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APORTE AL DEBATE

Cornelio Saavedra en el Revolucionario Mayo de 1810

El debate existe y lejos se encuentra de estar terminado: ¿Qué pasó y qué no pasó? Cornelio Saavedra fue parte del Mayo de 1810 y aquí un enfoque:

Mayo de 1810 y la pregunta de siempre: ¿Fue Revolución o fue un heterogéneo movimiento que para algunos era más osado que para otros? Si fue Revolución ¿por qué no hubo bandera nacional? ¿Por qué para la declaración de independencia José de San Martín tuvo que presionar tanto y tanto en 1816? Es evidente que algunos estaban más decididos que otros. Pero quienes estaban decididos ¿eran muchos o eran pocos? Si estaban decididos ¿por qué fracasó la Asamblea de 1813? Por cierto que 1810 fue un período intenso, dramático, a veces muy complejo, con luces y sombras. Hasta la fecha, se sigue discutiendo qué quería cada uno de los hombres de Mayo, dado que no todos pretendían lo mismo. Sin duda que las limitaciones de los criollos para ocupar cargos públicos y el deseo de ampliar el comercio que el Virreynato limitaba a mantener con España, fueron motivos poderosos. Decisivos. Cornelio Saavedra fue el presidente de la Junta Provisoria Gubernativa más conocida como Primera Junta. No era liberal sino conservador pero aceptó asumir un rol importante en mayo de 1810 aunque luego fue declinando y hacia 1812 ya no era lo mismo. Pero en ese momento estuvo firme. En el debate vigente -nunca concluyen los debates en la Argentina, país de verdades a medias, siempre-, el autor de la nota milita entre quienes dicen que Saavedra fue consciente de la proyección histórica de los acontecimientos que vivía. Vayamos a su texto:

Embed - Cornelio Saavedra

"Refutando a Norberto Galasso"

“Dejamos de ser vasallos y pasamos a ser pueblo”.

Esteban Echeverría

La Revolución de Mayo, “la madre de la Revolución argentina que dio por resultado su independencia”, continúa generando debates historiográficos, a pesar de que ya han trascurrido más de 200 años de la concreción de sus propósitos. En las últimas décadas, nuevos enfoques académicos -o facciosos- han revitalizado interpretaciones y relecturas de la documentación tradicional.

El historiador de la denominada “izquierda nacional”, Norberto Galasso, por ejemplo, considera -en clave alberdiana- que se trató de una “revolución democrática”, determinada por la revolución liberal española que era, a la vez, espejo de la Revolución Francesa.

Asimismo, sostiene: “No existe, pues, fundamento histórico para caracterizar a la Revolución de Mayo como movimiento separatista (y por ende, pro inglés)”. Prueba irrebatible de esta tesis sería el juramento de fidelidad al Rey que prestó la Primera Junta, a través de la tan manida “máscara de Fernando VII”.

Galasso, además, manifiesta una posición contraria a la representatividad de Cornelio Saavedra, pone en dudas su vocación revolucionaria y ve, en él, al Mayo “timorato y conservador”, que “expresa el temor de los propietarios ante la turbulencia popular”.

Seguidamente, nos ocuparemos de revisitar estas tres variables conceptuales impugnadas por Galasso: la condición independentista de Mayo, el liderazgo revolucionario del Coronel Cornelio Saavedra y la máscara de Fernando VII. A cada una de las variables mencionadas, las cruzaremos con el testimonio del Jefe de la Revolución y otros aportes hermenéuticos, preservando el pluralismo historiográfico.

El antecedente revolucionario de 1806

¿Qué sucedía en el Río de la Plata un lustro antes de la Revolución de Mayo? ¿Cuál era el ambiente político, económico y social de aquella época? Una ubicación temporal precisa, que habría de generar una modificación sustancial en las colonias sudamericanas, nos remonta a las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Napoleón dominaba el continente europeo, era el dueño de todas las costas e Inglaterra quedaba impedida de desarrollar su comercio. Por necesidad, da un mal paso al concentrar sus ambiciones en el Río de la Plata. En ese momento, Inglaterra y España se movían por carriles distintos. La batalla de Trafalgar había dejado a Inglaterra dueña de los mares y a España sin armada para proteger sus colonias de ultramar.

Ante la llegada de los ingleses, el virrey marqués de Sobremonte huye a Córdoba. Los invasores se apoderan de Buenos Aires. Refiere Ignacio Núñez que “a los pocos días de haber ocupado los ingleses la ciudad ya se dejaron entrever las inquietudes de un honor ofendido: algunos particulares, americanos en mayor número, se tocaron, se reunieron, y en conferencias privadas contrajeron el compromiso de complotarse por primera vez en este país en un objeto político”. Es decir, que se plantea una nueva situación política desencadenada por un hecho externo al virreinato, pero que provoca una movilización de fuerzas internas hasta ese instante a la expectativa del devenir colonial.

