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INFLUYENTE CLÉRIGO

Crimen de Thomas Becket en Canterbury cambió la historia de Inglaterra Medieval

El crimen brutal del arzobispo Thomas Becket dentro de la Catedral de Canterbury transformó para siempre la relación entre la Iglesia y la monarquía inglesa: de compañero de andanzas a enemigo íntimo del rey.

Thomas Becket fue un clérigo destacado de Inglaterra Medieval, que se convirtió en el arzobispo de Canterbury luego de varios años de juergas y de consejero ministerial del rey Enrique II, con quien años más tarde se enfrentaría hasta la muerte, y el cual, tras un atroz crimen, lo convertía en un mártir de la Iglesia Católica.

Nacido en Londres alrededor del año 1118 en una familia burguesa, Tomas Becket fue orientado hacia la carrera eclesiástica, formándose en la abadía de Merton y luego estudiando en la Universidad de Bolonia.

En 1154, el inglés de origen normando fue nombrado canciller por el nuevo rey de Inglaterra, Enrique II, y años más tarde, designado por el monarca como el arzobispo de Canterbury, el preludio de la ruptura de la lealtad, ya que no apoyaría las reformas legales del rey para limitar el poder de la iglesia.

Según el historiador y doctor en filosofía Giuseppe Tomàs Cabot, el clérigo, además de ser “excelente organizador de fiestas ”, era “buen cazador” y “amable con todo el mundo”, aspectos que lo convirtieron en un cortesano afable para el rey Enrique.

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Representación del siglo XIX en la que se muestra cómo una espada atraviesa la cabeza de Becket. | GENTILEZA LA VANGUARDIA

Representación del siglo XIX en la que se muestra cómo una espada atraviesa la cabeza de Becket. | GENTILEZA LA VANGUARDIA

Se sabe que Becket participaba activamente en las fiestas de la corte y que adoptó el estilo de vida suntuoso del monarca, a tal punto que en su etapa de canciller disfrutaba del esplendor cortesano: viajaba en carruajes costosos y usaba joyas glamorosas, según lo reportó William FitzStephen, secretario y colaborador cercano del propio cura, quien habló del vínculo de amigos que trascendía la formalidad:

Cuando su trabajo estaba terminado, el rey y él jugaban juntos, como niños de la misma edad, en la corte, en la iglesia, en asambleas y al cabalgar Cuando su trabajo estaba terminado, el rey y él jugaban juntos, como niños de la misma edad, en la corte, en la iglesia, en asambleas y al cabalgar

FitzStephen narró una histórica escena que demostraba que Thomas Becket, canciller de Enrique II, amigo íntimo y luego arzobispo de Canterbury, se había olvidado que los clérigos suelen hacer votos de pobreza, vivir en la austeridad y que deben ser caritativos con el prójimo.

"Una mañana de invierno cabalgaban juntos por las calles de Londres; desde la distancia, el rey vio a un anciano pobre que caminaba, vestido con ropa raída y fina; y dijo al canciller: ‘¡Mira! ¡Qué pobre, qué débil, qué escasamente vestido está este hombre! ¿No sería una gran limosna darle una capa gruesa y cálida?’

El canciller respondió: ‘Verdaderamente inmensa; y con tal alma y ojos como los tuyos, mi rey, deberías tenerla.’ Mientras tanto se acercaban al pobre; el rey se detuvo, y el canciller con él. El rey amablemente se dirigió al pobre y le preguntó si quería una buena capa. El pobre, sin saber quiénes eran, pensó que se trataba de una broma, no de algo serio. Entonces el rey mira al canciller: ‘Bien, tú harás esta gran limosna’; y colocando sus manos sobre la nueva y mejor capa, de color escarlata y gris, que llevaba puesta el canciller, trataba de arrebatársela, mientras éste procuraba retenerla. Se produjo un fuerte forcejeo ante la comitiva que los seguía, todos asombrados por la causa repentina del conflicto; nadie explicaba nada, pues ambos estaban concentrados en sus manos como si fueran a ceder. Al cabo de un rato, el canciller, con reticencia, dejó que el rey venciera, quitándose la capa con inclinación, para donarla al pobre. Entonces el rey narró la escena a sus compañeros, quienes ofrecieron sus capas y mantos al canciller. Cuando el anciano se fue, enriquecido más allá de lo esperado y feliz, agradecía a Dios.”

