno de Bush implican levantar la mayor parte de las restricciones económicas impuestas a Irak a cambio de controles más firmes sobre lo que entra al país, una idea perfectamente razonable para cualquiera que esté verdaderamente interesado en ayudar al pueblo iraquí y a la vez mantener vigilados los manejos militares de Hussein. Pero Francia, Rusia, China y otros países se oponen al plan porque Bagdad teme, con razón, que de ser aceptado persista algún tipo de control militar y financiero internacional.
Lo irónico es que, en la práctica, las sanciones inteligentes probablemente no harían más que postergar por un corto tiempo el derrumbe de la contención. En este momento la ONU se vale de su control de los contratos iraquíes para determinar qué entra y qué sale legalmente del país. El escrutinio de todo contrato iraquí por parte de las Naciones Unidas (léase Estados Unidos) permite vigilar el sistema. Se trata de un proceso engorroso y extremadamente lento mediante el cual aún no se ha conseguido detener las actividades de contrabando masivo de Hussein. Según la propuesta del gobierno de Bush, la responsabilidad de aplicar la ley que hoy corresponde a la ONU se trasladaría a los vecinos de Irak, con el propósito de acabar con el comercio ilícito comprando la cooperación de los estados por cuyo territorio tendría que transitar, es decir, Jordania, Siria, Turquía, Irán y los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG): Bahrein, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. El problema radica en que estas naciones se benefician del contrabando; sus habitantes se oponen a la aplicación de las sanciones y todas, excepto los miembros del CCG e Irán, son hoy muy vulnerables a las presiones económicas iraquíes. Así que, independientemente de lo que digan en público, es probable que ninguno de ellos ayude mucho a bloquear los flujos de petróleo, dinero o contrabando.
En estas circunstancias, restablecer un régimen de contención serio y sostenible requeriría un conjunto de disposiciones completamente nuevo. Tendrían que levantarse las sanciones económicas generales y eliminarse prácticamente todo el actual sistema de contratos de la ONU, mientras se mantienen el embargo militar básico y los controles financieros, se instituyen sanciones severas para quienes violen las disposiciones y se aprueba una preautorización a fin de que Estados Unidos utilice la fuerza para obligar su observancia. Una solución semejante es inimaginable en el actual Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, muchos de cuyos miembros compiten por ver quién es más capaz de apaciguar a Irak. Y aunque en teoría Estados Unidos podría imponer reformas similares de manera unilateral, cualquier intento de hacerlo acarrearía una vehemente oposición internacional y debilitaría la diplomacia estadounidense mucho antes de que tuviera efectos visibles en Hussein. Por lo tanto, reformar la contención lo suficiente como para hacerla viable no es algo que se vislumbre en el horizonte.
LAS DIFICULTADES DE LA DISUASIÓN
En respuesta a los problemas de la contención, se ha sostenido que Estados Unidos debería recurrir a una estrategia de disuasión, o más bien a una contención como la que verdaderamente se practicó contra la Unión Soviética durante la Guerra Fría (en comparación con la versión sobredimensionada que se aplicó a Irak en la década de 1990). Ello significaría permitir la anulación de las restricciones posteriores a la Guerra del Golfo y que se dependiera exclusivamente de la amenaza de una intervención estadounidense como forma de disuadir a Hussein de futuras agresiones. Tal proceder sería, en general, bien recibido fuera de Estados Unidos. Pero implicaría correr un riesgo terrible, pues no es en absoluto seguro que se pueda disuadir a Hussein con éxito durante mucho tiempo.
Con esto no se quiere decir que Hussein sea irracional. Hay pruebas considerables de que analiza los pros y los contras; de que se atiene a la más cruda lógica cuando se trata de determinar la mejor manera de lograr sus objetivos; de que comprende la disuasión y de que se le ha disuadido en el pasado. Son pocos los analistas informados que dudan que Hussein se haya abstenido de utilizar WMD cuando atacó a Israel durante la Guerra del Golfo porque temía represalias nucleares israelíes. Al parecer, lo que lo disuadió de utilizarlas contra Arabia Saudita fue el temor a las represalias de Estados Unidos.
