Durante un encuentro con la clase dirigente de Brasil, Jorge Mario Bergoglio reivindicó el “sentido ético” y el “diálogo constructivo” como herramientas principales de la política: “Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: diálogo, diálogo y diálogo”. Después de insistir en la “responsabilidad social” de los gobernantes, el jefe de la Iglesia católica sorprendió al defender con nitidez el Estado laico: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”.
Impacta el papa Bergoglio pidiendo un Estado laico
El papa Francisco pidiendo un Estado laico resulta especialmente simbólico cuando él proviene de un país (la Argentina), donde el Estado es históricamente católico (inclusive hasta la Constitución de 1994 el Presidente de la Nación debía ser católico apostólico romano).
27 de julio de 2013 - 18:29
Solo unas horas antes, durante el Vía Crucis celebrado la noche del viernes en la playa de Copacabana, el papa Francisco había hecho solidario a Jesús con los jóvenes que han perdido la confianza en la política por “el egoísmo y la corrupción” de los gobernantes y hasta la fe en Dios por la “incoherencia” de la Iglesia. Así que, durante la jornada del sábado, aprovechó un encuentro con la clase dirigente de Brasil y un almuerzo con los cardenales y obispos de la región para poner los puntos sobre las íes. A los poderosos les insistió en su responsabilidad social: “El futuro nos exige una visión humanista de la economía y una política que logre cada vez más y mejor la participación de las personas, evite el elitismo y erradique la pobreza. Que a nadie le falte lo necesario y que se asegure a todos dignidad, fraternidad y solidaridad”.
Dijo Jorge Mario Bergoglio que “el sentido ético aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes” y, para alcanzarlo, insistió en el que consejo que, según dijo, siempre da a los líderes que se lo piden: “Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo que una persona, una familia o una sociedad crezca es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar y todos pueden recibir algo a cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Solo así puede prosperar un buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas. Hoy, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos pierden”.
Ya frente a los altos representantes de la curia brasileña, el papa Francisco se refirió, sin citarla expresamente, a la sangría de fieles que, desilusionados con la Iglesia católica, buscaron el refugio de las iglesias evangelistas. “A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez. La lección que la Iglesia ha de recordar siempre es que no puede alejarse de la sencillez (…). Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado lejana de sus necesidades, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta. El hecho es que actualmente hay muchos como los discípulos de Emaús: no solo los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino también aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica”.
Después de pintar un paisaje ciertamente desolador de la Iglesia, Jorge Mario Bergoglio se preguntó: “¿Qué podemos hacer?”. Y ahí Francisco vuelve a la idea que brindó a los muchachos argentinos hace un par de días: “Salgan a la calle y hagan lío. Que me perdonen los obispos y los curas, pero la Iglesia tiene que cambiar”. Y el cambio que propone es un regreso radical a los orígenes: “¿Somos aún una Iglesia capaz de inflamar el corazón? Hace falta una Iglesia que no tenga miedo a entrar en la noche de los que se han marchado, de escucharlos, de participar en su conversación”. El papa Francisco también advirtió a los obispos de la importancia de las mujeres en la vida religiosa: “No reduzcamos el compromiso de las mujeres en la Iglesia, sino que promovamos su participación activa en la comunidad eclesial. Si pierde a las mujeres, la Iglesia se expone a la esterilidad”
Reflexiones
El discurso que pronunció ante los obispos brasileños es el discurso con mayores reflexiones entre los que ha pronunciado hasta ahora el Papa en Brasil; una descarga que marca un paso hacia adelante en el camino del Pontificado y hace surgir, como nunca había sucedido de forma tan completa, el mensaje del Papa “del fin del mundo”. Bergoglio comenzó describiendo conmovido el evento de Aparecida, la historia de los tres pescadores que entre sus redes sin peces encontraron los tres fragmentos de la pequeña estatua de la Virgen negra. Según Bergoglio, ese episodio fue «una lección de esa humildad que pertenece a Dios como un rasgo esencial». Una humildad que está «en el ADN de Dios».
Francisco reconoció que «tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón». La Iglesia debe dar espacio al «misterio de Dios» de una forma en la que «pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer». De las lecciones de Aparecida, añadió el Papa, se aprende que «el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor». Y claro, hay que ser tenaces, trabajadores, hay que saber programar y organizarse, «pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma, sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes».
Otra de las lecciones que la Iglesia no puede olvidar es la sencillez. La Iglesia «no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, y no sólo se queda fuera, a las puertas del misterio, sino que ni siquiera consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios mismo. A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible “pescar” a Dios en las aguas profundas de su misterio».
