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UN GENTIL HOMBRE

Santiago De Liniers, el legado de un caballero de la Orden

Santiago de Liniers, de noble cuna y de formación militar y católica, a la usanza de las órdenes de caballería, hombre de la Soberana Orden de Malta.

Santiago de Liniers, nació en el año 1753 en Niort (Deux Sèvres), en el Poitou, al Oeste de Francia. Y 40 años después, allí se alzó el levantamiento campesino acaudillado por militares nobles, opuesto al movimiento revolucionario que quería imponer las levas masivas para realizar las campañas militares de la Revolución donde tuvieron lugar las llamadas “guerras de la Vendée”, que se prolongaron por varios años y que implicaron un verdadero genocidio para la población entera del noroeste francés, que combatió a sangre y fuego por Dios y por el Rey (“ utrique fidelis, Dieu et le roi”).

Sus padres eran condes. Fue el cuarto hijo del matrimonio Liniers-Brémond. Su padre era Jacques Joseph Louis de Liniers, Sub-brigadier de Guardiamarinas y capitán de Fragata, señor de Grand Breuil Barrabin (Deux-Sèvres), y su abuelo Joseph de Liniers, comandante del Fort Louis en Guinea y Ayudante mayor en la isla de Tortue, señor de Saint-Pompain (Deux-Sèvres). Su madre, Henriette Thérese de Brémond, era hija del marqués Jacques de Brémond y de Suzanne Marguerite Aymer.

Según apunta Bernardo Lozier Almazán, uno de los Liniers dio la vida en la batalla de Poitiers en 1356, siendo constante en su familia la práctica del viejo refrán de la aristocracia militar francesa: “Mon âme à Dieu / la vie au Roy / l´honneur à moi” (Mi alma a Dios / la vida al Rey / el honor a mí).

Santiago de Liniers y Bremond, cumpliendo el mandato atávico de su sangre, ingresó a la Soberana Militar Orden de Malta, lo mismo que habían hecho sus antepasados paternos, como

  • Guillermo de Liniers en 1556,
  • Claudio de Liniers en 1580,
  • Hipólito de Liniers en 1613,
  • Felipe de Liniers en 1727,
  • Marco Antonio de Liniers en 1779;

así como también sus antepasados maternos:

  • Juan Luis de Bremond, barón de Chastelier, hijo de Josías de Bremond y de María de la Rochefoucauld, y
  • Santiago de Bremond, tío carnal de Santiago de Liniers, que también rindió sus pruebas de nobleza para poder ingresar a la Orden de Malta, en el Gran Priorato de Aquitania.

Así podríamos ascender por el frondoso árbol genealógico de Santiago de Liniers, por línea paterna y materna directa, hasta el siglo XIII y verlo entroncar con las más antiguas familias nobles y caballerescas de Francia así como con los reyes de la Cristiandad, como San Luis IX, rey de Francia (1214-1270).

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Escudo de la Orden de Malta.

Escudo de la Orden de Malta.

¿Qué lo trajo a la Revolución de Mayo?

¿Qué ideales animaban su gesta? ¿Por qué perder la calma de una sólida posición y estirpe, por el cañón?

En el año de 1787, Liniers cumplió funciones de capitán de pabellón en una fragata que tomó parte de la división de El Ferrol, con la que patrulló el Mediterráneo.

2 meses después se embarcó con su familia en la fragata 'Sabina' para el Río de la Plata (recordemos que ya había estado con la expedición de Pedro de Cevallos, en 1776) como segundo comandante de marina, arribando a la capital del Virreinato, unos meses después de la atroz Revolución de 1789.

Meses después también perdía a su consorte, quedando viudo a temprana edad. Golpeado por las circunstancias le escribe a su hermana “Linote” dándole cuenta, con hondo un espíritu cristiano, de su fallecimiento: “Podéis estar segura, mi querida amiga, de que los ardientes deseos son reencontrarme conmigo mismo y que la ambición, esa quimera por la que he sacrificado los más bellos años de mi vida”.

Entre 1802 y 1804 asumió el cargo de gobernador político y militar de Misiones y, a continuación, retornó a Buenos Aires para asumir el puesto de jefe de la estación naval. Ante la invasión de la armada inglesa de 1806, el virrey Rafael de Sobremonte le encomendó la defensa del puerto de Ensenada.

