CIUDAD DE ROSARIO (La Capital) El mes de julio deja dos personajes políticos femeninos en pie. Cristina Fernández de Kirchner y Beatriz Sarlo de Filippelli. La primera desea y reprueba (es así) que se la mencione con el apellido de su marido. Rafael Filippelli, cineasta, intelectual, de ningún modo incide, con su mención, en la historia pública de su esposa. Ni aclara ni oscurece. Es una buena diferencia.
Cristina y Beatriz, dos mujeres en pugna (que comparten la agonía)
¿Qué tienen en común Cristina Fernández y Beatriz Sarlo? Nada, "excepto lo fundamental: conviven en el mismo sitio. El espacio audiovisual de Argentina. Existencialmente: comparten la agonía". Pero las diferencias son muchas e importantes. La mirada de Raúl Acosta.
Los discursos diarios de la presidente tienen los necesarios embates al enemigo, por los juegos electorales, y una resultante. El conceptuoso elogio a sus dotes de oradora. No se le conocen textos. Ni se le recuerdan argumentaciones más allá de la coyuntura. Ocasionales interlocutores dicen, respetuosamente, que le interesa la historia argentina.
De dónde sale la nutriente para el discurso de CFK. De dónde las argumentaciones para la mirada de Beatriz Sarlo. Se puede inferir que estas dos mujeres no tienen nada en común, excepto lo fundamental: conviven en el mismo sitio. El espacio audiovisual de Argentina. Existencialmente: comparten la agonía.
En una, en Beatriz Sarlo, la formación académica ha sido fundamental pero cuidado: las explosiones públicas de su generación la tienen como actora. Nacida en 1942, después de “laica y libre”, en 1957/58, todas las expresiones de la política activa le cupieron de uno y otro modo.
En la otra, en CFK, nacida en 1953, la mínima militancia universitaria y el título de abogada la deja, sobre 1975, casada y yéndose al sitio original de su esposo: Néstor Kirchner. No es el rigor del estudio de la sociología, la filosofía y las ciencias políticas su pergamino. Su antecedente es el cargo público, al que accede en 1989, con menos de 40 años. Su esposo había ganado a un cargo electivo en 1987.
Se puede inferir que CFK es parte de aquel libro de Beatriz (“El imperio de los sentimientos”, 1985). El relato como folletín. El siglo XX extendido al siglo XX.I El afianzamiento por la realidad imaginaria de la radiofonía. Entregas semanales, el triunfo del bien sobre el mal, las costumbres más fáciles de la época reflejadas. Se vuelve herramienta el lenguaje. Una instalación de la sociedad a través de la radionovela y su narrativa de cartón y miel. De la oralidad fantasiosa. Sigue el recurso en la primitiva televisión. Solo estalla en el ciber espacio
El lenguaje de Cristina, excepto algunos vocablos, no excede la gramática folletinesca. No es una oradora conceptuosa, ni de vuelo literario. Es, en el peronismo, una oradora inesperada. Recordemos: su esposo farfullaba. Muertos Evita y Perón el peronismo no tuvo un relator para su épica. Ante tanta muchacha de talón rasgado y pelo mal teñido una mujer de tacos altos y pelo cuidado impresiona. Es una oradora impresionante y esa es la definición. Impresiona. Su modo de descolgar datos y cifras (cualquiera sabe que no hay pudor ni pecado en los datos de un discurso, solo aprovechamiento del descuido de quien escucha) la acercan mas al número vivo que a la doctrina peronista.
Beatriz Sarlo es el otro lado del espejo. De meticuloso porte chanel y luciendo todas sus arrugas, pero cuidadosamente descontracturada , constituye precisamente eso. El otro lado del espejo. Tiene la estatura intelectual para ejercer el rigor de quien puede mirar desde fuera de la pista, pero sabe bailar la polca. CFK no sabría mirar desde fuera. Siempre “insíder”. Beatriz habla y sabe de qué va la cosa dentro una sociedad a la que le vigiló las pulgas desde 1970. Es el tábano que estaba esperando el noble caballo.
