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"(...) No hay guantes de látex, hilo de sutura, drogas oncológicas y/o para celíacos, epilépticos, sidóticos. No hay en stock. Estamos al día. Mañana no se sabe. El Ministro de Salud santafesino, Miguel Capiello, declaró públicamente que traía anticonvulsivantes del Uruguay para consumo familiar. No hay vidrios grandes, blindados, no hay perfumes, zapatillas, no hay autorización para traer micrófonos y aparatos electrónicos al país. Hasta un héroe mediático, como Pergolini, debió insultar para que permitiesen la entrada de componentes necesarios para el armado de una radioemisora. Chantaje público contra el bloqueo. No hay carretel de cable para conexiones técnicas, se emparchan los retazos. No hay esencias para fabricar perfumes nacionales y cada día es más difícil el perfume importado ¿A quién se le ocurre oler a Dior y/o Carolina Herrera? (...) La esclavitud telefónica es desesperante. Los usuarios no logramos hablar, para quejarnos, con una persona. Cualquiera de los teléfonos inteligentes nos remite a una máquina que nos codifica para ignorarnos. Todas las leyes están a su favor. Nos roban los minutos, los segundos, los saldos. La cadena del abono es de titanio (importado) no la rompe nadie. Telefónica, Telecom, el señor Slim, todos son fantasmas. Las defensorías de los consumidores, que deberían defendernos, para defenderse dicen no podemos hacer nada. Já. (...)", se lamenta el columnista, además usuario/contribuyente/ciudadano... víctima... prisionero.
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