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LO QUE REVELA EL AGUA

Estalla el consumo de cocaína en Europa: España, Países Bajos y Bélgica lo lideran

El análisis de aguas residuales sitúa a ciudades de los tres países entre las de mayores niveles de residuos de cocaína en Europa.

El consumo de cocaína en Europa deja una huella cada vez mayor en las aguas residuales, con ciudades de España, Países Bajos y Bélgica entre las que presentan los niveles más elevados. Un estudio que abarca unas 115 localidades muestra cómo ese rastro crece y permite observar una actividad que suele permanecer oculta.

Según la Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA) y la red científica SCORE, la cantidad de residuos analizados aumentó un 22% entre 2024 y 2025 en las ciudades con datos disponibles para ambos años. El incremento refuerza la preocupación por la expansión de esta sustancia, mientras los registros más altos siguen concentrándose en el oeste y el sur del continente.

Para llegar a esas conclusiones, los investigadores buscan benzoilecgonina, un compuesto que el organismo elimina después de consumir cocaína y que termina en las redes de saneamiento. Su presencia permite comparar patrones entre las zonas estudiadas sin depender de lo que los consumidores declaran en una encuesta, aunque no revela cuántas personas toman la droga ni establece por sí sola una clasificación nacional. La diferencia resulta clave para entender qué lugar ocupan las localidades españolas y cuánto puede decir el agua sobre lo que ocurre en sus calles.

De España a Canadá y Chile, la cocaína deja huella más allá de Europa

España, Bélgica y Países Bajos concentran algunos de los registros más elevados de la Unión Europea, con dos localidades españolas entre las cinco primeras de la comparación de 2025. Lleida encabeza ese grupo con 1.405,43 miligramos de benzoilecgonina por cada 1.000 habitantes al día, seguida del área atendida por la depuradora de Amberes Zuid, con 1.382,14. Granada ocupa el tercer lugar, con 1.238,19, mientras Ámsterdam alcanza 1.171,57 y Lieja-Oupeye completa el listado con 1.038,88. Las posiciones corresponden a las áreas analizadas y permiten dimensionar las diferencias entre localidades, sin representar un promedio nacional.

Al ampliar la comparación al resto del continente, Reino Unido presenta cifras superiores, con Middlesbrough en 2.786,38 y Bristol en 1.415,62, mientras que Suiza también destaca mediante Ginebra, con 1.076,86, y Zúrich, con 1.055,01. Fuera de Europa, la base incorpora registros todavía mayores: Whitehorse, en Canadá, alcanza 5.242,54, mientras Copiapó, en Chile, llega a 1.576,48. Estos resultados muestran que el fenómeno atraviesa regiones muy distintas y que las localidades comunitarias con mayores niveles quedan por debajo de varios de los sitios incluidos en la comparación internacional.

La cocaína deja una huella creciente en las aguas residuales y en los servicios de atención a las adicciones en Europa.

La cocaína deja una huella creciente en las aguas residuales y en los servicios de atención a las adicciones en Europa.

El caso canadiense cuenta, además, con el seguimiento del programa de vigilancia de One Yukon, desarrollado en colaboración con la Universidad de Calgary, cuyos responsables destacan a Whitehorse como el sitio participante con el registro más elevado de cocaína. Esa referencia ayuda a interpretar el alcance del hallazgo: la posición corresponde a los lugares incorporados al estudio, cuya participación depende de la existencia de programas de muestreo y equipos capaces de analizar las aguas residuales. Una cifra tan elevada señala una situación local que merece atención, aunque por sí sola no describe lo que ocurre en todo Canadá ni permite establecer una clasificación exhaustiva del planeta.

Más allá de las diferencias geográficas, las mediciones revelan una concentración del consumo durante el fin de semana, ya que más del 75% de las ciudades detectaron mayores cantidades entre el viernes y el lunes que durante los días laborables, un patrón que los investigadores relacionan con un posible uso recreativo. Esa variación permite observar cómo cambia la actividad dentro de una misma localidad y aporta información que una posición en el listado no refleja, aunque el análisis no distingue si el incremento responde a más personas consumiendo o a mayores cantidades utilizadas por los mismos consumidores.

Del contenedor a la calle, el negocio que abastece a Europa

Para entender cómo se abastece ese mercado, hay que seguir un recorrido que comienza mucho antes de que la cocaína deje su huella en las aguas residuales y que aprovecha las rutas del comercio internacional para llegar al continente. Amberes y Rotterdam, junto con Valencia y Algeciras, figuran entre las grandes puertas de entrada identificadas por EUDA, donde los cargamentos procedentes de Sudamérica pueden ocultarse entre mercancías legales antes de pasar a las redes de distribución. Ese papel convierte a los puertos en puntos estratégicos del narcotráfico, aunque una parte de la droga continúa hacia otros destinos europeos después de desembarcar, por lo que el país de entrada no necesariamente coincide con el de consumo.

