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EL DELIRIO HIGIENISTA, SEGÚN HENRI-LÉVY

"Los virus no piensan, son ciegos, no aparecen para transmitir mensajes"

Lun, 20/07/2020 - 3:14pm
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Por Urgente24

El filósofo francés Bernard Henri-Lévy acaba de publicar un nuevo libro sobre la pandemia que transcurrimos. “Los virus no piensan; los virus son ciegos; los virus no aparecen para contarles historias a los humanos o transmitir mensajes de sus malos pastores. Y, en consecuencia, no hay ningún buen uso, ninguna lección social ni ningún juicio final que quepa esperar de una pandemia”, escribió. En entrevista con el diario El Español, advierte que "el distanciamiento social es el enemigo absoluto de todos los demócratas. Y ahora que lo ponemos en práctica, en lugar de tacharlo de excepcional, lo asumimos como algo noble y normal."

Un filósofo en pandemia. /Foto:LUCAS BARIOULET / AFP
Un filósofo en pandemia. /Foto:LUCAS BARIOULET / AFP
Un filósofo en pandemia. /Foto:LUCAS BARIOULET / AFP
Contenido

El filósofo francés Bernard Henri-Lévy acaba de publicar en España su nuevo libro titulado "Este virus que nos vuelve locos", escrito en medio de la pandemia del coronavirus. La "epidemia del miedo", advierte el filósofo, es tan peligrosa como el propio virus. ¿

¿Qué tiene de particular el COVID-19 que nos ha arrojado al borde de la "locura"?, se pregunta el autor.

Por qué esta pandemia y no otras, como la gripe española, la de Hong Kong, la asiática. Todas más letales que el COVID-19 pero "ninguna nos volvió tan locos como esta". ¿Cómo se explica? En torno a este interrogante gira el texto de Henri-Lévy.

"Antes de la llegada del coronavirus, la humanidad ha vivido pandemias más letales, pero, hasta ahora, nunca se había confinado a escala global ni había dado pie a tanta retórica obsesiva", explica la descripción que hace del tratado su editorial La Esfera de los Libros.

El autor denuncia los discursos que buscan hacerle decir cosas al virus, a los que considera parte de la visión religiosa del virus, que es la peor religiosidad por ser la "religiosidad profana".

“Los virus no piensan; los virus son ciegos; los virus no aparecen para contarles historias a los humanos o transmitir mensajes de sus malos pastores. Y, en consecuencia, no hay ningún buen uso, ninguna lección social ni ningún juicio final que quepa esperar de una pandemia”, escribe Henri-Lévy.

Según la descripción de su editorial, "Lévy no aborda aquí (N de la R: en este libro) lo que el virus ha «dicho», sino lo que el mundo le ha hecho decir. No le interesan las «lecciones» que hay que extraer de la pandemia, sino el delirio interpretativo de cada uno como augur del «mundo de después» en un momento en que está solo consigo mismo. Un «mundo de después» secuestrado por dos fuerzas. Por un lado, los «rentistas de la muerte» y los tiranos persuasivos que aprovecharán esta emergencia sanitaria y el delirio higienista para ahogar a sus pueblos o expandir su imperio. Y, por otro, los 'declinistas', los que optan por el decrecimiento, los 'colapsólogos' y otros adalides de la penitencia, que disfrazan su egoísmo de autosacrificio y, so pretexto de que nada debe «volver a ser como antes», pasan sin pena alguna el duelo por las mejores virtudes de la civilización occidental."

En este contexto, el autor ha brindado una interesante entrevista al diario El Español, del cual también es columnista.

"Esta epidemia, la nuestra, no carecía de precedentes. Sin embargo, la hemos bañado continuamente en expresiones como 'jamás había ocurrido'. Y no era cierto. Era falso. Era una mentira que contribuía a sembrar el pánico", afirma el autor en la entrevista que le realizó Daniel Ramírez.

Henri-Lévy no niega la peligrosidad del COVID-19, sin embargo apunta que el pánico que se ha generado a su alrededor lo hace aún más nocivo.

