Leído

POST-PANDEMIA

Trabajo y discapacidad con una mirada inclusiva

Mie, 24/06/2020 - 10:52am
Enviado en:
Por Urgente24

¿Qué puede obtenerse de la pandemia? ¿Es que nos ha pasado todo eso sin dejar más que preocupación, muerte, tristeza, desempleo? ¿O quizás podríamos alcanzar conclusiones que permitan un crecimiento personal, que siempre redundará en una mejora colectiva? Por ejemplo, ¿qué hacer con la discapacidad en la post-pandemia? ¿Y qué pasará con mi visión de la discapacidad en función de oportunidades laborales, partiendo de la conclusión que el Otro existe, y el Otro también soy Yo? De esto trata la oferta de ADILTRHA en una videoconferencia que prepara para el viernes 26/06 (inscribirse por Evebrite o ingresar por el canal youtube de ACILTRHA):

Viernes 26/06 a las 14:00.
whatsapp_image_2020-06-19_at_20.24.21.jpeg
Viernes 26/06 a las 14:00.
Contenido

A propósito de la propuesta que planteará ACILTRHA (Asociación Civil de Licenciados en Relaciones Laborales, Relaciones del Trabajo, Relaciones Industriales y Licenciados en Relaciones Humanas), un texto de André Gorz (seudónimo de Gerhart Hirsch, teórico de la ecología política​ y el altermundialismo, cofundador, junto a Jean Daniel, de la revista Le Nouvel Observateur, con el seudónimo de Michel Bosquet):

"(...)  #  ¿Por qué decimos que una mujer tiene un “trabajo” cuando enseña en un jardín de infantes y que no lo tiene cuando cría a sus propios hijos? 

 #  ¿Por qué a la primera se le paga por lo que hace y a la segunda  no? 

Pero la madre que se queda en el hogar seguiría sin tener un “trabajo”, aunque se aproximaría a un subsidio social igual al salario de una puericultora. 

Seguiría siempre sin tener un “trabajo” aunque también tuviera un diploma de educadora. ¿Y eso por qué? Porque el “trabajo” está definido de entrada como una actividad social, destinada a inscribirse en el flujo de los intercambios sociales en la escala de toda la sociedad. 

Su remuneración testimonia esta inserción, pero tampoco es lo esencial es que el “trabajo” llena una función socialmente identificada y normalizada en la producción y la reproducción del todo social. Y para llenar una función socialmente identificable, el mismo debe ser identificable por las competencias socialmente definidas que pone en funcionamiento según procedimientos socialmente determinados. 

Debe, en otros términos, ser un oficio, una profesión, es decir la puesta en obra de competencias institucionalmente certificadas según procedimientos homologados. La madre que se queda en el hogar no llena ninguna de estas condiciones: su trabajo no se integra en el proceso del trabajo social; no está sujeto a procedimientos homologados, institucionalmente controlados (o controlables) en su conformidad con normas profesionales; no está sujeto a criterios públicos en materia de horarios y de eficiencia. 

En resumen, no se sitúa en la esfera pública, no responde a necesidades socialmente definidas, socialmente cosificadas. No más que el trabajo del esclavo o que el trabajo de creación, artístico o teórico.

El creador, teórico o artista no “trabaja” (no tiene un trabajo) salvo que de cursos o clases que respondan a una demanda pública y socialmente determinada; o cuando ejecuta un encargo. Lo mismo ocurre con todas las actividades artísticas, deportivas, filosóficas, etcétera, cuyo fin es la creación de sentido, la creación de si (de subjetividad), la creación de conocimiento…

La creación no es socializable, codificable; es por esencia trasgresión y recreación de normas y de códigos, soledad, rebelión, rechazo y oposición al “trabajo”. No puede ser un “sustituto del trabajo” (como lo sugería Bernard Pret) encargado de perpetuar la sociedad del trabajo.

Por la homologación de las competencias, de los procedimientos y de las necesidades que implica, el “trabajo” es un poderoso medio de socialización, de normalización, de estandarización, que reprime o limita la invención, la creación, la autodeterminación individuales o colectivas de normas, de necesidades y de competencias nuevas. 

Por eso, el reconocimiento social de nuevas actividades y competencias que responden a nuevas necesidades siempre tuvo que ser impuesto por las luchas sociales. Lo que está en juego siempre ha sido, por lo menos implícitamente, político: había que hacer retroceder el poder de la sociedad (de sus aparatos, profesiones organizadas, leyes y reglamentos) sobre los actores sociales, para afirmar el poder y el derecho de estos sobre aquellos.

