La ciencia continúa con sus fuertes avances sumado a los avances tecnológicos. A partir de ahí, un estudio de OPSA sobre Longevidad, Rejuvenecimiento e Inteligencia Artificial (IA) reveló que la misma ciencia aumentará la esperanza de vida durante los próximos 30 años.
AVANCES
¿Vivir 150 años?: Rejuvenecimiento, Inteligencia Artificial y la inmortalidad digital
Un estudio de OPSA sobre Longevidad, Rejuvenecimiento e Inteligencia Artificial (IA) reveló que la ciencia aumentará la esperanza de vida.
Lo cierto es que los progresos biotecnológicos plantean la posibilidad de extender sustancialmente la vida humana, pero existe escasa evidencia sobre la disposición social a aceptar estas intervenciones. El objetivo de este estudio fue describir las actitudes hacia la extensión de la vida, el rejuvenecimiento biológico y distintas formas hipotéticas de continuidad vital y la inmortalidad digital.
¿Cuáles son los resultados de la encuesta?
La encuesta se realizó de manera transversal online, obteniendo una muestra de 1.851 casos a la que se le propuso completar un cuestionario autoadministrado. El cuestionario combinó 12 bloques temáticos con preguntas sobre longevidad, rejuvenecimiento, vida indefinida e inteligencia artificial; la Escala de Positividad de Caprara; una medida de tres ítems sobre preocupación por la muerte y dos preguntas abiertas codificadas temáticamente. Los resultados fueron ponderados conjuntamente por género y edad de acuerdo con proyecciones oficiales de población.
Los resultados muestran una promesa creída y una aceptación condicional. El 89% consideró que la ciencia logrará aumentar significativamente la esperanza de vida durante los próximos treinta años. Sin embargo, el 83% prefirió vivir 90 años con salud plena antes que 150 con limitaciones físicas. La aceptación afirmativa varió según el escenario considerado: 52% aceptaría un tratamiento seguro de rejuvenecimiento, 27% una terapia que permitiera vivir indefinidamente y 15% una continuidad digital basada en la conservación de sus recuerdos y su forma de pensar.
El Índice de Apertura a la Longevidad (IAL) ubica a la población en 44,0 sobre 100
Para sintetizar estas decisiones se construyó el Índice de Apertura a la Longevidad (IAL), que ubica a la población en 44,0 sobre 100, con una brecha de género de casi diez puntos (varones 48,8; mujeres 39,3) y un máximo de apertura a la longevidad en el tramo de 30 a 49 años (48,4).
El IAL presentó asociaciones positivas (aunque modestas) con la preocupación por la muerte (r = 0,23) y con la positividad orientada hacia el futuro (r = 0,21), pero prácticamente nulas con la positividad referida al presente (r = 0,04). Estos resultados describen una apertura condicional: la extensión de la vida adquiere mayor aceptación cuando se asocia con salud, autonomía y continuidad de los vínculos afectivos. El patrón que atraviesa todo el estudio es que la longevidad se acepta más como medio -más salud, más lucidez, más tiempo con los afectos- que como fin en sí misma. Al ser un estudio exploratorio-descriptivo, estos hallazgos deben considerarse como hipótesis para orientar nuevos estudios sobre estás temáticas y requieren replicación en nuevas mediciones en otros grupos y culturas.
Objetivo General: recolectar evidencia empírica que sirva de base para conocer y comprender las actitudes en torno a la disposición de la población argentina frente a la posibilidad de extender sustancialmente la vida humana, e identificar las condiciones bajo las cuales esa posibilidad se acepta o se rechaza y sus grados respectivos de aceptación o rechazo.
Síntesis y conclusiones
Un tema central de época
La extensión radical de la vida dejó de ser ciencia ficción para convertirse en programa de investigación: la medicina regenerativa, la reprogramación celular y la inteligencia artificial aplicada a la biología concentran hoy inversiones enormes -de los laboratorios académicos a iniciativas privadas como Calico o Altos Labs- y un debate público que ya no discute si la vida puede alargarse, sino cuánto, cómo y para quiénes. Se sabe mucho de lo que la biotecnología promete y muy poco sobre lo que las sociedades están dispuestas a aceptar. Este estudio se inscribe en esa conversación: una primera medición nacional y sistemática de las actitudes frente a la longevidad, el rejuvenecimiento y la inmortalidad biológica y digital.
El estudio
Este informe ofrece una primera descripción exploratoria de las actitudes hacia la longevidad, el rejuvenecimiento y distintas formas hipotéticas de extensión de la vida entre las personas encuestadas. Los resultados muestran una expectativa elevada respecto del aporte futuro de la ciencia -el 89% cree que en los próximos 30 años logrará aumentar significativamente la esperanza de vida- junto a una disposición personal considerablemente más condicionada. Conviene distinguir cuatro objetos que el debate público suele mezclar y que aquí se midieron por separado: el aumento de la esperanza de vida, el rejuvenecimiento del cuerpo, la vida de 150 años y la vida indefinida.