El 12 de agosto de 1806 se obtiene la Reconquista con el protagonismo excluyente de Santiago de Liniers y Bremont. Ante la aclamación popular y militar, el 14 de agosto, un Cabildo Abierto delega en Liniers la jefatura política y militar, prescindiendo de los servicios del Virrey fugitivo. Este acontecimiento posee un contenido revolucionario de alto voltaje que provocará un cambio definitivo en la estructura del poder colonial. Podemos señalar, sin temor a equivocarnos, que ha sido el primer acto de soberanía explícita del pueblo de Buenos Aires.

Por su parte, el desempeño de Cornelio Saavedra en la Defensa de Buenos Aires, organizando el regimiento criollo de Patricios y exhibiendo un excelso patriotismo, junto con su tropa, le dio un matiz carismático a su figura moderada.

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Pintura de la Primera Junta: en el centro Cornelio Saavedra, entre Manuel Belgrano y Mariano Moreno, por detrás suyo Juan José Paso.

Pintura de la Primera Junta: en el centro Cornelio Saavedra, entre Manuel Belgrano y Mariano Moreno, por detrás suyo Juan José Paso.

Napoleón invade España

En 1808 el rey Carlos IV y su hijo Fernando VII caen prisioneros de los franceses. Recordemos que Napoleón había bloqueado todos los puertos europeos y prohibido comerciar con Inglaterra. Portugal se negó y entonces el Corso decidió invadirla solicitándole permiso a España para pasar con sus tropas. Al comprobar la indefensión española y la crisis de legitimidad de la Corte, exteriorizada en escándalos de acendrada corrupción, Napoleón aprovecha y mata dos pájaros de un tiro. Se queda con la Península Ibérica completa.

En Bayona –una escena montada por el Corso- Carlos IV abdica y deja en el trono a su hijo Fernando VII. Sin embargo, padre e hijo quedan cautivos y es coronado José Bonaparte, hermano de Napoleón. Así, con la invasión francesa tiene lugar la guerra de la independencia española que estalla el 2 de mayo de 1808 y que se extenderá hasta 1814. Esto trastoca la relación de poder entre la metrópoli y sus colonias. A 10.000 kilómetros de distancia, las colonias de ultramar quedan libradas a su suerte (pensemos en las lentas y complejas comunicaciones de la época).

Las autoridades virreinales pasan a depender ya no del Rey, sino de la Junta Central de Sevilla, que es la síntesis de otras juntas provinciales que se formaban para resistir el atropello napoleónico y mantener los derechos de Fernando VII sobre sus dominios peninsulares y ultramarinos. Pero con el furor dominante de los liberales revolucionarios, que ensayaban el diseño de una institucionalidad despojada de los vicios absolutistas y de la perversión probada durante el reinado de Carlos IV, a quien detestan y reemplazan en sus miras por Fernando VII, a quien idealizan hasta el paroxismo.

En esta etapa de convulsiones a granel, el Deseado adquiere una inusitada popularidad y se convierte en el máximo referente de la resistencia.

Entretanto, en Sudamérica, se replica el liderazgo fernandista y hacia 1809 se producen tres sublevaciones frustradas reclamando la formación de Juntas como en España: Chuquisaca, La Paz y Buenos Aires. En este trabajo solo nos ocupamos de lo que ocurrió en Buenos Aires, antecedente inmediato de la Revolución de Mayo.

La sublevación de Álzaga

El 1º de enero de 1809 un grupo de españoles peninsulares acaudalados, con el respaldo militar de los cuerpos de Gallegos, Catalanes y Vizcaínos, y del obispo Lué, pergeña la destitución de Liniers. El cabecilla era Martín de Álzaga, de destacada actuación durante las invasiones inglesas. Solamente dos criollos acompañaban a los sublevados, Julián de Leiba y Mariano Moreno.

La actitud decidida de los criollos encabezados por Saavedra logró hacer fracasar el movimiento. Los vivas del pueblo llenaron los ámbitos de la plaza mayor, vivas a Liniers, a Saavedra, al Cuerpo de Patricios. Al par que la figura de nuestro prócer crece, se va perfilando y agudizando la rivalidad entre criollos y españoles.