No obstante, Hussein padece una serie de patologías que lo hacen extremadamente difícil de disuadir. Es un jugador empedernido, muy afecto a correr riesgos, que suele cambiar sus cálculos de probabilidades para favorecer el desenlace que más le apetece. Basa sus cálculos en suposiciones que los extranjeros consideran descabelladas y su comprensión del mundo existente más allá de sus fronteras es muy limitada. Es un hombre que toma sus decisiones en solitario y confía poco en los consejos de los demás. Sus fuentes de información sobre asuntos ajenos a Irak son escasas, y los servicios de inteligencia suelen decirle lo que creen que quiere escuchar. Estas patologías son el origen de muchos de los terribles errores de cálculo que Hussein cometió a lo largo de los años, desafiando la disuasión, como la invasión a Irán en 1980, la invasión a Kuwait en 1990, la decisión de combatir por Kuwait en 1990-1991 y la decisión de amenazar nuevamente a Kuwait en 1994.
Por lo tanto, es imposible predecir qué clase de cálculos haría Hussein sobre la disposición de Estados Unidos a enfrentarlo una vez que contara con la capacidad de incinerar Riad, Tel Aviv o los campos petroleros sauditas. Bien podría intentar apoderarse nuevamente de Kuwait, por ejemplo, y, de conseguirlo, desafiar a Estados Unidos a desalojarlo y plantear el riesgo de un ataque nuclear. Durante la Guerra Fría, algunos estrategas estadounidenses solían mostrar mucha inquietud por la posibilidad de que, una vez que la Unión Soviética alcanzara la paridad estratégica, Moscú se sintiera en libertad de emplear sus fuerzas convencionales cuando le pareciera conveniente, ya que Estados Unidos no respondería por temor a una escalada de hostilidades. Esas inquietudes, aunque verosímiles en abstracto, al parecer no tenían fundamento, dado que los líderes soviéticos solían tomar decisiones básicamente conservadoras. Hussein, en cambio, es fundamentalmente agresivo y está dispuesto a correr riesgos. Permitirle adquirir armamento nuclear y luego esperar disuadirlo de su uso a pesar de su trayectoria no es el tipo de experimento social que Estados Unidos debería estar dispuesto a realizar.
¿FASE DOS?
Dado que la contención se está derrumbando y la disuasión es demasiado arriesgada, una forma de cambio de régimen se va perfilando cada vez con más firmeza como única respuesta al intrincado problema iraquí. De hecho, tras los ataques del 11 de septiembre, los promotores de un enfoque particular para el cambio de régimen (utilizar la propia oposición iraquí para que haga el trabajo en conjunción con el poderío aéreo estadounidense) han actualizado sus ideas para adecuarse a los tiempos y han adquirido un importante impulso. La postura de estos halcones fue captada en forma sucinta en una "carta abierta" del 20 de septiembre enviada por una treintena de celebridades al presidente Bush, donde se afirma lo siguiente:
Cualquier estrategia cuyo objetivo sea erradicar el terrorismo y sus patrocinadores debe incluir un esfuerzo decidido por derrocar a Saddam Hussein en Irak. No emprender ese esfuerzo constituirá una pronta y tal vez decisiva capitulación en la guerra contra el terrorismo internacional. Estados Unidos, por lo tanto, debe ofrecer apoyo militar y financiero total a la oposición iraquí. Debería utilizarse la fuerza militar estadounidense para conformar una "zona de seguridad" en Irak desde la cual pueda operar la oposición.
El éxito de las operaciones militares en Afganistán fue tomado como modelo por esos halcones para una futura campaña contra Hussein.
Los halcones tienen razón en dos cuestiones importantes: un Hussein con armas nucleares sería una catástrofe en ciernes, y, en las circunstancias actuales, sería más fácil deshacerse de él que impedirle reconstituir sus programas de armamento. Desafortunadamente, la mayoría de ellos se equivoca en los detalles clave, en especial en lo referido a cómo debería lograrse el cambio de régimen. Intentar derrocar a Hussein mediante el mismo trato militar limitado que utilizó Estados Unidos en Afganistán, es decir, poderío aéreo, fuerzas especiales y apoyo a los grupos locales de oposición, sería tratar de hacer el trabajo con recursos insuficientes, y, como en todos los esfuerzos de ese tipo, habría riesgos verdaderos de desastre. Es posible que la estrategia usada en Afganistán funcione en Irak, pero no parece haber muchas probabilidades.