Thomas Becket y Enrique II, de compañeros de andanzas a archienemigos: un crimen que conmocionó a Inglaterra

Una vez de arzobispo, el ex consejero y amigo del rey, Thomas Becket, cambió radicalmente su comportamiento, volviéndose austero, devoto y defensor de la independencia de la iglesia.

De hecho, se opuso formalmente al rey Enrique II, en temas como la jurisdicción sobre el clero y quitar los derechos y privilegios a la iglesia, así como se pronunció contra la Constituciones de Clarendon (1164) que intentaban someter a los clérigos a tribunales reales.

Con las Constituciones de Clarendon, a Tomas se le pide firmar la Carta para limitar las prerrogativas de la Iglesia, pero se niega con contundencia, transformándose a acérrimo enemigo del rey. “En el nombre de dios omnipotente, no pondré mi sello”, dijo el arzobispo a través de una misiva.

Por su ferviente oposición a dichas reformas de Enrique, finalmente Becket fue exiliado a Francia durante varios largos años. Tras una tensa negociación, regresó a Inglaterra en 1170.

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La Catedral de Canterbury | IMAGEN A FINALES DEL SIGLO XIX

La Catedral de Canterbury | IMAGEN A FINALES DEL SIGLO XIX

Poco después de su regreso, cuatro caballeros de Enrique II interpretaron que el rey deseaba su muerte y lo asesinaron con brutalidad en las inmediaciones de la Catedral de Canterbury, que estaba bajo su arzobispado.

En ese sentido, el biógrafo y testigo presencial, Edward Grim, un moneje benedictino que estaba con el en la cátedral en el momento del asesinato, el 29 de diciembre de 1170, narró lo ocurrido con las palabras que habría dicho el arzobispo cuando fue abordado por los hombres que le dieron la muerte.

“¿Dónde está Thomas Becket, traidor del rey y del reino?”, habrían declarado los cuatro caballeros al irrumpir en la cátedral de Canterbury.

“Aquí estoy —no traidor del rey, sino sacerdote—, ¿por qué me buscáis?... Estoy preparado para morir por mi Señor, para que con mi sangre la Iglesia obtenga libertad y paz; pero en nombre del Dios Todopoderoso os prohíbo lastimar a mis hombres...”, habría lanzado el arzobispo Tomas Becket.

Según Grim, el monje benedictino que estaba cerca de él y resultó lastimado porque intentó protegerlo, una frase del propio Becket fue tomada como una arenga para el crimen por parte de los cuatro caballeros.

¿Qué miserables drones y traidores he nutrido y promovido en mi casa, que han permitido que un clérigo de baja condición trate con tal desprecio a su señor? ¿Qué miserables drones y traidores he nutrido y promovido en mi casa, que han permitido que un clérigo de baja condición trate con tal desprecio a su señor?

La crueldad del homicio de la arzobispo de Canterbury desató un repudio generalizado por parte de la toda la cristiandad medieval. Al instante, el arzobismo fue venerado como un mártir y su tumba en Canterbury pronto se convirtió en uno de los lugares de peregrinación más populares de Inglaterra.

El papa Alejandro ordenó a Enrique II hacer un acto de reparación espiritual y penitencia pública, bajo la amenaza de que si no lo hacía lo excomulgaría por haber sido indirectamente el verdugo del crimen de arzobispo de Canterbury, por maldecirlo públicamente, interpretado como una orden tácita por los cuatro caballeros, aunque claro, hay quienes sospechan que él los mandó a matar.

La expía culminante se llevó a cabo el 12 de julio de 1174, en Canterbury, en la cripta de la Catedral, donde Becket había sido asesinado y ya era venerado como mártir.

Descalzo y vestido de sayal, Enrique caminó por el pueblo hasta la Catedral. Allí se postró ante la tumba de Becket, llorando y rezando. Luego confesó públicamente su culpa y permitió ser flagelado por los curas y monjes presentes.

Según las crónicas de la época, recibió cinco azotes de cada uno de los 80 monjes presentes, como señal de expiación, y pasó la noche orando ante la tumba.

El cronista Roger de Hoveden relata:

“El rey... se despojó de sus vestiduras, se arrodilló ante la tumba de Becket y permitió que cada uno de los ochenta monjes presentes le golpeara con una vara... Luego pasó la noche entera en oración, sobre una piedra, con lágrimas”.

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