Assange en las cloacas del The New York Times/The Guardian
De acuerdo a lo que ha explicado ya Canongate Books, de Londres, ellos firmaron un contrato con Julian Assange para que él publicara sus memorias, él cobró un anticipo con el que pagó a sus abogados ingleses, pero luego se arrepintió. Pero cancelar el contrato en forma unilateral, sin devolver el dinero y cuando él mismo había verificado el contenido, resultaba imposible porque, además, Canongate Books ya había comercializado los derechos con 38 editoriales de todo el mundo. Por lo tanto, publicó el libro con el título “Julian Assange. The Unauthorised Autobiography”.
CIUDAD DE BUENOS AIRES (2015). De acuerdo a lo que ha explicado ya Canongate Books, de Londres, ellos firmaron un contrato con Julian Assange para que él publicara sus memorias, él cobró un anticipo con el que pagó a sus abogados ingleses, pero luego se arrepintió. Pero cancelar el contrato en forma unilateral, sin devolver el dinero y cuando él mismo había verificado el contenido, resultaba imposible porque, además, Canongate Books ya había comercializado los derechos con 38 editoriales de todo el mundo. Por lo tanto, publicó el libro con el título “Julian Assange. The Unauthorised Autobiography”.
Hoy día el australiano Julian Assange permanece en la embajada de Ecuador en Londres, en calidad de refugiado, statu-quo que no le admite el gobierno británico, que desea extraditarlo a Suecia. Del texto citado resulta muy interesante el backstage del episodio que llevó a Assange a quedar en la mira del gobierno estadounidense: el Cablegate, la documentación interna estadounidense que difundió la organización no gubernamental WikiLeaks con la ayuda de varios medios de comunicación: The New York Times (USA), The Guardian (Reino Unido), Der Spiegel (Alemania), Le Monde (Francia) y El País (España).
Sin embargo, el relato de Assange afirma que él fue decepcionado por The New York Times y The Guardian, y que el relato construido por ambas empresas periodísticas acerca de su supuesta excelencia informativa es basura, y que su participación fue hasta irresponsable para con la suerte que corriese Assange, para con la propia organización que les había suministrado el material, para con el potencial del contenido en sí mismo, y para con los protagonistas de los eventos globales documentados en los despachos informativos de decenas de diplomáticos estadounidenses hacia el Departamento de Estado.
Infrecuente un relato tan crudo acerca del comportamiento aparentemente desleal de íconos del periodismo contemporáneo. Sin duda, una advertencia hacia los recaudos imprescindibles a tomar de parte otras organizaciones no gubernamentales que tengan que negociar condiciones. Muy lamentable todo el episodio, de ser cierto.
Aquí un fragmento del capítulo “Cablegate”:
Divulgar informaciones clasificadas no es sólo una actividad: es un modo de vida. Desde mi punto de vista requiere a la vez sensatez y sensibilidad: eres lo que sabes, y ningún Estado tiene derecho a hacer que seas menos de lo que eres. Mnuchos Estados modernos olvidan que fueron creados sobre los cimientos de los principios de la Ilustración, que el conocimiento es el garantede la libertad, y que ningún Estado tiene derecho a dispensar justicia como si se tratara de un mero favor que el poder le hace a los ciudadanos. La justicia, en realidad, si es merecedora de tal nombre, permite ponerle freno al poder, y si un gobierno pretende cuidar de su pueblo deberá garantizar que la política no pueda tener jamás un control absoluto sobre la información.
Es de sentido común, es pura sensatez. Y antiguamente era el primero de los principios del periodismo en todos los países dotados de libertad de prensa. Internet ha hecho más sencillo censurar la escritura, borrar la verdad con un clic (a Stalin le hubiese encantado) y someter a control los datos sobre las vidas privadas de las personas de formas que hubiesen hecho las delicias de los demoníacos manipuladores de documentos del Tercer Reich. A menudo el secreto es un privilegio del que sólo disfrutan los poderosos, y cualquiera que se atreva a decirlo hoy en día no ha de soportar únicamente que la gente niegue que se trate de una antigua premisa liberal, una de las bases de la democracia misma, sino que ha de aguantar también que digan de él que es un exótico anarquista que “pone en peligro la seguridad nacional”. Los principios establecidos por la Constitución norteamericana, si se examinan a fondo, serían vistos como excesivamente radicales por un gran número de los ciudadanos actuales de ese país. Para ellos, Jefferson sería un enemigo del Estado, y Madison un guerrillero rojo.
