El despegue económico de Shanghai fue el aperitivo. Ahora le toca a la antigua Pekín, menos poblada (sólo 12,8 millones, frente a los casi 18 millones de Shanghai) y a la que le ha cambiado hasta el nombre. Porque ahora es Beijing.
En el Olympic Green han trabajado los mejores arquitectos del mundo (el estadio olímpico de Herzog & Meuron con forma de nido, el Centro Acuático en forma de burbujas, el centro para prensa de Koolhaus, la Torre de la Televisión, que será el edificio más alto del mundo; el aeropuerto diseñado por Norman Foster, el Teatro Nacional por Paul Andreu y los cientos de rascacielos y centros comerciales que resultan un terremoto de cristal en la armoniosa horizontalidad tradicional de la ciudad).
Pero no es sólo el cambio arquitectónico. El Gobierno chino ha destinado casi US$ 20.000 para acabar con la polución. En el Olympic Lane (avenida que comunica el recinto deportivo con el centro) y en otras partes se lleva a cabo una reforestación masiva. Se han alejado de la ciudad las fábricas y hay nuevos sistemas de reciclaje. Hasta se pretende lo más difícil: cambiar los hábitos de la gente. Esto quiere decir que los habitantes de Beijing no deben escupir en la calle ni preguntar al extranjero cuál es su remuneración o cómo es su familia.
El cambio resulta relativamente fácil entre los jóvenes: ellos son la mayoría de los 110 millones de internautas chinos, y compran cada mes 5 millones de móviles; están más vinculados a la globalización. Eso sí: acarrean otro problema, que es el anhelo de libertad. Ya se sabe que en China permanecen las restricciones a los derechos individuales y colectivos. Pero es otro tema.
Esos jóvenes son la avanzada de otra realidad: en una década, la mitad de la población china será de clase media y querrá consumir más, con la consiguiente escalada en petróleo y alimentos.
Un panorama tan desconcertante como se muestra Beijing al visitante. Lo viejo y lo nuevo crepitan en la inmensa Ta Pin Nou o sartén (tan extensa como la provincia de Cuenca). ¿Cómo descifrar el misterio de una ciudad cuya toponimia se alimenta de colinas perfumadas, ciruelos y sauces en flor, lotos, nubes, armonías supremas, jade?
Beijing es una ciudad eminentemente literaria. Y simbólica. Fue concebida como un mapa del universo, una geografía del cosmos, construida conforme al supremo Feng Shui, el mágico saber que busca la armonía con la naturaleza.
Sólo bajo esa lectura geomántica y simbólica se entiende el plano real de Pekín, que se despliega, a partir del 5to. punto cardinal (centro) en 5 círculos o anillos atravesados por una treintena de vías radiales.
La muralla exterior, con 19 puertas, rodeaba a la ciudad interior, murada a su vez y con otras 9 entradas, y ésta encerraba a la Ciudad Prohibida, epicentro con sus propias murallas, foso y 4 puertas cardinales. Si la ciudad era el centro del mundo, la morada del Hijo del Cielo era el ombligo mismo de ese centro, el eje que unía la tierra con el cielo y en torno al cual giraba el universo.
