Para cualquier adulto mayor que se atreve a aprender a tocar música o un idioma, encararlo representa un titánico desafío que vale la pena a fin de mantener el cerebro joven y activo, mejorar la memoria, agilizar la mente y reducir el riesgo de demencia. La capacidad de aprender nunca se agota.
TALENTO ENMUDECIDO
¿Un adulto mayor perdió o no el tren si quiere aprender idiomas o a tocar música?
El adulto mayor que decide estudiar música o idiomas deja de lado pretextos, inseguridades y el miedo al qué dirán. La capacidad de aprender no se agota.
La tercera edad y la jubilación suelen dejar más tiempo libre. Lo mejor es invertir horas de ocio en una actividad que permita no solo aprender, sino también divertirse. Y hasta involucrar a hijos o nietos en el proceso, lo cual ayuda a fortalecer los vínculos familiares.
El arte, la música, la pintura o la danza benefician la salud: escuchar música ayuda a controlar el nivel de glucosa en la sangre, mejora el sistema inmunitario y la gestión del estrés.
Lo dice la Organización Mundial de la Salud, que por primera vez realizó un estudio a gran escala sobre los lazos entre el arte y la salud y el bienestar y, por primera vez, llama a los Gobiernos y autoridades a aplicar políticas que mejoren la colaboración entre los sectores sanitario y artístico.
Instrumentos recomendables para adultos mayores
Sin embargo, para un adulto mayor que superó los retos de criar una familia, trabajar hasta la jubilación y adaptarse a la nueva normalidad de sus años dorados, este puede ser el momento perfecto para estudiar cualquiera de los cinco instrumentos que se consideran más abordables: piano, guitarra, ukelele, armónica y batería, en ese orden.
Con los idiomas sucede otro tanto. Si bien se comprobó que aprender una lengua a cualquier edad estimula el cerebro, no es fácil dominar un segundo idioma cuando se es mayor.
Pero tiene un premio: el efecto terapéutico de incorporar una lengua extranjera en la madurez puede convertirse en un estímulo decisivo para la salud cerebral.
Por qué estudiar inglés
Es así porque el estudio de idiomas aparece vinculado con mecanismos neurológicos que impactan en la memoria, atención y plasticidad neuronal.
De acuerdo con el portal de estadísticas alemán Statista, el idioma más extendido en el mundo es el inglés, con un total de 1.500 millones de hablantes, de los cuales solo 375 millones son nativos.
Aprender inglés en la tercera edad implica dejar de lado todos los pretextos, inseguridades y el miedo al qué dirán.
La psicogerontóloga Olga Sanz asegura que una persona de 65 años puede adquirir la misma clase de conocimientos que una de 18, todo es cuestión de dedicación, esfuerzo y motivación.
Existe la vieja creencia de que las personas mayores tienen una menor capacidad de aprendizaje, que su plasticidad cerebral disminuye con el tiempo (o sea, esas increíbles conexiones neuronales que se desarrollan cuando el cerebro está aprendiendo algo nuevo).
Aunque sí se producen cambios con el paso de los años, la capacidad de aprendizaje no se agota, solo se transforma conforme se envejece.
Uno de los mayores obstáculos que se interponen entre el deseo de estudiar un instrumento musical y atreverse a tocar, y hacer lo mismo con un idioma es el miedo al ridículo, como admite Craig Laberge, 69, un antiguo diseñador de exposiciones de arte con ascendencia inglesa y francocanadiense.
"Nunca es tarde para aprender otro idioma", afirma, pero no existe una solución única para todos.
Hablar más allá de las formalidades requiere mucha práctica, tanto en contexto como con constancia.
Efectos terapéuticos de la música
Por el lado de la música. estudios científicos, como los publicados por la American Psychological Association y la Mayo Clinic, respaldan que estimula regiones del cerebro asociadas al placer, la memoria y la emoción.
Además, disfrutar de la música puede liberar dopamina, una sustancia química relacionada con la sensación de bienestar.
También hay evidencia de la efectividad de la estimulación musical como una estrategia para eliminar y lograr el control del dolor.
En especial, es un fenómeno ampliamente investigado en el uso de la música es el control del dolor crónico del cáncer.
Celebridades de la talla de la cantante Taylor Swift reconocieron haber utilizado el arte de la música en momentos difíciles como medio de sanación personal y la ciencia les dio la razón: la Sinfonía n.º 5 de Beethoven destruyó hasta un 20% de células cancerosas.
Los investigadores de la Universidad Federal de Río de Janeiro que estudiaron el caso también observaron un efecto similar con Atmosphères de György Ligeti, no así con la Sonata para dos pianos de Mozart.
Sugieren que el ritmo y la frecuencia de ciertas piezas podrían influir en estos efectos biológicos.
El análisis de los datos de una investigación llevada a cabo en pacientes con epilepsia por el científico Narayan Sankaran mostró que un grupo de neuronas se activa exclusivamente ante estímulos musicales específicos, como el tono, el ritmo y la transición entre notas.
Estas neuronas también son capaces de anticipar las notas siguientes basándose en los patrones previamente escuchados, lo que destaca una capacidad predictiva exclusiva relacionada con la música.
Los hemisferios del cerebro
El joven profesor de música Nano Abadal, que estudió a fondo cómo orientar en la actividad neurocognitiva la enseñanza de instrumentos que usan los dedos, como piano y guitarra, no cree sin embargo que la música sea un remedio milagroso.
Sí que al interpretar un instrumento, los dos lados del cerebro dejan de trabajar de forma aislada y se conectan intensamente para procesar la información analítica y la creativa al mismo tiempo.
La neuroplasticidad permite al cerebro crear nuevas conexiones a cualquier edad, facilitando el aprendizaje de piano, guitarra, ukelele o canto.
“Se trata de una actividad, una disciplina y un arte, que tiene beneficios en la medida que exista un compromiso o un enganche, una inquietud, pero no alcanza con poner Claro de Luna de Debussy una vez y pretender que vamos a conectar neuronas (quizás sea ínfima); debe trabajarse la percepción, relacionarse, recordar”, desgranó.
Puso un ejemplo práctico sobre cómo funcionan las conexiones neuronales, las motrices, como mover los dedos, y la escucha.
Ejemplificó: "Si toco Let it Be de los Beatles en el piano, y retengo el nombre de cada acorde, y lo mismo mi memoria recuerda las digitaciones y teclas de los acordes, aunque sea de una manera aproximada; podría tener una actitud activa recordando la forma de los acordes, y entendiendo via memoria auditiva lo que va ocurriendo en la canción".
En las distintas y miles de versiones de "Misty", de Erroll Garner, "si logramos entrever, percibir, lo común a todas, la esencia, y a su vez percibir las diferencias entre ellas, ya sea superficialmente (sin tecnicismos musicales) o lo que seria mejor (con tecnicismo musical), esa memoria auditiva se profundiza y se complejiza, y eso supone per se, más conexiones neuronales".
Respecto del hallazgo científico de la cura de las células cancerígenas, relativizó, como músico, la posible contundencia interpretada: "No creo que sea tan lineal. Ahora, que la música tiene un factor terapéutico que se encuentra en la base de su razón de ser, no lo dudo".