En cuanto la disyuntiva salvar la vida versus salvar la economía, el filósofo cree que es tonto enmarcar el debate en esos términos "porque la economía también es la vida. Porque el desempleo masivo también pone en riesgo la vida. Porque confinando a la gente en su casa, con su diabetes, su cáncer, su alto nivel de colesterol y su creciente locura, también la estábamos poniendo en peligro."

Las observaciones más sagaces de la entrevista el autor las hace cuando habla sobre las medidas de distanciamiento social a las que nos estamos acostumbrando y los riesgos secundarios que traen aparejadas: 

"Imagine que convertimos la mascarilla en costumbre. Se vería atacada la ética del rostro que tanto defendía Emmanuel Lévinas -asumir en nosotros el destino del otro-. Imagine que realmente dejamos de estrecharnos la mano, un verdadero gesto de solidaridad y franqueza que desaparecería. Nos saludaríamos, entonces, como en el antiguo régimen: los débiles bajando la cabeza, los fuertes con la cabeza en alto. O qué decir de esa expresión tan sucia: 'Distanciamiento social'. He luchado contra eso durante décadas. El distanciamiento social es el enemigo absoluto de todos los demócratas. Y ahora que lo ponemos en práctica, en lugar de tacharlo de excepcional, lo asumimos como algo noble y normal."

El autor también se refiere al sometimiento de los líderes de los gobiernos a los médicos y a los científicos: 

"Conocemos esta situación desde El Político, de Platón. Los doctores son doctores. Tienen la tentación de gobernar las ciudades. Poseen algunas cualidades para ello. Pero Sócrates, a través de un diálogo, llegó a la conclusión de que no poseen todas las que son necesarias y que, por eso, deben dejar paso a los guardias de la ciudad. Durante la pandemia, hemos hecho lo contrario. Hemos colocado a la ciencia en la cúspide. No hay ningún gobierno democrático que no haya estado a punto de cerrar el Parlamento para entregar todo el poder a los médicos."

En una columna reciente en El Español, el filósofo escribía:

"Y luego también tenemos otra bobada: la idea de que el virus sea inteligente; que tenga un mensaje para todos nosotros, y que este virus en particular, el coronavirus o, dicho de otra manera, este virus coronado, este rey de los virus, se vea investido, como si presenciáramos un truco de la historia hegeliana, con un poco del Espíritu del mundo.

¡Como si un virus pensara! ¡Como si un virus supiera algo! ¡Como si un virus viviera! Georges Canguilhem, director de la Escuela Francesa de Epistemología, decía la única cosa que creo que vale la pena saber de los virus: que, a diferencia de las bacterias, que siguen siendo un ser vivo, el virus no está ni vivo ni muerto y no es, la mayoría de las veces, más que la radicalización y la metáfora del ser-para-la-muerte..."

Y en otra de sus columnas en el diario:

"Observo (...) el llamamiento a abandonar el consumismo que han lanzado desde el mundo del cine las caras e imagen de las marcas más consumidas del mundo. O el puñetazo sobre la mesa de Thomas Piketty que aboga, en Libération, por una 'reducción gradual y sostenible' del 'transporte aéreo' y del 'comercio internacional no esencial'. 

Veo el posible efecto que pueden tener estas medidas en las emisiones de CO2: el ligero retraso con el que se extenderá el próximo caso de transmisión por carne de pangolín en mal estado. Pero ¿qué pasa con los millones de trabajadores del sector textil de Bangladés que mueren de hambre por esta reducción duradera del 'comercio innecesario'? ¿Qué será de los algodoneros indios a los que Trump dirá -aunque esta vez con el apoyo de esa izquierda tan frugal- : '¡América primero! La exportación de vuestra riqueza presenta deficiencias en el transporte!'?

(...) Y a los migrantes que, simplemente, buscan su derecho al asilo, ¿qué les diremos?: 'Tiene usted una balanza ecológica negativa, sus viajes de larga distancia son un crimen contra el planeta'. ¿Eso les diremos?

Para eso, sería más honesto llegar hasta el fondo del asunto y decir que hay demasiada gente en este mundo. O, como decía Claude Lévi-Strauss en sus últimos textos, que, quizá, a fin de cuentas, el virus es el ser humano. Cuidado, la izquierda se está volviendo loca (y malthusiana)."