Un destino que alberga paisajes milenarios y guarda una joya única: una maravilla termal reconocida por su singular belleza e historia. Se trata de uno de los baños naturales más espectaculares y visitados del mundo, donde el pasado y la naturaleza se combinan para ofrecer una experiencia inolvidable.
Su fondo está compuesto por columnas y restos arquitectónicos sumergidos, producto de un terremoto ocurrido en el siglo II a.C. El agua, siempre tibia (36 °C), brota directamente desde manantiales termales y es rica en minerales como calcio y magnesio, lo que le otorga propiedades terapéuticas y rejuvenecedoras.
Hierápolis, la ciudad que la rodea, fue fundada por los romanos como un centro religioso y termal. Allí también se encontraba el Plutonio, un templo dedicado a Plutón (dios romano del inframundo), hoy parcialmente visible. Todo este complejo fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, un reconocimiento merecido para uno de los tesoros mejor conservados del mundo antiguo.
Cómo es bañarse en la piscina de Cleopatra
La experiencia va más allá de un simple chapuzón. Flotar entre columnas milenarias sumergidas, mientras las burbujas termales masajean el cuerpo, es lo más parecido a viajar en el tiempo. Muchos turistas aseguran sentir una relajación profunda e incluso mejoras en la piel luego de unos minutos en el agua.
El acceso a la piscina requiere una entrada especial (con costo adicional) que también incluye el ingreso a las ruinas de Hierápolis y a los travertinos de Pamukkale. Hay vestuarios modernos, duchas y espacios para relajarse antes y después del baño.
Ya que estás ahí, hay dos paradas obligatorias más. La primera son los Travertinos de Pamukkale, una formación única de terrazas blancas naturales creadas por los depósitos de carbonato de calcio. A simple vista, parecen montañas nevadas o nubes flotantes. Caminarlas (sin calzado, para protegerlas) es una experiencia mágica.
La segunda, el teatro romano de Hierápolis. Data del siglo II d.C. y fue ampliado bajo el mandato del emperador Septimio Severo. Aunque es una ruina, conserva parte de sus gradas y arquitectura original. Se estima que tenía capacidad para más de 15.000 personas y es uno de los mejor conservados de la región.
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