El marco y los antecedentes
Los antecedentes directos son escasos. El antecedente directo más cercano es la encuesta del Pew Research Center en Estados Unidos (Living to 120 and Beyond, 2013), que encontró una mayoría reacia a los tratamientos de extensión radical y una duración de vida ideal en torno a los 90 años. Una década después y en otro hemisferio, los resultados aquí presentados convergen de manera notable: la edad deseada promedia 88,6 años y la preferencia por la calidad sobre la cantidad -90 años con salud perfecta antes que 150 con limitaciones, 83% contra 10%- reproduce el mismo patrón. Esta convergencia sugiere que no se trataría de un rasgo cultural local sino de una estructura actitudinal más profunda.
Como marco de lectura se recurre a la compresión de la morbilidad (Fries, 1980) como ideal sanitario: vivir mucho, enfermar poco; a la teoría del manejo del terror (Becker; Solomon, Greenberg y Pyszczynski) sobre el papel del miedo a la muerte en la vida psíquica, y a la perspectiva socioemocional de Carstensen sobre cómo el horizonte temporal reorganiza las prioridades de vida. Sobre ese fondo, este estudio contribuye a enriquecer el estado del arte con datos empíricos basados en una muestra de población hispanohablante.
Por qué una escala psicológica y un índice propio
Dos decisiones metodológicas definieron el diseño. La primera fue incluir la Escala de Positividad de Caprara y colaboradores (2012), un instrumento breve y validado internacionalmente, elegida por una hipótesis de fondo: que la apertura a la vida extendida no depende solo de creencias sobre la ciencia, sino de la relación subjetiva con la propia vida (quien la mira con más optimismo, ¿quiere más de ella?).
La segunda fue construir el Índice de Apertura a la Longevidad (IAL), un desarrollo original del equipo de OPSA que resume en una escala de 0 a 100 cuatro dimensiones emocionales-cognitivas. El índice posibilita el abordaje de un concepto difuso a través de su operacionalización en una variable medible, abriendo la posibilidad de realizar comparaciones entre poblaciones diversas. Partimos de una línea de base de 44 puntos sobre la cual las eventuales mediciones y réplicas futuras podrán compararse. No obstante, resulta importante señalar que en esta primera medición el IAL es un índice exploratorio: su composición y sus análisis de sensibilidad están documentados junto al gráfico, pero su validez deberá evaluarse en nuevas muestras antes de utilizarlo como indicador comparativo consolidado.
La prioridad: calidad antes que cantidad
El hallazgo más consistente es la prioridad otorgada a la calidad de vida. El 83% prefiere vivir 90 años con salud perfecta antes que 150 con limitaciones físicas, y solo el 4% elige “vivir muchos años” como prioridad aislada. El 67% prefiere vivir hasta una edad determinada y el 17% indefinidamente; entre quienes eligen una edad, la deseada promedia 88,6 años. Las respuestas abiertas completan el cuadro: la vida larga “solo tiene sentido si” hay salud (35%), disfrute (25%) y vínculos (17%). La extensión de la vida resulta atractiva, sobre todo, cuando se asocia con salud, autonomía y lucidez.
No todo es lo mismo: el tipo de intervención importa
Un 52% aceptaría un tratamiento seguro que devolviera o conservara la condición física de los 30 años, y otro 35% lo consideraría. Sin embargo, frente a la posibilidad de vida indefinida predomina el rechazo sobre la aceptación (43% contra 27%) en un contexto de elevada incertidumbre (30% no sabe). La conservación digital de los recuerdos y la forma de pensar genera la mayor resistencia: 62% la rechaza y 15% la acepta. El conjunto de respuestas sugiere que el rejuvenecimiento despierta mucha más apertura que la vida sin límite o la continuidad digital.
La centralidad de los vínculos
El 54% solo aceptaría un tratamiento para vivir mucho más si también pudieran recibirlo las personas que ama, y apenas el 9% lo aceptaría si fuera solo para sí. El 70% señala que lo más difícil de sobrevivir a los demás sería ver morir a sus seres queridos. Y el mensaje a la humanidad de 2126 casi no menciona la tecnología (5%): pide cuidar el planeta, disfrutar el presente y ser mejores personas. Lo ambiental no aparece como veto a la vida propia (la sobrepoblación reúne solo el 3% de los motivos de rechazo) pero encabeza lo que se le pide al futuro colectivo. La longevidad imaginada no es un proyecto puramente individual: su valor depende de poder compartirla.