De la misma manera, en la China actual, Marx y Engels, aquellos antiguos estudiosos de la economía, serían contemplados como locos que apenas eran capaces de comprender el verdadero valor humanístico de un bolso de Gucci o del último modelo del iPad.
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(…) Al comienzo de nuestras relaciones con los medios convencionales que se asociaron a nuestra tarea de difusión, supe que en un momento u otro llegaría a ofrecerles la posibilidad de publicar un giganteso alijo de cables diplomáticos que nos habían hecho llegar hacía un tiempo, y a cuya preparación estábamos dedicando mucho esfuerzo. Preferí esperar un poco más, entre otras cosas, para permitir que los diarios de Afganistán e Irak fuesen viendo la luz de la forma más meticulosa y escalonada posible. Había muchísimos materiales, y hace falta mucho tiempo para ir leyéndolos y seleccionándolos, organizándolos y presentándolos, teniendo siempre en cuenta aspectos legales y de todo tipo a la hora de elegirlos. Nuestra principal preocupación siempre es la de cumplir la promesa que les hacemos a nuestras fuentes: si los maeriales filtrados cumplen los requisitos de nuestra política editorial, si son importantes, nuevos, y están siendo sometidos a una forma u otra de censura, los difundiremos lo antes que podamos y lo haremos con todos los apoyos y el ruido que seamos capaces de organizar. Los cables del grupo al que ahora me refiero detallaban actividades llevadas a cabo por embajadas del mundo entero; levantaban la cubierta que ocultaba muchísimas operaciones secretas, ponían al descubierto prejuicios largamente sostenidos, mostraban casos embarazosos para los países y para las actividades de las personas, y lo hacían en todos los niveles de la actividad gubernamental. Al igual que las anteriores filtraciones, harían muy visibles y con todo detalles muchísimas cosas pese a los esfuerzos de unos y otros por conseguir que resultyasen borrosas y confusas. Y por encima de todo, cambiarían nuestro modo de comprender qué hacen nuestros gobiernos y por qué.
Como consecuencia de la vigilancia a la que estábamos sometidos y de la actitud agresiva del Pentágono contra mí, decidí sacar copias de los cables a fin de tener garantías de que estaban bien guardados. No me gustaba la manera en que se habían desarrollado las cosas en relación con The Guardian, y aunque la actitud del The New York Times era despreciable, en relación con el diario inglés mi criterio era lo de “más vale malo conocido”. Sin embargo, The New York Times había demostrado con creces su cobardía, y yo no estaba dispuesto a volver a trabajar con este medio. Por otro lado, temía que se produjese alguna clase de ataques de grandes proporciones en contra de nuestra organización, de manera que hice copias de los 250.000 documentos y los escondí en primer lugar utilizando mis contactos en Camboya y en Europa Oriental. También los metí de forma encriptada en una PC, que hice llegar a manos de Daniel Ellsberg, el héroe de los papeles del Pentágono. Para nosotros, entregar estos materiales a Dan poseía un valor simbólico. También sabíamos que, si se producía algún tipo de crisis grave, podíamos estar seguros de que él los publicaría.
Hay que comprender que esos materiales no sólo poseían un gran valor desde el punto de vista de la filosofía política. De haber querido hacerlo, probablemente hubiésemos podido vender esos cables por una suma de varios millones de dólares; de hecho, me han ofrecido dinero por ellos incluso después de haber empezado a publicarlos. Pero esta no es nuestra forma de actuar. De todos modos, yo quería que los medios asociados a nosotros compendieran el enorme valor que poseían esos materiales, y que así pudiesen entender de qué se estaba hablando cuando negociáramos con ellos las condiciones que íbamos a pedir a la hora de difundirlos.
The Guardian seguía siendo el periódico adecuado para procesas estos materiales, y puse al margen mis prevenciones contra este medio. Pedí una carta firmada por Alan Rusbridger, el director del diario, en la que me garantizara que los materiales se mantendrían en la más absoluta confidencialidad, que ninguno de ellos sería publicado hasta que nosotros nos sintiéramos preparados para hacerlo, y que no iban a ser guardados en ninguna computadora que estuviese conectada a Internet ni a ninguna red informática interna del diario. Rusbridger aceptó estas condiciones, y ambos firmamos la carta. A cambio de este compromiso, le entregué un disco encriptado con una clave de acceso, y a partir de ese momento ellos dispusieron de los materiales. Justo en ese momento el mismo periodista veterano de la otra vez se fue de vacaciones a Escocia, feliz y contento de la oportunidad, para dedicarse a leer los documentos y mantenerse en contacto con nosotros para concretar un plan de trabajo.