Tras la ocupación de Buenos Aires por los ingleses, Sobremonte huyó, y Liniers entró en contacto con Martín de Álzaga con el fin de liderar un alzamiento. Con tal propósito se dirigió a Montevideo y obtuvo el apoyo militar del gobernador Pascual Ruiz Huidobro.

Con sus fuerzas reconquistó Buenos Aires el 12 de agosto de 1806, obligando a capitular al gobernador inglés William Carr Beresford.

2 días después, en un Cabildo Abierto, se decidió entregar el poder militar a Liniers, quien, ante la certidumbre de un nuevo ataque inglés, trató de reorganizar la defensa.

En febrero de 1807, un nuevo avance logrado por los ingleses supuso la ocupación de Montevideo.

Las tropas de Liniers fueron derrotadas por las tropas ingleses de Whitelocke en la Ensenada, pero se reagruparon en Buenos Aires y finalmente forzaron la rendición de los ingleses el 6 de julio de 1807, lo que implicó su salida de Montevideo.

Liniers fue nombrado virrey interino por la Audiencia, cargo que fue confirmado por las autoridades peninsulares en mayo de 1808.

Al producirse en 1808 la invasión de España por las tropas de Napoleón, Liniers, pese a su origen francés, mantuvo su fidelidad a Fernando VII.

Pero el Cabildo Abierto de Buenos Aires, liderado por Martín de Alzaga, exigió su renuncia el 1 de enero de 1809.

Poco después la Junta Central de España designó como representante al almirante Baltasar Hidalgo de Cisneros, quien tomó posesión del cargo el 2 de agosto de 1809.

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Primera Junta: Fusilaron a Santiago de Liniers y luego se pelearon entre ellos.

Primera Junta: Fusilaron a Santiago de Liniers y luego se pelearon entre ellos.

El Conde de Buenos Aires, fusilado

Liniers, quien recibió el título de Conde de Buenos Aires en reconocimiento a sus méritos, se retiró a Córdoba, y allí le sorprendió la Revolución de Mayo de 1810.

De inmediato, él procedió a organizar junto con otras autoridades españolas un ejército pro español para enfrentarse a los patriotas. Al saberse la noticia en Córdoba del envío de una expedición de 900 hombres por parte de la Junta, para sofocar la contrarrevolución, hubo una gran deserción de la tropa que se había enrolado en la causa del Rey.

Dicha expedición estaba a cargo del coronel Francisco Ortiz de Ocampo, secundado por el mayor general Antonio González Balcarce, en carácter de segundo jefe, por Hipólito Vieytes como auditor de guerra o jefe político de la fuerza militar, y por Vicente López y Planes, como secretario.

De esta manera, sin el auxilio de las tropas del interior, no podía obtenerse el triunfo sobre los revolucionarios. De forma tal que los líderes de Córdoba se dispersaron, pero no se tardó en encontrar a Liniers y a sus compañeros.

La Junta, dominada por el jacobino Mariano Moreno y otros ilustrados, mandó arcabucear a

  • don Santiago de Liniers,
  • don Juan Gutiérrez de la Concha,
  • obispo Orellana de Córdoba,
  • don Victorino Rodríguez,
  • coronel Santiago Alejo de Allende y
  • oficial real don Joaquín Moreno,

en el momento en que fueren pillados, sin dar lugar a minutos que proporcionen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de la orden, para que dicho escarmiento fuese la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los jefes del Perú.

Cuando Liniers fue hallado intentó defenderse abriendo fuego, pero su arma no disparó. En la relación anónima, atribuida principalmente a un tal padre Jiménez –el sacerdote que acompañaba al obispo Orellana-, se cuentan las últimas horas de vida del invicto vencedor del inglés.

El teniente coronel Juan Ramón Balcarce, quien junto a Castelli venía de Buenos Aires para hacer cumplir la sentencia de muerte, al encontrar la partida que conducía a los prisioneros dirigió los coches hacia un pequeño bosque llamado “el monte de los Papagayos”, a unas 2 leguas de Cabeza de Tigre.

Cuando el héroe Reconquistador inquirió a Balcarce: "¿Qué es esto?", aquél le respondió: “No lo sé, otro es el que manda”.