La sublevación de Álzaga dejaba otra vez en evidencia que en el Río de la Plata los criollos habían logrado un peso político y militar determinante, bajo el liderazgo prestigioso de Saavedra. En 1807 habían proclamado virrey a Liniers y, dos años después, lo confirmaban prescindiendo de las autoridades de la metrópoli. Sin embargo, la invasión napoleónica a España iba creando un ambiente de intrigas y desconfianza por el origen francés de Liniers, a pesar de su lealtad probada a la metrópoli. Su figura se desgastó y fue reemplazado por Baltasar Hidalgo de Cisneros, designado por la Junta de Sevilla, que había conseguido el acatamiento de criollos y peninsulares, punto que desarrollaremos a continuación con sus evoluciones y consecuencias inmediatas.

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Baltazar Cisnerops.

Baltazar Cisnerops.

Los Hijos de Buenos Aires, liderados por Saavedra

Los antecedentes mencionados permiten conformar un cuadro de situación que se remite a hechos irrefutables por la abundante documentación existente que los corrobora. Seguidamente, confrontaremos el testimonio del Jefe de la Revolución, don Cornelio Saavedra, con las tres variables revolucionarias que Galasso impugna en su relato histórico y que hemos mencionado en la Introducción. Para ello recordemos que el poder de los criollos irrumpe en plenitud durante las invasiones inglesas. Dejemos que nos lo explique el Comandante de Patricios:

Buenos Aires con sólo sus hijos y su vecindario hizo esta memorable defensa y se llenó de gloria. El cuerpo de Patricios que yo mandaba tuvo la satisfacción de tener una más que considerable parte en ella. Por su crecido número guarneció diferentes puntos de la ciudad, y en todos ellos fueron por sus armas y su valor el terror de los ingleses. No pocos de ellos murieron en la empresa; muchos fueron heridos incluso algunos oficiales; por lo que merecieron los más distinguidos elogios de este pueblo, del general Liniers y de todos los Cabildos de la América Meridional, desde el Reino de Méjico, Santa Fe de Bogotá, Caracas, Quito, Chile, Lima y todo el Alto Perú hasta éste de Buenos Aires, cuyos oficios gratulatorios que me dirigieron conservo aún en mi poder. Buenos Aires con sólo sus hijos y su vecindario hizo esta memorable defensa y se llenó de gloria. El cuerpo de Patricios que yo mandaba tuvo la satisfacción de tener una más que considerable parte en ella. Por su crecido número guarneció diferentes puntos de la ciudad, y en todos ellos fueron por sus armas y su valor el terror de los ingleses. No pocos de ellos murieron en la empresa; muchos fueron heridos incluso algunos oficiales; por lo que merecieron los más distinguidos elogios de este pueblo, del general Liniers y de todos los Cabildos de la América Meridional, desde el Reino de Méjico, Santa Fe de Bogotá, Caracas, Quito, Chile, Lima y todo el Alto Perú hasta éste de Buenos Aires, cuyos oficios gratulatorios que me dirigieron conservo aún en mi poder.

Tras subrayar la frialdad de la Corte de España ante tan magno acontecimiento de resonancia continental y el nulo reconocimiento a los jefes militares –seguramente por la capacidad autonómica que habían demostrado los criollos-, Saavedra menciona un dato relevante por sus efectos en el diseño del poder virreinal de la época:

"El cuerpo de Patricios, con los demás, continuó acuartelado y hacía el servicio de la guarnición. Pasado el peligro de la invasión, los europeos (españoles), viendo la adhesión del virrey Liniers a dichos cuerpos, y que éstos se habían hecho respetables en la guarnición, temieron se minorase el predominio que en aquel tiempo tenían en Buenos Aires."

Frente al nuevo poder criollo que comenzaba a emerger, los españoles peninsulares solicitan que sean desorganizados los cuerpos militares y que sus integrantes vayan a trabajar a la agricultura y a las artes. Liniers rechazó la exigencia y, como paga, recibió una campaña difamatoria que llegó a la Corte con el respaldo de muchos capitulares de Buenos Aires. Afirma Saavedra:

Este también fue el origen de los celos y rivalidades que asomaron entre Patricios y Europeos. Acostumbrados éstos a mirar a los hijos del país como a sus dependientes y tratarlos con el aire de conquistadores, les era desagradable verlos con las armas en la mano, y mucho más que con ellas se hacían respetables por sus buenos servicios y por su decisión de conservar el orden de la sociedad. Este también fue el origen de los celos y rivalidades que asomaron entre Patricios y Europeos. Acostumbrados éstos a mirar a los hijos del país como a sus dependientes y tratarlos con el aire de conquistadores, les era desagradable verlos con las armas en la mano, y mucho más que con ellas se hacían respetables por sus buenos servicios y por su decisión de conservar el orden de la sociedad.

