Un análisis global publicado por The Conversation desmitifica la efectividad de la "decapitación de liderazgos" en el conflicto USA, Israel vs. Irán. Lejos de desmantelar las estructuras enemigas, la eliminación de figuras clave acelera la radicalización, elimina moderados y perpetúa guerras sin un final estratégico claro.
UNA TEORÍA QUE NO FUNCIONA
Irán: Por qué los asesinatos selectivos fracasaron como estrategia de guerra
Efecto bumeran: Liderazgo, fallas estratégicas y el dilema de la sucesión en Medio Oriente: una panorámica de las entrañas de Irán
Israel ha utilizado como estrategia permanente el asesinato selectivo. USA en días de Barack Obama hacía desastres con algo parecido cuando enviaba drones que asesinaban a muchos inocentes llamados 'daños colaterales'. Donald Trump también utilizó esa táctica contra el general iraní Qasem Soleimani.
Con esa estrategia Israel nunca pudo terminar su conflicto costosísimo e interminable con las organizaciones pan árabes y palestinas. Pero lo que aparece ahora es que la imitación de USA también es un fracaso.
La guerra en Irán ha vuelto a encender los tableros de control de las principales agencias de inteligencia de Occidente. Durante décadas, la eliminación física de generales, científicos nucleares y líderes de milicias fue vendida por ciertas potencias como una solución quirúrgica, limpia y de bajo costo para neutralizar amenazas estatales y paraestatales.
Sin embargo, la terca realidad del terreno demuestra lo contrario. Un exhaustivo informe académico y geopolítico publicado por el prestigioso portal The Conversation desnuda los severos fallos estratégicos de esta doctrina, catalogando al asesinato político no como un catalizador de victoria, sino como un síntoma de miopía en la política exterior de las naciones de la región.
El conflicto actual en territorio persa expone que la táctica de descabezar al enemigo rara vez altera el curso de las guerras a largo plazo. Por el contrario, suele atizar fuegos imposibles de apagar.
Los tres fallos estructurales de la "decapitación de liderazgo"
El análisis pormenorizado de la guerra contemporánea en Irán echa por tierra la premisa de que los Estados o las organizaciones fuertemente ideologizadas dependen de un solo hombre. Las burocracias de seguridad modernas —incluida la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC)— están diseñadas para la continuidad operativa.
El documento destaca tres deficiencias estratégicas fundamentales de esta práctica:
- El dilema de la sucesión radical: La eliminación de un líder intermedio o de un alto mando militar genera un vacío que casi siempre es ocupado por cuadros más jóvenes, agresivos y radicalizados. Los perfiles moderados o pragmáticos que permitían canales secretos de negociación son los primeros en desaparecer tras un ataque.
- Fortalecimiento de la narrativa del martirio: En el entramado cultural y religioso de Irán, la muerte violenta a manos de fuerzas extranjeras no debilita la moral del aparato estatal; la cohesiona. El "martirio" actúa como un pegamento social y político que legitima presupuestos militares y sofoca la disidencia interna en Teherán.
- Incapacidad para alterar las causas de fondo: Un misil de precisión puede destruir un objetivo humano, pero no elimina la infraestructura tecnológica, el resentimiento histórico, las alianzas regionales ni las motivaciones geopolíticas que originaron el conflicto en primer lugar.
La radiografía de un error histórico de estrategia
A continuación, se detalla el análisis del texto de referencia sobre las implicaciones de utilizar el asesinato como instrumento de las relaciones internacionales en el frente iraní:
El estallido y desarrollo de la guerra en Irán ha vuelto a poner de relieve las profundas deficiencias de los asesinatos selectivos como eje de la política exterior. Aunque tácticamente presentados como victorias contundentes e inmediatas, la historia militar demuestra que estas operaciones carecen de un valor estratégico sostenible.
Al decapitar las cúpulas del adversario, las potencias atacantes suelen subestimar la resiliencia institucional del Estado iraní y de sus fuerzas aliadas. La eliminación de figuras clave no desmantela el programa estratégico, sino que empuja a la organización a descentralizarse, volviéndose más impredecible y violenta. Además, esta política dinamita los puentes diplomáticos, dejando a la comunidad internacional sin interlocutores válidos y prolongando los conflictos de manera indefinida.
La ilusión de la tecnología sobre la estrategia
El error de fondo que expone la crisis iraní es la confusión de la destreza tecnológica con el éxito político. El hecho de que un dron o una operación de inteligencia puedan localizar y ejecutar a un individuo en el corazón de Teherán no significa que se esté ganando la guerra.
Mientras las potencias sigan recurriendo al asesinato selectivo como un atajo para evitar los costos de una diplomacia robusta o de una estrategia militar de gran alcance, la guerra en Irán seguirá demostrando que la violencia quirúrgica solo produce pacientes crónicos en el orden internacional. Washington, Tel Aviv y las capitales europeas se enfrentan a la misma encrucijada: las guerras no se ganan eliminando líderes; se ganan transformando las condiciones que los hacen necesarios.
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