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La carga impositiva que sostiene el gasto estatal no da para más. Un total de 163 gabelas, directas e indirectas, de Nación, provincias y municipios confisca el 49% de los ingresos de los trabajadores en blanco, de acuerdo con IARAF, y se alza con el 106% de las utilidades empresarias, según un informe del Banco Mundial. La presión tributaria, aunque repuntó el año pasado, es más baja que cuando asumió la Administración Macri, pero al haber aumentado la evasión, la informalidad y la morosidad, en realidad un peso mayor recae sobre los cumplidores. Para los analistas especializados, la propuesta de subir bienes personales no mueve el amperímetro fiscal, pero sí el de la clase media, que deberá pagar más. Cualquiera sea el vencedor de la contienda electoral, el margen de tolerancia del contribuyente llegó a un límite y difícilmente apruebe, por acción u omisión, una carga mayor a la actual. Viéndolo desde el lado de otra idea en consonancia con la de USA de bajar impuestos para que se transformen en consumo o inversión amenaza, en un contexto recesivo e inestable como el de la herencia, en convertirse en otra encerrona, por lo cual se espera que en el ínterin, antes de meter mano en los impuestos, los que gobiernen intenten incorporar base hoy no declarada para luego compensar cualquier eventual reducción.
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El descontento de llevar una vida hacinada, de privaciones, de encierro en lugares chicos y con pocas oportunidades de movilidad social revive la apelación de un clásico del cine contracultural provocador de los ´60, titulado“Busco mi Destino”, que dirigió Dennis Hopper y contó con la actuación del recientemente fallecido Peter Fonda, en el que 2 jóvenes salen en moto a recorrer ciudades. En nuestro país hay 14 millones de personas que tienen problemas de empleo, según el Centro de Estudios de la Nueva Economía (CENE) de la Universidad de Belgrano. Incluye 2 millones de desocupados y casi un millón de profesionales que se la pasan probando suerte: un 60% declaró no llegar a fin de mes con lo que gana. No extraña, en consecuencia, que la consultora Randstad detectara en un estudio reciente que el 84% de los trabajadores esté dispuesto a reubicarse en otra parte donde pueda equilibrar entre vida personal y laboral. Y que de una encuesta de CENE surgiera que un tercio de los consultados reconoció que en algún momento pensó en levantar campamento e irse afuera. El hormigueo de la infelicidad, que afecta también a esa misma porción de la ciudadanía, se traduce en ganas de aunque fuese mudarse a algún rincón dentro de la vasta geografía nacional donde pueda mejorar la calidad de vida. Si intenta localizarlo entre 52.408 unidades censales, de unos 1.000 habitantes cada una, que contiene un mapa interactivo de bienestar construido entre investigadores del Instituto de Geografía, Historia y Ciencias Sociales del Conicet (IGEHCS, CONICET-UNCPBA), encontrará que la Patagonia (en especial la cordillerana), el nordeste y la costa podrían ser opciones atractivas. Si no, los consulados de Austria, Australia, Nueva Zelanda, Japón o Canadá podrían albergar “la posta”.
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El inventario de las inversiones que Mauricio Macri suponía que iban a llover nada más que con su advenimiento a la Casa Rosada no le deja demasiado margen de vanagloria al comando de campaña de su reelección: a maquinarias y equipos, el sector privado destinó apenas el 13% de un también menguado PBI. Y casi todo el vecindario, salvo Brasil, superó los 20 puntos. Aunque tampoco hubieran dado para descorchar champaña, si se considera que no menos de 25 se necesitan para asegurar crecimiento futuro. Pero, además, de un primer desglose, salta a la vista que el 52% de la exigua marca se concentra nada más que en el sector energético. Netamente sobresalen unos 20 proyectos en exploración y producción de petróleo y gas de Vaca Muerta, a un promedio de US$200 millones cada uno. A lo que se agrega una adjudicación offshore por US$800 millones, algo de transporte, un gasoducto troncal y aportes de capital en 2 de las 7 refinerías a gran escala. La transferencia de la explotación, desde la convencional a la no convencional ya empezó a notarse en los registros de producción, donde el shale se va para arriba y el que se extrae de la perforación vertical pierde cada vez más participación en los barriles producidos.
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El inventario de las inversiones que Mauricio Macri suponía que iban a llover nada más que con su advenimiento a la Casa Rosada no le deja demasiado margen de vanagloria al comando de campaña de su reelección: a maquinarias y equipos, el sector privado destinó apenas el 13% de un también menguado PBI. Y casi todo el vecindario, salvo Brasil, superó los 20 puntos. Aunque tampoco hubieran dado para descorchar champaña, si se considera que no menos de 25 se necesitan para asegurar crecimiento futuro. Pero, además, de un primer desglose, salta a la vista que el 52% de la exigua marca se concentra nada más que en el sector energético. Netamente sobresalen unos 20 proyectos en exploración y producción de petróleo y gas de Vaca Muerta, a un promedio de US$200 millones cada uno. A lo que se agrega una adjudicación offshore por US$800 millones, algo de transporte, un gasoducto troncal y aportes de capital en 2 de las 7 refinerías a gran escala. La transferencia de la explotación, desde la convencional a la no convencional ya empezó a notarse en los registros de producción, donde el shale se va para arriba y el que se extrae de la perforación vertical pierde cada vez más participación en los barriles producidos.
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