La facilidad con que el neoliberalismo se impuso a partir de fines de los años setenta encuentra una de sus causas en esto: el rechazo cada vez mas extendido, aun para la clase obrera, de la normalización propia del fordismo y de la “dictadura de las necesidades”, propia de la burocratización del Estado providencialista: los “ciudadanos” se habían convertido en “administrados”, tenían derechos solo en tanto y en cuanto su “caso” individual estaba previsto por una clasificación preestablecida y por la nomenclatura oficial de las necesidades. 

La solución colectiva se encontraba así desviados y los lazos de solidaridad vivida se habían roto a causa de una individualización metodológica que reforzaba la dominación del aparato del Estado sobre los ciudadanos, transformados en cliente de éste.

En principio (pero solo en principio) la abolición masiva del “trabajo”, su estandarización y desmasificación posfordistas, la desestatización y la desburocratizacion de la protección social habrían podido o habrían debido abrir el espacio social a abundantes actividades auto-organizadas y autodeterminadas en función de necesidades experimentadas y meditadas. 

Esta liberación del trabajo y esta ampliación del espacio público no se produjeron: habrían supuesto el nacimiento de una civilización, de una sociedad y de una economía diferente, que habría puesto fin al poder del capital sobre el trabajo y a la preeminencia de los criterios de rentabilidad financiera. 

Pero la desentandarización, la desmasificación y la desburocratización posfordistas buscaban el fin contrario: sustituir las leyes que se dan las sociedades-Estado por las “leyes” sin autor del mercado; gracias al juego sin obstáculos de esas leyes” sustraer el capital al poder de la política; poner en vereda a las clases obreras rebeldes aboliendo el “trabajo”,  pero sin dejar de hacer del “trabajo” la base de pertenencia y de derechos sociales, el camino obligado hacia la estima de sí y de los otros.

Así se abrió una nueva era en la cual lo que podía servir para liberar a los hombres y la mujeres de las necesidades y las servidumbres, se volvió contra ellos para desposeerlos y someterlos. 

Así reaparecieron las mismas formas de subproletarización, de miseria fisiológica, de “vagabundeo” de “bandidaje” que habían acompañado al nacimiento del capitalismo fabril a fines del siglo XVIII. 

Así las condiciones de vida del “tercer mundo” se extendieron por el “primer mundo”. 

 #  Así el “desarrollo” de las producciones que valorizan el capital hizo que desmejorara el trabajo de subsistencia que no lo valoriza, forzando a cientos de millones (no exagero) de pobladores rurales del “tercer mundo” a ir a engrosar las villas miseria de las gigantescas concentraciones urbanas. 

 #  Así, al mismo tiempo, sin precedentes en la historia, obtuvo tasas de beneficio sin precedentes en la historia; y esos capitales lograron producir volúmenes crecientes de riquezas consumiendo cada vez menos trabajo, (por cierto, nada de impuestos) sobre los beneficios y dejando de tal manera de financiar los costos sociales y ambientales engendrados por la producción, el costo de las infraestructuras de las que esta tienen necesidad.

 #  Así la reproducción material y cultural de las sociedades entra en crisis y la anomia, la barbarie, las guerras “civiles” larvadas o no, el miedo a un desfondamiento de la civilización y a la implosión de la economía globalizada, basada en las finanzas, en la cual el dinero produce dinero sin vender ni comprar nada más que dinero, se extienden a todos los continentes. 

El dinero se convirtió en un parásito que devora la economía y el capital, en un depredador que saquea la economía. Uno y otro, gracias a la globalización del mercado liberado de todas las reglas y obstáculos, de emancipan de los Estados y de las sociedades, sustituyendo las sociedades-Estado por la no-sociedad absoluta y los Estados-Nación por un Estado “virtual” sin territorio ni fronteras ni distancias ni ciudadanos: el Estado global propio del dinero-rey. 

Así, el capital realiza por fin su esencia ideal de poder supremo que no admite ni compartir ni tener trabas. Separado del mundo de la vida y de las realidades sensible, sustituye los criterios del juicio humano por el imperativo categórico de su propio crecimiento y sustrae su poder a los poderes humanos: tuvo éxito en su Éxodo.