Debido a que a estas alturas el asunto sueco ya era conocido, había entre los medios asociados a nosotros una actitud propia de colegialas chismeando. Me dejó bastante pasado que fuese así, porque muchos de los periodistas implicados en nuestro trabajo son gente que se dedica a la investigación, y uno podíaq suponer que eran genete avezada en casos de difamación y actitudes histéricas relacionadas con los proscritos del mundo de la política. Un hombre que trabajaba en la Oficina de Periodismo de Investigación, por ejemplo, les dijo en cierto momento a sus compañeros que no tenía intención de “subir a ningún escenario al lado de un violador”, y el hecho de que los diarios se negaran a que el logotipo de su cabecera apareciese junto al nuestro en el cartel que iba a presidir la rueda de prensa olía a la misma clase de recelos y credulidad. Algunos de estos periodistas tienen más cadáveres en sus armarios que el cementerio de Highgate, pero se lanzaron a bucear en mis problemas con inequívoco alborozo. (…)
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(…) Yo pude tratar de salvar la situación, e intenté hacerlo, pero a partir de determinado punto se necesita poseer cierta clase de habilidades que yo no tengo si se pretende negociar con personas cuyo egoísmo alcanza niveles tan demenciales. Ellos iban a hacer lo que quisieran, y yo había cometido varios errores, y el último de todos ellos había sido darles una copia de los cables.
(…) La publicación de los cables causaría sensación, pero en ese preciso momento nosotros aún no estábamos del todo listos para empezar. Nuestros sistemas no habían terminado la presentación adecuada de los documentos, y no estaban preparados para digerir la enorme cantidad la enorme cantidad de tráfico que iba a provocar su publicación.
Teníamos que atender a ciertas consideraciones legales, y resolver aspectos importantes relativos a la protección de nuestras fuentes, fueran estas cuales fuesen, y por esta razón yo había hecho una copia de todos los materiales para que nuestro socio periodístico dispusiera de ellos, pero pedí que se aceptara el compromiso de no difundir absolutamente nada hasta que nosotros diéramos la luz verde de forma clara y ostensible. Cualquier editor dotado de la más mínima decencia hubiera comprendido la necesidad de actuar así: que el material estuviese preparado y que la fuente estuviese protegida era, sin la menor duda, más importante que ningún scoop. Esta era la prioridad. Pero no para The Guardian. En cuanto el periodista veterano regresó a Londres tras sus vacaciones, comenzó a asediarme tratando de forzar que adelantase la fecha de publicación. Dijo que un periodista rival, una redactora de The Independent, tenía una copia de los cables, y que eso era una clara amenaza para su derecho a la exclusiva.
Investigué esa posibilidad. Resultó que en efecto Smári McCarthy, nuestro colega islandés, había compartido los materiales con una periodista de The Independent en un momento en el que tuvo que soportar ciertas tensiones muy graves. Le habíamos pedido a McCarthy que trabajara durante un período breve con los cables, ayudándonos a darle forma, pero víctima del exceso de trabajo, había cometido la imprudencia de compartirlos con ella a fin de obtener su ayuda para el trabajo que se le había asignado, aunque lo hizo imponiéndole a la redactora de The Independent ciertas condiciones muy estrictas. Luego penetró a distancia en la computadora de ella y borró todos los cables, pero no quedaba claro si la periodista había sacado antes una copia. El periodista de The Guardian argumentaba que esa colega suya del otro diario andaba ofreciéndolos al mejor postor. Es imposible enumerar aquí la cantidad de veces en que nos hemos encontrado con gente, personas que dicen ser activistas, que se han comportado como fieras de los mercados bursátiles cuando tienen en sus manos una mercancía que puede servir a sus intereses. (…) Incluso después de haber aclarado la posibilidad de que The Independent tuviera una copia, y convencidos de que no era así, el periodista de The Guardian sostuvo pese a todo que había mucho riesgo, y que dabía la posibilidad de que rondara por ahí una copia de los documentos. Por esa razón, afirmaba, había que apresurarse con la publicación. (…)
Más adelante vimos claramente que era él mismo quien había hecho una copia para The New York Times. Avanzaban hacia la publicación sin pararse a valorar las importantísimas consideraciones -consideraciones de vida o muerte- relativos a esos documentos. Como si se tratara de bandidos codiciosos, despiadados, pensando simplemente que-se-jodan-todos-los-demás, se iban a lanzar adelante sin preocuparse por quienes pudieran resultar atropellados por su precipitación. El periodista de The Guardian se había comportado de forma cobarde e ilegal, y se mostró dispuesto a complacer a su diario, y a sus héroes del otro lado del Atlántico, lanzándose a la publicación sin previo aviso y olvidando lo que podía caer sobre nuestras cabezas. (…)
Dada la manera lamentable en que The New York Times había apoyado las anteriores filtraciones, y dada la hostilidad de ese medio contra mí, no tenía ningún sentido que siguiéramos colaborando con aquel periódico. Finalmente, el trabajo era nuestro. Pero a The Guardian no le importaron lo más mínimo todas estas consideraciones. Lo que sí les interesaba era que The New York Times les ayudara a fortalecer sus propias defensas, y en cuanto a WikiLeaks, ya podía salir a buscar el primer árbol y colgarse de él.
