EXCLUSIVO 24

EL ARTE DE GOBERNAR NO ES LA RUTINA DE CONFORMAR

Alberto F. y la flecha del tiempo

"La pandemia es una suerte de horóscopo común y ruleta con todos los nombres. Por eso mete miedo. Es una verdad adelantada. El número premiado es…" (Bigote Acosta).

En un poema, “El juego en que andamos”, Juan Gelman define, sin  quererlo, claro, el país del 2020: ”El juego en que andamos…Si me dieran a elegir, yo elegiría, esta salud de saber que estamos muy enfermos, esta dicha de andar tan infelices..."

En cuanto a la flecha nos plantamos en Wikipedia: "El concepto de flecha del tiempo se refiere, popularmente, a la dirección que el mismo registra y que discurre sin interrupción, desde el pasado hasta el futuro, pasando por el presente, con la importante característica de su irreversibilidad, es decir, que futuro y pasado, sobre el eje del presente, muestran entre sí una neta asimetría (el pasado, que es inmutable, se distingue claramente del incierto futuro)”. Dejemos fuera a Eddington.

Todos podemos entender que aún las piedras, como el agua y hasta el espacio tomado como un sujeto, tienen una “flecha del tiempo”. Nada queda y, si se quiere usar la poesía, “todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar” dice Machado, Manuel: ”Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la ma r”. Nada queda fuera de la flecha del tiempo, ni siquiera el Señor Presidente.

Fernández Alberto Ángel, el porteño, vive en Argentina y tiene la dicha de andar tan infeliz (Gelman), arremete contra el pasado inmutable queriendo cambiarlo, sin entender su flecha del tiempo, y debería entender que lo suyo es pasar, tal como se lo advierte el poeta.

Esto de andar con declaraciones y declaraciones, en el país que dirige por el voto popular, lleva a confusiones entre sus dirigidos. El arte de gobernar no es el arte de conformar. Soy un dirigido, todos lo somos. Nos confunden sus confusiones y las de algunos colegas que quieren que actúe según ellos piensan y otros actores políticos que se niegan a la tiranía del voto.

Hay un punto de quiebre: Fernández Alberto Ángel, el porteño, no fue elegido Presidente - primera parte en un binomio muy especial-, sabiendo que llegaría el coronavirus. No lo elegimos con la certeza que llegaba la Pandemia. Nada.

Si nos ponemos rigurosos debemos indicar: Alberto Ángel Fernández, el porteño, sabía menos que nosotros de la llegada del virus y de qué modo se alteraría el mundo, se cambiaría Argentina y se torcería su flecha del tiempo.

Dos cuestiones debería definir de un modo diferente a como lo hacía cuando era un componedor de partes dentro de un peronismo particionado por construcción de “el Viejo”, esas dos cuestiones son:

 #  hay demasiado documento sobre el pasado como para mutarlo y la flecha del tiempo lo indica, no se puede cambiar (podríamos citar al filósofo Lepera, el pasado ya no se puede resucitar) y, por lo demás,

 #  dirigir todo el peronismo confiere /requiere un segundo movimiento de mutismo público y decisiones de mesa chica y el sigue al revés, verborragia pública y yerros de mesa chica. Queda una variante; alguien que diga este abogado porteño es así y no tiene arreglo. Que, en rigor, es lo que corresponde. Amarga es la verdad…

Los que desean torcer su veleta según sus vientos están en su derecho, pero aflige que Argentina tenga tantos vendavales. Estamos sobregirados de tormentas.

Elegir una fórmula es saber que son dos y que las decisiones son de conjunto y existe aquello que se llama pactos preexistentes. El binomio fue elegido a simple pluralidad de sufragios. Tiene fecha de entrada y fin de mandato.

La fórmula ganadora no fue votada a ciegas. AF y CFK no estaban solos en el mundo y se encontraron en un puente un día, una vez.

El que tiene una ceguera borgiana (tenues colores entre el amarillo y el naranja y un lenguaje demasiado literario) es quien desea convertir a Fernández, Alberto Ángel, en el sujeto de sus deseos, ya sea en el amor, en la guerra, el odio o la paz.

La pandemia, el coronavirus puso las cosas en otros términos para el mundo y no estamos fuera. Todas las disposiciones, todas, están basadas en un solo componente tan universal que, pese a su invisibilidad, aparece muy claro. El miedo nos guía, el miedo nos lleva a obedecer. Es, si se me permite, un adelanto de la certeza: todos nos vamos a morir.

La pandemia es una suerte de horóscopo común y ruleta con todos los nombres. Por eso mete miedo. Es una verdad adelantada. El número premiado es…

Es una graciosa equivocación la de Kicillof indicando que, por el coronavirus, podemos morirnos antes de lo pensado. Graciosa pero cierta. Atrae la incertidumbre a cada amanecer, una tos, un resfrío y una cama de terapia intensiva. Reparemos en este punto: la Pandemia refrescó el final anunciado y, por tanto, se juega diferente el juego (en el que todos  andamos, no solo Gelman)

En la flecha del tiempo de Fernández (Alberto Ángel, el porteño) el coronavirus es un componente tan real que asombra que nos distraigamos enrostrándole un carácter que  no tiene y un temperamento que no es el que esperábamos.

En su tiempo, con el que coincidimos, en su mandato presidencial, al que estamos sujetos, hay una malversación de culpas, un equívoco juego de roles.

Suponer que el hijo de “Pajarito” Grabois habla en nombre de Fernández, que Pérsico, que los ministros y sus contradicciones cotidianas son todos dichos de Fernández, Alberto Ángel o decisiones sin recurso de queja de los personeros espontáneos de Cristina Elizabet Fernández de Kirchner, empingorotada muchacha de los arrabales platenses, es suponer un país unívoco y no hay una sola voz ni un mismo tiempo ni, siquiera, una coincidencia en el anhelo o el desatino. Es el mismo tren histórico y un alarido simultáneo, cada quien con su boleto.

Ni siquiera el General era una voz solitaria. Al porteño Alberto Ángel le ha tocado (lo ha votado) un país vocinglero y en la más clara miseria, un conurbano (no es su pago) donde la gente es mucha y el hambre mas importante, si cabe. Una generación de políticos que tienen el Siglo XX como el envión de sus propias flechas y un Jefe de la Oposición como Mauricio Macri con su propio vector alucinado.

Lo que debemos entender, por mejor decir, a lo que debemos prepararnos es a la inercia del topetazo, porque tiene un tope esta fuerza que nos lleva y nos lleva, que nos quitó la sábana y nos dejó con todos nuestros miedos al aire, en el viciado aire del encierro. La inercia no es la mejor defensa, pero a esa fuerza (inercial) le hemos encargado el porvenir.

Hay dos países claros en los que manda Fernández. No son iguales ni parecidos, apenas hijos del mismo código genético y, si hace falta advertirlo se advierte: colados de la misma flecha de quien cierra aquel siglo y deja desguarnecido en el que estamos. El Alberto Ángel, el porteño.

Como diría Juan, “Si me dieran a elegir, yo elegiría esta inocencia de no ser un inocente, esta pureza en que ando por impuro”. Eso somos los integrantes del movimiento popular que nos pariera.

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