El capitalismo logró, al hacer esto, remontar la crisis modelo fondista. Lo logró al apoderarse de una mutación tecnocientífica que lo supera a él mismo y cuyo alcance histórico y antropológico es incapaz de asumir, como la demuestra Jacques Robin.

En gran medida desmaterializó las  grandes fuerzas productivas: el trabajo (y no estamos más que en el principio de este proceso) y el capital fijo. La forma más importante del capital fijo es, desde ese momento, el saber almacenado y que se vuelve instantáneamente disponible por la tecnología de información, y la forma más importante de la fuerza de trabajo del intelecto. Entre el intelecto y el capital fijo-es decir, entre el saber vivo y el saber-máquina-ahora la frontera es vaga. 

El capitalismo posfordista hace suya la fórmula de Stalin: “El hombre es el capital más precioso”. 

“El hombre” está subsumido en el proceso de producción como recurso humano”, como “capital humano”, capital humano fijo. Sus capacidades específicamente humanas están integradas en un mismo sistema con el intelecto inanimado de las máquinas. Se vuelve ciborg, medio de producción en su totalidad, hasta su ser sujeto, es decir capital, mercancía y trabajo a la vez. Y en la medida en que sus capacidades no tienen utilidad en el sistema de valorización del capital dinero, es rechazado, excluido, considerado inexistente. El hombre-capital-más-precioso no es hombre más que si puede funcionar como capital.

He aquí lo que la excelente pregunta de Lester Turow sitúa en  su contexto: "¿Cómo puede funcionar el capitalismo cuando el capital más importante, el capital saber, no tiene más propietario?”.

El capitalismo por el momento le ofrece dos respuestas parciales y provisorias:

La “empresa individual” en la cual “el hombre” se trata a sí mismo como capital y se  valoriza a sí mismo en tanto que tal. Tal es el caso de la elite of knowledge workers, como los llama Rifkin, que componen una fracción de ese 4% de norteamericanos activos que ganan juntos tanto como la mitad (51%) de la totalidad de los salarios. Robert Reich los describía como “una pequeña elite de norteamericanos  prósperos en un país de trabajadores cada vez más pauperizados. Los miembros de esta tribu de nómades high-tech tienen más en común entre sí que con los ciudadanos de los países  donde hacen sus negocios (…) Se retirarán a enclaves cada vez más aislados del mundo (…) y sus zonas de actividad no se parecerán en nada al resto de Estados Unidos”.

La segunda solución es la propuesta por las grandes firmas: toman posesión del “capital humano”, restableciendo relaciones precapitalistas casi feudales, de vasallaje y de pertenencias. Se tratará el tema más adelante. El capitalismo no evitará su hundimiento, dice Thurow salvo que cambie fundamentalmente, proponga un “gran proyecto”, “una visión convincente de un futuro mejor”, “la visión de un bien superior común a la sociedad entera”. Pero esta visión, agrega, no existe en ninguna parte, “corresponde a la izquierda ofrecerla”. 

 #  ¿Es preciso entonces salvar al capitalismo a pesar de él mismo? 
 #  ¿Es posible? 
 #  ¿Hay algo mejor que hacer? 
 #  ¿Podemos responder a su Éxodo con el nuestro hacia tierras que no domine? 
 #  ¿Hay caminos practicables para ese Éxodo tanto en los países ricos como en los países periféricos, los que cuentan actualmente con 800 millones de desempleados totales o parciales y en los cuales 1.200 millones de jóvenes llegarán al “mercado de trabajo” en los próximos 25 años?

Algunos de nosotros, a comienzos de los años '60, distinguíamos entre reformas subalternas y reformas revolucionarias. 

Las primeras parten de la urgencia de remediar las disfunciones de la sociedad existente en función de una sociedad diferente que está en gestación en ella y que ofrece a las acciones su sentido y su fin último. La tarea de la política sería la de definir objetivos estratégicos intermedios, cuya búsqueda responda a las urgencias del presente, prefigurando la sociedad diferente que exige nacer.

Encuentro en la actualidad el mismo enfoque en Henri Maler y en  Jacques Bidet con el cual siento la mayor afinidad. “Cuando se ha renunciado a actuar a partir de un fin último radicalmente diferente”, escribe, “se corre el riesgo de ver cómo se borra la frontera precisa entre lo que no es más que un acondicionamiento del capitalismo (…) Es razonable tomar el curso del mundo a partir de su último término concebible (…) Sólo serán finalmente oídos los que quieran cambiar la faz del mundo".