La dimensión de ese movimiento se refleja en las 124 toneladas de cocaína que España interceptó en 2024, dentro de las 330 toneladas decomisadas en el conjunto de la Unión Europea, mientras Francia registró 53,5 toneladas y Bélgica 44,6. Los tres países reunieron así el 67% del volumen incautado, según el Informe Europeo sobre Drogas 2026, aunque las cantidades confiscadas muestran también dónde actúan los controles y qué cargamentos consiguen detectar. De hecho, pese a que el total comunitario descendió frente a las 419 toneladas de 2023, EUDA advierte que el aumento de la producción sudamericana y del número de incautaciones apunta a una transformación de las rutas y los métodos, antes que a una reducción del abastecimiento.

Esa capacidad de adaptación depende, en parte, de la infiltración en los circuitos que permiten mover las mercancías, porque esconder un cargamento sirve de poco si la organización no consigue recuperarlo al llegar a destino. Europol documentó el uso ilícito de códigos de referencia de contenedores, junto con prácticas de corrupción que facilitan el acceso a información y operaciones dentro de las terminales. Conseguir colaboradores se vuelve entonces una pieza del negocio, mientras que la disputa por esos recursos puede extender la violencia hacia trabajadores portuarios y otras personas sometidas a amenazas, intimidación o represalias, como recogen los análisis europeos sobre las redes de cocaína.

Frente al refuerzo de la vigilancia en esas instalaciones, las bandas buscan alternativas que les permitan mantener el flujo de droga, una evolución que Europol examinó en un informe publicado en enero de 2026. El documento describe embarcaciones semisumergibles, transferencias en alta mar y técnicas de ocultación que incorporan la cocaína a materiales comerciales, de los que después debe extraerse en instalaciones clandestinas. El desplazamiento amplía el desafío policial, porque cerrar una vía puede empujar el tráfico hacia otra y obliga a seguir tanto los cargamentos como las estructuras que los financian, transportan y distribuyen hasta los mercados de destino.

El puerto de Algeciras, en España, figura entre las principales puertas de entrada de cocaína a Europa a través del transporte marítimo de mercancías.

El puerto de Algeciras, en España, figura entre las principales puertas de entrada de cocaína a Europa a través del transporte marítimo de mercancías.

De las calles a los hospitales, el otro costo de la cocaína

La disponibilidad de cocaína también se refleja en los servicios de atención a las adicciones, donde unas 37.000 personas iniciaron tratamiento especializado por primera vez en 2024, según el Informe Europeo sobre Drogas 2026. Representaron el 25% de los nuevos pacientes, mientras que las primeras consultas relacionadas con esta sustancia aumentaron un 39% entre 2018 y 2024. Detrás de ese crecimiento aparece otra dificultad: entre el primer consumo de cocaína en polvo y el inicio del tratamiento transcurren, en promedio, 14 años, un intervalo que muestra cuánto puede demorarse la llegada a la atención especializada.

Esa demanda encuentra una expresión cercana en Madrid, donde la cocaína fue la sustancia principal que motivó el 24% de las nuevas solicitudes de ayuda al Instituto de Adicciones durante 2025, por detrás del alcohol. La institución atendió en total a 11.895 pacientes por distintas adicciones, un 7,6% más que el año anterior, y entre ellos había 4.399 personas con una adicción y un trastorno mental, una combinación conocida como patología dual. Estos últimos casos crecieron un 18%, según el Ayuntamiento, y ponen sobre la mesa una necesidad que excede dejar de consumir: atender simultáneamente los problemas de salud mental que pueden acompañar a la dependencia.

Cuando aparecen episodios agudos, esa atención puede comenzar directamente en urgencias, como muestran los hospitales participantes en la red europea Euro-DEN Plus, donde la cocaína estuvo presente en el 26% de las consultas por toxicidad aguda relacionada con drogas en 2024. El riesgo también alcanza a la mortalidad: en los 20 países que aportaron información comparable, estuvo involucrada en 1.133 muertes inducidas por drogas, alrededor del 27% del total, y la mayoría de esos fallecimientos incluyó varias sustancias. Son datos de los centros y países que notificaron información, pero permiten observar consecuencias que los registros de consumo por sí solos no describen.

La combinación con otras drogas resulta especialmente relevante porque consumir cocaína junto con alcohol puede aumentar los riesgos sanitarios, mientras que algunas personas recurren después a otras sustancias para intentar contrarrestar sus efectos o conciliar el sueño. A ese patrón se suman los problemas cardiovasculares asociados al consumo intenso o prolongado de estimulantes, que pueden incluir infartos y accidentes cerebrovasculares. Por eso, la respuesta clínica necesita considerar qué se ha consumido y cómo interactúan las sustancias, además de conectar la atención de una urgencia con los servicios capaces de acompañar al paciente después del episodio.

Ese seguimiento requiere tratamientos adaptados a perfiles muy distintos, desde personas con empleo y vivienda estable hasta quienes afrontan exclusión social y otras dependencias. EUDA señala que las intervenciones psicológicas y sociales, como la terapia cognitivo-conductual y los programas que refuerzan la continuidad del tratamiento, pueden mejorar los resultados, mientras que la evidencia sigue siendo insuficiente para respaldar un tratamiento farmacológico específico. La agencia también plantea reducir barreras de acceso, por ejemplo mediante horarios compatibles con la jornada laboral, porque detectar el problema sirve de poco si la atención disponible no encaja con las necesidades de quienes deben acudir a ella.

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FUENTE: Urgente24.