Las asociaciones psicológicas, en clave exploratoria
La preocupación por la muerte se asocia de manera positiva con el IAL (r = 0,23), al igual que la positividad orientada al futuro (r = 0,21); la positividad referida al presente prácticamente no se relaciona con el índice (r = 0,04) y la escala completa queda en un nivel intermedio (r = 0,13). Se trata de asociaciones bivariadas sobre datos transversales: no permiten identificar causas ni «motores» psicológicos, pero dejan planteadas dos hipótesis para los próximos análisis multivariados: (1) que la apertura a la longevidad está más asociada al temor a la muerte que al amor por la vida presente; (2) que la apertura a la longevidad queda más asociada a la esperanza que a la satisfacción presente (factor Optimismo). Las razones declaradas, por su parte, hablan de disfrute y proyectos (71%) y casi nunca del temor a la muerte (8%): la distancia entre lo que se declara y lo que covaría es, en sí misma, un resultado.
Quiénes más, quiénes menos
Descriptivamente, los varones muestran mayor apertura que las mujeres en varios indicadores (IAL de 48,8 contra 39,3; sentimiento ante los 150 años de 6,2 contra 5,2 sobre 10), y el grupo de 30 a 49 años alcanza el IAL más alto. Los menores de 30 son los más escépticos frente a la promesa científica y los más cerrados a la continuidad digital. La apertura a la longevidad no sigue el calendario biográfico: no crece a medida que la muerte se acerca. Hace pico entre los 30 y los 49 años (48,4) y desciende después —44,5 entre los 50 y 60, y 41,4 entre los mayores de 60—, justamente en el tramo donde la satisfacción con el presente es más alta. Tampoco responde a un motivo único: entre los más jóvenes acompaña al temor a la muerte; entre los mayores, a la esperanza en el futuro. Y lo que la frena rara vez es el miedo: para el 51% de quienes rechazan la vida indefinida, la muerte simplemente forma parte de la vida.
El plano colectivo: acceso y regulación
Cuando la mirada pasa del yo a la sociedad predomina una expectativa igualitaria: el 40% considera que todas las personas deberían acceder por igual y el 30% priorizaría a quienes estuvieran enfermos; el 48% espera que el Estado garantice el acceso a toda la población y otro 27%, que regule su uso y su precio. Por lo tanto, la posibilidad de extender la vida se representa, no solo como una cuestión biomédica sino también como un problema potencial de acceso, regulación y distribución. El Estado es señalado como garante, con una demanda que crece con la edad; y los temores sociales -la sobrepoblación, el colapso de las jubilaciones, la desigualdad- pesan más que los personales. La longevidad y los tratamientos de rejuvenecimiento no se perciben solo como una proeza biomédica, sino también como un gran problema de justicia distributiva.
El límite humanista
El estudio termina donde empezó la filosofía: en el sentido o significado de la vida. La condición más citada para aceptar la inmortalidad es compartirla (54% solo la aceptaría si también pudieran recibirla las personas que ama); lo que más pesaría de sobrevivir a los demás es ver morir a los que se quiere (70%); y el mensaje a la humanidad de 2126 casi no menciona la tecnología (5%): pide cuidar el planeta, disfrutar el presente y ser mejores personas. Frente a la promesa de la vida sin fin, la respuesta mayoritaria es un humanismo condicional: más vida, sí, pero con salud, con otros y con sentido.
Lo que sigue
Este informe es una línea de base, no un cierre. El instrumento -cuestionario estandarizado, escala psicológica validada internacionalmente e índice sintético replicable- quedó diseñado para viajar: las mismas preguntas pueden formularse en cualquier país y el IAL permitirá comparar la apertura a la longevidad y el rejuvenecimiento entre culturas, religiones y sistemas de bienestar muy distintos. La agenda próxima incluye el seguimiento por olas -¿la apertura a la longevidad crece a medida que la promesa científica se vuelve noticia?- y la réplica internacional comparada, para la que este estudio ofrece la prueba de concepto: el tema es medible, las hipótesis son falsables y los primeros hallazgos -la aceptación condicional, el motor del miedo, la brecha de género, la demanda igualitaria- son lo bastante nítidos como para motivar a emprender esa escala.
Los resultados describen una apertura condicional: más vida resulta deseable cuando significa más salud, autonomía, proyectos y tiempo compartido, y pierde atractivo cuando implica limitaciones, soledad, desigualdad o duración indefinida. El IAL constituye una propuesta prometedora para seguir estas actitudes en el tiempo y, eventualmente, para compararlas entre países.
Aunque su construcción y su validez deberán documentarse y evaluarse en nuevas mediciones antes de usarlo como indicador comparativo consolidado. La agenda que se abre incluye el seguimiento por olas, réplicas comparativas y el análisis a través de modelos multivariados que controlen género, edad, salud y religiosidad.
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En pocas palabras
Un estudio de OPSA sobre Longevidad, Rejuvenecimiento e Inteligencia Artificial (IA) reveló que la ciencia aumentará la esperanza de vida.













