El pequeño burgués des-ilustrado: Historia de una declinación

POR CLAUDIO CHÁVES

La distancia que hay entre Niní Marshall y Fernando Peña, o Pepe Biondi y Fabio Posca es tan formidable que advierte sobre la brutal declinación moral de sectores minoritarios de la clase media argentina.

Esta decadencia estética y de valores requiere un estudio profundo, al menos, de los últimos cincuenta años de la cultura popular. Y es un aviso del descenso intelectual de un sector inquieto y movedizo de nuestra sociedad: el pequeño burgués des ilustrado.

Su responsabilidad, innegable, no tiene justificación alguna si entendemos que este sector ocupa espacios de privilegio en la distribución de saberes y en el acceso al conocimiento. Alcanzan la escolaridad primaria, secundaria, terciaria o universitaria, consumen revistas, cine y pasean. Tienen voz, hablan y se los escucha, a su manera, son expectables.

Construyen estilos, normas o pautas con fuerte impronta cultural. Marcan, por así decir, las huellas de una época. Indican sus gustos y sus modas.

Organizan y diagraman programas televisivos, imaginan los guiones cinematográficos, las publicidades, las redacciones de diarios y revistas, las propuestas literarias, las letras de las canciones de moda.

De este sector emergen, también, los actores, los autores, los escritores, las modelos, las vedettes, los músicos, los periodistas, los críticos de espectáculos, los generadores de imagen, los opinadores de toda laya y en fin el mundillo de la intelectualidad expuesta al público.

Los docentes, los sicólogos, los sociólogos, los técnicos de marketing, y el arco de sabiondos y culturólogos que año a año desbordan la feria del libro.

Si bien no se puede culpar a todos por esta decadencia es aquí en este firmamento donde hay que buscar responsables para desarticular la trama vergonzante de la cultura ultrajada.

El problema ya está instalado y comienza a percibirse una sana reacción. Pedro Simoncini miembro de la Academia Nacional de Educación, desde hace tres largos años nos avisa de esta crisis y en estos días vuelve a ocupar un espacio merced a la insistencia de otros intelectuales como Carlos Gorostiza, Santiago Kovadloff o Carlos Floria para signar sólo a algunos.

Seguramente aparecerán los que harán responsable de esta declinación al neoliberalismo de los 90 al cual se acusa absolutamente de todo.

"Será difícil salir del colapso moral" nos advierte Aida Bortnik, porque: "Menem representó un oscurantismo increíblemente peligroso, del que nos va a costar salir" (La Nación 2/4/05).

Pero no debemos ser ingenuos esta afirmación es politiquería barata. El mundillo de la intelectualidad, del cual forma parte Bortnik, ha sido refractario a los 90, -si algo identificó a los intelectuales argentinos fue su cerrada oposición a la "vulgaridad menemista", sin embargo, a ellos le debemos la grosería, la vacuidad, la obscenidad, el regodeo en las perversiones, el tratamiento demagógico de las llagas sociales y las miserias humanas como insumos y materia prima de la "obra de arte".

Ha sido la "intelligencia", sin bandería política, la que nos abruma con su vulgaridad obscena.

Bandas de rock como la Bersuit Vergarabat, Ataque 77, o grupos de cumbia con su procacidad y mal gusto marcan el tono y el sabor de la comunicación.

¡Que atrás, han quedado las letras de Leonardo Favio, los Wawancó o Gilda!

Todo evoluciona para la inmundicia, el delito, la grosería y la perversión. Es preciso frenar esta avalancha de mugre.

¿Tan lejos de nosotros han quedado la Familia Falcón, Doctor Cándido Pérez y Señora, los grandes teleteatros como el "Teleteatro para la hora del té" el "Amor tiene cara de Mujer", "Estrellita esa pobre campesina" o "Simplemente María"?

Ahora padecemos tiras diarias como Los Roldán cuyos personajes se hallan obsesionados por lograr la grosería en su máxima expresión como garantía de fidelidad popular, aspectos que le han hecho decir a Alberto Migré que no ve a los Roldán porque cuando uno va al baño debe cerrar la puerta.

O la zaga de tiras nocturnas donde la prostitución, la locura, las perversiones o desviaciones morales reciben un tratamiento similar que los niños en Jacinta Pichimahuida.

El cine nacional también tiene lo suyo no hay escoria o resaca social que no disponga de su cuadro. Desde "Martín H" hasta "Un año sin amor" y "Géminis" no hay degenerado que no irradie simpatía y ternura.

En fin, la lista sería interminable. Esta es sólo una mirada. Naturalmente, no toda la producción artística, televisiva o cinematográfica, en nuestro país, se halla sumergida en las mismas. De todos modos sería una buena idea acotar y restar oxígeno a la basura, siempre en el marco del debate, no de la prohibición. La calidad de vida cultural de los argentinos tiene derecho a mejorar.