En las últimas guerras, el poderío aéreo estadounidense ha demostrado repetidas veces ser devastador, y por sí mismo podría cumplir, sin duda, numerosas misiones contra Irak. Una campaña aérea resuelta que se concentrara en los principales apoyos de Hussein (la Guardia Republicana, la Guardia Republicana Especial, el Partido Baath, los Fedayín de Hussein y los servicios de seguridad internos) podría desencadenar un golpe para derrocarlo. En efecto, en diciembre de 1998 la operación Zorro del Desierto dio en el blanco y Hussein quedó tan preocupado por un posible golpe de Estado que reaccionó de manera exagerada, ordenando medidas urgentes de seguridad que incluían el arresto y asesinato de varios importantes clérigos chiítas que promovieron levantamientos en sus comunidades. Si la intención es obligar a Hussein a respetar las sanciones de la ONU o los mesurados dictados de Estados Unidos, entonces una campaña aérea abierta parecida a la operación Zorro del Desierto podría ser lo apropiado.
Pero una cosa es presionar a Hussein con la amenaza de su derrocamiento, y otra asegurarse de que el derrocamiento ocurra. El hecho es que la operación Zorro del Desierto no provocó un golpe de Estado, y que el desasosiego que Hussein generó con su exagerada reacción fue fácilmente superado. Todos los indicios disponibles indican que incluso una empresa de guerra como la que se practicó en Afganistán tendría pocas probabilidades de acabar con el régimen iraquí, en virtud de las muchas diferencias que hay entre ambos casos.
En Afganistán, el equilibrio militar entre la oposición y el Talibán era muy estrecho, cosa que explica por qué las limitadas acciones de Estados Unidos pudieron inclinar la balanza de manera decisiva. Los combatientes de la Alianza del Norte habían frustrado en el campo de batalla, durante siete años, a las fuerzas del Talibán, mucho mayores y mejor armadas. Aunque el Talibán poco a poco logró controlar la mayor parte del país, la Alianza del Norte peleó arduamente por cada centímetro de terreno, haciendo que el Talibán pagara caro cada uno de sus avances. En Irak, en cambio, la brecha entre los recursos militares del régimen y los de sus opositores es mucho mayor. En 1991, y de nuevo en 1996, la Guardia Republicana de Hussein derrotó fácilmente incluso a las fuerzas locales más fuertes de la oposición: las dos milicias kurdas. Si Estados Unidos diera a los kurdos armas, entrenamiento, fondos y apoyo aéreo masivo, es probable que en algún momento fueran capaces de defender y conservar su territorio contra un ataque iraquí; pero aun así, tendrían enormes dificultades en traducir esa capacidad defensiva en el poderío ofensivo necesario para derrocar a Hussein.
Hay quienes sostienen que la oposición iraquí en el exterior, principalmente el Congreso Nacional Iraquí (CNI), podría desempeñar con ayuda estadounidense el papel de la Alianza del Norte. Pero hay varios aspectos importantes que juegan en contra del CNI. Ninguno de los vecinos de Irak está dispuesto a ofrecerle refugio porque lo consideran poco efectivo. El CNI carece de comandantes de campo competentes y nunca ha contado con un apoyo serio dentro de Irak. Aun con ayuda estadounidense y una base de operaciones en el norte de Irak desde 1992 a 1996, nunca pudo reunir más que unos cuantos centenares de combatientes por vez; dependía en alto grado de los kurdos para llevar a cabo operaciones militares y no fue capaz de lograr un número significativo de deserciones en las fuerzas armadas iraquíes.
Si la oposición iraquí es mucho más débil que la Alianza del Norte, el régimen iraquí es también mucho más fuerte de lo que fue el Talibán. El Talibán contaba quizás con unos 45.000 combatientes, mientras las fuerzas armadas de Irak suman 400.000 (un cuarto de ellos en los cuerpos de élite de la Guardia Republicana y la Guardia Republicana Especial), además de las fuerzas paramilitares que suman unos cientos de miles más. El ejército iraquí está mucho mejor armado de lo que lo estaba el Talibán, tiene mejor disciplina y su cohesión ha demostrado ser mayor. Las fuerzas armadas de Irak no son una máquina de aniquilación, pero han dejado claro en repetidas ocasiones que pueden superar cualquier oposición local.
Por otra parte, el control de Hussein sobre Irak es mucho mayor que el que tenía el Talibán sobre Afganistán. Hussein ha sofocado incontables intentos de golpe, insurrecciones y hasta sublevaciones completas durante las décadas en que ha estado en el poder, lo que ha hecho que el iraquí común y corriente tema emprender cualquier tipo de acción contra su régimen. Es cierto que tras la catastrófica derrota de Hussein en la Guerra del Golfo hubo importantes rebeliones en buena parte del sur de Irak. Pero lo más notable de ellas no es qué tan grandes fueron, sino cuán pequeñas. A pesar de la magnitud de la derrota de Hussein, en total sólo unas cuantas decenas de miles de personas se unieron a los levantamientos. A pesar de su profundo odio hacia Hussein, la inmensa mayoría de los iraquíes sentía tal terror por él que decidió esperar a que las cosas evolucionaran en vez de unirse a la rebelión y arriesgarse al castigo que implicaría su fracaso.