Los símbolos Visitar la Ciudad Prohibida, remozada para esta ocasión olímpica, es repasar la historia de China, gracias a los museos y colecciones que se alojan en sus palacios y pabellones. Los visitantes han de abandonarla, obligadamente, por el norte, y allí toparán con el Parque Jingshan, una colina formada con la tierra extraída para hacer los fosos; en ese parque tranquilo podrán ver el árbol donde se ahorcó el último emperador Ming, al verse acorralado. También podrán iniciarse en la ceremonia del té (y comprarlo). Mayor es su vecino, el Parque Beihai, con un lago que baña a la isla de Jade y su Pagoda Blanca, stupa tibetana que se alza donde estuvo, según la tradición, el palacio de Kublai Jan, anfitrión de Marco Polo. Al sur de estos parques y de la Ciudad Prohibida, la Plaza de Tian'anmen, la mayor del mundo, es otro centro cargado de una simbología opuesta: la de una rebeldía utópica, plasmada en el Monumento a los Héroes y el recuerdo, mal cicatrizado, de la protesta estudiantil aplastada por los tanques en 1989, ante las narices mismas de Mao, embalsamado en su vecino Mausoleo. El Templo del Cielo, punto cero al que acudía el Emperador en solsticios y equinocios a impetrar buenas cosechas; no sólo es el más bello y armonioso de Pekín, también un buen lugar para sentir su pulso, gracias a los miles de pekineses que se explayan en sus jardines. Finalmente, el mapa tiene sus anillos concéntricos. En el 2do., destacan las Torres del Tambor y de la Campana, el Tempo de los Lamas o el de Confucio. En el tercer anillo, el Templo de la Nube Blanca, taoísta, y el Barrio Diplomático, en la parte oriental. Como contrapunto, en el extremo occidental se está desarrollando el sector de negocios (en torno a Financial Street), donde se elevan los más relucientes colosos, el Banco de Pekín, centros comerciales, hoteles internacionales y áreas tech. Una visita a la ciudad no podrá obviar, al visitar la plaza de Tian'anmen, las puertas antiguas, mausoleo de Mao Tse Tung, y el novísimo Teatro Nacional, Templo del Cielo y parque, Torres del Tambor y de la Campana, Templo tibetano de los Lamas, Templo de Confucio y Templo de la Nube Blanca. Hay que acercarse a las Colinas Perfumadas y Palacio de Verano de la emperatriz Cixi, las Tumbas Ming, el Puente de Marco Polo y los tramos más cercanos de la Gran Muralla (Badaling y Mutianyu, excursiones que requieren toda una jornada para cada cosa.
Los símbolos Visitar la Ciudad Prohibida, remozada para esta ocasión olímpica, es repasar la historia de China, gracias a los museos y colecciones que se alojan en sus palacios y pabellones. Los visitantes han de abandonarla, obligadamente, por el norte, y allí toparán con el Parque Jingshan, una colina formada con la tierra extraída para hacer los fosos; en ese parque tranquilo podrán ver el árbol donde se ahorcó el último emperador Ming, al verse acorralado. También podrán iniciarse en la ceremonia del té (y comprarlo). Mayor es su vecino, el Parque Beihai, con un lago que baña a la isla de Jade y su Pagoda Blanca, stupa tibetana que se alza donde estuvo, según la tradición, el palacio de Kublai Jan, anfitrión de Marco Polo. Al sur de estos parques y de la Ciudad Prohibida, la Plaza de Tian'anmen, la mayor del mundo, es otro centro cargado de una simbología opuesta: la de una rebeldía utópica, plasmada en el Monumento a los Héroes y el recuerdo, mal cicatrizado, de la protesta estudiantil aplastada por los tanques en 1989, ante las narices mismas de Mao, embalsamado en su vecino Mausoleo. El Templo del Cielo, punto cero al que acudía el Emperador en solsticios y equinocios a impetrar buenas cosechas; no sólo es el más bello y armonioso de Pekín, también un buen lugar para sentir su pulso, gracias a los miles de pekineses que se explayan en sus jardines. Finalmente, el mapa tiene sus anillos concéntricos. En el 2do., destacan las Torres del Tambor y de la Campana, el Tempo de los Lamas o el de Confucio. En el tercer anillo, el Templo de la Nube Blanca, taoísta, y el Barrio Diplomático, en la parte oriental. Como contrapunto, en el extremo occidental se está desarrollando el sector de negocios (en torno a Financial Street), donde se elevan los más relucientes colosos, el Banco de Pekín, centros comerciales, hoteles internacionales y áreas tech. Una visita a la ciudad no podrá obviar, al visitar la plaza de Tian'anmen, las puertas antiguas, mausoleo de Mao Tse Tung, y el novísimo Teatro Nacional, Templo del Cielo y parque, Torres del Tambor y de la Campana, Templo tibetano de los Lamas, Templo de Confucio y Templo de la Nube Blanca. Hay que acercarse a las Colinas Perfumadas y Palacio de Verano de la emperatriz Cixi, las Tumbas Ming, el Puente de Marco Polo y los tramos más cercanos de la Gran Muralla (Badaling y Mutianyu, excursiones que requieren toda una jornada para cada cosa.





