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LA ARGENTINA DEL ETERNO RETORNO

¡Es la moneda, estúpido!

Mie, 20/11/2019 - 10:20pm
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Por Urgente24

La inflación es un tema de moda en Argentina. Es un tema presente, persistente, que ha acompañado a varias generaciones y que aparentemente seguirá entre nosotros vaya a saber uno hasta cuándo.  Me animaría a aventurar que será hasta el día en que comprendamos su origen y obremos en consecuencia.  El objetivo de este artículo es aportar al debate una mirada conceptual, analítica y constructiva, aunque desde luego, no exenta de polémica. Trabajo impecable de Anibal M. Glaniver.

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por ANIBAL M. GLANIVER

Para comprender la esencia de la inflación hay que arrancar desde las bases mismas de la ciencia económica e ir construyendo, paso a paso, un razonamiento lógico secuencial que permita asociar una acción visible con su consecuencia remota no siempre visible.

La Economía es una ciencia. Y como tal, tiene ciertas leyes que se derivan de axiomas fundamentales.  El axioma fundamental de la Economía es la acción del hombre.  El hombre actúa.  Cuando actúa persigue fines y para esos fines necesita medios.  

Es intrascendente en este análisis establecer cuáles son sus fines. Al razonamiento económico no le preocupa qué fines persigue el hombre, sino que para conseguir dichos fines necesita medios. La elección que haga de los medios será, lógicamente, aquella que resulte más útil para la consecución de sus fines.

Esto implica, entonces, que al actuar, el ser humano debe decidir qué medios va a emplear. Y dicha decisión se basará en la utilidad que cada uno de esos medios tenga para sus propios fines.  Primera conclusión: la utilidad de los medios y el valor atribuido a ellos para la consecución de los fines son subjetivos.  

Sin embargo, existe un problema: el hombre no dispone de todos los bienes que quisiera en todo momento.  Los medios son escasos.  Si no hubiera escasez, simplemente no existirían bienes con valor económico.

Y ello no se debe a una cuestión objetiva atribuible a ese bien, sino a que el hombre no le atribuiría valor en su acción. Se trataría de bienes que representan una condición dada por supuesta, tal como lo es el oxígeno que respiramos.

Sin embargo, ese mismo oxígeno, puesto en un tanque para quien realiza buceo de profundidad, es un bien altamente valioso, precisamente por las siguientes razones: 

a) Es escaso. y 
b) Es útil (presta el servicio de preservación de la vida humana en el ambiente acuático). 

En definitiva, el valor que se le atribuye a un bien se origina en las preferencias y la escasez en el momento de la acción y no en una condición objetiva propia de ese bien.

De esta forma, para un sujeto que actúa, un bien escaso vale por el servicio que le presta para el logro de sus fines, sobre la base de su propia escala de preferencias y prioridades. En nada se relaciona el valor que un sujeto atribuye a un bien con los costos que un productor debe pagar para obtenerlo. Más adelante, volveremos sobre este tema. 

Por el momento, podemos dar aquí dar un salto conceptual.  En una sociedad contractual, los intercambios de bienes se dan sobre la base del acuerdo mutuo.  Es decir, Juan intercambia un bien que tiene (pesos) por un bien que necesita (media docena de huevos).  

El intercambio voluntario comercial y la división del trabajo posibilitan el desarrollo de cualquier sociedad: para satisfacer sus fines, el hombre se procura medios intercambiando bienes que le pertenecen por bienes que necesita.  La relación entre el bien entregado y el bien obtenido se llama precio.

Nos topamos aquí, con una de las leyes más famosas de la economía: oferta y demanda. Cuando el precio de un bien que necesitamos (media docena de huevos) es muy alto en términos del bien que entregamos a cambio (pesos), adquirimos una determinada cantidad.  Sin embargo, cuando dicho precio es menor, adquirimos una cantidad mayor.  

Es decir, a mayor precio menor demanda y a menor precio mayor demanda.  Por el lado de la oferta, evidentemente quien vende pondrá a disposición del mercado una mayor cantidad de bienes cuanto mayor sea su precio y una menor cantidad cuando menor sea su precio. Es decir, a mayor precio mayor oferta y a menor precio menor oferta.
     