¿SERÁ DISTINTO ESTA VEZ?
La clave de la victoria en Afganistán fue la campaña aérea de Estados Unidos, que provocó la retirada de las fuerzas del Talibán y dejó a la Alianza del Norte la sola tarea de reducir unas cuantas plazas aisladas y, en general, acabar con los restos del enemigo. En Irak, con el poder aéreo estadounidense deberían conseguirse al menos los mismos resultados para que una estrategia como la de Afganistán fuera exitosa, pero en la actual situación histórica las perspectivas no son halagüeñas.
En la operación Tormenta del Desierto, Estados Unidos golpeó a Irak con la que probablemente haya sido la campaña aérea preparatoria más poderosa de la historia. A ella siguió una de las más decisivas campañas terrestres del siglo XX. A principios de marzo de 1991, las fuerzas armadas iraquíes se habían reducido a un espectro de lo que fueron. Y aun con todo lo debilitadas que estaban, fueron capaces de aplastar las mayores insurrecciones de la historia iraquí y sostener a Hussein en el poder. Por lo tanto, quienes favorecen el enfoque tipo Afganistán contra Irak están apostando a que una acción militar estadounidense mucho menor que la de 1991 produciría, de algún modo, resultados mucho mayores en esta ocasión.
Hay quienes señalan que las fuerzas estadounidenses e iraquíes son tan diferentes de las de hace una década que esos antecedentes ya no son una referencia confiable. Ciertamente, las fuerzas armadas iraquíes carecen de la capacidad de antaño. Además, desde 1991 el aparato militar de Estados Unidos se ha vuelto mucho más letal a partir de las mejoras en mandos, control, comunicaciones y capacidades de inteligencia, junto con el aumento de la disponibilidad y eficacia de los proyectiles de precisión. Sin embargo, en un área crucial —la capacidad de quebrar las fuerzas terrestres del enemigo exclusivamente mediante ataques aéreos—, los amplios adelantos de las fuerzas armadas estadounidenses desde 1991 sólo han resultado en mejoras moderadas.
La mayoría de los avances de Estados Unidos se ha dado en el empleo de fuerzas menores para destruir un objetivo dado. Pero la historia muestra que el factor determinante para abatir las unidades terrestres con ataques aéreos no es la precisión de los bombardeos, sino el grado de compromiso y disciplina de las tropas que soportan el ataque. Este punto de vista se verificó en Afganistán, donde las fuerzas del Talibán, con un grado de compromiso menor, cayeron bajo el fuego aéreo estadounidense, lo cual no sucedió con las unidades de Al Qaeda, de mayor determinación y disciplina, que combatieron duramente en Kunduz, Kandahar y Tora Bora.
Lo mismo ocurrió durante la Guerra del Golfo: las divisiones de infantería iraquíes menos entrenadas cayeron bajo el fuego aéreo masivo de Estados Unidos, pero no así la Guardia Republicana y las divisiones profesionales del ejército encargadas del armamento pesado, más firmes y disciplinadas. Y ello no se debió a que no se haya hecho un gran esfuerzo. La coalición envió 110.000 vuelos de ataque contra Irak durante la operación Tormenta del Desierto, en comparación con los 6.500 que se enviaron contra el Talibán cuando cayó Kandahar. Golpeó cada una de las principales divisiones de la Guardia Republicana con más de 1.000 incursiones aéreas, utilizó dos veces más proyectiles de precisión contra Irak que contra el Talibán y destruyó quizá 1.500 vehículos blindados iraquíes desde el aire. En otras palabras, Estados Unidos emprendió una campaña aérea mucho más severa contra Irak que contra el Talibán, e infligió un daño mucho mayor a las fuerzas iraquíes. Pero las principales divisiones de Irak nunca cayeron, y pelearon duramente, aunque no con gran eficacia, durante la posterior ofensiva terrestre de la coalición. Por tanto, lo más probable es que incluso hoy una parte sustancial de las fuerzas de Hussein resistiría un ataque aéreo sostenido, y que aunque fuera objeto de un recio bombardeo podría vencer a la oposición en el combate posterior.
