El día de la jubilación es el más esperado en el imaginario de casi 13 millones de trabajadores registrados en el sistema previsional pero en no pocos casos, transcurrida la novedad del retiro, cambiar las rutinas de la vida activa a la pasiva hace perder la identidad, la pertenencia, y aparece el arrepentimiento por haber dejado de ir al trabajo.
EL ESPEJISMO DEL RETIRO
Soñó con la jubilación más de 30 años, y a los 3 meses quería volver al trabajo
La jubilación hace soñar que el retiro permitirá viajar, descansar, hacer vida social, pero no es fácil adaptarse a nuevas rutinas y muchos extrañan el trabajo.
El testimonio de Clara a Héctor Orozco, en "Reflexión que sana", podría repetirse por millares.
"Descubrí que durante 40 años mi trabajo no sólo ocupaba mi tiempo, también me decía quién era. La jubilación la imaginaba como viajar, dormir, tomar café sin mirar el reloj, ver a mis amigas", narra.
Y continúa: "Las primeras dos semanas fueron maravillosas, pero después empecé a levantarme sin saber para qué tenía que arreglarme, nadie esperaba que llegara, nadie llamaba para preguntarme algo".
Confiesa que por "primera vez tuve todo el tiempo del mundo pero no sabía qué hacer conmigo".
El trabajo constituye un ámbito de interacción social, donde se alterna con jefes, compañeros, clientes, proveedores, y en general requiere trasladarse por la calle y en transporte. Genera relaciones.
La jubilación y la interacción social
La escritora Gabriela Cerruti, fundadora de la movida "La revolución de las viejas" explica que "la interacción social es un índice de longevidad saludable, más fuerte que el resto. Más fuerte que el ejercicio físico, que la salud física".
Sostiene en ese sentido que "las personas que se mantienen bien en la longevidad son las que tienen efectivamente interacción social, de ahí surgió el tema de la receta social. Ya hay países donde los médicos recetan ir al teatro, al cine, a pasear; salir de la soledad y del aislamiento es algo que tenemos que trabajar como si fuera curarnos de algo", concluye.
Soledad y aislamiento social enferman
Desde una óptica médica, el psicólogo clínico Gabriel Russell Guzmán refuerza la idea: "La evidencia muestra que la soledad y el aislamiento social no solo pueden afectar nuestro bienestar emocional, sino que también se asocian con consecuencias para la salud física".
Agrega que "por eso, cuidar nuestros vínculos también forma parte del cuidado de nuestra salud. Conversar, sentirnos acompañados, mantener relaciones significativas y pedir apoyo cuando lo necesitamos puede ser mucho más importante de lo que imaginamos".
En ese caso, cuando hablamos de salud cardiovascular se la suele asociar a la alimentación, ejercicio, colesterol o presión arterial. "Pero hay otro factor que también importa: nuestras conexiones sociales", señala.
Y el trabajo lo cubre con creces.
Qué se extraña y qué no
Clara desgrana su propia experiencia del retiro en la cuenta de Instagram dedicada a "Historias de vida, relaciones y conversaciones que inspiran, enseñan y hacen pensar": "Cuando mi hija me preguntó si extrañaba el trabajo o sentirme necesaria, le respondí que lo que no extrañaba era levantarme a las 6 ni el tráfico, ni a mi jefe, pero sí sentir que alguien contaba conmigo".
"Durante 40 años soñé con no escuchar el despertador y, cuando finalmente dejó de sonar, descubrí cuánto silencio quedaba después", suspira.
El camino de la adaptación
Jubilarse no lo vive igual todo el mundo. La investigación sobre esta etapa muestra que la adaptación no depende simplemente de dejar de trabajar: importan factores como la salud, las relaciones sociales, recursos económicos y algo fundamental seguir teniendo propósito y actividades que den sentido a nuestros días, reflexiona el conductor Orozco.
Su entrevistada admite que intentó regresar al trabajo, pero desistió cuando su antiguo jefe le preguntó "si quería volver porque ama este trabajo o porque aún no sabe qué hacer con su nueva vida".
Así, empezó de a poco con nuevas rutinas. "Dos mañanas a la semana ayudando en una asociación, volví a caminar, me anoté en un curso que llevaba 20 años diciendo que algún día haría", alegó.
"Ahora sí soy feliz jubilada, porque entendí que jubilarme del trabajo no significaba jubilarme de mi vida", pone de relieve.
El cierre que le hace su interlocutor a su revelación de haber descubierto en tres meses que el tiempo que vivió todos esos años en el trabajo también le decía quién era, redondea el significado de esa experiencia que podría tomarse como representativa de muchas personas a las que les llega el momento de la jubilación.
"Durante años nos preguntan a qué nos dedicamos y sin darnos cuenta empezamos a responder como si nuestro trabajo fuera nuestra identidad, pero algún día el empleo termina, los hijos hacen su vida, las obligaciones cambian y entonces aparece una pregunta mucho más difícil: quién eres cuando ya no necesitas demostrar que eres útil", concluye.
Y pone el broche: "Descansar también es vivir, aprender también es vivir, empezar algo nuevo también es vivir, porque dejar de trabajar no significa dejar de tener propósito".











