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SU SEÑORÍA, EL POLLO

El pollo: producción récord, granjas intensivas y la revolución noruega por el bienestar animal

El pollo es la proteína favorita del mundo: Producción récord, granjas intensivas y el modelo de Noruega para mejorar el bienestar animal y el humano

En pocas palabras

  • Producción récord: El pollo se consolidó como la proteína más consumida, alcanzando 76.200 millones de aves en 2023.
  • Genética y bienestar: Se debate el impacto de razas de crecimiento rápido como Ross 308 versus alternativas más lentas como Hubbard.
  • Alternativa noruega: El país ensaya modelos de crianza más lentos para mejorar el bienestar animal, enfrentando mayores costos.
Resumen generado por Thinkindot AI

La producción mundial de pollo pasó de 48.300 millones de aves en 2006 a 76.200 millones en 2023. El crecimiento convirtió al ave en la proteína cárnica de mayor expansión, pero también profundizó el debate sobre producción industrial, bienestar animal y eficiencia. Noruega ensaya una alternativa: reemplazar razas de crecimiento rápido como Ross 308 por Hubbard y Rustic Gold, según F. Times.

El pollo es la proteína cárnica elegida por los consumidores del mundo. ¿A qué se debe? ¿Qué debates abre tal realidad? Te lo contamos en esta nota basada en estudio del FT.

El pollo es la proteína cárnica elegida por los consumidores del mundo. ¿A qué se debe? ¿Qué debates abre tal realidad? Te lo contamos en esta nota basada en estudio del FT.

¿Por qué el pollo se convirtió en la proteína más consumida del mundo?

La carne de pollo dejó de ser una comida relativamente costosa para convertirse en una de las proteínas más accesibles y consumidas del planeta. La producción mundial pasó de 48.300 millones de aves en 2006 a 76.200 millones en 2023, un salto que modificó desde los sistemas agrícolas hasta los hábitos alimentarios de millones de personas. Pero detrás de ese crecimiento aparece una contradicción cada vez más difícil de ocultar: cuanto más barato, rápido y eficiente es producir pollo, mayor es el debate sobre el bienestar de los animales criados en sistemas intensivos.

La proteína barata que todavía no encontró su techo

El auge del pollo no parece haber llegado a su límite. Nan-Dirk Mulder, especialista mundial en aves de corral de Rabobank, sostiene que resulta difícil encontrar mercados donde el consumo esté disminuyendo. Glynn Tonsor, economista agrícola de la Universidad Estatal de Kansas, coincide en que todavía existe un amplio margen para que aumente la demanda.

La explicación combina varios factores: el precio relativamente bajo frente a otras carnes, el crecimiento de las dietas ricas en proteínas, la expansión de las cadenas de comida rápida y la capacidad del pollo para integrarse en prácticamente cualquier tradición culinaria y religiosa. En los mercados emergentes, además, el crecimiento de la producción se relaciona con objetivos de seguridad alimentaria y generación de empleo.

Estados Unidos ofrece una fotografía del fenómeno. El pollo se consolidó como una de las carnes más accesibles y su consumo continúa creciendo incluso mientras pierde terreno parte del consumo de carne roja. En el extremo más visible de esa transformación está el pollo asado de Costco, convertido en un producto de culto por su precio de US$4,99.

La escala industrial detrás de ese precio es enorme. La planta de Lincoln Premium Poultry, en Nebraska, procesa aproximadamente dos millones de aves por semana y forma parte de un sistema de integración vertical que permite a Costco controlar buena parte de la cadena, desde la producción hasta la distribución. La automatización también permite reducir la cantidad de trabajadores necesarios en una industria históricamente caracterizada por tareas físicas exigentes.

La ecuación económica explica buena parte del éxito del pollo. Los avances genéticos permitieron obtener aves que alcanzan mucho más peso en menos tiempo y convierten el alimento en carne con una eficiencia muy superior a la de las aves de décadas atrás. Como el alimento representa aproximadamente dos tercios del costo de producción, esa eficiencia se trasladó directamente al precio final.

Pero allí aparece el problema que atraviesa toda la industria: la misma selección genética que hizo posible producir enormes cantidades de carne barata también generó interrogantes sobre la salud de los animales.

Ross 308: la genética detrás del pollo industrial

Una de las protagonistas de esta transformación es la Ross 308, una estirpe desarrollada para crecer rápidamente y alcanzar en pocas semanas el peso requerido por la industria. Su eficiencia, uniformidad y capacidad para transformar alimento en carne contribuyeron a convertirla en una de las aves de engorde más utilizadas del mundo.

En Noruega, por ejemplo, los Ross 308 alcanzan habitualmente el peso de faena entre los 29 y los 35 días. Las alternativas de crecimiento más lento permanecen considerablemente más tiempo en las granjas. Hubbard ronda los 46 días y Rustic Gold puede requerir aún más tiempo, según los sistemas de producción utilizados.

El problema no reside únicamente en la velocidad. Las organizaciones defensoras del bienestar animal cuestionan que una selección genética centrada durante décadas en el crecimiento y el desarrollo muscular pueda producir animales con mayores dificultades locomotoras y problemas cardiovasculares o metabólicos.