Además, emplear en Irak la táctica que se usó en Afganistán haría a Estados Unidos peligrosamente vulnerable a los contraataques de Hussein. Cuando éste se diera cuenta de que Washington realmente se propone cambiar el régimen, se defendería con todo lo que estuviera a su alcance, incluyendo las dos o tres docenas de misiles tipo Scud con ojivas biológicas y químicas que los inspectores de la ONU y los servicios de inteligencia estadounidenses sospechan que tiene escondidas. Durante la Guerra del Golfo, Estados Unidos fue incapaz de encontrar los lanzamisiles Scud de Irak en las zonas oeste y sur del país, a pesar de haber destinado a ello gran número de aeronaves y equipos de fuerzas especiales. Las capacidades estadounidenses mejoraron desde entonces, pero son pocos los militares que consideran que la misma mezcla de fuerzas obtendría hoy resultados más satisfactorios. De manera similar, una vez iniciada una campaña aérea como la de Afganistán, Hussein tendría todos los incentivos para aplastar a los kurdos. Puesto que la capacidad estadounidense de defenderlos sin fuerzas terrestres es en extremo limitada, ha tenido que depender de la disuasión, en forma de una amenaza de campaña aérea en gran escala. Y si finalmente dicha campaña aérea se ha de llevar a cabo, la amenaza ya no funcionará, y es probable que Hussein incursione en el norte del país para volver a ocuparlo, con todas las masacres y represión concomitantes que ello implicaría.
Asimismo, Hussein podría decidirse a suspender toda la producción petrolera iraquí en un intento por obligar a Washington a suspender sus ataques. Las reservas estratégicas de crudo de Estados Unidos podrían compensar la pérdida del petróleo iraquí durante unos siete meses, pero lo incierto de la duración de una campaña contra Irak como la llevada a cabo en Afganistán elevaría la posibilidad de que las reservas de Estados Unidos se agotaran antes de que cayera Hussein. Además, a menos que fuerzas terrestres estadounidenses ocuparan los yacimientos petrolíferos cuando comenzara la guerra, poco podría hacerse para evitar que Hussein los destruyera como acto final de venganza, como hizo con los campos petroleros de Kuwait en 1991.
Por último, llevar a cabo una campaña como la afgana contra Irak sería extremadamente difícil sin el apoyo de varios socios regionales que ofrecieran bases y permiso de sobrevolar sus cielos para la campaña aérea, zonas de paso y refugios seguros para las fuerzas opositoras, ayuda para suplir el déficit de la producción petrolera de Irak, etc. De hecho, las mismas operaciones que se hicieron en Afganistán requirieron ayuda de varios países: Pakistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán, Rusia e India. Una tarea semejante contra Irak, objetivo mucho mayor y más difícil, requeriría una alineación comparable de amigos locales.
Desafortunadamente, éste es el único modo de enfrentar el problema que los países de primera línea han dejado en claro que no apoyarán. Los aliados de Estados Unidos en la región han dicho a Washington una y otra vez que no tomarán parte en ninguna operación militar estadounidense con un fin indeterminado y pocas oportunidades de éxito. Como lo planteó un alto funcionario del CCG: "Cuando estén listos para usar todas sus fuerzas, ahí estaremos con ustedes, pero no estamos interesados en permitirles poner a prueba sus teorías sobre el poder aéreo".
EL ARGUMENTO A FAVOR DE LA INVASIÓN
Algo tiene que hacerse con Saddam Hussein. Pero colocar a Irak en el contexto de la guerra contra el terrorismo o de las operaciones llevadas a cabo en Afganistán oscurece el problema, más que iluminarlo. Dadas las características específicas de la situación iraquí, tratar de deponer a Hussein con una campaña semejante a la afgana resulta arriesgado e imprudente. Podría ser que funcionara, en especial porque agregar un importante componente terrestre, que implicaría reproducir la Guerra del Golfo en vez de la campaña de Afganistán, no costaría mucho más y sería prácticamente una garantía de éxito, pero no hay razón alguna para correr el riesgo. Aun sin poner en juego sus propias fuerzas terrestres, Estados Unidos sería responsable de la reconstrucción política y militar de Irak. Sin embargo, optar por mantenerse apartado del cambio de régimen limitaría la capacidad estadounidense de controlar los acontecimientos y abriría las puertas a conspiradores que intentarían aprovechar la caída de Hussein para sus propios fines. La invasión debería ser siempre el último recurso, debido a los costos humanos, diplomáticos y financieros que implica. En este caso, desafortunadamente, dado que todas las opciones restantes son peores, ésta es la que se perfila como necesaria.
