El amor octogenario de Julio (86) y Lila (89) empezó cuando eran muy jóvenes y hoy ya transitan la tercera edad; llevan 64 años de casados, 44 años trabajando juntos en la fábrica de pastas que abrieron en 1982, en Colegiales, y aún duermen tomados de la mano.
TERCERA EDAD A FULL
Amor octogenario: duermen de la mano y fabrican pastas que "se venden como agua"
El amor octogenario de Lila y Julio transita por la tercera edad de ambos, socios en una exitosa fábrica de pastas frescas que cumplió 44 años e inseparables.
La tucumana Lindaura Esperanza Angulo, Lila, y el santiagueño Julio Medina se conocieron en Luján cuando él tenía 21, y desde entonces no se separaron más. "Me dio la mano a mí y no me soltó más", se ufana ella, "Y duerme así, eh", exclama.
Con el mismo entusiasmo que cuando inauguraron su sueño emprendedor, ambos siguen amasando y hacen unas 150 cajas de ravioles a diario.
Reconocen que viven con satisfacción poder estar en la puerta cuando se van. "Me doy vuelta y miro la heladera vacía, sabe qué bien, no; hacer una buena mercadería es todo el secreto", cuenta Lila.
El amor octogenario
"Los abuelitos de la calle Conde", como les dicen en el barrio, fabrican y venden ñoquis, ravioles, canelones, sorrentinos, agnolotis, cappeletti, tallarines, mostacholes y fussilli, pero "los ravioles de pollo con verdura son la estrella de la casa”.
Sin embargo, la especialidad que se le reconoce a Lila son los cappelettis de jamón, pollo y queso rallado, en cambio, los fussilli son los preferidos de su esposo.
Los días 29 se consagran a los ñoquis y afirman que venden 150 kilos. "Hay colas para comprar de más de una cuadra, que dan vuelta la esquina", se enorgullece Julio.
"Vino un señor un día 29 y dijo: A qué hora voy a salir de acá, porque la cola está hasta la esquina", evoca.
La longevidad de ambos contagió a la máquina que hace raviones, que pasó los 100 años y no para ni un minuto sacando planchas de raviones de ricota; pollo y verdura; verdura y carne; y ricota con nuez, éstos sólo los fines de semana.
La veterana máquina de tres cortes "es una nave. Por cada vueltita del molde cortas tres planchitas. Hacemos 100 cajas por día aproximadamente y los sábados 150", calculan.
Una olla chiquita de aluminio duro de cuando se casaron en 1962 continúa intacta después de haber hecho las primeras salsas de fileto, y otra reliquia que conservan es la ruedita para cortar los moldes de capelettis, de la que "hay solo tres en el mundo".
Vacaciones para descansar rutina
Cierran durante todo enero. "Tomamos mate, nos despertamos a cualquier hora, pero gracias a Dios siempre trabajamos", enfatiza Julio.
Empezó desde los 9 años porque quedó huérfano de padre en 1945 y cuando hizo el servicio militar lo mantuvo Lila, que trabajaba y ganaba bien entonces. "El trabajo es una religión, no puedo estar sin hacer nada", acota.
Al principio de la apertura del local ambos se quedaban a dormir sobre las tarimas donde se apilaban las bolsas de harina. "Hoy las parejas no hacen ese sacrificio", dice Lila.
El esfuerzo rindió rápido sus frutos. La concurrencia siempre fue un éxito: "El boca a boca siempre fue nuestra mejor publicidad”, asevera.
Julio había trabajado en el ferrocarril y como lavacopas en un bar de españoles. Después en un taller metalúrgico, hasta que en los 60 el destino lo acercó al negocio de las pastas frescas.
Empleado primero, aprendió el oficio y se independizaron junto a un compañero, hasta que la varita los tocó en un segundo intento y Lila, que tenía un buen empleo en una gran tienda, se le sumó. "Los ravioles y capelettis conquistaron los paladares del barrio y alrededores, lo mismo que los fideos", pero no se conformaron con quedarse detrás del mostrador, sino que además repartían en bicicleta y proveían a restoranes.
Con la mudanza a la calle Conde, justo el día del desembarco argentino en Las Malvinas, comenzó la historia de Pastas Conde. Sus hijos se criaron en el negocio, alternando trabajo con juegos.
Con el hijo que se sumó ya recibido de licenciado en Informática, Luis, se reparten las tareas.
Los fines de semana se les recarga el trabajo, Julio arranca casi de madrugada en la elaboración de los tallarines, mostacholes, fusillis, vermicellis y macarrones.
La pasta con amor
El secreto de que les vaya tan bien: “Hacemos la pasta con amor, pero además es fundamental la buena materia prima: la harina y los huevos. Tenemos proveedores de toda la vida. Además, es indispensable no escatimar con los rellenos. Para el de verdura utilizamos acelga”, detalla Medina.
"Tengo pasión por este oficio ya que me ha dado todo. Trabajando y con esfuerzo me ha ido muy bien. Siempre digo que hasta que el cuerpo me rinda voy a seguir acá. Mi señora es una compañera de fierro”, confiesa.
Hoy están junto a su hijo Luis, que dejó una carrera de más de diez años en Informática para sumarse al negocio familiar, y esperan que algún día sigan sus nietos.















