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LA ECONOMÍA DE ALBERTO F.

Alguien lo tiene que decir

Mar, 17/12/2019 - 8:08am
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La emergencia requiere no sólo de medidas excepcionales. También necesita la flexibilidad y la imaginación de los funcionarios convocados. Luego, la solidaridad comienza por casa: si el único mensaje a quienes pagan sus impuestos es que tendrán que pagar más porque no alcanza para financiar al Estado, el malestar no demorará mucho tiempo en crecer. Es horrible informarlo pero alguien lo tiene que decir.

Es necesario cierta creatividad y audacia.
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Alberto Fernández ha decidido una reducción del déficit fiscal primario enfocada exclusivamente en una mayor presión tributaria, y esto es peligroso porque puede impedir la recuperación de la economía que él anhela.

La presión tributaria argentina ya es muy elevada y no hay argumento racional que consiga fundamentar regresarla a los niveles de Cristina Fernández de Kirchner / Axel Kicillof, quienes se marcharon del poder en medio de una estanflación.

Además, el incremento posible de recursos vía cobro de tributos no alcanza para satisfacer el volumen de demandas supuestamente insatisfechas que se acumulan en la población.

No es una cuestión de ortodoxia vs. heterodoxia ni en la economía ni en ideología sociopolítica. Resulta inviable una sociedad en la que un agente económico comparte en porciones iguales sus esfuerzos e ingresos con el Estado en la suma de sus variantes Nación / provincia / municipio, y además debe ganarle a la inflación que provoca ese mismo Estado con el objetivo de licuar el valor de la moneda en la que paga.

En el discurso de la Administración Fernández es necesario que aparezca algún recorte del gasto público. No es posible que los funcionarios gestionen el gasto público tal como si fuese 100% eficiente y 100% necesario porque quienes pagan los impuestos se encuentran convencidos de lo contrario.

No es posible exigir sacrificios y austeridad sin ofrecer el ejemplo. El dinero que precisa Alberto Fernández debería incluir en sus previsiones una reasignación del dinero que ya recauda el Estado, y en todo caso en forma complementaria aplicar una mayor presión tributaria selectiva.

No hay posibilidad alguna de que toda la emergencia la paguen quienes ya pagan un 'Estado elefante'.

Y no hay posibilidad de exigir sacrificios al contribuyente cuando quienes establecen qué es legal y qué no lo es, no son contribuyentes porque están exentos.

El gigante torpe

Es muy peligroso confundir 'Estado presente' con 'Estado voluminoso'. El 'Estado presente' puede ser un 'Estado regulador', y además un 'Estado eficiente' pero un 'Estado ampuloso y oneroso' no puede ser un 'Estado presente' porque sencillamente es inútil.

El gasto público es una 'vaca sagrada' en la Argentina cuyo sacrificio se ampara en la 'injusticia social'. Sin embargo, la consecuencia del gasto público siempre creciente es una insatisfacción que tiene consecuencias más allá de la economía, y afecta la credibilidad de las propias instituciones.

Los funcionarios, en general no sólo en la joven Administración actual, parecen suponer que recortar algo del gasto es necesariamente 'impopular', desatino que lleva a creer que el 'Estado caro' es el único posible y asegurará el triunfo electoral futuro.

El concepto se encuentra muy instalado en los sucesivos líderes argentinos pese a que fracasa una y otra vez, al punto que la economía argentina no crece desde hace demasiado tiempo y la única forma de interesar a los ciudadanos en un comicio es inventar el placebo de alguna Grieta fratricida.

Se encuentra muy instalado que reducir el gasto equivale a dejar sin protección social a muchos ciudadanos, y esto es incorrecto porque todo dependerá de las características del recorte en la crisis enorme que enfrenta la Argentina 2019/2020. Y porque no hay mayor desprotección que la inflación que provoca ese mismo Estado cuando el gasto, pese a su tamaño, ya no le alcanza.

Con una mayor presión tributaria, no habrá inversión privada directa equivalente. Esto ya lo ha vivido la sociedad argentina, no hace falta volver a repetirlo: el Estado no consigue movilizar por sí solo la economía.

Alguien se lo tiene que explicar a Alberto Fernández ya que es necesario que el éxito acompañe su gestión. Mauricio Macri omitió cumplir con su deber y apeló al endeudamiento desenfrenado para intentar activar la economía. Macri fracasó.

Aparece otro problema 

La mayoría de los reclamos de quienes menos tienen se relacionan con el deterioro del poder adquisitivo que provoca la inflación.

Sin embargo, este concepto no apetece a quienes han gobernado ni a quienes gobiernan la sociedad argentina, que creen que pueden convivir con 'una inflación manejable'.

La baja de la inflación no es una prioridad para la Administración Fernández tal como tampoco lo fue para la Administración Macri.

Prevalecen los funcionarios que afirman que la prioridad es la recuperación del consumo cuando, en verdad, lo que deberían conseguir es que la moneda en que pagan jubilaciones, pensiones y muchos salarios deje de ser repudiada por quienes la reciben, y comience a tener algún valor.

Resulta muy difícil recomponer el consumo cuando la moneda en que paga el Estado es desvalorizada en forma constante, provocando la verdadera demanda insatisfecha porque se precisa una cantidad creciente de esa misma moneda para mantener estable la compra de igual cantidad de bienes y servicios que ayer.

El deterioro de la moneda propia provoca la dolarización, que es el proceso permanente que sucede en la sociedad argentina desde hace décadas.

No hay moneda nacional a causa de la inflación y sólo el dólar estadounidense, que es la moneda de otro país, provoca credibilidad. Esta realidad conduce a otra: la pérdida de identidad nacional, que es mucho más que una bandera.

Es incomprensible que el deterioro en los valores nacionales resulte una queja permanente de quienes se afirman 'progresistas' y no hacen algo importante para recuperar la credibilidad en un pilar de la nacionalidad que es la moneda propia.

Hasta la fecha, la Administración Fernández no luce imaginativa ni flexible. Se encuentra avanzando sobre escenarios previsibles, respetando los complejos y los pruritos de los gobiernos anteriores. Su mayor peligro es permanecer encapsulada en tabúes, mitos, 'clichés'.

Es imprescindible que pueda apelar a la audacia. Por ejemplo, ¿por qué no avanzar sobre los pagos bimonetarios en vez de castigar los pagos en dólares en el exterior? Se estima que hay más de US$ 30.000 millones 'in-house' y no será aplicando más impuestos la forma en que se los pondrá en circulación.

Los privados son más eficientes, imaginativos y veloces que el Estado en achicar su gasto. Ya lo vienen haciendo. También pueden ser ruidosos, y el conflicto social enunciado desde la clase media es mucho más ruidoso que el de otros estamentos sociales. Todo esto ya se sabe, es viejo, no hace falta repetirlo.

Sin duda habrá otros capítulos de la economía que lidera Martín Guzmán que permitan la innovación en las ideas y las herramientas. Pero hasta la fecha, nada resulta diferente a lo que ya fracasó. Y es una lástima.

Comentarios

Muy buena nota. Se le saca plata a la clase media para -presuntamente- dársela a los mas carenciados. En síntesis, suma cero, (la clase media también consume). No hay impuesto que alcance para financiar el gasto publico.