Se impone la lógica estratégica de la invasión. Con ella se eliminaría la posibilidad de que Hussein pudiera reconstruir sus fuerzas militares o adquirir armas nucleares con las que pondría en peligro la seguridad de la provisión petrolera mundial. Para Estados Unidos sería posible replegar la mayor parte de sus fuerzas de la región, o al menos volver a su nivel de presencia militar "en el horizonte" anterior a la Guerra del Golfo, cosa a la que aspiran tanto los habitantes de la región como Estados Unidos. Y facilitar la reconstrucción de Irak y su reincorporación a la política regional eliminaría un motivo de irritación de las relaciones entre Estados Unidos y el mundo musulmán en general.
Mientras tanto, los aspectos militares de una invasión, aunque difícilmente carezcan de problemas, serían directos y se ajustarían a las capacidades estadounidenses. En 1991, las fuerzas de Estados Unidos trataron sin miramientos a sus contrapartes iraquíes, y en los 10 años que han pasado desde entonces la brecha entre los recursos militares de ambos lados ha crecido significativamente. En este momento, es probable que Estados Unidos pueda aplastar las fuerzas terrestres de Irak con una sola unidad compuesta de dos divisiones pesadas y un regimiento de caballería blindada. No obstante, para mantenerse a resguardo y poder hacer frente a otras misiones sería conveniente considerar una fuerza del doble de tamaño. Se podrían requerir algunas tropas de infantería ligera en caso de que los defensores leales a Hussein combatieran en las ciudades iraquíes. Se necesitarían fuerzas aerotransportadas para tomar los yacimientos petrolíferos de Irak desde el inicio de las hostilidades y ocupar los sitios desde los cuales Hussein pudiera lanzar misiles contra Israel o Arabia Saudita. Y debería contarse con disponibilidad de tropas para las labores de ocupación cuando terminaran los combates. En resumidas cuentas, la fuerza tendría que ser de unas 200.000 a 300.000 personas: para la invasión, de cuatro a seis divisiones más unidades de apoyo; para la campaña aérea, de 700 a 1.000 aeronaves, y en general entre uno y cinco grupos de batalla* (según la clase de acceso a las bases con que pudiera contarse). Reunir una fuerza así en el Golfo Pérsico tomaría de tres a cinco meses, pero la campaña en sí tardaría alrededor de un mes, contando las operaciones aéreas de apertura.
Las bajas que se produjeran en una operación semejante bien podrían ser mayores que las de la guerra afgana o la del Golfo, pero difícilmente serían catastróficas. Dos factores que podrían incrementar el número de víctimas serían la disposición de las fuerzas iraquíes a pelear con tenacidad por sus ciudades y que Hussein decidiera utilizar armas no convencionales durante la crisis. Al mismo tiempo, es posible que tal despliegue de fuerzas estadounidenses provoque, con su mera presencia ante las puertas de Irak, un golpe de Estado que derroque a Hussein sin combates importantes.
En realidad, es probable que los aspectos militares de una invasión sean la parte más fácil del asunto. Tal vez las consecuencias diplomáticas sean lo más difícil de manejar, pues su gravedad dependerá directamente de la duración de la campaña y la certeza de sus resultados. Como en Afganistán, cuanto más dure y más incierta parezca, más disensiones habrá, tanto en Estados Unidos como en el extranjero; y mientras más rápida y clara sea la victoria, más aceptable resultará para todos los que tienen algún interés en ella.
El único país cuyo apoyo sería indispensable para una invasión es Kuwait. Sin embargo, la tarea se facilitaría muchísimo si también ayudara Arabia Saudita, tanto por las excelentes bases que hay en su territorio como porque el CCG y Jordania sin duda seguirían la línea saudita. Aunque tanto sauditas como kuwaitíes han declarado que no quieren que Estados Unidos ataque Irak, quienes conocen bien a los dirigentes de esos países están de acuerdo en que darán su consentimiento, aunque sea de mala gana, si Estados Unidos puede convencerlos de que está dispuesto a utilizar toda su capacidad militar para garantizar una campaña rápida y exitosa.