Los españoles peninsulares, para mantener sus privilegios políticos reaccionaron solicitando tropas a España, pero la invasión napoleónica anuló esa posibilidad.

El Comandante de los Patricios dilucida el panorama con claridad. La tensión entre criollos y españoles peninsulares –“europeos” a secas los llama- era una realidad incontrastable. Estudiar esta rivalidad ayuda a entender fehacientemente el clima político y social que desembocará en la Revolución de Mayo.

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Santiago de Liniers.

Santiago de Liniers.

El poder criollo

Francisco Javier de Elio, que había sido designado jefe militar de la plaza de Montevideo por Liniers, luego del desalojo de los ingleses, era el gobernador y desconoció al Virrey formando un Junta como en España. En 1808, recuerda Saavedra:

(…) había venido el jefe de escuadra, don Pascual Ruíz Huidobro, con despachos librados por la Junta de Galicia, que también se había creído ser Suprema de Indias y de poder mandar en ellas. Se hallaba también en ésta el brigadier don N. Molina, que debía pasar a Lima para donde venía empleado. Estos jefes también entraron en el proyecto de Álzaga, que igualmente que el señor don Benito de Lué y Riega, nuestro obispo. (…) había venido el jefe de escuadra, don Pascual Ruíz Huidobro, con despachos librados por la Junta de Galicia, que también se había creído ser Suprema de Indias y de poder mandar en ellas. Se hallaba también en ésta el brigadier don N. Molina, que debía pasar a Lima para donde venía empleado. Estos jefes también entraron en el proyecto de Álzaga, que igualmente que el señor don Benito de Lué y Riega, nuestro obispo.

La presión sobre los criollos, de parte de los peninsulares, era enorme. Pero los criollos no se dejaron amilanar y, reiteramos, el 1 de enero de 1809 la destitución de Liniers fracasó por la decisiva participación de los militares comandados por Saavedra, quien bautizó como “memorable” a aquella jornada: “he dicho memorable, porque, en efecto, en él las armas de los hijos de Buenos Aires abatieron el orgullo y miras ambiciosas de los españoles, y adquirieron superioridad sobre ellos”.

Por tanto, a partir de la derrota del golpe de Álzaga, el poder criollo se consideró superior al de los españoles europeos. La elección de Liniers y la disolución de los regimientos españoles generó en éstos una profunda indignación que se mantuvo un tiempo en privado. Por su parte, dirá Saavedra: “En nosotros igualmente tomó incremento el espíritu de rivalidad contra ellos, mucho más cuando no nos quedaba duda que el fin y objeto de sus proyectos no eran otros que, aun cuando se perdiese la España europea, continuarían ellos mandando y dominando en ésta”.

Sin embargo, la nacionalidad francesa y el sostén político-militar de los criollos conspiró contra Liniers, y los españoles europeos, soslayados en las decisiones luego del 1º enero de 1809, lograron que la Junta de Sevilla Suprema de España e Indias nombrara virrey a Baltazar Hidalgo de Cisneros. Apostrofa Saavedra:

A pesar de las ilegalidades o, propiamente, ilegitimidad de que adolecía la tal Junta de Sevilla fue reconocida en Buenos Aires. El mismo día que Cisneros salió de Sevilla para Cádiz, ella fue extinguida y disuelta por los franceses que se apoderaron de dicha ciudad. Sin embargo, el virrey nombrado por ésta llegó a Montevideo. A pesar de las ilegalidades o, propiamente, ilegitimidad de que adolecía la tal Junta de Sevilla fue reconocida en Buenos Aires. El mismo día que Cisneros salió de Sevilla para Cádiz, ella fue extinguida y disuelta por los franceses que se apoderaron de dicha ciudad. Sin embargo, el virrey nombrado por ésta llegó a Montevideo.

El retroceso de los criollos, con la designación de Cisneros, resultaba a todas luces inocultable. ¿Habían subestimado el poder de los peninsulares cuya influencia primordial provenía del manejo a discreción del comercio monopolista? Lamentará Saavedra:

Esta fue la época más halagüeña para nuestros contrarios y enemigos de Liniers. Con la erguidez propia de su orgullo, se gloriaban de vernos ya abatidos y perseguidos por el nuevo virrey, en castigo del crimen de haberles hecho rendir las armas el 1º de enero de aquel año. Destierro, horcas, cuchillos nos eran recetados por éstos a cientos y millares. Esta fue la época más halagüeña para nuestros contrarios y enemigos de Liniers. Con la erguidez propia de su orgullo, se gloriaban de vernos ya abatidos y perseguidos por el nuevo virrey, en castigo del crimen de haberles hecho rendir las armas el 1º de enero de aquel año. Destierro, horcas, cuchillos nos eran recetados por éstos a cientos y millares.