Liniers, al bajar del coche, le presentó al soldado que iba a atarlo el cordel con el que antes había sido sujetado, diciéndole: “asegúrame con éste para que ya que él empezó la ignominia la consume”.

Estando todos atados, el cruel Castelli (quien estaba asesorado por Nicolás Rodríguez Peña) les leyó la sentencia de muerte, de la que quedaba exonerado el obispo Orellana.

El pelotón de fusilamiento, cuenta el autor anónimo, estaba compuesto -¡Oh ironía!- por 40 integrantes del Regimieno de Húsares del Rey, todos extranjeros que habían desertado de los ingleses en las acciones de Buenos Aires-. Algunos sostienen que dicho pelotón estaba compuesto por soldados del regimiento América, comandado por Domingo French, quien había estado a las órdenes de Liniers durante las invasiones inglesas, en el Regimiento de Húsares, comandado por Juan Martín de Pueyrredón y por Martín Rodríguez.

El obispo de Córdoba intercedió por los condenados, derramando lágrimas y preguntando por qué se los condenaba sin ser oídos y por qué se les privaba de los auxilios espirituales como la comunión y por qué se profanaba el domingo.

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Los ingleses se rinden ante Santiago de Liniers, años después fusilado por su lealtad al Rey. Todo ridículo.

Los ingleses se rinden ante Santiago de Liniers, años después fusilado por su lealtad al Rey. Todo ridículo.

No valieron los argumentos religiosos, pero tampoco los jurídicos esgrimidos escueta y tranquilamente por el letrado criollo Victorino Rodríguez al otro letrado nacido en las Indias, Juan José Castelli:

¿Es esto conforme a la jurisprudencia que Ud. ha estudiado? ¿Quería Ud. que adoptásemos un sistema que empieza de este modo? Aun cuando no hubiera el motivo de fidelidad a Dios, al Rey y a la Nación, me consideraría feliz, en morir por no ser testigo de los horrores que anuncian estos principios. ¿Es esto conforme a la jurisprudencia que Ud. ha estudiado? ¿Quería Ud. que adoptásemos un sistema que empieza de este modo? Aun cuando no hubiera el motivo de fidelidad a Dios, al Rey y a la Nación, me consideraría feliz, en morir por no ser testigo de los horrores que anuncian estos principios.

Castelli se desentendió y Liniers tomando la palabra dijo:

“Todo es en vano, estamos en la mano de la fuerza; conformidad, mucho más merecen nuestras culpas”.

Y en palabras que tienen que haber sido suyas, concluyó:

“Más glorioso nos es morir que suscribir a las miras de la Junta. Morimos por defender los derechos de nuestro Rey y de nuestra Patria y nuestro honor va ileso al sepulcro”.

Según continúa el relato anónimo, el marino del Oeste francés evangelizado por el gran promotor de la devoción mariana, San Luis María Grignion de Monfort, "calló y pidió al obispo le sacara del bolsillo el rosario y, paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo con tal nobleza y entereza que, aseguran algunos que estaban presentes, que en aquél estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista y Defensa, en que con heroica intrepidez despreciaba las balas enemigas. Seguidamente confesó con el obispo. Cuando le fueron a vendar los ojos el caudillo dijo: “Quita, nunca he temido a la muerte y mucho menos cuando muero por mi fidelidad a la Nación y al Rey”."

Prosigue la narración que, con voz perceptible invocó el auxilio de María Santísima bajo la advocación del Rosario, a la cual fue siempre muy devoto e hincado de rodillas (otros no refieren esta circunstancia) y con la vista en los soldados que estaban con las armas preparadas, les dijo: “ya estoy muchachos”. Ramón Balcarce hizo la señal y se realizó la descarga de manera imprecisa.

Ignacio Nuñez, en sus 'Noticias históricas', al justificar la inicua decisión de la Junta, señaló las consecuencias que pudo haber traído aparejado en Buenos Aires, el “levantarse un coloso como Liniers contra la causa de la revolución” (...) “quien no podía estar en prisiones sin conmover y acaso precipitar el carácter generoso de todos sus habitantes”.

En su obra Núñez, quien había sido portaestandarte del escuadrón de Húsares y expedicionario con Liniers a la Banda Oriental, propuso inscribir en su epitafio: “Nació con sangre francesa; murió de corazón español”

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