EXCLUSIVO 24

COVID-19

Las ignoradas historias de quienes la pandemia casi los mata

"Ingresé en esta clínica de rehabilitación (un sobrio y flamante edificio de tres pisos en el corazón del barrio de Belgrano) por razones distintas al coronavirus pero pronto encontré que la mitad de sus habitantes eran sobrevivientes de la famosa pandemia", afirma Andrés Alcaraz, y relata su emocionante experiencia, para reflexionar intensamente.

La sonora y cristalina carcajada de Sandra, cuando bromea con los kinesiólogos (dos Nicos y Franco), y Mili y Vicky, las terapistas ocupacionales, disimula que el COVID-19 la mantuvo en coma durante dos meses y por poco no la llevó a acumular la ominosa estadística de la muerte.

Ella integra, con su historia, el desfiladero de los casos ignorados entre los que han muerto por el coronavirus y los que casi milagrosamente la pandemia apenas les rozó la oreja, para recuperarse simplemente con una humilde píldora de paracetamol.

En el medio están los olvidados.

Los que como Sandra Márquez, que cumplió sus 50 años entubada, inconsciente y balanceándose entre la vida y la muerte, no fueron ni son registrados.

Ingresé en esta clínica de rehabilitación (un sobrio y flamante edificio de tres pisos en el corazón del barrio de Belgrano) por razones distintas al coronavirus pero pronto encontré que la mitad de sus habitantes eran sobrevivientes de la famosa pandemia. 

Pero les había dejado duras huellas para las que necesitan reeducar sus cuerpos atravesados por el virus que ya no tienen, en sillas de ruedas algunos, incapaces de caminar, otros con dificultades para deglutir y también con consecuencias -generalmente respiratorias y en ocasiones mentales- que serán permanentes.

Todo eso se ha barrido bajo la alfombra de la sociedad mientras está entretenida en aglomerarse en la Salada y la avenida Avellaneda, en las exequias de Maradona, organizando fiestas privadas en todo el país, en si las vacunas llegan o no llegan y cuándo, y cuánto hartazgo gregario suscitan esas tontas medidas de precaución, como el idiota uso del barbijo y el mantenimiento de la zonza distancia social. 

Y, como parte del paisaje, ahora también se vislumbra un aciago rebrote detectado en el Reino Unido.

En bambalinas, muchas historias de lucha por recuperarse de los estragos del virus aún se yerguen como una advertencia a los que siguen la definición del ignoto poeta norteamericano Sidney West: “Hay quien vive como si fuese inmortal.”

Para Sandra el COVID-19 fue una emboscada del afecto. Un compañero de trabajo en el Hospital Posadas de El Palomar, en el área de Pediatría, se despedía en marzo pasado porque se iba de vacaciones y rebozaba de alegría. Quiso despedirse de cada quien con un beso de despedida cuando desconocía que había estado en un contacto cercano con el coronavirus.

-¿Te parece despedirnos con un beso? ¿Y la pandemia?- replicó Sandra.

-Pero sí… ¿qué puede pasar?- respondió el vacacionista.

Pasó. El esposo de ella comenzó a notar que a ella le costaba respirar y comenzó a olvidarse de cosas corrientes. No perdió ni el gusto ni el olfato pero, después de algunas esperas irrazonables en algunas guardias, el hisopado terminó con las sospechas: era COVID-19, nomás.

Sandra pensaba en sus dos hijos adolescentes pero comenzó a perder su mente, dejando lagunas cada vez más anchas. No tenía ni tiene enfermedades colaterales. Luego le relatarían que fue entubada, le practicaron también una traqueotomía en un momento de urgencia (lleva la marca bajo su cuello como un tatuaje del dolor) hasta que entró en coma, estado en el que estuvo dos meses, ásperos e infinitos. 

Sus familiares, su esposo y sus hijos, fueron informados que en cualquier momento podía perder los 21 gramos de su alma, dejarlos para siempre, porque, claro, su estado era extremadamente delicado.

No sucedió.

Pero despertó del sueño débil y sin poder mover su cuerpo. Se había olvidado de caminar, masticar, moverse, nada. La rehabilitación aún la reeduca de a poco pero tiene aún, en diciembre, fuertes dolores en distintos huesos, tendones y músculos. Pasaron diez meses desde que inició su calvario personal pero no ha extraviado un generoso sentido del humor.

