Los autos fabricados en China han ganado rápidamente una porción considerable del mercado en Argentina, captando cerca del 15% de las ventas en el primer semestre de 2026. Con las importaciones abiertas y un programa de exención arancelaria en marcha, el ecosistema automotriz nacional sufrió un cambio abrupto que favoreció a la industria del país asiático.
En ese sentido, el impulso de los autos electrificados chinos en Argentina no constituye tan solo un hecho destacable a nivel comercial. Además, implica una decisión política que revela la tensión que existe por el “control” de la región Latinoamericana entre China y Estados Unidos.
Al respecto, un artículo de Bloomberg -el medio económico más importante del mundo- dio cuenta de la contradicción que esto constituye en la relación entre la Casa Blanca y la Casa Rosada. Con Javier Milei “incondicionalmente” alineado con Donald Trump, la política comercial diametralmente distinta para con Pekín ha quedado expuesta por la industria automotriz.
En ese sentido, el desembarco de los autos chinos en Argentina estaría en el mapa de la pulseada entre China y Estados Unidos en la región. Algo que el propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, admitió como una batalla abierta tras su paso por Buenos Aires hacia fines de 2025.
Los autos chinos en Argentina
En el caso de Argentina, los autos chinos electrificados han tenido un impulso importante a raíz de un programa concreto. Se trata del cupo anual de 50.000 unidades extrazona Mercosur que llegan al país sin tributar el arancel del 35% por haber sido fabricados fuera del bloque.
Este programa, iniciado en 2024, implicó una política con efecto contundente en el mercado argentino, caracterizado históricamente por precios altos y poca variedad. La proporción de coches importados superó el 70% de las ventas en el último año y dio vuelta el esquema nacional que se había impuesto en los años de cierre, donde las fábricas instaladas en Argentina habían obtenido beneficios extraordinarios captando más del 90% de los patentamientos.
Dentro de ese cambio, las marcas chinas aprovecharon la apertura para “inundar” el mercado con sus productos. La repartija de los cupos quedó sujeta a los postores que más se acerquen al precio máximo de FOB (en puerto), ubicado en 16.000 dólares, siempre incluyendo algún tipo de electrificación.
Esa condición dejó a las automotrices chinas en una ventaja técnica frente a fabricantes tradicionales. Con capacidad de adaptar unidades de inmediato, las fábricas en Asia ofrecieron a los importadores particulares productos de alto equipamiento a un precio casi imposible de igualar para marcas dominantes en Argentina como Volkswagen, Toyota y muchas otras.
Bajo ese contexto, los “extraños” coches chinos comenzaron a hacerse lugar entre la consideración de los compradores argentinos. Marcas como BYD, BAIC y Chery empezaron a escalar lugares en los ranking mensuales de ventas, ubicando a algunos de sus modelos en el top 10 junto a jugadores tradicionales con décadas de trayectoria en el mercado nacional.
Los coches chinos en USA, una cuestión de seguridad
Mientras tanto, en Estados Unidos la realidad ha sido diametralmente opuesta. Considerados como un elemento de riesgo para la seguridad nacional por la política en general, los coches chinos han sido, en la práctica, prohibidos con brutales aranceles.
Ese bloqueo, que tiene anuencia de ambos partidos estadounidenses, fue acelerado por Trump no solo como una política industrial en favor de las automotrices estadounidenses, sino también como un intento de frenar el avance de la tecnología remota de China en territorio americano.
Investigaciones presentadas al Congreso han dado cuenta de los vínculos de ciertas automotrices chinas con el Ejército Popular de Liberación. En algunos casos, se pudo comprobar la inclusión de tecnología remota con transmisión de datos en tiempo real dentro de unidades de fabricación china.
Respecto a esto último, la Casa Blanca impulsó un proyecto de prohibición efectiva de cualquier tecnología automotriz china en coches que transitan sus rutas. Con el debate previsto en el Congreso, esto abarca no solo a marcas como BYD, Chery y BAIC, sino también a otras de origen occidental pero cuya estructura accionaria encuentre alguna porción de capital chino.
A partir de 2027, los coches fabricados en Estados Unidos no podrán contar con ningún tipo de tecnología asociada a capitales chinos.
Un caso paradigmático fue el de la marca sueca Polestar, de Volvo, que es parcialmente controlada por Geely. La comercialización de esos vehículos fue frenada por la Casa Blanca y anticipó una serie de dolores de cabeza para varias marcas que tienen presencia en el mercado estadounidense.
La atención sobre estos productos es tal en Estados Unidos, que la Casa Blanca ha monitoreado la apertura de fábricas chinas en otras regiones como una amenaza latente. Esto a modo de “saltar” las barreras arancelarias estadounidenses mediante una “triangulación comercial”.
Límites militares, no comerciales
El caso de la industria automotriz revela que la presión estadounidense en Buenos Aires sobre las relaciones con Pekín tendría límites específicamente militares. En ese sentido, los automóviles no serían considerados una amenaza directa, aunque existen conexiones de aportes de datos al Gobierno chino por parte de sus automotrices.
Esa flexibilidad comercial anticipa además el nivel de influencia que el país asiático ganó no solo en Argentina sino también en toda la región, donde sus productos proliferan ante la falta de estructura industrial fuerte. Con Brasil como sede de su desembarco, las fábricas chinas han apuntado en Sudamérica algo más grande que un mero mercado de exportación.
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