Se requeriría el permiso de Egipto para que pasaran navíos por el Canal de Suez y aviones sobre su espacio aéreo, pero dada la importancia de la asistencia económica y militar estadounidense a Egipto eso no debería de ser un problema. El apoyo de Turquía también sería útil, en particular porque facilitaría mucho proteger a los kurdos del norte de Irak de una contraofensiva del gobierno de Hussein. Otros estados de la región tendrían como incentivo para participar la posibilidad de tener una voz en los pactos políticos que se hagan en Bagdad después de la invasión. Los franceses, los rusos y los chinos cuestionarían enérgicamente la idea en su conjunto y podrían tratar de acabar con ella levantando una tempestad diplomática. De todos modos, no podrían detener una invasión estadounidense si el gobierno se propusiera realmente llevarla a cabo, y a fin de cuentas podrían sumarse a la empresa una vez que estuviera en marcha, aunque sólo fuera para conservar su influencia política y económica en Irak.
Es probable que los principales dolores de cabeza de Estados Unidos no provengan de la invasión misma, sino de sus consecuencias. Una vez conquistado el país y expulsado el régimen de Hussein, Estados Unidos quedaría "en posesión" de un país de 22 millones de personas desoladas por más de dos décadas de guerra, una dictadura totalitaria y serias carencias. Los invasores tendrían que decidir la composición y la forma de un futuro gobierno iraquí, lo que representaría al mismo tiempo una oportunidad y una carga. Quizás alguna forma de Estado unitario pero federalizado sería lo más conveniente para la enredada madeja de intereses locales y extranjeros implicados, pero idealmente esto debería responder a una decisión colectiva: como en el caso de Afganistán, Estados Unidos debería tratar de que la cuestión del futuro de la organización política iraquí pasara a manos de la ONU, o tal vez de la Liga Árabe, para así ampliar y extender parte de la responsabilidad del resultado. Alternativamente, podría incorporar a representantes de los países más directamente afectados por la nueva situación (sauditas, kuwaitíes, jordanos y turcos) tanto para ganárselos como para conseguir su apoyo diplomático. En última instancia, por supuesto, correspondería a Estados Unidos asegurar que el Irak post-Hussein no se hunda en el caos, como ocurrió en Líbano en la década de 1980 o en Afganistán en los años noventa, circunstancia que tendría repercusiones en la región y suscitaría la posibilidad de la existencia de un nuevo refugio para el terrorismo.
Debido a la importancia de garantizar que Irak no se desintegre después, Estados Unidos también tendrá que reparar gran parte de los daños que ha sufrido la economía iraquí desde la llegada de Hussein al poder. Sin duda, podría recaudar fondos sustanciales para este fin entre los miembros del CCG y quizá algunos aliados de Europa y Asia del Este que dependen del petróleo del Golfo Pérsico. Y tan pronto como empezara a fluir nuevamente el petróleo iraquí, el país podría contribuir a su propio futuro. Pero los cálculos actuales del costo de reconstruir la economía iraquí van de US$ 50.000 millones a US$ 150.000 millones, sin contar aún lo que costaría reparar el daño que infligiría otra guerra de gran envergadura. Por eso Estados Unidos debería estar preparado para contribuir con varios miles de millones de dólares al año durante una década para reconstruir el país.
SI NO AHORA, ¿CUÁNDO?
Una cosa es reconocer que, debido a las características únicas de este caso —la escala de los intereses implicados, los niveles de agresión y violencia sin precedentes de Hussein y los problemas que plantean otras opciones—, una invasión a Irak es la línea de acción posible menos mala. Otra cosa es determinar cuándo debe lanzarse exactamente. Pese a lo que sostienen hoy muchos halcones, es un error concebir las operaciones contra Irak como parte del combate al terrorismo. En realidad, el dilema que debe resolver Estados Unidos es que atacar Irak podría poner en riesgo el éxito de esa guerra, pero cuanto más se tarde en iniciar los ataques más ardua resultará y mayor será el peligro de que Hussein se fortalezca.
Derrocar a Hussein no es un componente necesario de la guerra contra el terrorismo, y el apoyo de Irak al terrorismo no justificaría por sí solo los altísimos costos de una invasión. Irak es ciertamente un Estado que promueve el terrorismo, pero en la ilustre nómina de sus patrocinadores está muy atrás de Irán, Siria, Pakistán, Sudán, Líbano, Corea del Norte, Libia y varios más. Si el único problema de Estados Unidos con Irak fuera su apoyo al terrorismo, sería una preocupación relativamente menor. Y a la inversa, si se ordenaran por su importancia los crímenes contra la humanidad de Saddam Hussein, su apoyo al terrorismo recibiría una baja calificación.