Sin embargo, debemos ser cuidadosos en este punto y no confundir las variables en juego.  Cuando es la demanda de un bien la que aumenta, es porque existe una mayor cantidad de gente que desea ese bien. Esto desata una puja entre compradores. No podemos saber cuánto estarán dispuestos a pagar.

Lo que sí sabemos es que lo que estén dispuestos a pagar dependerá de sus propias escalas de preferencias y al valor atribuido a lo que deban a renunciar con tal de adquirir ese bien. Así, si la oferta es constante, evidentemente el precio del bien aumentará.  Por lo tanto, a mayor demanda de un bien, dado un stock constante, los precios subirán y a menor demanda, los precios bajarán.  ¿Quién no ha experimentado un aumento del precio de las velas cuando se corta la luz? 

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A mayor demanda de un bien, dado un stock constante, los precios subirán y a menor demanda, los precios bajarán.
A mayor demanda de un bien, dado un stock constante, los precios subirán y a menor demanda, los precios bajarán.

Por el lado de la oferta, un incremento de las cantidades puestas en el mercado desatará una puja entre vendedores que ofertarán cada vez menores precios para poder vender.  Nuevamente, no sabemos cuánto descuento hará cada vendedor. Lo que sí podemos saber es que bajarán el precio hasta el límite en que valoren más retener el bien, que aquello que reciben en intercambio.

Es decir, a mayor oferta de un bien (abundancia), dada una demanda constante, los precios bajarán y a menor oferta (escasez), los precios subirán. Pensemos, por ejemplo, en que el precio de alquilar un departamento será mayor allí donde haya pocas unidades disponibles y menor a medida que se agreguen más unidades habitacionales (asumiendo, desde luego, que la demanda es fija).

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un comprador debe conseguir un vendedor que tenga lo que él necesita y que éste, a su vez, necesite lo que él tiene.
un comprador debe conseguir un vendedor que tenga lo que él necesita y que éste, a su vez, necesite lo que él tiene.

Los intercambios directos (trueque) implican que un comprador debe conseguir un vendedor que tenga lo que él necesita y que éste, a su vez, necesite lo que él tiene. Para superar este problema, a medida que el comercio se perfeccionó, surgieron bienes que se intercambiaban no para usarlos directamente sino para ser, a su vez, intercambiados por otros bienes:  surgió lo que se conoce como “bien de intercambio”.  Este bien evidentemente debe ser “económico”.

Es decir, no podría ser aquello que abunda puesto que, en ese caso, carecería totalmente de valor. Pero esto no es todo.  El bien de intercambio debe existir en el mercado con anterioridad a que se lo use en esa función y es precisamente por tal motivo, que compradores y vendedores pueden elegirlo para usarlo como tal.  

En la medida que dicho bien únicamente se utilice para intercambio y carezca de utilidad propia para otros fines, nos encontraremos con lo que habitualmente entendemos por dinero o moneda (especias, sal, cacao, oro, plata, dólares o pesos).  

Lo explicado en el párrafo anterior es de vital importancia para comprender el fenómeno que nos ocupa: el bien de intercambio es aquel que resulta elegido por la gente para ese fin: necesariamente debe tener demanda.  Moneda es lo que la gente elige que sea y no lo que el Estado impone que es.  

Por lo tanto, como todo bien, el bien de intercambio llamado moneda o dinero tiene su propia oferta y demanda. Pensemos, por ejemplo, en términos de oro: existe una determinada cantidad oro en el mercado y se demanda ese oro para intercambiarlo por otros bienes. Dicho intercambio puede ser en el presente o en el futuro. Y esto último implica que el oro puede atesorarse para usarlo en otro momento, sea por previsión de una necesidad o como resguardo ante la propia incertidumbre.

Por lo tanto, sea cual fuere el bien de intercambio, debe ser, para el usuario, una reserva de valor.