Cisneros se ocupó, apenas asumió el poder, de resolver dos problemas. Uno político y otro comercial. El primero estaba dirigido a apaciguar las rivalidades y conciliar posiciones, tanto con los autores del golpe de Álzaga (la inmensa mayoría españoles peninsulares), como con los criollos defensores de Liniers. Los españoles peninsulares exigían la reconstitución de sus regimientos disueltos, pero los criollos se opusieron.

El segundo problema a resolver era de índole estrictamente comercial. Así, habilitó la libertad de comercio con Gran Bretaña, provocando la repulsa de los peninsulares dueños y señores del monopolio comercial que les permitía llenarse de oro, comprando y vendiendo, como así también, subrayamos, con el contrabando. La Junta Central de Sevilla había propiciado la apertura de los puertos flexibilizando el comercio con Inglaterra y Cisneros la llevó a la práctica. Pero al poco tiempo tuvo que dar marcha atrás, presionado por los comerciantes españoles, cuya cabeza visible era Álzaga, perjudicando simultáneamente a criollos y a comerciantes ingleses, que quedaban aunados en una desgracia unilateral y listos para la venganza.

Martín de Álzaga.
Martín de Álzaga.

Martín de Álzaga.

Tiempo de brevas maduras

Entretanto, Cisneros –aunque precariamente- zanjaba el conflicto heredado poniendo a golpistas y criollos en un pie de igualdad, borrón y cuenta nueva, ninguno de los dos había cometido delito alguno. Esto motivó que los derrotados de ayer se sintieran vencedores y, otra vez, por encima de los criollos. Observa Saavedra:

Tan contradictoria resolución lejos de haber atemperado el hervor de las pasiones entre los contendores, lo hizo subir al más alto grado. Con ella los europeos con impudente descaro provocaban nuestra indignación; tuvimos en realidad muchos en que ejercitar el sufrimiento, esperando muy en breve se nos vendría a las manos la oportunidad de reprimirlos y enfrenarlos. Nuestro honor, nuestra delicadeza fueron a la verdad escandalosamente vulnerados. Los hijos de Buenos Aires, con estos hechos, ya querían se realizase la separación del mando de Cisneros y se reasumiese por los americanos.

De ese modo, la recuperación del poder perdido por los criollos empieza a materializarse con la simpatía de los comerciantes ingleses. Las reuniones secretas y los planes se aceleran. Los criollos revolucionarios distinguen a Saavedra, es el más respetado y el que posee el mando militar determinante. Pero ante cada ofrecimiento para tomar el poder y destituir a Cisneros, Saavedra responde: “no es tiempo, dejen Ustedes que las brevas maduren y entonces las comeremos”. He ahí, en su máximo esplendor, el principio de la economía de fuerzas que demanda una conducción política exitosa: actuar en el momento preciso sin malograr esfuerzos, aprovechando las condiciones objetivas internacionales y locales, utilizando toda la fortaleza y capacidad de maniobra propias.

Finalmente, las brevas maduraron. El 18 de mayo de 1810 el virrey Cisneros anunció al público por una proclama que sólo Cádiz y la isla de León se hallaban libres del yugo napoleónico. Anoticiado por sus amigos de los últimos acontecimientos en España, Saavedra les respondió: “Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora”.

El camino para reemplazar a Cisneros, por un gobierno propio, demandaba la convocatoria a un Cabildo Abierto. Informado Cisneros de la solicitud en ciernes, pidió hablar con los jefes militares, a quienes les dijo que él no había dicho que toda España estaba invadida sino que todavía quedaban libres Cádiz y la isla de León, y les preguntó, asimismo, si no lo iban a sostener como habían hecho en 1809 con Liniers, caso contrario convocaría al cabildo abierto. Ningún jefe se animó a responderle al Virrey. Entonces, Saavedra tomó la palabra:

¿Y qué, Señor? ¿Cádiz y la isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? ¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas han recaído en Cádiz y la isla de León, que son parte de una de las provincias de Andalucía? No, Señor; no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses: hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya, así es que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella. ¿Y qué, Señor? ¿Cádiz y la isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? ¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas han recaído en Cádiz y la isla de León, que son parte de una de las provincias de Andalucía? No, Señor; no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses: hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya, así es que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella.

