La escalada del conflicto en Medio Oriente, con el cierre del estrecho de Ormuz en su cuarta semana, ya genera un impacto significativo en los mercados energéticos globales. Por ese corredor estratégico circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado (GNL) del mundo, por lo que su interrupción encendió alertas sobre el crecimiento económico global.
EL DAÑO HECHO
Crisis de precios: el petróleo y el gas seguirían al alza incluso sin conflicto
El cierre del estrecho de Ormuz dispara precios del petróleo y gas, y amenaza con escasez de energía durante meses, incluso si el conflicto termina mañana.
El barril de crudo Brent se ubica en torno a los US$106,70, un 51% por encima del nivel previo al conflicto, mientras que el gas en Europa acumula subas cercanas al 85%. Sin embargo, estos incrementos podrían ser solo una parte del ajuste.
El mercado aún descuenta que la situación será transitoria y que los flujos energéticos se normalizarán en el corto plazo, una expectativa que, según analistas consultados por The Economist, podría resultar demasiado optimista.
Las consecuencias de la guerra en el precio del petróleo
Incluso en el escenario de un alto el fuego inmediato, la normalización del sistema energético global llevaría meses. La razón es estructural. La cadena de suministro del petróleo y el gas —producción, transporte y refinación— requiere tiempos técnicos que no pueden acelerarse sin generar riesgos operativos.
En el frente productivo, los países del Golfo ya recortaron cerca de 10 millones de barriles diarios, equivalente al 10% de la oferta mundial. Reactivar esos volúmenes no es automático.
Implica revisar instalaciones, eliminar obstrucciones, restablecer presión en los pozos y poner en marcha plantas de procesamiento. Expertos estiman que solo esta etapa podría demandar entre dos y cuatro semanas.
El panorama es aún más complejo en el mercado de gas. La planta de Ras Laffan, en Qatar —clave para el suministro global de GNL— permanece parcialmente fuera de operación tras ataques que dañaron infraestructura crítica.
Las reparaciones podrían tardar años, aunque la reactivación parcial demandaría al menos varias semanas. Esto introduce un problema adicional. Incluso si el petróleo se recupera relativamente rápido, el gas podría enfrentar una escasez más prolongada.
Las flotas varadas y relocalizadas
A esta situación se suma el cuello de botella logístico. Unos 480 buques permanecen varados en el Golfo, y aun cuando se restablezca la seguridad, los armadores podrían demorar sus operaciones ante el riesgo de nuevos ataques.
Las primas de seguros se dispararon y, en algunos casos, se multiplicaron por diez, lo que encarece el transporte y desalienta la actividad.
Además, la flota global de petroleros se encuentra desalineada. Muchos buques que operaban en Medio Oriente fueron redirigidos a otras rutas tras el inicio del conflicto, lo que implica que su regreso al Golfo podría tardar semanas o incluso meses. En paralelo, daños en puertos e infraestructura podrían prolongar aún más los tiempos de normalización.
El impacto en otras regiones
El impacto también se traslada al mundo. Varias refinerías en Asia redujeron o suspendieron operaciones por falta de insumos, recortando el procesamiento en unos 3 millones de barriles diarios. Reactivar estas plantas no es inmediato, los procesos técnicos requieren tiempo y cuidado para evitar daños estructurales.
En este contexto, los analistas advierten que el mundo podría enfrentar un déficit energético sostenido. Aun con una resolución rápida del conflicto, la producción global de petróleo podría quedar un 3% por debajo de lo previsto este año, mientras que el mercado de GNL enfrentaría faltantes aún mayores.
El efecto en la economía global
Las consecuencias macroeconómicas son presión inflacionaria, mayores costos de energía y riesgos para la recuperación global. Además, la caída de inventarios podría derivar en compras masivas y nuevas subas de precios, especialmente en países con menor capacidad de almacenamiento.
El mercado, por ahora, apuesta a una resolución rápida. Pero la historia reciente muestra que los shocks energéticos tienen efectos persistentes. En este caso, la combinación de conflicto geopolítico, restricciones logísticas y daños estructurales sugiere que el impacto podría extenderse mucho más allá del fin de las hostilidades.
Así, el mundo enfrenta no solo una crisis puntual, sino un recordatorio de su alta dependencia de rutas críticas como el estrecho de Ormuz. Y la advertencia de que incluso cuando cesan los conflictos, sus efectos económicos pueden perdurar durante meses.
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