Sólo necesitámos un poco más de tiempo. El problema era más grave de lo que ninguno de nuestros socios parecía capac de comprender, ya que lo único que los impulsaba eran las ansias juveniles de publicar el material lo antes posible, pero nosotros necesitábamos el tiempo adecuado para tenerlo todo perfectamente preparado. (…)
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Al final, estuvimos discutiendo durante siete horas, y después volvimos a bajar. Teníamos un plan. The Guardian sabía desde un buen principio lo que tenía intención de hacer: querían lanzarse inmediatamente a la publicación. Der Spiegel pretendía no perder la buena relación con ninguno de los dos implicados. La verdad era que nosotros no estábamos todavía a punto, tal como he explicado, pero aquellas personas nos estaban forzando a cambiar de idea, esa gente llevaba semanas tomándonos el pelo y ahora iban a darnos el golpe de gracia. Estaban tan concentrados en su propia vanidad, tan colosal y tan manchada, que se habían olvidado de quiénes éramos nosotros y cómo habíamos empezado a tratar con ellos. (…)
Llegados a este punto insistí en que queríamos que Le Monde y El País fuesen incluídos en la expresión “periódicos asociados” que tan poco le había gustado a The New York Times. En ese momento ya sabíamos, incluso más que ellos, lo mugrienta que esa asociación podía resultar, y se me ocurrió sobre la marcha prepararme para un futuro a lo largo de cuyo desarrollo habría que seguir aprendiendo unas cuantas lecciones.
Les insistí en que la filtración en sí no era la noticia: lo importante eran las historias filtradas, y por lo tanto los focos no debían iluminarnos a nosotros sino al material mismo, debido a lo cual debíamos ir publicando las historias de una en una. Para empezar las historias más importantes, que no debían incluir ninguna sobre Israel ni sobre Cuba, para de esta manera evitar que la administración norteamericana tuviera una reacción exagerada contra Cablegate considerado en su conjunto. Debían publicar, tanto ellos como nosotros, una sola filtración cada vez. En esta negociación que pretendía establecer de nuevo el marco de nuestras relaciones, insistí en que era necesario que The New York Times abandonara su campaña vergonzosa consistente en publicar historias que nos difamaban tanto a mí como al soldado Bradley Manning, aquel joven del que habían llegado a decir en sus páginas era un malvado, un loco y un triste mariconcito. Procediendo de este modo, el diario norteamericano se había librado de las presiones del Pentágono, pero resultaba una actitud vergonzoza desde cualquier otro punto de vista. (…)
A través de la gente de Der Spiegel supimos más tarde que The Guardian había estado dispuesto a jodernos desde el primer día. El diario inglés trabajaba codo con codo con The New York Times y tenían pensado salir juntos con la noticia sin siquiera advertirnos de antemano ni darnos la oportunidad de preparar adecuadamente los datos ni disponernos a la defensa cuando se lanzaran ataques contra nosotros. Hasta ese punto le importaban a The Guardian los principios implìcitos en toda la operación. ¿Transparencia? ¿Están bromeando? ¿Una nueva generación de libertarios? A ellos les importaba un pepino. (…).