La suerte estaba echada. Los argumentos irrebatibles de Saavedra se corporizaron exitosamente el 25 de Mayo. Pero, subrayemos un dato no menor: en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo, su moción -eminentemente republicana- obtuvo la pluralidad de votos. Transcribimos la moción de Saavedra registrada en el Acta Capitular del 22 de Mayo:

"Por el señor comandante don Cornelio Saavedra se dijo que consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior que obtenía el excelentísimo señor virrey en el excelentísimo cabildo de esta capital, ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere autoridad o mando."

French y Beruti

De los 225 votantes del Cabildo Abierto, 61 sufragaron a favor de Cisneros y 164 por su destitución. De esos 164 votos opositores, 81 apoyaron la moción de Saavedra, señal elocuente del prestigio que gozaba el Comandante de Patricios. Por otra parte, un desglose del voto mayoritario especifica que el 81% de los militares presentes y el 75% de los clérigos que asistieron, acompañaron la moción de Saavedra y “forjaron la nueva nación”.

Mientras criollos y españoles peninsulares deliberaban, en los alrededores del Cabildo sucedían acontecimientos hegemonizados por la participación vecinal: “Las tropas estaban fijas en sus respectivos cuarteles con el objeto de acudir donde la necesidad lo demandase. La Plaza de la Victoria estaba toda llena de gente y se adornaban ya con la divisa en el sombrero de una cinta azul y otra blanca, con el primor que en todo aquel conjunto de pueblo no se vio el más ligero desorden”.

La cuestión de las cintas azules y blancas también es objetada por Galasso que se inclina por otra versión: “¡Curioso independentismo éste cuyos activistas French y Beruti repartían estampas del Rey Fernando VII en los días de Mayo!”. Sí, curioso independentismo, con el cual Alberdi, cuya caracterización de Mayo reivindica Galasso, coincide con la mayoría de los historiadores, que en este tema, ha seguido a Mitre. Afirma Alberdi: “Saavedra dice que el 25 de Mayo de 1810, el pueblo reunido en las plazas de Buenos Aires llevaba esos colores (azul y blanco)”.

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Cabildo Abierto de 1810.

Cabildo Abierto de 1810.

Saavedra se manejó con la seguridad de los liderazgos triunfantes y cuando tuvo que apurar los hechos, lo hizo con envidiable determinación. Hasta el propio Cisneros le tuvo que aconsejar que aceptara, “por dar gusto al pueblo”, la presidencia de la Junta. “Por política –reconoció luego- fue preciso cubrirla con el manto del señor Fernando VII, a cuyo nombre se estableció, y bajo de él expedía sus providencias y mandatos”. Volveremos sobre este tema más adelante.

La fórmula fidelista de Mayo contenía un soporte jurídico que Federico Ibarguren explica:

El juramento de obediencia al soberano legítimo se había hecho, en Buenos Aires, sólo por razones de Derecho Público, indiferentes a toda simpatía o adhesión a la persona de aquél. Argumentaban nuestros próceres que, el origen del vasallaje, se encontraba en las primeras capitulaciones otorgadas por la Corona a los adelantados y capitanes de la conquista. El pacto de fidelidad, alegaban, habíase perfeccionado con el monarca de Castilla; y solamente existiendo él o sus sucesores podía regir la obediencia. El juramento de obediencia al soberano legítimo se había hecho, en Buenos Aires, sólo por razones de Derecho Público, indiferentes a toda simpatía o adhesión a la persona de aquél. Argumentaban nuestros próceres que, el origen del vasallaje, se encontraba en las primeras capitulaciones otorgadas por la Corona a los adelantados y capitanes de la conquista. El pacto de fidelidad, alegaban, habíase perfeccionado con el monarca de Castilla; y solamente existiendo él o sus sucesores podía regir la obediencia.

Más adelante, Ibarguren advierte: “En rigor, América debía obediencia solamente al monarca y a sus herederos legítimos. Caducando cualquiera de ellos, correspondía al pueblo velar por su propia seguridad, como descendiente que era de los primeros conquistadores”. Y concluye: “La tesis de Mayo podemos definirla, así –sujeta al más estricto cumplimiento de la legislación vigente-, con esta consigna aceptada en Buenos Aires, por la Primera Junta en pleno: “contra Napoleón –con o sin el Rey- pero sin el Consejo de Regencia”.

Por su parte, Mitre fue el primero que extrajo, de los acontecimientos revolucionarios, una teoría que destaca el componente político, sometiendo “la fórmula jurídica” a la superioridad agonal del hecho. Toda lucha política es una lucha por el poder y Mitre lo resalta de sobremanera en el contencioso de miras elevadas que disputó con Vicente Fidel López, en el que salió claramente victorioso por la contundencia de las pruebas irrefutables que aportara. Explica Mitre: “La forma de la Revolución de Mayo fue, pues, rigurosamente legal, y su fórmulajurídica, por lo que respecta a sus preliminares, a su teatro de operaciones y a sus medios de acción, fue la del derecho municipal: un Cabildo abierto y una deliberación del común sobre la materia del propio Gobierno”. Y a continuación agrega: “Pero la Revolución era en sus tendencias esencialmente política; su fórmula política (no jurídica) fue la que se puso a discusión en la Asamblea popular y la que, con la sanción del voto de la mayoría, se hizo ley, que se impuso y se convirtió en autoridad y fuerza gubernamental”.

