Uno de los aspectos más oscuros del fútbol son las barras que arruinan partidos muy prometedores. Eso ocurrió un 10 de septiembre de 2006, en el que un buen comienzo de Gimnasia y Esgrima en su encuentro con Boca Juniors quedó truncado por los aprietes triperos. Una jornada donde la pelota se manchó.
un partido con la pelota manchada
El día que los aprietes se adueñaron de un Gimnasia-Boca
Ese encuentro que debió ser lúdico escondía amenazas de la barra de Gimnasia. Los aprietes que influyeron un partido que nadie festejó.
Lamentable actitud del presidente tripero
El Torneo Apertura es uno de los campeonatos más esperados por el público argentino, pero la mancha oscura que impregnó al de 2006 todavía es indeleble. Boca visitaba a Gimnasia en su cancha por la sexta fecha del torneo y desembarcó con el pie izquierdo.
A los 29 minutos del primer tiempo, José María Calvo del club Xeneize le metió un empujón a Santiago Silva del equipo platense y el árbitro de aquella jornada, Daniel Giménez, no dudó en cobrar penal. El uruguayo convirtió y la primera mitad terminó con ventaja para el plantel de Pedro Troglio.
Pero durante el descanso, disconforme con el actuar del árbitro sobre Gimnasia (había amonestado a seis jugadores), el presidente del club Juan José Muñoz fue a increparlo al vestuario junto a un grupo de barrabravas. Por este bochorno, Giménez suspendió el segundo tiempo y, poco después, Muñoz terminó sancionado gravemente.
El partido se extendió por dos meses, pues el segundo tiempo se terminó jugando en noviembre (59 días desde la fecha original). Pero los jugadores que venían ganando no podían ir más lejos con sus goles: los barrabravas del club los tenían amenazados.
Los aprietes inclinaron la balanza hacia Boca
“Vayan para atrás”, les habían dicho los barras de Gimnasia a los jugadores de su propio club algunos días antes de la reanudación del partido. Los triperos tenían que dejarse ganar, de lo contrario, lisa y llanamente, estaban muertos.
¿Por que la barra amenazaba a sus propios jugadores? Boca peleaba codo a codo el título con Estudiantes, el clásico rival de Gimnasia, y les habían prometido perjudicar al León para siempre si perdían a propósito. Y en el segundo tiempo, que se dio finalmente el 8 de noviembre, se notó que el Lobo contenía sus mordidas.
Boca no demoró en darlo vuelta: tres minutos después de que sonara el silbato, Martín Palermo y Rodrigo Palacio habían metido un gol cada uno (Palermo de penal). Cerca del final, donde estaban claros los efectos de las amenazas sobre los triperos, Guillermo Marino hizo el tercero y Palacio selló con un doblete.
El conjunto de Alfio Basile, que se despedía para iniciar otro ciclo con la selección nacional, había convertido un 0-1 en 4-1 pero pocos festejaron. Los aprietes de los barras (y de un dirigente) le quitaron al fútbol lo más valioso que tiene: su impredecibilidad y su carácter lúdico y meritocrático.