Nos encontramos ahora en condiciones de desmontar una de las más grandes falacias que ha existido en la historia del pensamiento económico: en un intercambio no hay igualdad de valores. Ello es así por cuanto el valor que asigna el comprador a su bien de intercambio (pesos) debe ser menor que el valor que le asigna al bien que está comprando (media docena de huevos) y quien vende, debe valorar en más el bien de intercambio que ofrece el comprador (pesos) que aquel bien que está vendiendo (media docena de huevos).  

Si así no fuera, no existiría intercambio posible.  Es decir, Juan debe valorar en más media docena de huevos que los pesos que entrega y el almacenero debe valorar en más los pesos de Juan que la media docena de huevos que vende. Si Juan valorara en más los pesos que la media docena de huevos, elegiría quedarse con los pesos y no compraría los huevos.

Y he aquí otra de las grandes falacias que es preciso poner de manifiesto.  El precio que Juan está dispuesto a pagar por la media docena de huevos en nada se relaciona con el costo que tenga esa media docena de huevos para el almacenero.  Es el precio al cual el almacenero puede vender la media docena de huevos lo que condiciona los costos del productor de huevos y no a la inversa.

Si el almacenero ofrece los huevos a un precio que cubre bien sus costos y le permite un margen de rentabilidad, pero a ese precio Juan prefiere retener sus pesos en vez de entregarlos a cambio de los huevos, lo que ocurrirá es que simplemente a ese precio no habrá intercambio. Es el precio el que determina los costos y márgenes posibles, y no los costos y márgenes los que determinan los precios.

¿Y por qué esto es importante en el tema que nos ocupa? Porque el intercambio de un bien determinado (media docena de huevos) por un bien de intercambio (pesos) establece una relación entre ambos llamada precio.  El punto central es que en ese intercambio se establecen dos precios y no uno.  

Por un lado, tenemos el precio del bien expresado en dinero, esto es $ 100 la media docena de huevos; y por el otro lado, tenemos el poder adquisitivo de la unidad monetaria (pesos) expresado en términos del bien que compra (media docena de huevos): 0,06 huevo por cada peso.  Ambos son inseparables y, valga la ironía, son las dos caras de una misma moneda. En una sola transacción se establecen los dos precios. Uno es fácilmente visible. El otro, no. 
    
Recapitulando: si a mayor oferta (abundancia) de un bien menor es su precio, cuanto mayor sea la oferta de dinero menor será el precio (poder de compra) de la unidad monetaria. Y si a menor demanda de un bien, menor es su precio, cuanto menor sea la demanda de dinero menor será el poder de compra de la unidad monetaria.

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oferta y demanda
Si a mayor oferta (abundancia) de un bien menor es su precio, cuanto mayor sea la oferta de dinero menor será el precio (poder de compra) de la unidad monetaria. Y si a menor demanda de un bien, menor es su precio, cuanto menor sea la demanda de dinero menor será el poder de compra de la unidad monetaria.

Es decir, todo aquello que incremente la oferta de dinero, llámese emisión de base monetaria presente (maquinita), emisión de base monetaria en un futuro inmediato (intereses de Leliqs), o expansión del crédito bancario, tenderá a reducir el poder de compra de ese dinero (peso). Si hay más pesos en el mercado, cada peso compra una menor cantidad de bienes.  Desde luego, la contracara de la reducción del poder de compra del dinero es un incremento en el precio de los bienes.  

Por otro lado, la demanda que tenga el dinero (pesos) también juega un rol fundamental: si la gente no desea retener pesos y prefiere utilizarlos en vez de atesorarlos, evidentemente y como todo bien cuya demanda cae, bajará su precio (poder de compra). Dado que la demanda de dinero es la contracara de la oferta de los bienes, cuando la gente usa rápido los pesos para comprar cosas en vez de atesorarlos, lo que se verifica es una caída en la demanda de dinero y un incremento en la demanda de los bienes. ¿Y qué pasa cuando se incrementa la demanda de un bien? Naturalmente, sube su precio.

En la oferta y la demanda de dinero no podemos saber exactamente qué fuerza prevalecerá y hasta qué punto y en qué medida una contrarrestará a la otra. Lo que sí podemos afirmar es que la inflación es, siempre y en todo lugar, un fenómeno monetario.