Sin lugar a dudas, una obra maestra.
Los campeones se hacen perdiendo: la filosofía de Slam Dunk
En una de esas madrugadas de zapping televisivo en las que era imposible conciliar el sueño, mi viejo se puso a ver las Olimpiadas 2008 de Bejing. Yo tenía doce años y, si bien sabía de qué se trataba el basket, jamás lo había consumido de forma competitiva. Arranqué a observar a un seleccionado argentino conformado por apellidos, indumentarias, y técnicas que desconocía: Argentina vs. Lituana.
A los primeros minutos no logré entender nada, pero, en el transcurso de ese valls de rebotes, chirridos y corridas, mi corazón latía con tanta fuerza que en cualquier momento atravesaría alguna de mis costillas y bailaría adelante mío.
Pasión.
Mi cuerpo y alma ardían en pasión.
Ese mes, vi todos los partidos y lloré como un condenado a muerte cuando Argentina quedó eliminada frente a los titanes de USA. Aun así, me sentí excesivamente satisfecho con ese tercer puesto que coronaba a toda una nación de bronce.
En el primer partido de práctica en Slam Dunk el equipo de baloncesto de la preparatoria de Shohoku pierde frente a un experimentado Ryonan. Si bien asoma la posibilidad de victoria, los cinco de Shohoku todavía tenían un sendero por recorrer: el de corregir los errores y volver a intentarlo; aunque las posibilidades de ganar fueran, a futuro, más complicadas. En el horizonte asomaba el Torneo Estatal.
Por cierto acá te conté de qué va la película: La película de anime que arrasó en Japón y llega a Argentina
¡Ganaron las estatales y clasificaron al Torneo Nacional!
Sin embargo, ese campeonato es más fuerte que ellos: Shohoku no gana las nacionales. Ni siquiera llega a la final. El último episodio de estos personajes dentro de la historia es en los cuartos de final en una majestuosa pelea frente al rival más poderoso que jamás enfrentaron: Sannoh los números uno de Japón.
En ese aspecto, Shohoku me recuerda muchísimo a lo que experimenté en aquella Argentina descontrolada y apasionada en el 2008; un equipo que lo deja absolutamente todo en el estadio. Porque siempre se trató de ganar, pero, en primera instancia, de arriesgar.
The First Slam Dunk es el debut cinematográfico del creador del manga que acá ejerce de guionista y director: Takehiko Inoue.
Muy probablemente de los mejores mangakas de la historia. Un tipo que pasó de historias divertidas a filosofías y entramados complejos que pasan del estereotipo al arquetipo y del arquetipo a los mitos. ¡Y cómo se nota su presencia!
Experiencia, agradecimiento y trascendencia
La cinta versa de una batalla final contada en dos horas, pero bajo el punto de vista de Ryota (personaje no principal). Por un lado, está la batalla final en los cuartos, por otro, el pasado de Ryota. Es un equilibrio entre lo que pudo ser y lo que será. Del mismo modo que los colores, los planos, la BSO, y los diálogos, pasan del minimalismo al absoluto descontrol. Digo, empieza con un piano y termina con una guitarra eléctrica a todo lo que da.
Acá abajo un ejemplo perfecto al respecto:
Y qué decir de mi experiencia en el cine: éramos veinte personas, todas igual de apasionadas. Había un loquito en la sala que no dejaba de comentar cada movimiento como si estuviera adentro de la cancha.
Y sé que la experiencia en el cine es colectiva, por eso mismo se vivió tanto como la final de Argentina vs. Francia en Qatar 2022.
No me queda más que agradecerle a Los Cinco de Shohoku; a Rukawa, por ser un velocista y un futuro profesional sin punto de comparación; a Mitsui, por sus puntajes triples a la distancia, con las ganas de redimirse en contra de todo; a Ryota, por siempre mantener la compostura y hallar los pases más precisos; a Akagi el ‘Gorila’, por ser el alma del equipo y la mente creativa, con la fortaleza de una montaña; y a Hanamichi por ser el novato más desquiciado, apasionado, y arriesgado de todos.
Sé que jugaron juntos durante cuatro meses, sé que ni siquiera fueron los mejores amigos, sé que posiblemente sus vidas no volverán a cruzarse, pero sé que acá fueron juntos por el 'todo o nada'.
Acá se terminó todo y lo que vino después fue anecdotario.
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