En los fundamentos de Ibarguren y Mitre, la política queda por encima del derecho público hispano, exaltándose el virtuosismo revolucionario que recortaba el proceso abierto al otorgarle una insospechada originalidad con proyecciones universales, en cuanto derribaba el poder colonial establecido -en paz y en orden- sin someter a riesgo la seguridad y la propiedad de los habitantes de Buenos Aires. Así, los criollos se hacían cargo del gobierno sin consultar ni obedecer a nadie, y sin ayuda de nadie. Más independencia política que esa, imposible.

Acerca del liderazgo de Saavedra y su actuación revolucionaria, en aquellos agitados días de Mayo, conviene recordar las palabras de Manuel Belgrano: “No puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir el pulso con que se manejó nuestra revolución en que es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra”. Destaquemos que Belgrano no se alistaba en las huestes que simpatizaban con el Jefe de la Revolución…

La máscara de Fernando VII

Galasso se pregunta: “¿Cómo es posible que los integrantes de la Junta juren fidelidad al Rey de España, en el momento de asumir el poder encabezando una revolución cuyo objetivo sería separarse de esa dominación? ¿Qué es esto de una revolución antiespañola que se hace en nombre de España?”.

El 27 de junio de 1811Saavedra le revela a Juan José Viamonte el porqué de la máscara de Fernando VII:

(…) las cortes extranjeras y muy particularmente la de Inglaterra, nada exige más que el que llevemos adelante el nombre de Fernando y el odio a Napoleón. En estos ejes consiste el que no sea nuestra enemiga declarada… la Corte de Inglaterra declara que no se considera obligada por ninguna convención a sostener una parte de la monarquía española contra la otra, por razón de alguna diferencia de opinión que pueda subsistir entre ellos sobre la forma de gobierno en que deben ser reglados sus respectivos sistemas; a condición de que reconozcan su soberano legítimo, y se opongan a la tiranía y usurpación de Francia; luego si nosotros no reconociéramos a Fernando, tendría la Inglaterra derecho, o se consideraría obligada a sostener a nuestros contrarios que le reconocen, y nos declararía la guerra del mismo modo que si no detestásemos a Napoleón. ¿Y qué fuerzas tiene el pobre virreinato de Buenos Aires para resistir ese poder en los primeros pasos de su infancia? ¿O qué necesidad tiene de atraerse este enemigo poderoso y exterior, cuando no ha acabado con los interiores que nos están molestando hasta el día? (…) las cortes extranjeras y muy particularmente la de Inglaterra, nada exige más que el que llevemos adelante el nombre de Fernando y el odio a Napoleón. En estos ejes consiste el que no sea nuestra enemiga declarada… la Corte de Inglaterra declara que no se considera obligada por ninguna convención a sostener una parte de la monarquía española contra la otra, por razón de alguna diferencia de opinión que pueda subsistir entre ellos sobre la forma de gobierno en que deben ser reglados sus respectivos sistemas; a condición de que reconozcan su soberano legítimo, y se opongan a la tiranía y usurpación de Francia; luego si nosotros no reconociéramos a Fernando, tendría la Inglaterra derecho, o se consideraría obligada a sostener a nuestros contrarios que le reconocen, y nos declararía la guerra del mismo modo que si no detestásemos a Napoleón. ¿Y qué fuerzas tiene el pobre virreinato de Buenos Aires para resistir ese poder en los primeros pasos de su infancia? ¿O qué necesidad tiene de atraerse este enemigo poderoso y exterior, cuando no ha acabado con los interiores que nos están molestando hasta el día?

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Documento importante.

Documento importante.