[ pagebreak ]
Francisco también recordó la cercanía de los Papas para con la Iglesia brasileña y su capacidad para aplicar «con originalidad» el Concilio, «aunque ha debido superar algunas enfermedades infantiles». Una alusión a las degeneraciones de ciertas teologías, de aquello que en junio en una homilía el mismo Bergoglio había definido como «progresismo adolescente». Así, el Papa propuso «el ícono de Emaús como clave de lectura del presente y del futuro». Los dos discípulos dejaron Jerusalén después de haber visto a su mesías «irremediablemente derrotado, humillado, incluso después del tercer día». Es el misterio «difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia —su Jerusalén— ya no puede ofrecer algo significativo e importante. Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión».
En este punto, Francisco añadió algunos juicios sobre la Iglesia misma, que «tal vez se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta. El hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no sólo los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino también aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica».
Entonces, se preguntó Bergoglio, ¿qué es lo que hay que hacer?. «Hace falta una Iglesia que no tenga miedo a entrar en su noche. Necesitamos una Iglesia capaz de encontrarse en su camino. Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en su conversación». Francisco añadió palabras duras sobre los efectos de la globalización, de cuyas potencialidades «muchos se han enamorado» sin tomar en cuenta su «lado oscuro», ese que hace que perdamos el sentido de la vida, que desintegra a las personas, que hacer perder la experiencia de la pertenencia, que fractura las familias y empuja hacia la droga, el alcohol, el sexo.
Teología de la Liberación
El portavoz de la comunidad Sant’Egidio, Mario Marazziti, dijo a Vatican Insider que «la suya (por el Papa) es la teología de la liberación que no necesita al marxismo». El Papa, subrayó Marazziti, «pone al centro el cambio y los derechos de los últimos sin los cuales no hay dignidad humana», llamando a «la gran política y no a la religión del individualismo y de los intereses corporativos». Con un discurso fuerte, el Pontífice ofrece la «linfa del Evangelio, la fe en Cristo y la fraternidad con el prójimo».
El cristianismo, indicó Bergoglio ante los políticos, «combina la trascendencia y la encarnación; revitaliza siempre el pensamiento y la vida ante la frustración y el desencanto que invaden el corazón y se propagan por las calles». Francisco reclamó «la responsabilidad social» puesto que «somos responsables de la formación de las nuevas generaciones, capaces en la economía y la política, y firmes en los valores éticos». El futuro exige «una visión humanista de la economía y una política que logre cada vez más y mejor la participación de las personas, evite el elitismo y erradique la pobreza». Es necesario que «a nadie le falte lo necesario y que se asegure a todos dignidad, fraternidad y solidaridad: éste es el camino a seguir», subrayó con fuerza.
Además, el Papa citó a Amós, «“Venden al justo por dinero, al pobre por un par de sandalias”». Y, al contrario, «quien desempeña un papel de guía debe tener objetivos muy concretos y buscar los medios específicos para alcanzarlos». De hecho, los líderes deben elegir la más justa de entre todas las opciones, después de haberlas considerado todas, «a partir de la propia responsabilidad y el interés por el bien común; ésta es la forma de ir al centro de los males de una sociedad y superarlos con la audacia de acciones valientes y libres».
Quien actúa con responsabilidad «pone la propia actividad ante los derechos de los demás y ante el juicio de Dios». Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta siempre hay una opción posible: el diálogo intergeneracional y con el pueblo. Es imposible imaginar un futuro para la sociedad «sin una incisiva contribución de energías morales en una democracia que no sea inmune de quedarse cerrada en la pura lógica de la representación de los intereses establecidos». Cuando los líderes de los diferentes sectores pidan un consejo, la respuesta de Francisco será siempre la misma: «diálogo, diálogo, diálogo». «La humildad social favorece el diálogo», dijo el Papa improvisando.
El profesor de historia contemporánea de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, Agostino Giovagnoli, comentó al respecto para Vatican Insider que «el Papa exhorta a la política a volver a su primado con respecto a la economía para cambiar la realidad, las situaciones». Así como ha restituido «valor a todos los gestos de la Iglesia», Bergoglio «lleva a la política la misma fuerza de autenticidad». Y ello, explica Giovagnoli, «al servicio efectivo del bien común y no de lógicas autoreferenciales». La política, de hecho, «no debe servir solo para definir las relaciones de fuerza, sino a intervenir en los mecanismos económicos». Para romper con la «casta política y eclesiástica», explicó Giovagnoli, Francisco pide «nuevas energías populares que superen el circuito cerrado de la élite política y religiosa». Basta, pues, con los políticos y sacerdotes que desilusionan a los jóvenes, advirtió duramente el Pontífice en su discurso.







