En la Argentina hay 557 estudiantes universitarios por cada 10.000 habitantes, mientras que en Brasil son 408 y en Chile, 355. Hasta ahí, un éxito local que se desvanece apenas se observan las cifras de graduados dado que en la Argentina son menos los que acceden al título.
¿BUENA O COSTOSA NOTICIA?
Polémico: Argentina tiene más estudiantes universitarios, ¡que no se gradúan!
Bueno es que la Argentina tiene 557 estudiantes cada 10 mil habitantes, cuando Brasil tiene 408 y Chile, 355. Malo y costoso es que tiene la mitad de graduados.
Los datos muestran niveles locales de graduación muy malos: Argentina tiene apenas 31 graduados cada 10.000 habitantes, mientras que Brasil presenta 61 y Chile, 55.
Esto quiere decir que a nivel local las posibilidades y expectativas de llegar a una educación superior son más altas y eso es bueno, pero qué sentido y qué costo tiene ello si luego se transforman simplemente en "eternos estudiantes", algo que afecta en nuestro país, sabido es, a la educación pública. Y, por otro lado, cuál es el problema y cómo hacer para que el sistema sea más eficaz.
Los expertos dicen que hay que acompañar mejor las trayectorias, revisar la enseñanza y fortalecer el nivel secundario. Es que los mayores responsables no son los estudiantes.
El informe
Los datos surgen del estudio 'Reducida graduación universitaria', del Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA) de la Universidad de Belgrano, dirigido por Alieto Aldo Guadagni. El informe compara la cantidad de estudiantes y graduados universitarios en Argentina, Brasil y Chile, así como la eficacia en la graduación (cuántos estudiantes se reciben en el tiempo esperado) y los mecanismos de ingreso a la universidad en cada país.
"Al comparar nuestras cifras sin restricciones de ingreso frente a las de países con sistemas restrictivos como Brasil y Chile, se observa que su sistema es mucho más eficaz, con mayor graduación anual y mayor crecimiento en cantidad de graduados en los últimos años", analiza Francisco Boero, autor del informe.
Para estimar la "eficacia" en la graduación, el documento compara la cantidad de ingresantes en el año 2017 con la cifra de graduados del año 2021. Ese indicador –que presupone que las carreras duran 4 años– arroja que en Argentina solo se gradúan 28 estudiantes de cada 100 que ingresaron 4 años antes, mientras que en Brasil se reciben 46 y en Chile 69.
También es cierto que según datos oficiales de la Secretaría de Políticas Universitarias, la duración promedio de las carreras en Argentina está muy lejos de los 4 años: en los hechos, los estudiantes tardan en promedio 9 años en terminar sus carreras. Y son pocas las que prevén de entrada una duración "teórica" de solo 4 años.
Menos de un tercio de los universitarios (29,6%) egresan en el tiempo previsto por el plan de estudios. Las trayectorias se prolongan no solo porque en Argentina las carreras son más largas que en otros países: también incide la alta proporción de estudiantes que trabajan; así como cuestiones académicas como la rigidez de los planes de estudio o la falta de coordinación entre materias correlativas, que puede hacer que un alumno que desaprueba una asignatura pierda un año de cursada.
Ingreso y selectividad
"Es importante prestar atención a que los sistemas de ingreso a la universidad en nuestro país son totalmente diferentes a los de nuestros vecinos. Tenemos ingreso irrestricto determinado por ley (pocos países en el mundo comparten este régimen). Pero al mismo tiempo tenemos muy pocos graduados. Por su parte, nuestros vecinos tienen exámenes generales de graduación secundaria (el ENEM en Brasil y la PAES en Chile)", plantea Alieto Guadagni, director del CEA.
Pero para comparar es fundamental contextualizar: tener en cuenta el modelo universitario, la estructura social y las políticas, que son muy diferentes en los tres países analizados, advierte Norberto Fernández Lamarra, profesor de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y expresidente de la Sociedad Argentina de Estudios Comparados en Educación.
"En Brasil hay un fuerte predominio de las universidades privadas: el 80% de los estudiantes cursa en este tipo de instituciones. Dos tercios de esas universidades son comerciales, algo que no existe en Argentina ni en Chile: son propiedad de sociedades anónimas. En Argentina, el 18% de los estudiantes asisten a universidades privadas, pero están prohibidas expresamente por ley las universidades comerciales", describe Fernández Lamarra.
Tanto Brasil como Chile tienen exámenes de ingreso exigentes, pero en Brasil esa selectividad incide sobre todo en el acceso a las universidades públicas. "Nuestro sistema ha tendido a la democratización de la educación superior: desde 1949 tenemos la universidad pública gratuita; las instituciones tienen mecanismos de ingreso –como el CBC de la UBA– pero no son selectivos. En Chile, donde una alta proporción de los jóvenes directamente no logra ingresar, el sistema ha llevado a situaciones conflictivas, que derivaron en sucesivos programas de democratización", afirmó Fernández Lamarra.
Según expertos, el problema radica en los mecanismos de ingreso al sistema universitario argentino, en el nivel académico de los egresados de la escuela secundaria, y también mencionan los "escasos incentivos" que ofrece la secundaria para prepararse adecuadamente para la universidad: da lo mismo terminar la escuela con un promedio alto o bajo.
Para Marcelo Rabossi, doctor en Educación, profesor e investigador en la Universidad Torcuato Di Tella, más allá de los niveles de aprendizaje, y la baja terminalidad de la escuela secundaria, las bajas tasas de graduación resultan inherentes a un modelo universitario de ingreso irrestricto:
En contraste, los modelos selectivos resultan más "eficientes" –pero más excluyentes–. En la Universidad de Harvard ingresan solo 6 de cada 100 postulantes: sus tasas de graduación se acercan al 95%.
Cómo mejorar los resultados
El dilema argentino es entonces cómo mejorar los resultados del sistema. Según Fernández Lamarra, es fundamental que las universidades "hagan mayores esfuerzos en el apoyo a las trayectorias de los estudiantes, generando instancias de asistencia pedagógica, dándoles herramientas para enseñarles a estudiar". En tanto, también plantea que las instituciones de educación superior "deberían articular con las autoridades provinciales para mejorar la enseñanza en la escuela secundaria".
Por su parte, Mónica Marquina, doctora en Educación Superior, investigadora del Conicet y coordinadora de los equipos de educación de la Fundación Alem, se refirió en diálogo con un sitio porteño a los nuevos perfiles de los estudiantes:
Los especialistas también apuntan a la duración de las carreras y a las formas de enseñanza en la universidad, donde suele haber menos reflexión pedagógica que en la escuela. "Los nuevos enfoques asumen que los estudiantes requieren tiempo de estudio propio, nuevas formas de aprender; que hay otras fuentes de conocimiento a las que usualmente recurren más allá de la escucha al docente en una clase magistral, con las nuevas tecnologías bien utilizadas, todo lo cual requiere cambiar la perspectiva", agrega Marquina.
La investigadora del Conicet subraya la necesidad de revisar la didáctica y el currículum: "No tengo dudas de que hay que poner el foco en los planes de estudio y en la forma de enseñar de los docentes. Esto merece un análisis profundo por parte del sistema universitario, sin por ello recurrir a soluciones rápidas y resguardando, sobre todo, la calidad".
Por último, Rabossi sostuvo que, si bien es deseable, "que un estudiante finalice los estudios universitarios, y a eso debe propender el sistema", aunque no se alcance la meta, "las experiencias universitarias tienen efectos positivos más allá del título":
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