Declarar la independencia abiertamente implicaba abandonar el sostén inglés y las Provincias Unidas carecían de poder suficiente para enfrentar semejante desafío. Saavedra describe que “la máscara de Fernando VII” es una exigencia, diríamos hoy de real politik, y no una sumisión a la potencia británica. Nuevamente la estrategia de las brevas: una parte de la higuera había madurado el 25 de Mayo, la restante terminaría de madurar el 9 de Julio de 1816. Desde su perspectiva colonial, el militar español Francisco Javier de Mendizábal, en operaciones en el Virreinato del Perú, analizaba aquellos acontecimientos revolucionarios otorgándoles una dimensión continental y hacía mención a “la máscara de Fernando VII”, en los siguientes términos:

Nueva España, Santa Fe, Caracas, Quito y Buenos Aires levantan casi a un tiempo la horrible voz de la libertad y la simultaneidad de ideas corriendo como un fuego eléctrico por todas partes, esparce en ellas el mortífero veneno de la independencia, bien que disfrazada con la máscara simulada de la más acrisolada fidelidad y deseos de conservar estos dominios a nuestra amado Fernando, alucinando a los incautos y sencillos pueblos que debían prestarles sus brazos para la ejecución de sus detestables planes… y en Buenos Aires estaban poseídos de estas ideas no pocos de sus principales vecinos, aún antes de la invasión de los ingleses en 1806, las que se consolidaron y radicaron con el engreimiento y aplausos que recibieron con la reconquista y expulsión de aquellos enemigos.

Queda demostrado, entonces, que “la máscara de Fernando VII” no fue un invento de Mitre ni de la historia liberal, según el imaginario narrativo de Galasso. Por el contrario, los españoles peninsulares, la denunciaban; Monteagudo, la criticaba; Saavedra, la fundamentaba con inteligencia estratégica. De todos modos, algunos creían en la fórmula fidelista. Como el Deán Zabaleta que, en el Tedeum del 30 de mayo de 1810, gritó: “¡Mienten!”, para contrarrestar los trascendidos que ponían en dudas la adhesión de los criollos al Rey cautivo.

Por razones de espacio, cerramos este parágrafo haciendo alusión brevemente a dos documentos probatorios un tanto olvidados. Uno es la confesión que el criollo Darragueira les hiciera a jóvenes patriotas alborozados por la conformación de la junta revolucionaria: “La independencia ya está hecha, porque los españoles no nos perdonarán el paso que hemos dado”. Y el otro es la comunicación de la Primera Junta al ministro de Relaciones Exteriores de SMB, marqués de Wellesley, fechada el 10 de agosto de 1810, en la que solicita armamento y ratifica la comunión de intereses entre la causa criolla y Gran Bretaña, como también las relaciones comerciales recíprocas. Asimismo, requiere que la flota británica obstruya el traslado de tropas españolas hacia el Río de la Plata y de familias, “pues la experiencia del país, ha demostrado que son otros tantos estorbos para una separación absoluta de las Provincias, de España”.

Conclusión

Luego de repasar los prolegómenos y el desenlace de Mayo, podemos concluir que la conformación de la Primera Junta de Gobierno, si bien se ajustaba a la formalidad institucional de la España invadida por Napoleón y del debilitamiento de la legitimidad de los Borbones, en el Río de la Plata particularmente adquirió un matiz revolucionario independentista teniendo en cuenta que los sujetos del poder eran los criollos, quienes, en una maniobra patriótica, desplazaron a los españoles peninsulares. La Junta, por su parte, nunca fue probritánica ni antiespañola. Mantuvo una relación estratégica con Inglaterra sin ceder soberanía.

En ese sentido, la Revolución de Mayo tuvo, en su gestación y desenlace, un único Jefe revolucionario de consenso: Cornelio Saavedra. Y fue -como su jefe- militar, popular, católica y republicana. Militar, porque el dominio del proceso político quedó en manos de los regimientos comandados por Saavedra. Fue popular, porque un grupo representativo manifestó el sentimiento patriótico de los criollos y de una diversidad de sectores confluyentes en el Cabildo. Fue católica, porque se hizo respetando la fe heredada de los mayores y no en contra de ella como había acontecido en la Revolución Francesa. Fue republicana, porque el voto de Saavedra en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo estableció que solo el pueblo legitima la autoridad constituida.

Desgraciadamente, por sus consecuencias regresivas, la evolución de los acontecimientos del gobierno propio derivó en un conflicto insoluble entre el Jefe de la Revolución y Mariano Moreno, quien, apenas iniciadas sus funciones de secretario, adquirió una notable incidencia. Ambos liderazgos no se complementaron, ni tampoco fueron capaces de conformar un equipo para priorizar coincidencias, por encima de las parcialidades, como había sucedido en los Estados Unidos, donde los patriotas norteamericanos supieron instaurar un ámbito revolucionario unido en la diversidad. El caso criollo fue a la inversa, los dos líderes prominentes de la Revolución “se destrozaron entre sí”. No hubo equipo. Hubo grieta. Pero ese es otro capítulo de la historia de la República Argentina, con efectos sustentables en el tiempo.

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