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La Casa Rosada festejó como un hito triunfal de este 2019, el Año De La Exportación declarado por decreto presidencial, la reciente apertura del mercado chino para el primer embarque de cerdos desde nuestro país. Contrastó, en todo caso, con el comportamiento -6,6% negativo de las exportaciones en marzo, a pesar del dólar a $45, consecuencia directa del constante recorte de las perspectivas de crecimiento del PBI brasileño. La proyección más optimista para todo el año es llegar a los US$ 70.000 millones en total, unos US$ 10.000 millones más que en 2018. Por un lado no está la sequía, pero además se han prendido velas para que Brasil ayude a que continúe la buena dinámica para las manufacturas de origen industrial. Vienen en alza los envíos de combustibles y energía que traen un crecimiento del 70% y van por más. Pero salvo estos comportamientos coyunturales, que ni siquiera alcanzan para equiparar el nivel de 2014, al país le falta vocación y dinámica exportadoras e inclusive, en los últimos años, quedó muy relegado respecto de los vecinos de la región. La Administración Macri se sacó la foto de la inserción internacional, pero se conformó con las agroexportaciones y alguna apuesta futura a Vaca Muerta y a la minería. Tal es así que hasta atacó el déficit fiscal recaudando derechos de exportación a los granos y los servicios digitales. Como excepciones que confirman la regla se han facturado ventas al exterior de cables de acero, butacas para cines 4D, válvulas para motores, ropa de diseño, cerezas frescas, arroz orgánico y videojuegos, por ejemplo y se penetró en mercados asiáticos y africanos, pero poco y nada de presencia argentina se encuentra en los 300 acuerdos bilaterales con que se han ido sustituyendo los alineamientos en bloques y al clásico comercio global.
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