La discusión se remonta a décadas de selección genética destinada a maximizar el rendimiento. El resultado fue un pollo capaz de producir grandes cantidades de carne utilizando relativamente poco alimento, pero que también expuso a la industria a problemas vinculados con el corazón, las patas, la ascitis y la capacidad reproductiva.

La paradoja es evidente: el pollo se volvió barato precisamente porque se volvió extraordinariamente eficiente. Y modificar esa ecuación tiene consecuencias.

Noruega prueba otra velocidad para criar pollos

Noruega se convirtió en uno de los principales laboratorios de esa transformación. El país comenzó a reemplazar el Ross 308 por híbridos de crecimiento más lento, entre ellos Hubbard y Rustic Gold.

Norsk Kylling inició su transición hacia Hubbard en 2018. La empresa sostiene que la nueva genética produjo mejoras significativas en indicadores de salud y bienestar, entre ellas menor mortalidad y una mayor actividad de las aves. Según sus propios datos, el sistema permitió producir la misma cantidad de carne utilizando menos aves.

La experiencia también alcanzó a Nortura, el mayor productor noruego de pollo. Su nueva apuesta es Rustic Gold, una híbrida de crecimiento más lento cuyos animales permanecen entre 44 y 48 días en producción y alcanzan aproximadamente entre 1.600 y 1.650 gramos de peso de faena. La empresa prevé completar progresivamente el reemplazo del Ross 308 en sus líneas.

La transición no es simplemente genética. Un pollo que crece más lentamente necesita permanecer más tiempo en la granja, consume más alimento y requiere más espacio. Eso incrementa los costos y puede elevar también la huella ambiental por kilogramo producido.

Nortura reconoce explícitamente esa tensión: la empresa señala que las aves de crecimiento más lento necesitan más alimento y espacio y que la transición debe realizarse gradualmente para proteger tanto la economía del productor como el impacto climático. Su objetivo es que toda la producción de pollo de la marca PRIOR sea de crecimiento más lento durante 2027.

Para los productores que ya hicieron el cambio, sin embargo, la experiencia puede resultar diferente a la prevista. Algunos agricultores noruegos aseguran que las aves son más activas, presentan menos problemas sanitarios y pueden generar una rentabilidad comparable o incluso superior cuando el mercado reconoce el producto mediante un precio mayor.

El modelo nórdico tiene una ventaja difícil de copiar

La experiencia escandinava plantea una pregunta incómoda: ¿puede un país que produce pollo barato a gran escala abandonar las razas de crecimiento rápido sin trasladar todo el costo al consumidor?

Noruega posee condiciones particulares. Su sistema agrícola está protegido por elevados aranceles a las importaciones y una fuerte regulación del mercado interno. Eso reduce la presión de competir directamente con pollo extranjero producido a menores costos. La propia industria noruega reconoce que esa protección facilita la transición. El caso, por lo tanto, no puede trasladarse mecánicamente a cualquier mercado.

La discusión tiene además una dimensión ambiental. Las aves de crecimiento lento viven más tiempo y consumen más alimento. Desde la perspectiva de la eficiencia productiva, eso puede significar una mayor utilización de recursos por unidad de carne. El Consejo Internacional de Avicultura sostiene que las aves de crecimiento más lento pueden tener un impacto ambiental superior, una objeción que introduce un nuevo elemento en el debate: mejor bienestar animal no necesariamente significa menor huella ambiental.

Los productores quedan así atrapados entre dos exigencias: producir suficiente carne a precios accesibles y responder a consumidores que demandan mejores condiciones para los animales.

La contradicción del pollo barato

La expansión mundial del pollo también está provocando conflictos territoriales. Más aves requieren más galpones, incubadoras, plantas de alimento, mataderos, camiones refrigerados y sistemas de tratamiento de residuos.

En Estados Unidos, la expansión de las granjas avícolas generó oposición comunitaria y controversias ambientales. La gripe aviar, además, mostró la vulnerabilidad de una industria extremadamente concentrada: un brote puede afectar simultáneamente a productores, mercados y cadenas de abastecimiento.

La paradoja queda expuesta en una frase que resume buena parte del conflicto: los consumidores pueden rechazar como ciudadanos determinadas formas de producción industrial y, al mismo tiempo, demandar como consumidores carne cada vez más barata.

El pollo representa esa contradicción mejor que ninguna otra proteína.

Su éxito se construyó sobre una combinación extraordinaria de genética, alimentación industrial, automatización, integración empresarial y economías de escala. Esa combinación permitió que una carne que durante buena parte del siglo XX no estaba al alcance de todos se transformara en un alimento cotidiano para miles de millones de personas.

Pero el próximo capítulo de esa historia ya no dependerá solamente de cuánto pollo pueda producir la industria. También dependerá de cuánto están dispuestos a pagar los consumidores por producirlo de otra manera.

Noruega está intentando responder esa pregunta antes que el resto. Su apuesta es reemplazar velocidad por salud y eficiencia extrema por un equilibrio diferente entre producción y bienestar. El resultado será observado por una industria que cada año cría alrededor de 76.000 millones de aves y que todavía espera que la demanda siga creciendo.

La pregunta, entonces, ya no es si el mundo quiere más pollo. La pregunta es qué precio económico, ambiental y animal está dispuesto a aceptar para conseguirlo.

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