Alberto, en cambio, el golpe de la pandemia lo azotó, en sus 72 años, de fuente desconocida. Fue directivo en tecnología de grandes compañías y no entiende lo que le sucedió.

Olvidó caminar y tampoco recuerda algunos tramos, la memoria le falla. Tiene problemas gástricos molestos y continuos. Está encorvado como si arrastrara una mochila de piedras. Él sí tenía muchas enfermedades de base: operaciones importantes, cardíaco, diabético, alta presión, etcétera.

Estaba solo en el mundo aunque con familiares lejanos que están muy cercanos. No quería ser trasladado de clínica, lloraba de impotencia, suplicaba comprensión. Su corazón vapuleado pedía compasión. Se sentía acosado. Perdido.

Le expliqué que iría a un lugar mejor, repleto de naturaleza, árboles, tranquilidad. Le mostré unas fotos desde la notebook. Y encontró su nueva tierra prometida. Se fue feliz y me contaron que Alberto sigue su larga recuperación, también tras semanas de internación en estado crítico, en un ambiente bucólico.

Nadie diría que Alejandro, un atildado y retirado fanático de la pesca de más de 70 años, pasó por las ingratas manos del coronavirus. También con múltiples enfermedades preexistentes, se hundió en las aguas más oscuras de la pandemia.

Estuvo dos meses inconsciente, entubado, en la escalera del cadalso. Su familia esperaba lo peor pero zafó, aferrándose a los salvavidas de su hija y sus nietas. Como en la clínica no admiten la visita de niños para evitar el contagio, las niñas un domingo lo saludaron desde la vereda del edificio. A Alejandro se le iluminó la cara.

Su recuperación fue muy buena, casi milagrosa, caminaba perfecto pero cuando recordaba por lo que había pasado se sorprendía de estar vivo. Había padecido mucho, lo habían desahuciado, por lo que no quería repasar ese tramo oscuro. Prefería planificar lo que haría en su departamento, ya jubilado como dueño de una exitosa farmacia, y su rol  como árbitro de torneos de pescadores, como coartadas para exorcizar los sufrimientos del COVID-19.

En la zona común del piso de la clínica donde todos estos casos ocurren, en una mesa Daniel habla incesantemente por su celular, sentado en una silla de ruedas. “Cuando ingresó, no podía sostenerse sentado y sus brazos ni piernas le respondían,” cuenta un profesional que lo recibió. Otro caso de COVID-19.

A Jorge Ayam, un supervisor de mecánica y ex piloto de Turismo Pista que promedia los 60 años, le pregunté cuánto tiempo había pasado internado. 

-No sé, no lo recuerdo-, me dijo.

Luego pudo reconstruir su caso con testimonios de su propia familia. Había estado meses en un sanatorio, dos de ellos prácticamente inconsciente, entubado, conectado a una máscara de oxígeno y sus más cercanos habían recibido la recomendación médica de llamar cada dos horas para saber si el desenlace fatal ya se había producido o no.

Cuando ingresó en la clínica, su debilidad corporal era tal que no podía sostener en su mano el celular por unos pocos minutos. Tenía problemas para deglutir por lo que debía ser acompañado por un profesional cada vez que le servían comida blanda. Temían que el alimento fluyera hacia los pulmones. Jorge tuvo que aprender a comer. 

Al comienzo sus piernas no le respondían, y aún no le responden del todo. Cuando llegó, apenas podían sostenerlo. Una vez tropezó y se cayó sin consecuencias, lo que disparó las alarmas de todos en la clínica.

Por momentos, su memoria se encapricha en atascarse. Pero se moviliza mucho mejor y aprendió otra vez a comer casi sin asistencia. Pasará Navidad con los suyos y con quien le desata una sonrisa plena, Benicio, su nieto.

Ante el peligro del coronavirus y cómo se ensaña contra los que sufren sus consecuencias después de padecerlo, conviene rememorar aquel proverbio que nos legó Erasmo de Rotterdam, un célebre monje de hace cinco siglos, sobre que “es mejor prevenir que curar”. Todavía.

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