La razón de por lo menos contemplar los costos que entrañaría una invasión es que un Saddam Hussein que tuviera a su disposición armas nucleares podría desencadenar la destrucción total en su región y fuera de ella, a lo que se suma la certeza de que si no se le vigila de cerca terminará por adquirir ese tipo de armamento. Sin embargo, no existen indicios de que esté por conseguirlo en un plazo de semanas o meses. La contención puede estar agonizando, pero aún no ha muerto, y un esfuerzo decidido de Estados Unidos podría mantenerla con vida por algún tiempo más. Irak representa una amenaza emergente, pero Bin Laden y sus cómplices constituyen una amenaza inmediata.
La organización Al Qaeda ha mostrado tanto su capacidad como sus intenciones de llegar al territorio estadounidense y aniquilar a miles, y ahora tiene en el motivo de la venganza algo que añadir a su hostilidad ideológica general. Por tanto, acabar con el apoyo que la red recibe en Afganistán y en otros sitios debería ser la primera prioridad de seguridad nacional del gobierno de Bush, y no puede hacerse sin que los muchos aliados estadounidenses del mundo entero presten su colaboración activa en materia de información de inteligencia, trabajo policiaco y cooperación financiera, más allá de cualquier ayuda militar o diplomática que pueda requerirse.
Hasta ahora los esfuerzos del gobierno de Bush están rindiendo sus frutos, en gran parte porque cuentan con el apoyo de otros. De continuar la tendencia, es probable que en un plazo de seis meses a dos años Estados Unidos y sus asociados hayan destruido los sistemas de comunicación, reclutamiento, financiamiento y planificación de Al Qaeda, a tal grado que lo que reste de la red sea mayormente inocuo. Mientras no se alcance este punto será un error hacer peligrar el éxito de la operación, poniendo en riesgo la relación entre Estados Unidos y sus aliados (relación cuya ruptura bien podría ser una exigencia de una campaña decidida contra Irak). Además, para preparar el terreno militar, político, diplomático y económico adecuado para una invasión se necesitará mucho tiempo y esfuerzo.
No obstante, quienes están a favor de un ataque inmediato a Irak tienen un motivo legítimo. Esperar demasiado podría ser tan problemático como esperar muy poco, porque se podría perder el impulso ganado con la victoria sobre Afganistán. Hoy es todavía reciente la sacudida que produjeron los ataques del 11 de septiembre, y el gobierno y el pueblo estadounidenses están dispuestos a hacer sacrificios, mientras el resto del mundo reconoce la indignación estadounidense y puede sentirse receloso ante la posibilidad de quedarse en el lado equivocado.
Mientras más tarde se inicie la invasión, más difícil será que cuente con apoyo interno e internacional, aun cuando sus motivos tengan poco o nada que ver con la conexión de Irak con el terrorismo. Y con el tiempo, el intento de desarticular la organización Al Qaeda puede agravar ciertamente las dificultades de la contención, ya que algunos socios de Estados Unidos en dicho esfuerzo quieren más bien aflojar que apretar el lazo en torno al régimen iraquí y quizás traten de valerse de la influencia que les da su cooperación para frenar cualquier movimiento osado. En otras palabras, Estados Unidos puede permitirse esperar un poco antes de abocarse a Hussein, pero no indefinidamente.
Aun cuando una política exterior no puede sostenerse por siempre, a menudo conviene prolongar sus etapas finales tanto como sea posible. No es éste el caso de la contención de Irak. En los dos últimos años se ha visto una degradación de las restricciones impuestas al régimen iraquí. La solución inicial del gobierno de Bush al problema, el plan de las sanciones inteligentes, sería poco más que un "parche", y aun así podría carecer de aceptación general. Si no se emprenden acciones más decididas, Estados Unidos y el mundo en su conjunto podrían tener que enfrentarse pronto con un Hussein provisto de armas nucleares.
En ese punto el riesgo sería evidente para todos, pero infinitamente más difícil de afrontar. Desarticular la red Al Qaeda debería ser, en efecto, la prioridad del momento, y sería un error tomar contra Hussein medidas que quedaran a mitad del camino, como una campaña militar similar a la llevada a cabo en Afganistán. Pero estas certezas no deben transformarse en excusas permanentes para la inacción. Nosotros podemos demorarnos, Hussein no lo hará.
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(*) Profesor titular y director asistente de National Security Studies en el Council on Foreign Relations. De 1999 a 2001 fue director de Asuntos del Golfo del Consejo de Seguridad Nacional de USA.