La contratara de CFK es necesaria. No hay medalla sin reverso. No es Elisa Carrió ni la Camaño ni la señora de Duhalde, ni la Legrand ni la Susana Giménez. Las mencionadas intentan una carga pública: contestatarias de la señora del poder. No pueden. Hay una titular para ésa cátedra. Es “la profe”. BS mide sus palabras, sabe qué dice y qué calla y, finalmente, se ha decidido. Participa de la coyuntura. No la observa ni la desmenuza mirando el ayer. Participa. Su último libro la posiciona, coyunturalmente, un paso delante de algunos colegas.
Beatriz Sarlo sabe que no derrotará a CFK y no lo intenta pero insiste. Para BS la señora CFK no es adalid de los derechos de género. No es la porta estandarte de la lucha por los D.H. y no es la ideóloga del pensamiento nacional que surge del peronismo que vió crecer y triunfar, crecer y molestar, crecer y equivocarse. Sin embargo la Sarlo ubica el poder allí. En la versión del peronismo que se enmarca en la figura de CFK. La habitante de Olivos y la Casa Rosada (nunca mejor Pink que en estos años) no es la que muchos creen, parece decirnos doña Beatriz. El virus de su discurso opositor ha cambiado desde que el eje es CFK, luego de la muerte de NK. Su postura es otra. La analista de la realidad nacional ubica el drama (nacional) muy cercano a su desenlace. La viuda enrareció el bisturí. Pregunta: ¿su conocimiento de un género la lleva a intensificar las alarmas? ¿Este folletín se acerca a su final?
La señora Cristina no responde a los dichos y los análisis de la Sarlo. Responde a Macri en estos días, antes a Clarín, antes al yuyo (la soja, remember). Todos los días aparece un enemigo al que es necesario desbaratar, desmembrar, defenestrar, acallar. Ella se ha asignado ésa tarea. Ojito: no hay antecedente de CFK enojada con una mujer.
La contienda que las encuentra es cruel y, acaso, fatídica. Ambas se saben portadoras de un mensaje y dueñas de una imagen. La Sarlo, para la foto, pone libros detrás de su cabeza. La era Gútemberg es su ejército. Su garantía.
A la señora presidente le colocan una banderita, un escudito, su propia cara, Perón, Evita, los nombres de Mujeres Argentinas. CFK no tiene garantes estables, universales. Necesita del aplauso y el griterío. No es la misma resultante simbólica.
En una el pensamiento universal exhibido casi con soberbia, en la otra la soberbia de la liturgia. En ambas lo que rigurosamente ocultan. El fin de la especie. Las dos caras de la medalla van como el General Quiroga en su coche: al muere. No dejan descendientes las palabras y ambas viven con ellas. Pocas en CFK, muchísimas en BS. El alarido y el espasmo contra el bisbiseo racional. Terca contienda inútil. Es cruel. Es fatal. Es posible.
En Argentina, sobre esta segunda década, está jugándose el partido final del pensamiento del siglo XX. El fin de un universo, la catástrofe de un relato. El remplazo por la imagen y el multimedia. El encendido aullido de la barricada y su pariente, el análisis de los intelectuales. Las cien interpretaciones en mil opúsculos pierden la batalla contra la deforestación que provocan 140 caracteres y una imagen. Una imagen que, chocolates, vale más que mil palabras. Rara jugarreta de los espejos. Las damas en la pedana.
“Yo a tu lado quisiera caer, y que el tiempo nos mate a los dos”…. Un riojano escribió el poema. Todos lo cantaremos alguna vez. Ellas también. El discurso político escribe su carta de suicidio lleno de pergaminos, con Beatriz y atontado con cifras y consignas, con Cristina. Ya lo escribió, suponen en Microsoft.
Raúl Acosta
Testigo







